CON FIRMA

Opiniones y Reflexiones

 

COLUMNAS DE OPINIÓN
Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto

Columnas en El Octavo Día
Diario El Pueblo | 2010

Columnas de Opinión del año 2007 - Diario CAMBIO Salto

Columnas de Opinión del año 2008 - Diario CAMBIO Salto
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EL OCTAVO DÍA - Publicación del DECOS de Salto en el Diario El Pueblo

 

Artículos publicados en el BLOG de Mons. Heriberto Bodeant
http://dar-y-comunicar.blogspot.com/

En tiempo de Mundial

 

 

Las “grietas” de un año

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Un recorrido al año que termina es como un paisaje de luces y sombras, al estilo de las pinturas de Rembrandt. Y si con artimañas lográramos borrar las sombras, resultaría un cuadro sin contrastes, carente de misterio, belleza y profundidad. 

A esas sombras que caminaron con nosotros durante este año, propongo llamarlas “grietas”: la magia del cuento “las dos vasijas y el aguatero” nos guiará.  

 

“Un aguatero tenía dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que, a la manera de un yugo, cargaba sobre los hombros. Una tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final de un camino sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era perfecta y mantenía intacto su contenido. Esto sucedía diariamente.

La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines para los que había sido moldeada. Pero la vasija agrietada se lamentaba por su defecto que le impedía cumplir correctamente con su tarea. Y al cabo de dos años le dijo al aguatero:

 

-Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo obtienes la mitad del dinero que deberías recibir por tu trabajo.

 

El aguatero le contestó: Cuando regresemos a casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.

 

Así lo hizo la vasija y pudo comprobar, efectivamente, muchas flores hermosas al borde del sendero; pero siguió sintiéndose apenada porque al final del trayecto diario sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua con que la habían llenado.

 

El aguatero le dijo entonces:

 

-¿Te diste cuenta que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recogerlas. Si no fueras como eres, con tu capacidad y tus límites, no hubiera sido posible crear esa belleza.

Todos somos vasijas agrietadas, pero siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener frutos inesperados”. Hasta aquí el cuento.

 

Las dos vasijas son como nuestras dos caras. Nos molesta el lado oscuro cuando lo vemos sólo como desgracia, carencia, molestias, miedos, metas no alcanzadas o tropiezos. Fácilmente cedemos ante la presión de la sociedad competitiva, que alienta el éxito inmediato y maquillamos las grietas personales. A la tela de Rembrandt le suprimimos las sombras. Pero ¿qué pasaría si con humildad y valentía no sólo las aceptamos sino que comprobamos que además riegan flores? A veces, a causa de una perspectiva económica y narcisista, a la hora del balance de la vida y sus peripecias durante un año, atendemos a los logros económicos o materiales, sin percibir ni adivinar el valor y la belleza de las pequeñas cosas diarias que crecen en nosotros y en nuestro entorno. Quizás creció la paciencia o el amor a nuestras íntimas aspiraciones, en el matrimonio, en la propia familia o en el trabajo.

 

El cuento nos permite aproximarnos, con ojos nuevos, al acontecimiento del pesebre navideño. Entre límites y asperezas, animales, olores y frío invernal, cuánta dignidad y tesoros ocultos, cuánta paz y serenidad. El Niño, Hijo de Dios, abraza mi arcilla y mis grietas, la tierra oscura y rebelde. En ese pesebre duerme y respira el mundo reconciliado.

 

En ese niño débil está la fuerza que lo sostiene; en ese lugar marginal nace el abrazo que reconcilia al universo. Ese niño frágil que “en sus bracitos lleva una cruz” aligera nuestras cruces, molestas y amargas, para cambiarlas en cruces de amor, fidelidad, solidaridad y perdón.

 

El Sabio aguatero, conocedor de nuestras vacilaciones y talentos,  siembra semillas y oportunidades para que, sin llevar la cuenta,  cultivemos un mundo más armonioso. Donde el consumo desenfrenado no inspire la convivencia, donde la ecología ambiental vaya de la mano con la ecología humana, donde la Sabiduría del aguatero devuelva la sonrisa a los corazones tristes y culpabilizados, haciendo crecer flores que alivian fatigas.  

 

Que el Niño ensanche la capacidad de ayudar y transformar en flores las vasijas agrietadas de los que están a nuestro lado.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 16 de diciembre de 2011

Militares

VERDAD y COMPROMISO

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Fueron hallados los restos del maestro Julio Castro, bajo una capa de silencio amasada con  cal y tierra en el Batallón No. 14, con manos y tobillos atados con alambre, costillas fracturadas y ejecutado con un balazo que le hizo estallar el cráneo.

 

Aquel disparo cobarde golpeó a la sociedad uruguaya y el Presidente Mujica urgió una reacción a la cúpula del Ejército. Que esto ocurra en el año del bicentenario es la prueba palmaria que junto a muchos logros en este país, aún quedan tremendas ausencias para llorar y dolores para aliviar.  

 

Familiares del maestro y  de otros desaparecidos han experimentado sentimientos encontrados: ¿Alivio? ¿Justicia? ¡Al fin un llanto para aflojar la angustia! Muchos, como Macarena Gelman, aun viven en una larga y doliente expectativa.

 

Julio Castro peleaba con sus ideas y la máquina de escribir. Pero como ese derecho humano fundamental, que es pensar y enseñar a pensar con la propia cabeza, constituía una amenaza desestabilizadora para el régimen autoritario imperante, manos violentas y mentes soberbias lo acallaron. Y hoy, esos huesos gritan.

 

Era hora que lo militares salieran de las trincheras y asumieran una nueva posición. El jefe del Estado Mayor de la Defensa, José Bonilla dijo que se debe investigar para encontrar a los verdugos. Es la primera vez que un militar en actividad pide enjuiciar a sus pares por los delitos cometidos durante la dictadura. Pero las declaraciones más tajantes fueron las del Comandante en jefe del Ejército, el teniente general Pedro Aguerre: “El Ejército no es una horda, malón o algo similar. El Ejército no aceptará, tolerará ni encubrirá homicidas o delincuentes en sus filas”.

 

Un largo camino se ha recorrido para llegar a esta contundencia. En el año 1997 di algunos pasos para que los militares pudieran entregar informaciones a la iglesia con carácter de absoluta confidencialidad. Intenté entrevistarme con el General de la División II con sede en San José pero a través del intendente departamental me respondió que era un asunto sobre el que había una posición corporativa ya tomada.

 

Encontré interés en varias figuras políticas como Rafael Michelini, Guillermo Chifflet y Alberto Volonté y otros, pero muy especialmente en el vicepresidente Hugo Batalla, que me buscó y con quien me reuní varias veces en su casa. En dos ocasiones asistió el Gran Maestro de la masonería y algunos más. El objetivo era el acercamiento a la cúpula militar para que aceptaran entregar informaciones con la garantía de  confidencialidad, semejante al “secreto de confesión”, como lo expresé. Recuerdo que un general llegó a decir irónicamente que no pensaba confesarse con ningún obispo!

 

La propuesta interesó a los dirigentes del  Pit Cnt con quienes me reuní. Por supuesto que los familiares de desaparecidos que se reunían en la sede del Serpaj mostraron apertura y con ellos mantuve varios encuentros, en especial con Javier  Miranda.

Esta breve memoria sirve para valorar el significado que atribuyo a las declaraciones del Tte. General Pedro Aguerre en su declaración leída a la prensa. Dejó en claro una postura ética. Además expresó la voluntad de obtener, “dentro y fuera de la fuerza” información que permita “delimitar la responsabilidad material” del Ejército en los hechos ocurridos durante el período dictatorial. Dijo además desconocer un “pacto de silencio” pero en caso de que exista, ordenó la “revocación inmediata”.

 

El Ejército y las demás armas, Marina y Aviación, con todo su personal asumen ante toda la ciudadanía una tarea y una responsabilidad moral, jugándose la credibilidad y su misma cohesión interna. Estamos seguros que hay gente de honor y de palabra que dará todos los pasos en esa dirección. Se juega la misma razón de ser de la profesión militar, que ha dado tantos ilustres y valientes ciudadanos al país. Lo afirmo apoyado en mi pequeña experiencia; mi padre fue marino militar y su coherencia me atrajo; incluso cursé un año en el liceo militar.

 

La nueva etapa que se abre plantea desafíos a todos, como la reconciliación y el perdón. Una deuda que nadie puede eludir en la vida, para no sucumbir en el viejo rencor.

 

Columna publicada en Diario “Cambio” del 9 de diciembre de 2011

Laicismo: Un prejuicio uruguayo


Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

La prensa divulgó estos días los resultados de una encuesta del Centro Nacional de Investigación de Opinión de la Universidad de Chicago, que indaga la relación entre trabajo y satisfacción personal. O sea, ¿trabajamos contentos?

 

Los sacerdotes encabezan la lista. Quienes dedican su vida al área o dimensión de la fe y de la religión en la vida de las personas y de una comunidad, están en primer lugar. Las condiciones están, pero es obvio que esto no significa comprar un seguro de felicidad.

 

Sobre esta noticia, me contó un vecino de Salto que en una radio argentina, Víctor Hugo Morales manifestó desconcierto ante la información. Y sin más argumentos que sus prejuicios no dio crédito a la noticia. Sorprendente, tan profesional para relatar un penal y tan arbitrario para aceptar un dato sobre el comportamiento humano avalado por un centro de investigación. 

 

En los últimos años se replantea el debate sobre el lugar de la religión en la sociedad, o con otras palabras sobre la laicidad del Estado. En Francia la laicidad es una especie de ideología, o sea, una forma de rechazo y de ignorancia religiosa obligatoria. Hasta que  el presidente Nicolas Sarkozy pronunció dos discursos que tuvieron un efecto explosivo. Uno fue en Roma en diciembre del 2007 y el otro en Arabia Saudita en enero de 2008. Sus palabras mostraron la superación de la laicidad “a la francesa”, o sea, la afirmación de que se  puede ser laicos, en el sentido de no católicos y no creyentes, sin que por esto haya que negar el valor del patrimonio de cultura racional, de espiritualidad y de arte generado por la fe de la Iglesia. El sacudón se sintió cuando el presidente francés eligió defender una laicidad positiva, que protege la libertad de pensar, de creer y de no creer. Sarkozy dijo basta con la indiferencia a los intelectuales que lo criticaron. La sola razón no funciona y de nada sirve el aislamiento de lo religioso del espacio público y político. Hay que encontrar caminos de diálogo.

 

Con este gesto reaccionaba frente a la pérdida de la memoria cultural-religiosa en las generaciones más jóvenes. Como lo había hecho el informe Debray del 2001, invitando a pasar de una “laicidad de indiferencia” a una “laicidad de inteligencia”.

 

En una oportunidad tuve ocasión de compartir una tertulia con Carlos Maggi en El Espectador. Yo había llevado el texto de Debray al ministro de Educación Nacional: “La Enseñanza del hecho religioso en la escuela laica”, un pequeño libro de 60 páginas. Al despedirnos Maggi me lo pidió para fotocopiarlo; había quedado encantado con ese texto.

O sea, hay uruguayos abiertos que saben dialogar con cristianos. En otra ocasión Maggi me aceptó una invitación para intervenir en un encuentro latinoamericano que se realizaba en Montevideo sobre fe y no creencia.  Al terminar su intervención un sacerdote católico le expresó que en su exposición había muchos valores cristianos que lo acercaban a Dios, a lo que Maggi le contestó: ¡quisiera tenerlo a mi lado cuando esté por morirme!

 

El informe Debray afirma que en su país crece la idea de reforzar en la escuela pública el estudio del hecho religioso como objeto de cultura. Me pregunto: cuando Víctor Hugo Morales y muchos uruguayos viajan por Europa qué piensan ante las catedrales levantadas por la fe católica o ante la Sagrada Familia de Gaudí, o ante las pinturas del Greco en el museo del Prado? ¿O ante la Pietá de Miguel Angel?

 

Pero en la sociedad contemporánea persisten focos de laicismo. No en número pero que hacen ruido. El 17/01/08 Benedicto XVI, invitado a la inauguración del año académico en la universidad La Sapienza, de Roma, no asistió. Una minoría de profesores (67 en casi 4.000) y de estudiantes (0,2% de entre más de 100.000), se opusieron.

 

El Papa envió después su discurso: “al mundo universitario, que por muchos años fue mi mundo, -decía- me liga el amor por la búsqueda de la verdad y la disposición al diálogo franco y respetuoso de las recíprocas posiciones”.

 

Volveremos sobre el tema, con el deseo que los uruguayos superemos cada día más los prejuicios, en este caso, los religiosos.

Columna publicada en el Diario “Cambio” del viernes 2 de diciembre de 2011

Aborto: ¡perdemos todos!

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

El debate sobre el aborto no es un enfrentamiento deportivo de los que impulsan la ley contra los que la impugnan. Estamos jugando otro partido: el de todos los uruguayos que envejecemos día a día contra los que vienen a ocupar los lugares de los que vamos pasando a la retaguardia.

 

Un país sin hijos no sirve a nadie. Faltan retoños que traigan colores y esperanzas al viejo árbol familiar. Claro que podrán venir a poblarlo gente de otras regiones y continentes, pero el primer deber es alentar la fecundidad de las madres y familias de este país.

 

Son débiles las razones en pro del aborto. Algunos preguntan qué pasa cuando una mujer sufre una violación. La respuesta sería: no sumemos otra violencia a la que ya padeció. Se oye decir a veces: el diagnóstico prenatal dice que la criatura tiene tal o cual cosa. Y se especula con sentenciar una vida a la desaparición.

 

Varias veces he comprobado cómo un hijo o hija con síndrome down se han convertido en una presencia, por momentos desafiante, que ha revolucionado positivamente una familia. Una vez que los demás se abrieron camino, ese hijo o hija fueron la razón para seguir y despertar cada día con una responsabilidad. Esos padres se han incorporado a iniciativas o asociaciones para una mejor inserción social y laboral de sus hijos. El sábado pasado confirmé a varios de estos jóvenes “diferentes”.

 

Pierde la madre que interrumpe una vida. Ninguna mujer ignora hoy que lo que ha concebido es una vida nueva, que patalea, llama y espera asomar la cara.

 

Nadie ignora que aceptar un embarazo es un acto de generosidad. Esa cualidad del corazón que falta muchas veces a los hombres, que embarazan a su esposa o compañera pero no pueden sentir todo lo que ellas traducen entre silencios, expectativas y honda convicción que las aferra instintivamente a una ley de la naturaleza, que escribe en sus cuerpos un destino y una misión.

 

Los argumentos en pro del aborto no se sustentan. Son ideas que carecen de sólido fundamento científico. El tema del aborto plantea conflictos de derechos y deberes, semejantes a los que se viven a diario, entre mi propiedad y la del vecino, entre mi libertad y la del adversario en el juzgado, en la cancha, en la junta departamental o circulando con un vehículo por la calle. Y cuando en una familia hay enfrentamientos o peleas, no se resuelven dando un cuchillo o un revólver al más fuerte.

 

El aborto saca a la luz la dimensión social de la mujer y del varón. La sexualidad, vivida y disfrutada en la intimidad, se expresa. Como también se expresan los sueños invisibles e impalpables o las oscuras angustias que encadenan los sentimientos. La hipocresía sería disimular y mostrar hacia afuera que no ha pasado nada. Y ciertas mamás quedarán “tranquilas” porque la hija superó un traspié. Por afuera todo sigue normalmente. ¿También por adentro?

 

La sexualidad, porque está unida al corazón, no es un instinto fácil de integrar ni un sentimiento sencillo para encontrarle cauces para desarrollarse en la vida. No es sólo cuestión de atajar un imprevisto cuando aparece un embarazo. Aún así se lo puede empezar a desear y querer, a cuidar y soñar, dándole nombre a “eso” que empezó a latir. Como cuando una mamá toca con la mano su cuerpo y habla, sueña o sufre con ese hijo/a.

 

Los argumentos a favor de la vida están planteados. Los expuso el Presidente Tabaré Vázquez en su momento. Todo el que quiera puede  leer sus sólidos argumentos para interponer el veto a un proyecto violatorio del primer derecho humano que es vivir.

 

Es falso decir que las razones para oponerse por parte la Iglesia son de índole religiosa. Es claro que la Biblia dice: no matarás. Que además de su enunciado negativo habría que desarrollarlo en su alcance positivo: cuida la vida física y mental, protégela, aliméntala, edúcala.

 

La Iglesia sabe también que los Derechos Humanos están escritos en la naturaleza humana, son “marca de fábrica”. Quien olvide estas obligaciones y vote a favor de la muerte prematura de una criatura comete un grave delito. Y la ley será inmoral, aunque ningún juez ni la policía vayan a buscarlos a sus domicilios particulares.

Publicado en el Diario Cambio - 25 de noviembre de 2011

Documento de Obispos

 

Prioridad Familia

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Los obispos hemos hecho pública en estos días una Carta Pastoral en ocasión del Bicentenario, titulada “Nuestra Patria: gratitud y esperanza”. Dedicamos un capítulo a la familia: “del tesoro de valores que hemos recibido en herencia, el aprecio por  la familia unida brilla como un diamante en nuestra sociedad uruguaya”.

 

Participando en reuniones, escuchando relatos, dialogando con docentes, visitando barrios y capillas, comprobamos anhelos, nostalgias y preocupaciones en torno a las experiencias de hogar, lugar de encantos y desencantos, de aprecio y a veces desprecio por  la vida, de vínculos y rupturas.

 

En tiempos de profundas transformaciones la familia es una de las instituciones que probablemente ha experimentado como ninguna otra la embestida de los cambios profundos y rápidos de la sociedad. Muchas familias han permanecido firmes a los valores fundamentales de la institución familiar, como el amor cariñoso, fuerte y fecundo entre los esposos, la responsabilidad de engendrar, educar y acompañar a las nuevas generaciones, la esperanzada tenacidad animando a los hijos a tomar el timón de la libertad y la enseñanza de los derechos y sus correspondientes deberes.

 

Otros esposos viven entre asombro, podas y perplejidades las estaciones propias del amor humano. A veces vacilan entre intervenir o callar ante el lento despegue del nido de sus hijos, indecisos por qué caminos afectivos, profesionales y laborales transitar.

 

Otras familias están heridas; en su espacio afectivo entraron las flechas de Cupido que acostumbra trabajar con la patente de la sociedad de consumo vehiculizada por la televisión. Y llega el divorcio, puerta de escape ante una crisis que, quizás desde otro enfoque podría empujar hacia un salto cualitativo.

 

Admiro y felicito a las madres que viven junto a sus esposos la ilusión y responsabilidad de una nueva vida. Animo también a perseverar a los esposos que quieren adoptar pero han colgado sus ilusiones en los laberintos de la  burocracia kafkiana. 

 

El documento de los obispos toca las dos puntas del urgente problema demográfico de nuestro país. Preocupa la baja natalidad y la tendencia a reducirla en forma progresiva. Tenemos todas las posibilidades para aspirar a un futuro mejor, si se favorece que nazcan más niños.

 

Al mismo tiempo se expresa preocupación y estima por los niños que nacen hoy en el Uruguay y se ubican por debajo del índice de pobreza. Algo se está haciendo en procura de la inclusión social, desde distintos organismos estatales o mediante iniciativas de la sociedad civil como es el caso de distintos grupos de voluntariado. Una cadena de manos solidarias y corazones compasivos trabaja para revertir este panorama, acercando las herramientas para que esas mujeres, en lo posible con sus compañeros,  sientan el calor y la protección de un techo seguro, una escuelita cercana, una policlínica familiar, una capilla para alimentar la fe o un centro barrial que ayuden a mirar el futuro con una sonrisa en el rostro. 

 

Dentro de una propuesta educativa integral en el ámbito de todas las familias necesitamos alentar a los padres para que asuman el derecho y el deber como primeros educadores de sus hijos. Este principio básico es afirmado en nuestra Carta Magna, artículo 41 “para que estos (los hijos) alcancen su plena capacidad corporal, intelectual y social”. Aquí está la pauta de una educación que apunte a un desarrollo personal y social, mente y cuerpo, que procure una visión serena y responsable de la vida, con una laicidad positiva, que permita dar respuesta a los interrogantes de la vida que no giran únicamente en torno al reducido horizonte de “pan y circo”, o sea, comida, entretenimiento y bienestar físico sino que se preguntan en definitiva, para quién vivo y en qué consiste la felicidad que todos perseguimos como animales sedientos.

Estos son sólo algunos puntos tocados por la carta de los obispos, preparada con el propósito de sumarnos a la celebración del bicentenario del proceso de emancipación oriental.

 

Columna publicada el viernes 18 de noviembre de 2011 en Diario “Cambio”

Declaración Universal de DDHH

Un parto difícil

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

Si la historia es maestra de la vida, una pregunta es ¿cómo se pudo concretar la Declaración Universal de los DDHH el 10/XII/1948, elaborada con las heridas aún abiertas, los juicios de Nürenberg contra los responsables de  los campos de concentración, los escombros de ciudades bombardeadas y los duelos de millones de familias. Es como si se reeditara el milagro del viernes santo: el profundo dolor puede alumbrar algo nuevo. 

 

A mediados de 1946 la ONU constituyó una Comisión de Derechos del Hombre compuesta por 18 Estados con el fin de preparar el texto de una “Carta Internacional de los Derechos Humanos”.

 

La tarea requirió dos años de trabajo. Persistía el clima político y social de la posguerra con la división del mundo en dos bloques y seguía viva la memoria de los horrores de la segunda guerra mundial en la que habían muerto casi 55 millones de personas. Además, la diversidad cultural, religiosa y filosófica de los representantes de los Estados dificultaba el camino para ponerse plenamente de acuerdo en los principios mínimos sobre los cuales fundamentar la Declaración, como por ejemplo los conceptos de “soberanía”, “ser humano” o “derecho”.

 

Pero se hizo la luz y se llegó a un acuerdo: la obra de síntesis fue elaborada gracias al trabajo de una Comisión presidida por Eleanor Roosevelt (esposa del Presidente de EEUU), cuyos componentes, en su mayor parte juristas y filósofos, pertenecían a varias partes del mundo y se habían formado en prestigiosas Universidades del Occidente. Las tensiones no detuvieron los trabajos. Los representantes de Europa occidental querían una concepción de los derechos sociales ligada a los principios de libertad e igualdad; mientras que los delegados de los  Países socialistas reclamaban un fuerte control del Estado sobre el ejercicio de los derechos y enfatizaban los derechos económico-sociales. Los representantes de los países latinoamericanos se inspiraban en los principios de la Doctrina social de la Iglesia mientras que los de países islámicos no aceptaban, por ejemplo, la paridad entre hombre y mujer, la libertad religiosa y la igualdad social, considerando a la Declaración “demasiado occidental”.

 

Para superar el impasse la Comisión pidió ayuda a la Unesco y en enero de 1947 se envió un cuestionario a personalidades prestigiosas del mundo de la cultura como por ej. Jacques Maritain, Teilhard de Chardin, Harold Laski, Humayun Kabir, Benedetto Croce, Salvador de Maradiaga, Gandhi y otros.

 

Las respuestas coincidían en la urgencia de formular una Declaración internacional de los derechos que respondiera a la violencia y al odio. Estaba claro el “qué hacer” pero discrepaban sobre el “cómo”. La solución fue propuesta por Maritain, embajador de Francia ante el Vaticano: durante la segunda Conferencia de la Unesco en Ciudad del México (noviembre 1947) propuso llegar a acuerdos sobre “principios prácticos comunes” con la condición que “no se preguntara el por qué”.

Así se llegó a una lista de derechos entendibles como verdades prácticas cuyo fundamento estaba vinculado a la necesidad y la urgencia de restituir dignidad a las personas violadas en sus derechos.

Así el derecho a la vida se justificó como necesidad vital de vivir, el derecho al trabajo como necesidad vital de trabajar, el derecho a la ciudadanía como necesidad vital de ser reconocido y así todos los demás “derechos humanos” sociales, económicos, culturales, políticos y civiles.

 

Se acordó que la persona humana “sin distinción alguna tiene derechos por el hecho de ser persona” y cuyo reconocimiento pone límites a la soberanía de los Estados. Hubo tensiones por vetos de Usa o Urss, por querer incluir el nombre de Dios o incluir la prohibición de la pena de muerte o el derecho de cambiar de religión. El 26/VIII/ 1948 la Comisión llegó por unanimidad a un texto definitivo. El 24 de setiembre la Declaración fue presentada a la tercera Comisión, de Asuntos Sociales, Humanitarios y Culturales que se reunió 84 veces, discutió 170 enmiendas y preparó el texto definitivo, votado el 10 de diciembre, por la Asamblea General.

 

Columna publicada en Diario “Cambio”, el 11 de noviembre de 2011

Realidad virtual
Luces y Sombras

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

La realidad virtual, a través de internet, cubrió todo el país con las Ceibalitas.  El Domingo leí una nota sobre la nueva cultura que nos trae el mundo digital y la realidad virtual.

 

Acumulando titulares, citas o resúmenes se arriesga sustituir el conocimiento por la simple curiosidad, que aunque puede ser inicio de la sabiduría, como decían los antiguos, quedando en el picoteo se transforma en trampa que impide llegar a lo medular. Inteligencia es capacidad de “leer adentro” (intus-légere).

 

Los vaivenes digitales llegan al corazón; ¿no escucharon a Leo Masliah y  “mi novia cibernética?

 

La sucesión de imágenes “informa” pero ¿se puede llegar a una opinión ponderada a base de fugaces titulares?¿Coleccionar frases célebres nos hace amantes de la filosofía?

 

Tiempos líquidos, como los llama Z. Bauman, en los que se tiene que construir “una identidad flexible que haga frente a los cambios continuos de la realidad” pero en los que también se corre el riesgo de no ahondar en nada a base de catarlo todo, sin darse cuenta de que dar un paso en cada dirección es en realidad una manera de no moverse.

 

Los jóvenes de hoy no han conocido un mundo sin computadoras, sin internet ni teléfonos celulares. Para las generaciones precedentes estas nuevas tecnologías se añadieron a un arsenal de medios tradicionales.

 

Para la Net Generation estos medios ejercen enorme atracción y son una herramienta imprescindible para construir su personalidad y sus relaciones sociales. El uso de las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) es para ellos algo natural: crean blogs, se conectan en red y construyen un “capital social” virtual.

 

Algunos sitios como Facebook están pensados como redes sociales destinadas principalmente a jóvenes, aunque un número creciente de adultos, curiosos o inquietos, se inscriben en estos sitios. Según datos de este año un millón de uruguayos están en esta red. Allí cada uno es invitado a trazar un propio perfil y a intercambiarlo con otros.

 

Otros sitios como Second Life ofrecen a los internautas la posibilidad de crear un avatar (en informática, representación gráfica y virtual de un visitante de la red) a través del cual pueden lanzarse a todo tipo de aventura. El “alter ego” (otro-yo) digital podrá intentar experiencias, atreverse a relaciones, realizar sueños. En Facebook se narran historias mientras que en Second Life se toma parte en ellas. 

Sin duda que estos medios transforman el modo en el cual los participantes descubren el mundo, desarrollan una identidad y construyen una vida de relación.

 

Por un lado son evidentes las ventajas de estas nuevas tecnologías de socialización: permiten establecer relaciones más fácilmente; a los jóvenes más o menos tímidos les abre caminos para expresarse, como es el caso cuando crean un blog o participan en un “chateo” (charla informal). Existen también usos pedagógicos con fines de apoyo en el aprendizaje de idiomas.

 

Por otra parte también son evidentes los peligros. Me lo decía una madre desesperada que no logra apartar a su hijo del magnetismo de la computadora. Los jóvenes sin darse cuenta pueden dejarse atraer hacia relaciones, también sexuales, con personas adultas o mal intencionadas. La frontera entre lo virtual y lo real puede atenuarse y el pasaje de un lado a otro puede resultar nefasto.

 

No son raras las trampas, como la chica que concreta una cita con un “amigo” conocido en internet o el joven adulto que lo hace con una joven que le ocultó que es menor. En Inglaterra se llegó a pactos suicidas arreglados en un sitio internet de socialización. La pantalla de la computadora con su socialización virtual puede incluso ejercitar un enganche tan fuerte, que  dificulte los encuentros de la vida real.

Los peligros de la cyberdependencia son reales. Los jóvenes se ven a veces solicitados por tantos estímulos que después les cuesta concentrarse. A veces el deseo de popularidad difundiendo en la red fotos o videos y la expectativa ansiosa de reacciones, pueden provocar fuertes presiones y conducir a ilusiones y desilusiones.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 4 de noviembre de 2011

La fragilidad humana

Estorbo o valor


Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

La fragilidad es una compañera inseparable de la vida. Aceptada o camuflada, allí está y cada tanto asoma, como la mitológica Hidra de Lerna en forma de serpiente, a la que le cortaban una cabeza y se regeneraba con dos o más. Hoy se oye hablar de las fragilidades económicas y financieras, como si fueran mecanismos movidos por fuerzas anónimas. Mucho menos se habla de la fragilidad humana que en su vertiente perversa mueve tantos mecanismos de la sociedad.

 

La fragilidad aparece, a veces, con manifestaciones congénitas; otras veces como aprendizajes que no hemos adquirido: profesión, oficio, un idioma,  deporte, instrumento musical, sensibilidad artística, etc. Una tarde calurosa me dijo un compatriota en Roma: no me hagas caminar hasta el lugar donde está el Moisés de Miguel Angel, ¡ya lo vi en una postal!

 

Otras veces las fragilidades son de orden moral. Se expresan en conductas sobre las cuales recae una responsabilidad personal y hasta pueden configurar delitos punibles y socialmente cuestionables: abuso infantil, industria pornográfica, tráfico de drogas, trata de personas, aborto, etc.

 

A veces comprobamos que han pasado años y aún estamos lejos de virtudes como la fe robusta ante adversidades o el amor heroico que no afloja ni abajo del agua. ¿Quién no ha oído la queja angustiosa de una mujer porque no puede quedar embarazada o el por qué un cáncer justo a ella? Las podas son parte de la vida; aunque a veces pataleamos: ¡cuántos infartos mal distribuidos! decía una vecina.  

 

Estas líneas me surgieron a raíz de la noticia que el viernes pasado en Bruselas, sede del Parlamento Europeo, se realizó un coloquio sobre “la fragilidad humana en la sociedad europea contemporánea”. Encarada desde el punto de vista médico, filosófico, económico, social y antropológico.

 

El tema ayuda a mirar la vulnerabilidad humana no sólo como una carga social negativa sino en forma innovadora, para contrarrestar ideologías utilitaristas encandiladas por el lucro o el exitismo.

 

Angustiada por un hijo en el CTI una mujer recibió otro golpe cuando el médico le dijo: ¡no estamos para cuidar! Pero agradezcamos a tantos que curan y también cuidan.  

 

La educación permanente es un estímulo para mantenernos activos; aprovechando oportunidades: debates, iniciativas de voluntariado, involucramiento en redes sociales, etc. Con lecturas apropiadas, quizás con menos televisión; visitando gente enferma, anciana o con algún impedimento.

 

Cuando llega la jubilación o una limitación física dificulta salir, pueden realizarse actividades más gratuitas que la vida activa recorta, al menos saludar por teléfono en fechas significativas. Mi padre se había inventado una agenda, en un almanaque con grandes espacios, que  actualizaba cada año, con fechas de la familia, amistades y vecinos de la parroquia y el barrio. Y teléfono en mano conectaba y movía a mucha gente. 

 

El coloquio de Bruselas abarcó también otras zonas de la fragilidad como la vida naciente. Una de los expositores habló de la fe en el poder de los débiles; entre ellos el de los recién nacidos es el más evidente.

 

Un especialista en geodinámica, el profesor Xavier Le Pichon subrayó la importancia de las debilidades y las imperfecciones en cualquier sistema vivo e incluso en las placas tectónicas (falla de San Andrés, en California, por ej.). Otra intervención subrayó que una sociedad es humana cuando se ocupa  de los que sufren. “Es el encuentro con el hombre que sufre lo que constituye la humanidad, y el hombre no cesa de reinventar su humanidad al tener que afrontar las fragilidades.”

 

En estos días vi una película sobre Giuseppe Moscati, médico napolitano fallecido en 1927. Entregó vida, conocimientos y bienes a los enfermos, en especial los de menos recursos. Juan Pablo II lo declaró santo, modelo de vida cristiana. Mirar la fragilidad de frente es de audaces. Pero curar y acompañar con generosidad exige mucha generosidad. Un modo de hacer visible en la sociedad el principio de la compasión, que encarnó Cristo: “¡vengan a mí los afligidos, que yo los aliviaré!”  

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del viernes 28 de octubre de 2011

Amor y pérdidas

Steve Jobs


Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

La muerte de Steve  Jobs el pasado 5  de octubre, nos ha abierto algunas páginas de su biografía que bien vale rescatar.

 

Un abandono inicial marcó su vida. Su madre, Joanne, blanca y cristiana, universitaria, se enamoró de un inmigrante sirio y musulmán, adinerado, compañero  de estudio.  Ambos le dieron una oportunidad a ese hijo no deseado, no querido y no buscado y lo entregaron en adopción a un  matrimonio, Paul y Clara Jobs Hagopian, de origen armenio. El era maquinista de trenes y ella ama de casa. Si lo hubieran abortado no habría nacido el creador de Apple, iPhone, iPod, Macintosh, las tabletas iPad 1, iPad 2, Pixar ni hubiéramos disfrutado con “Toy Story”, “Buscando a  Nemo” y otros.

La historia terminó bien para el niño, que salvó la vida y para los novios que después se casaron. 

 

Otro corte en su vida lo experimentó en relación a sus estudios, que abandonó a los seis meses por razones económicas. Pero siguió asistiendo, como oyente, a las clases que respondían a intereses personales, por un año y medio.

 

Su talento teórico, unido al práctico, se mostró cuando a los 20 años fundó la compañía de la manzana mordida, Apple, que lo convirtió a los 27 años en el millonario más joven del mundo.

Pero el éxito en la vida humana no suele transitar por un camino lineal sino zigzagueante y no carente de paradojas. A los 30 años le tocó otro corte inesperado cuando el directorio lo despidió de la compañía; esto lo empujó a explorar y concretar nuevos emprendimientos.

 

Similar actitud positiva la he encontrado en vidas de héroes y santos. Cuando se cierra una puerta de nada vale rumiar amarguras; entrevieron un golpe de gracia para seguir investigando, creando y concretando sueños. El carácter evolutivo de su espíritu es un dato muy destacable, más allá de los productos concretos que puedan plasmarse.

Steve Jobs miró de frente las muertes y rupturas en su vida. Cuando quedó sin trabajo, cuando le diagnosticaron  cáncer y como actitud vital, como valor de actitud, como lo llama V. Frankl. A los estudiantes de Stanford les habló del amor y las pérdidas. Esas palabras me recordaron algunas páginas de libros de espiritualidad cristiana que recomiendan el “memento mori”, recuerda que vas a morir.

 

Y este hombre, mago de la informática, ídolo para tantos jóvenes, les dijo sin anestesia en un memorable discurso en la Universidad de Stanford, que la muerte es el gran invento de la vida. Para él fue como la maestra de los cambios permanentes. Durante 30 años se ejercitó en analizar sus decisiones situándose mentalmente en la línea de la muerte, que ofrece el criterio de lo valioso y lo descartable. Para no vivir en la mentirosa añoranza: “hago esto pero me hubiera gustado aquello”.

 

Jobs invita a trabajar con pasión, superando obstáculos sin perder tiempo buscando culpables. La fidelidad a las propias intuiciones abre caminos en medio de horas oscuras.

Jobs amaba lo que hacía. Cuando el trabajo y su rutina aburren o se ha perdido la cuota de chispa y creatividad y no se cosechan alegrías, este hombre invita a percibir esa cuota de entusiasmo que nos permite ser  libres y  dueños en las fatigas diarias.

 

Ser fiel a esa voz interna que nos sostiene en las pruebas, que para unos será un futuro mejor, para otros ver a sus hijos, para el cristiano saber que, en todas las cosas prolongamos las manos creadoras y  providentes de Dios Padre. Pero lo importante es inventarle un sentido a lo que hacemos. La fidelidad a esa voz interior es la que a la hora de cerrar los ojos a este mundo, nos dará la serenidad en el momento de la despedida.    

 

Steve habla de cómo la vida tiene un sentido, pero que este no es una fórmula que evita búsquedas y tanteos. El usa la imagen de puntos luminosos que podemos unir sólo cuando los miramos después de haber dado los pasos que eran necesarios. Es como decir: prueben y después me cuentan.

 

Sigan hambrientos, sigan alocados! Eran sus palabras finales a los jóvenes en aquel inmenso escenario al aire libre. No se queden con un título, un lugar seguro. No desprecien el hambre, las pérdidas. ¡Atiendan el corazón y sus intuiciones!

 

Columna publicada en l dirio “Cambio” el 14 de octubre de 2011

Visita de un artista

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

El domingo pasado tuve la visita del pintor Jorge Damiani. Lo trajo un viejo sueño, una deuda de gratitud hacia su tío, Monseñor Fernando Damiani, estrecho y eficaz colaborador del primer obispo de Salto, Tomás Gregorio Camacho. Este reencuentro con quien cumplió hacia él tareas de padre, tuvo varios momentos: visita a la cripta donde está sepultado, entrar al dormitorio donde falleció y apreciar el lugar donde colocamos un óleo que nos obsequió hace un año.

 

Ese cuadro tiene aproximadamente 2 metros de largo por 1, 60 de alto y representa la resurrección de Lázaro, según la narración del evangelio de San Juan. 

 

En el centro de la escena resalta la figura voluminosa y solemne de Jesús, con túnica roja, mano derecha en alto y gesto imperativo: “¡Lázaro, sal fuera!”. El muerto se encuentra en una etapa intermedia entre la vida y la muerte. De pie, pero casi como una momia cuyas vendas empiezan a caer del cadáver; los ojos son cavidades oscuras. Entre Jesús que es la vida y Lázaro, personificación de la muerte, hay dos mujeres, portavoces de los sentimientos humanos ante el vacío o el misterio; son las dos hermanas del difunto, Marta y María. Una de rodillas y de espaldas (de paso me dice que su esposa, fallecida no hace mucho tiempo le sirvió de modelo y que la sometió a varias horas de tortura, posando). La otra hermana, de pie, entre el asombro y el silencio mira al muerto, extrañamente de pie, como despertando, saliendo de una caja oscura. Hay otro personaje, detrás de Jesús, un discípulo, que completa la escena.

 

Después de visitar la cripta donde está sepultado su tío, adiviné el interés de Damiani por conocer la habitación de su pariente. Observó con mucho interés y su sensibilidad de artista recreaba la escena y recogía pequeños detalles de la habitación donde expiró su tío el 13/09/1941.

 

Caminando hacia un lugar donde continuamos la charla mientras comíamos algo, me decía que para él hay dos imágenes en torno a los cuales gira su pensamiento y su creación: son dos cajas, la de la muerte y la del escenario, en los teatros donde su padre, el barítono Víctor Damiani, desplegó una brillante carrera artística en los principales teatros  de la lírica mundial.

 

Al oírlo recordé que esas dos cajas pueden ser como las dos pulsiones básicas, definidas por Freud como eros y tánatos, vida y muerte, que marcan el desarrollo de nuestra existencia.

Me contaba que su padre tenía la costumbre de entrar al teatro varias horas antes; se maquillaba lentamente él mismo y solo, iba entrando en el espíritu del personaje que debía representar.

 

Me contaba que hay un boliche muy típico en Montevideo donde suele ir y donde mantiene diálogos con ribetes filosóficos. Como cuando pregunta a boca de jarro: ¿qué piensa usted sobre el misterio? La pregunta descoloca a sus interlocutores, por lo general hombres atrapados en el circuito económico de la vida. Y comprueba el silencio ante su pregunta. El alma de Damiani pintor camina husmeando la sombra y huellas de un misterio. Coincide con lo que escribió otro artista de fina sensibilidad: “Todo es la punta de un misterio” (Guimaraes Rosa).

 

Otro tema que sacó Damiani en la conversación fue la relación de su tío y el Padre Pío de Pietrelcina. Como su tío tenía cáncer, le aconsejaron viajar a España a consultar al Dr. Marañón. Allí le hablaron de este fraile capuchino en el sur de Italia. Se encaminó a ese lugar bastante apartado y le manifestó al Padre Pío su inquietud. El religioso capuchino le respondió: ¡andá a ver a los médicos! Lo hizo y  comprobaron que no había rastros de la enfermedad. De allí nació un vínculo entre ambos que creció con periódicas visitas y que perduró hasta la hora de la muerte, pues se dice que el Padre Pío lo visitó milagrosamente en sus últimas horas de agonía. De esto conozco solo comentarios transmitidos fragmentariamente, pero verosímiles.

Los artistas poseen una rica sensibilidad, abren al misterio, intentan dibujarlo y además, quieren despertarlo cuando perciben que está  dormido o disimulado en la barahúnda del vivir cotidiano.

Columna publicada en el diario “Cambio” del viernes 23 de setiembre de 2011

“Memoria y Perdón”

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Recientemente en la prensa capitalina el Catedrático de Derecho Penal, grado 5 de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, Miguel Langón se refirió a los militares procesados con prisión por delitos cometidos durante la dictadura. Según este penalista las conclusiones de la indagatoria contra el General Dalmao, de quien es el abogado defensor, se dan en base a inferencias o sospechas.

 

Mirando el asunto desde otro ángulo pienso en la necesidad de una justicia con una pizca de algo más, que llamo perdón. Que no es abandonar la justicia sino de algún modo completarla. Porque aunque se gane un pleito, si no dejo entrar una cuota de perdón, difícilmente se va a superar el rencor.

 

Precisamente la página del Evangelio del Domingo pasado planteaba este delicado asunto. Pedro, que no tenía pelos en la lengua, pregunta a Jesús cuántas veces tendría que perdonar a un hermano las ofensas. Y creyéndose muy generoso larga un número: ¿hasta siete veces? Pedro tenía sus razones; los rabinos enseñaban que un hombre debe perdonar tres veces a su hermano. Otro rabino, José Ben Jehuda, decía: “si alguien comete una ofensa una vez, lo perdonan, si comete una ofensa por segunda vez, lo perdonan, si comete una ofensa por tercera vez, lo perdonan, si la comete por cuarta vez, no lo perdonan”. Pedro pensó: tomo las tres veces rabínicas, las multiplico por dos y le añado una de yapa. Pero en lugar de recibir una felicitación, la respuesta de Jesús fue sorprendente: “¡no te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete!”. O sea, no pongas límites al perdón.

 

El tema, hoy como ayer, tiene enorme repercusión para iluminar los reiterados conflictos de la convivencia. Y como de costumbre Jesús recurre a una parábola o narración inventada para explicar gráficamente su respuesta. Podría titularse: la parábola del servidor despiadado.

 

Un rey quiere arreglar cuentas con sus servidores. Se presenta uno que debía diez mil talentos, (aproximadamente cinco millones y medio de dólares). Impagable para él, sus hijos y nietos. Desesperado el hombre pide plazo para evitar la cárcel. Asombroso. El rey se compadeció ¡y le perdonó la deuda!

 

Sale aliviado y se le cruza un compañero que le debía chirolas (100 denarios=10 dólares). Sin más trámite lo acogota, le pide el pago inmediato o lo mandará a la cárcel. Si las deudas debían pagarse de a medio centavo de dólar, la deuda de 100 denarios se podía llevar en el bolsillo. Mientras que la deuda de diez mil denarios hubiera tenido que llevarla un ejército de alrededor de 8.600 personas, cada uno con una bolsa de monedas de medio centavo, de unos treinta kilogramos de peso; y marchando a un metro de distancia hubiera formado una fila de casi nueve kilómetros. El contraste es apabullante.

 

Nada lo ablanda, ni siquiera le concede plazo y lo hace meter preso. Los espectadores toman partido por este pobre hombre y la noticia se divulga. El rey llama al responsable de este episodio y le dice: “¡Miserable!, me suplicaste y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero como yo me compadecí de ti? E indignado el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía”.

Conclusión: olvidar el perdón recibido nos endurece.

 

El Papa Juan Pablo II supo perdonar. Luego del atentado en plaza San Pedro el 13/V/81 y de cuatro días en sala de reanimación, el domingo siguiente grabó un mensaje, que entre otras cosas decía: “Rezo por el hermano que me ha atacado, al que he perdonado sinceramente”. Se refería al turco Alí Agca, un asesino profesional. Más adelante, el 23/XII/83, el Papa dio otra prueba de su disposición al perdón. Visitó la cárcel romana de Rebibbia y fue al encuentro de su frustrado asesino. Las fotografías muestran a dos hombres sentados en sillas de plástico, Alí con vaqueros y championes, escuchándolo.

 

A los pocos días los obispos uruguayos estábamos en Roma y compartimos un almuerzo con el  Papa. Sentado a su izquierda me animé a preguntarle qué le había dicho Alí Agca. Me sorprendió la respuesta: “¡Que nunca había errado un tiro!”

 

Publicado en el Diario “Cambio” del 16 de setiembre de 2011

“Nacimos de nuevo”

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

El reciente 28 de agosto, cuando ya se había ocultado el sol, salí del auto accidentado con algunos magullones y delgados hilos de sangre que nublaban la vista y manchaban el rostro. Me fui dando cuenta que habíamos nacido de nuevo. La sensación la tuvo mi amigo Francisco, baqueano de las rutas, que al ver ante sus narices un camión sin luces, sólo atinó a un grito: “¡nos matamos!”

Cuando el cabo de la seccional 4ª  me tomó declaraciones en el sanatorio, las preguntas de rigor fueron sobre las circunstancias del hecho y la identificación de los ocupantes del vehículo. Pudo así completar los datos para el trámite judicial.

Pero repasando lo ocurrido desde otra perspectiva, con ojos de asombro, me permiten afirmar que los hechos nunca son la suma de factores casuales. Lo expresa muy bien Joao Guimaraes Rosa, novelista brasileño, en su cuento “El Espejo”: “todo es la punta de un misterio; inclusive los hechos, o la ausencia de ellos. ¿Usted lo duda? Cuando nada acontece, hay un milagro que no estamos viendo.”

Una mirada desde la ventana de la fe nos permite ensanchar los espacios y el alcance de nuestra racionalidad. De esta manera a través de lo que nos ocurre el creyente puede comprobar que Dios nos educa como un padre a través de los acontecimientos de la vida. Así como el pueblo judío durante los cuarenta años de la travesía por el desierto fue despertado por Moisés e invitado a recordar, reconocer y adherir a una clave de lectura novedosa de la propia historia. Así lo afirma el Deuteronomio, uno de los cinco Libros de la Torá o ley judía.

Cuando desperté y tomé conciencia de lo ocurrido me parecía un sueño. Oía voces extrañas que no distinguía, focos de linternas, vecinos que me ayudaban a salir, una mujer que me daba una hoja de aloe, “le hace bien si se la pasa por la cara!” Del Toyota que me había llevado a tantos lugares salía un vapor, supongo que del radiador; parecía que me decía con la lengua jadeante: hasta aquí llegué.

Cuando ocurren esos derrumbes sorpresivos, lo primero es comprobar que uno no lo había planeado; altera la agenda, cambia prioridades, uno se siente frágil y necesitado de cuidados. Dos ideas luchan entre sí: aceptar pacientemente los ritmos del propio cuerpo y a la vez deseando el restablecimiento, atento y agradecido al médico y adivinando sus silencios.

Al salir de Bella Unión, aquella tarde, no podía tener todas las fichas del rompecabezas. Porque la vida la voy haciendo paso a paso, cincelando golpe a golpe los renglones de la agenda. Con mi pensamiento ya había llegado, mientras que con el auto aún me faltaba un buen trecho y alguna sorpresa.

¿Fue una desgracia con suerte? ¿Es un regalo de la mano de Dios? ¿Es una oportunidad para mi vida?

El golpe tuvo repercusiones. Recibí llamadas de gente que hacía años estaban en silencio. Comprendí así que el dolor acerca, baja barreras, acorta distancias.

He vuelto a pensar en la experiencia de los propios límites. Están ahí, encontronazos, dolencias, exámenes médicos, revisión de rutinas y hábitos. Si los reconozco podrán transformarse en “límites sanadores”. Límites físicos, humanos, sicológicos, desgastes, cansancios, límites espirituales: acostumbramiento a vivir según la propia agenda y no considerar la de los otros y tantos imprevistos.

En la celebración de la fiesta de Santa Rosa en Bella Unión había escuchado la página evangélica de la perla preciosa escondida y descubierta en el campo por un comerciante. Allí veo una clave para comprender lo ocurrido: en la oscuridad de esas horas, voces extrañas, sentado en la tierra a la espera de los primeros auxilios, pasándome un pedazo de aloe en la cara, sin saber qué me esperaba. Allí estaba con vida y consciente. Agradeciendo a Dios y a la gente. Ese era para mí el tesoro escondido que tenía que valorar, la clave para entender mejor lo ocurrido. Y me quedé tranquilo a la espera de lo que vendría en los días siguientes.

Columna publicada el 9 de setiembre de 2011 en el Diario “Cambio”

Trabajar en el perdón

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Lo dijo un hombre de confianza del Presidente Mujica, el Doctor Alberto Breccia, prosecretario de la Presidencia, que da señales de no contentarse con lo políticamente correcto.

 

Para mucha gente vivir consiste en dejar aflorar la espontaneidad casi silvestre. Proponer por lo tanto “trabajar” en esa zona de sentimientos humanos donde confluyen perdón y venganza, memoria y olvido, planteando una tregua de reflexión, podría interpretarse como un enfriamiento de impulsos espontáneos o una revisión a destiempo.  

 

Para ser persona responsable no alcanza una vida espontánea silvestre. La experiencia muestra que en cada uno de nosotros emergen dos espontaneidades, una buena y otra mala, una luminosa y otra tenebrosa, cuyos hilos hay que desenredar porque se presentan frecuentemente entremezclados. Trigo y cizaña crecen juntos; se pueden distinguir pero no separar definitivamente. Lo dice el tango: “rencor, tengo miedo que seas amor!”

 

El perdón, para Breccia, es algo en lo que hay que trabajar para superar enfrentamientos del pasado. Y como el perdón, antes de ser un hecho social nace en la conciencia personal, habló en primera persona: “he sido afectado directamente y siento que he perdonado”. Y aún sabiendo que es un tema muy sensible para familiares de detenidos desaparecidos e integrantes de organizaciones de derechos humanos, les propuso trabajar sobre ello. Sin desconocer que “estamos en una situación en la cual no podemos convencer de esta posición a quienes siguen buscando justicia”.

 

Destaco otra afirmación muy lúcida del Dr. Breccia: hasta que no se logre ese perdón no habrá paz. Y en forma gráfica explicó una especie de vértigo o espiral que envuelve a la persona cerrada al perdón: “Les he dicho a los compañeros que han venido a hablar conmigo, nosotros los tenemos en prisión y ustedes me van a pedir que estén todos en prisión, y cuando estén todos, me van a pedir que no estén en Domingo Arena (actual centro de reclusión en Montevideo), que vayan al penal de Libertad a pasar en condiciones de reclusión graves. Y cuando estén ahí no va a alcanzar, y me van a decir que no tienen que salir al recreo, porque lo que hicieron fue imperdonable, y ahí volvemos al tema del perdón”.

 

Sosteniendo una ética y una cultura del perdón podrá llegar la política del perdón, Juan Pablo II a comienzos del año 2002, augurando paz después del terrible año signado por los acontecimientos del 11 de setiembre en Nueva York, expresó: “Los indecibles sufrimientos de los pueblos y de las personas, entre ellos no pocos amigos y conocidos míos siempre me han interpelado. Muchas veces me he detenido a pensar sobre esta pregunta: ¿cuál es el camino que conduce al pleno restablecimiento del orden moral y social, violado tan bárbaramente?” Y la convicción a la que llega es que no se restablece completamente el orden quebrantado, si no es conjugando entre sí la justicia y el perdón. Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón.”

 

Aunque parezcan lejanos, no hay que pensar en la justicia y el perdón como términos alternativos. El perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. La verdadera paz es fruto de la justicia. Pero como la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, expuesta  a limitaciones y egoísmos personales o de grupo, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas.

 

El perdón no se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. El perdón tiende a la plenitud de la justicia, que siendo mucho más que un frágil cese de las hostilidades, pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas.

 

El perdón es una decisión personal que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. ¿Por qué no tratar a los demás como uno quisiera ser tratado? 

 

El cristiano alimenta cada día su capacidad de perdón, base de una sociedad más justa y solidaria: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 12 de agosto de 2011

Bajar la edad ¿y después?

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Continúa la campaña que va sumando voluntades de ciudadanos para bajar la edad de imputabilidad de los 18 a los 16 años a través de una reforma constitucional. Esto permitiría a los jueces aplicar sanciones más duras a menores infractores. 

 

Sin duda que se está ante una reacción espontánea y hasta esperable, cuando, por ejemplo, un menor dispara a quemarropa ante una mínima insinuación de resistencia.

 

Se ha quebrantado el principio básico de justicia, que debe regir una convivencia civilizada. La pérdida de un familiar o vecino, que cumple un trabajo honesto, en circunstancias de un atraco, rompe cualquier lógica que se pretenda encontrar. 

 

La sensación de impotencia se extiende a robos a centros educativos donde se destruye lo que cuesta esfuerzo y dinero levantar. Es lo que vi en el rostro de la Hermana Norma, salesiana, cuando me contaba lo ocurrido en el Barrio Don Atilio. Les robaron sillas y mesas que habían logrado comprar juntando los pesitos durante dos años y estaban estrenando en la Capilla a la que recientemente lograron cambiarle el techo. 

 

Admitamos que en muchos casos, el móvil de estas acciones es la droga. Lo prueba un hecho protagonizado días pasados por tres niños de 9, 11 y 12  años. Se trata de niños que tienen decenas de hechos delictivos y que deambulan, roban o cometen arrebatos. En este caso robaron cuatro celulares para comprar 20 “chasquis” o dosis, para consumir. Según fuentes, su valor ronda entre $40 o $50 y los adictos llegan a comprar hasta 10 “chasquis” en un día. Con ese precio se pueden comprar 30 litros de leche o 3 kilos de asado.

 

Uno de los menores se fugó de la propia casa. Otro huyó de dependencias del INAU a donde había sido derivado por hechos similares. El tercero está totalmente en situación de calle. Su padre tiene antecedentes penales por varios delitos, algunos graves, mientras que su madre es alcohólica. Este menor no tiene lugar estable para pernoctar, no se higieniza, no se alimenta e incluso ha llegado a vender la propia ropa que viste para conseguir droga.

 

Ante hechos como estos, salta a la vista que la rebaja de la edad de imputabilidad dejará intactos a estos menores, a los cuales habrá que encontrarles otros caminos.

 

Los menores que he mencionado, según dictaminó la Justicia, debían concurrir al Juzgado de Familia con sus representantes legales, a donde habían sido emplazados. Pero ninguna de ellos concurrió a la sede judicial, como tampoco sus padres.

Otra pregunta que me hago es la siguiente: ¿qué personas o instituciones serán responsables de su reeducación? De lo contrario engrosarán las instituciones, hoy desbordadas, para encarar un programa claro y evaluable en esa dirección. Obvio que no es tarea para nada sencilla. Si en condiciones “normales” educar no es tarea fácil, los desafíos aumentarán cuando se trate de jóvenes con un vacío educativo familiar importante.

 

Queda patente la desolación de estos menores abandonados por sus padres. Y la pregunta recae en la creciente debilidad de nuestras familias para encarar este deber prioritario. Y ¿qué eficacia pueden tener unas horas al día en una escuela, frente al resto de las horas del día donde un niño o adolescente está libre y sin ninguna autoridad que marque prioridades y límites? ¿Qué hacemos para educar o reeducar, tarea básica de una familia, centro educativo y del propio estado al fin de cuentas?

 

Educar es una tarea primordial de cada familia y centro educativo. Todos estamos llamados a ser personas, con una propia subjetividad y autoestima, con responsabilidad para dar respuestas libres. Pero la situación cultural que hoy campea no augura buenos resultados. Muchos sabrán agitar insignias alentando a “la  celeste”, pero las metas de muchos no irán más lejos de una pelota o un grito. Lo digo con el dolor y la cuota de responsabilidad que también me toca a mí.

 

¿Qué hacemos para fortalecer espacios educativos, en primer lugar el hogar y la familia, el barrio, para generar redes que contengan y disciplinen?

 

En Río se abrió un albergue para rescatar a menores adictos y ya son 680 los involucrados en el programa. Además de firmar, ¿qué más podemos pensar entre todos?

 

Columna publicada en el Diario Cambio del 5 de agosto de 2011

 

¡Gracias Uruguay!

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

 

Entre los homenajes a los ganadores de la Copa América, rescato estas dos palabras que ví pegadas en algunos parabrisas. En su extensión entramos todos: los que corren en la cancha y los que sudan la camiseta en cada hogar, lugar de trabajo, barrio o centro de estudio, gobernantes, jubilados y organizaciones sociales, los héroes silenciosos y los excluidos, los que tienen libertad para moverse y los privados de ella. Los que alentaron en el monumental de Núñez y los que suspirábamos ante un televisor.

 

Gracias Uruguay es el sueño de ser una gran familia, en la que cuando gana uno ganamos todos. Aunque a veces juguemos como adversarios en alguna refriega o queden muchas heridas por cerrar.

 

Entre tantos días especiales que se incluyen en nuestro manoseado calendario, no existe el día de Acción de Gracias, como en Estados Unidos. Y en lugar de agradecer, aflora la queja. Quizás influye una religiosidad poco elaborada o bien porque los agradecimientos muestran simpatías que no conviene externalizar. Sin embargo el dar gracias, en una sociedad donde el valor pretende indicarlo la marca que compro, es un sentimiento muy noble. Y muy propio del alma cristiana, cuyo centro es la Eucaristía o Misa, que significa Acción de Gracias, que celebramos cada Domingo.

 

Cuando vi levantar la Copa en manos del sudoroso capitán, pensé cuántas horas de entrenamiento y dedicación invertidas para ese logro, efímero al fin. Mi padre solía recordarnos una conocida máxima: el genio es el resultado en un 90% de transpiración y en un 10% de inspiración.

 

Mirando el desempeño del equipo, rescato algunos aspectos de la Copa América, que Uruguay añoraba desde 1995.

 

El maestro Tabárez, a diferencia de otros técnicos mediáticos y bullagueros, se ha movido con un estilo discreto, sin dar detalles previos sobre la integración del equipo ni permitir husmear en las prácticas.

Además respeta al adversario, sin rebajarlo ni mirar con soberbia sus puntos flacos. Esto importa no sólo en el deporte sino también en la vida. “Por respeto y por forma de trabajo eso es lo que debemos esperar de Paraguay, un equipo que lucha, que pelea, que es duro. Nunca vamos a dar un partido ganado antes de jugarlo”, declaró. 

 

El estilo de Tabárez apunta no sólo a un resultado puntual, a veces adverso o fortuito, sino a un proceso técnico y mental: “el éxito no son sólo los resultados –ha dicho- sino las dificultades que se pasan para obtenerlos. Apreciamos la lucha permanente, el espíritu de plantearse desafíos, y también la valentía para superarlos.”

 

El estilo discreto se ve también en varios jugadores del seleccionado, como es el caso de Fernando Muslera. En una ocasión  entré a una oficina del Vaticano y apenas informé al portero que venía de Uruguay, abrió su corazón de buen “tifoso” comentando la trayectoria de este joven valor del equipo romano del Lazio.  En los comienzos tuvo altibajos, a tal punto que después de una goleada (5 a 1) que le hizo el Milán lo mandaron por un buen tiempo al banco de suplentes. Pero aguantó con humildad, hasta que lo llamaron nuevamente y tapando situaciones de gol cara a cara con los delanteros, como lo vimos en la reciente Copa, ayudó a obtener victorias memorables a su equipo.

 

Varios jugadores de la selección han expresado que la victoria es fruto de un esfuerzo colectivo impuesto por el entrenador. Luis Suárez, nombrado mejor jugador de la final y del torneo, destacó que su equipo es “un grupo dentro y fuera de la cancha” y esto lo han logrado “con mucho esfuerzo”. Y repasando los partidos no olvida el enfrentamiento muy parejo con Argentina, donde “la entrega máxima que tuvo todo el equipo en ese partido fue fundamental”.

 

Ese espíritu de cuerpo apareció en la final, cuando Suárez le dio el pase a Forlán. Podía pensar que él, sumando un gol más, conseguía el galardón de máximo goleador, pero le regaló la pelota a su compañero para que definiera el tercer gol.

 

La victoria del seleccionado uruguayo ha acercado a todos los sectores de nuestro pueblo, despertando el agradecimiento. Esa victoria puede ser también la nuestra, la del esfuerzo responsable de cada uno en su propia cancha. ¡Gracias Uruguay

“La Biblia llega al pueblo”

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Una comprobación alentadora. Crecen las ediciones en español y en los idiomas más universales del libro más importante de la humanidad. Se traduce a las lenguas indígenas como el aimara o el quechua en nuestro continente. Y lo más destacable es que en las comunidades cristianas de América Latina la gente toma este libro y encuentra en sus páginas, entre tantas palabras que se cruzan al cabo del día, un alimento espiritual y una brújula para caminar. 

 

Durante esta semana los párrocos y sacerdotes de Artigas, Salto, Paysandú y Río Negro tuvieron jornadas de estudio sobre la Biblia y la misión de la iglesia, dirigidos por el Padre Daniel Kerber, especialista en el tema e integrante de un equipo internacional de traductores. 

 

Se intentó redescubrir la novedad de este libro: el hecho de que Dios hable y responda a nuestras preguntas más candentes y existenciales. En esta experiencia hay una cercanía con los cristianos de todo el mundo que participan en diálogos ecuménicos y en proyectos comunes de traducción y difusión del texto bíblico. También hay vínculos cercanos al pueblo judío que testimonia su veneración por las Sagradas Escrituras judías, que también son parte de nuestra Biblia.

 

No desconocemos la dificultad que presentan algunas páginas bíblicas, que sorprenden al joven estudiante cuando un profesor poco actualizado en estudios bíblicos, plantea la aparente incompatibilidad entre relatos de hace 25 siglos con afirmaciones de la ciencia actual como el evolucionismo. Pero se olvida que la Biblia no pretende ser un libro de ciencia sobre el universo sino que es un texto religioso sobre la condición humana en el mundo, sus peripecias y conflictos, a la luz de la Palabra que Dios.

 

Todos hemos estudiado en el liceo alguna página bíblica, pues estamos ante un libro que puede leerse como literatura. Y junto a la belleza  de algunos salmos admiramos la luminosidad de las enseñanzas del Sermón del Monte.

 

Otras  veces este libro se ha tomado como un texto del pasado, un compendio de principios éticos dictados por un Supremo Arquitecto, que puso en movimiento el mundo y ahora contempla con ojos distantes, los vaivenes de la tierra. Esta interpretación es fruto de una razón positivista que se cierra a la posibilidad de que Dios entre en la vida de los hombres y les hable con palabras humanas.

 

En estos tiempos turbulentos no faltan quienes toman los relatos apocalípticos y señalan que las catástrofes ya estaban anunciadas. Hacen una lectura fundamentalista o “a la letra” buscando en este libro respuestas concretas y urgentes a sus inquietudes.

 

La iglesia propicia el uso de diversos métodos de acercamiento a los libros sagrados. Uno de ellos es el método histórico-crítico, que ha procurado explicar la formación cronológica del Pentateuco o 5 primeros libros de la Biblia, determinando el género de cada narración (poesía, historia, etc.) y el ambiente donde se originó. El texto es sometido a un análisis lingüístico y semántico, que utiliza las herramientas de la filología histórica.

 

Pero la lectura de este Libro no es siempre fácil, ya que junto a páginas sencillas como la parábola del sembrador, hay otras que indican que este libro, en realidad, es una biblioteca, cuya formación se extiende a lo largo de unos 15 siglos y que ha visto la luz en el marco de una civilización muy distinta de la nuestra.

 

La Biblia se ha definido como ventana y  espejo. Ventana que muestra la historia de un determinado tiempo y lugar. Pero al mismo tiempo espejo donde aparece reflejada nuestra propia situación. No se lee una historia que ya fue. En ella hay enseñanzas para que también hoy, con ojos creyentes, se descubra la actuación de Dios en el mundo.

 

 El poeta Paul Claudel experimentaba la sorpresa de que “Dios haya hablado claramente a los hombres, que esta Palabra haya sido consignada en un documento escrito para todos los tiempos! A esta Palabra no basta recorrerla con los ojos y los labios; hay que apegarse a ella, permanecer e impregnarse de ella. Tenemos que habitarla, almacenarla, dormirnos y despertarnos con ella, persuadiros de que ella es pan del que tenemos hambre”.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 22 de julio de 2011

 

Rehabilitación de adictos
Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

En un reciente encuentro sobre adicciones en que participé se debatió un dilema básico en el encare de la relación con la persona adicta. La posición que comparto adopta como fin y como estrategia, la “rehabilitación”, o sea, la recuperación de inclinaciones auténticas del propio ser. No medias tintas; sería como un DT planteando al equipo salir segundos o errar penales.

 

Este objetivo marca la diferencia con quienes buscan la “disminución” del daño. Y en consecuencia admitirán por ejemplo el consumo de las drogas “blandas” y el propio cultivo de la marihuana.

 

Observando la propagación de la droga a nivel internacional se aprecia que se conecta de diversos modos con redes de violencia, comercio de armas y terrorismo, que hacen peligrar el equilibrio social de algunas regiones del continente. Donde impera el tráfico de drogas las vidas humanas cuentan poco o nada, como me mostraron en México testigos de la guerra feroz entre los cárteles. Y el desprecio de la vida siembra violencia y desintegración social.

 

Salto, en escala menor, no escapa a estos circuitos; se ha informado de mujeres sorprendidas en tareas de correos humanos o de “mulas”. Otras veces la red de colaboradores es más sofisticada, integrada con personal especializado: químicos, expertos en comunicaciones y en reciclaje de dinero, etc.

 

Queda claro pues que no existen criterios éticos en el laberíntico mundo de la droga. Un ejemplo es el consumo creciente en el Brasil de una droga más barata que la pasta base, designada como “oxi”, con un valor de un real o algo menos la dosis, preparada con restos de la producción de cocaína mezclados con cal, gasolina o kerosene. En el Centro Nueva Vida de ese país, que brinda asistencia a adictos, abundan historias de vidas y familias destruidas por esta sustancia.

 

Los psicólogos y sociólogos afirman que la primera causa que empuja a los jóvenes y adultos a la perniciosa experiencia de la droga es la falta de claras y convincentes motivaciones de vida. La falta de puntos de referencia, el vacío de valores, la convicción de que nada tiene sentido y que por tanto no vale la pena vivir. El sentimiento desolador de ser sujetos anónimos en un mundo absurdo, puede empujar a la búsqueda de huidas desesperadas.

 

Otra causa del fenómeno de la droga es también la sensación de soledad difundida en la ruidosa sociedad moderna e incluso en la propia familia.

 

Si a la falta de amistades añadimos el descuido de la vida interior, ese diálogo con nuestro otro yo y con los afectos que sobrevienen; y en el caso del creyente del diálogo personal y confiado con Dios, estos vacíos empujan a buscar evasiones.

 

La búsqueda de estos “paraísos artificiales” hay que encontrarla también en la estructura social fragmentada e insatisfactoria que no encuentra una vivencia estable o una referencia firme en medio del fuerte oleaje.

 

El incremento del mercado y del consumo de drogas demuestra que vivimos en una sociedad con esperanzas cortoplacistas, carente de propuestas humanas y espirituales vigorosas y de largo aliento. Como consecuencia de ello muchos jóvenes piensan que cualquier conducta da lo mismo, sin distinguir entre el bien y el mal y sin tener experiencia del sentido de los límites psicológicos y éticos.

 

Sin valores, el joven adicto es un “enfermo de amor”. Lo que importa no es tanto la droga en sí misma considerada sino los interrogantes humanos, psicológicos y existenciales, implicados en esas conductas. Recurrir a la droga es un síntoma de un malestar profundo. Detrás de ese fenómeno hay una persona con necesidad de reconocimiento, valoración y amor.

 

El problema hay que focalizarlo pues en la enfermedad del espíritu que lleva a la persona a huir de sí misma y a buscar placeres ilusorios, escapando de la realidad y perdiendo por completo el sentido de la existencia personal. El uso de la droga es un pretexto para no afrontar todas las exigencias de la vida, que abarcan también los días negros en que la propia humanidad pesa y desalienta.

 

Ante estos sufrimientos tan humanos no cabe otro camino que acompañar a la persona procurando la completa rehabilitación de sus capacidades adormecidas.

 

Publicado en el Diario “Cambio”, 17 de junio de 2011

 

El final de la vida

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Acaba de fallecer el “Doctor Muerte”, como llamaron al médico armenio-americano Jack Kevorkian, inventor de una máquina para provocar un suicidio fríamente calculado. Pasó 8 años en prisión, acusado de homicidio en segundo grado, al haber aplicado una eutanasia agresiva a 130 enfermos incurables. Pero por lo que se sabe él no recurrió a su invento para adelantar su muerte. Señal de que no estaba tan convencido. Su vida fue llevada al cine en el 2010, interpretada por Al Pacino.

 

Qué diría el autor del Eclesiastés cuando escribía su poema: “Todo tiene su tiempo… tiempo de nacer y tiempo de morir” (3,1-2). Tanto el comienzo como el final eran considerados acontecimientos naturales que apenas admitían modificación.

 

Hoy, el desarrollo de las ciencias biomédicas que prolongan la esperanza de vida, las presiones de algunos profesionales y de centros de salud, las urgencias de los familiares y el alejamiento de la muerte en muchos sectores de la cultura predominante, han alterado la idea, la experiencia y la valoración de la “propia” muerte. Subrayo lo de “propia” pues la muerte por guerras, fenómenos climáticos, accidentes, hambrunas y violencias silenciosas que no aparecen, generalmente violentas, es el pan amargo de cada día.

 

Los avances de la medicina permiten disponer de terapias con las que se puede luchar eficazmente contra muchísimas enfermedades. Pero esto tiene también su contrapartida. Hoy se habla de “encarnizamiento terapéutico” para referirse a una acción médica centrada en prolongar la vida del enfermo, pero que puede ser muy cruel para el mismo paciente, ya que significa la prolongación de un proceso irreversible, acompañado de graves dolores y angustias.

 

Para muchos la muerte es como la Parca que de modo fatídico corta el hilo. Erich Fromm propone una pista de reflexión en su libro Etica y Psicoanálisis. Para él el síntoma del “horror de morir” es el resultado “del fracaso de no haber sabido vivir; es la expresión de nuestra conciencia culpable por haber malgastado nuestra vida. Morir es dolorosamente amargo, pero la idea de tener que morir sin haber vivido es insoportable”. Entonces antes que entristecernos por un final anunciado, deberíamos preguntarnos cómo vivimos en el presente.

 

La propia muerte o la de un ser cercano sólo puede aceptarse abriéndonos a un sentido espiritual de la vida, que incluso psiquiatras como Viktor Frankl, lo proponen como un necesidad profundamente humana. Ante la pérdida del ser más querido que plantea la pregunta si la vida tiene ya sentido, dice Frankl: “¡Ay del hombre cuya fe en el sentido de su existencia vacile al llegar este momento!”. Y desde un ángulo clínico postula la necesidad de encontrar energías espirituales para superar esos duros golpes. La fe en un sentido superior, entendida como algo más allá o con un sentido religioso en un Dios Providente, “tiene una extraordinaria importancia. Para quien se hace fuerte en esta fe no existe, en última instancia, nada carente de sentido” (Psicoanálisis y Existencialismo).

 

A la Hermana Muerte, como la llamaba amablemente Francisco de Asís, a veces le pedimos treguas y alargues, al descubrir tareas o cuentas pendientes. Aún en estos casos, la historia interior de una persona, en todo su dramatismo e incluso en su dolor trágico, no acontecerá nunca “en vano”, aunque no llegue a escribirse ninguna novela que la relate.

 

En mayo de 1890, en el sur de Francia, un pintor con una enfermedad mental alucinatoria se recluyó voluntariamente en el área psiquiátrica del hospital. Pintaba con la urgencia de quien sabe que sus días están contados. Fueron las pinturas más hermosas y profundas de toda su vida. Sabía captar el sufrimiento de los aquejados por enfermedades, vejez y abandono. Tituló un cuadro “Anciano en la tristeza en el umbral de la eternidad”. En una silla con asiento de paja, burdos zapatos y ropa hospitalaria azul pálido. Ese anciano, Van Gogh, será un día cualquiera de nosotros. La enfermedad, la vejez y el tránsito por este mundo son los tres inevitables.

 

“Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana Muerte corporal…”, rezaba San Francisco.

 

Columna publicada en el Diario “CAMBIO” del 10 de junio de 2011
 

 

Prontos para perdonar

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

El psicólogo italiano Claudio Risé escribiendo sobre el “oficio” de padre dice que probablemente lo más difícil para cumplir bien esta tarea es “aceptar y dar espacio a la figura paterna dentro de sí y en la propia vida”. Y por lo tanto y ante todo, aceptarse como hijos, serenamente agradecidos de lo que hemos recibido de ellos. Pero esto requiere una condición importante: estar “prontos para perdonar lo que no han sabido o podido darnos”. Quisiera detenerme en esta acción del perdonar, que necesitamos conjugar en tantas direcciones y situaciones a lo largo de la vida.

 

Empecemos por la raíz. Perdón, literalmente, es dar con el corazón. Esta palabra tiene dos partes: “per” con el significado de “cabalmente” y “donar o regalar”. Existencialmente significa devolver la posibilidad de vivir. Y por lo tanto el mal que se ha producido o el recuerdo de lo que nos pasó, no es más una herida o una objeción, sino un motivo mayor para amar. En el perdón acontece un milagro: el mal se transforma en bien, porque me desafía a descubrir nuevas formas y expresiones del amor.

 

Jesús en el Sermón del Monte propone un escalón muy elevado de la ética cristiana en las relaciones humanas cuando prescribe el amor a los enemigos. A mí me ayudó mucho comprender esta página tan difícil cuando leí que el griego es un idioma muy rico en palabras con significados similares, por ejemplo hay cuatro palabras diferentes que equivalen a nuestro sustantivo “amor”. 1) Está el amor o afecto familiar: “El niño, dice Platón, ama (el verbo es stérguein) a quienes lo han traído al mundo y es amado por ellos”. 2) Está el amor de un hombre por una mujer, con un componente de pasión; en este caso el verbo es “éran”. Sófocles describía el éros como un terrible anhelo. 3) Está el amor de amistad o filía que existe entre los íntimos de una persona. Indica el amor tierno, cariñoso, cálido. Y el verbo es filáin. 4) Por último está el verbo agapán, que es el usado en este pasaje del Sermón del Monte y el sustantivo es agápe. Significa benevolencia invencible, infinita buena voluntad. Si consideramos a una persona con agápe, no importa lo que esa persona pueda hacer o hacernos, no importa cómo nos trate, si nos insulta u ofende; siempre intentaremos mirar con esa benevolencia que busca, en toda situación, el mejor bien para el otro.

El amor a los enemigos no es un sentimiento del corazón que brota espontáneamente; participa también la voluntad. Los cristianos sólo podemos tener gape cuando Jesús nos capacita para vencer nuestra tendencia natural hacia el rencor, el resentimiento y la venganza.

 

En la película Mi Vida se muestra a un matrimonio joven y feliz; a él le han detectado cáncer y quiere grabar para el futuro hijo escenas familiares. Visitan a los padres del esposo y el reencuentro se transforma en un intercambio de viejas facturas pero donde falta el perdón. En una terapia con un chino, éste le dice que percibe señales de odio.

 

En la historia contemporánea hay hechos que muestran que muchas veces la grandeza de un hombre es cuando sabe ponerse de rodillas. Así lo hizo el canciller alemán W. Branddt cuando llegó a Varsovia: se arrodilló delante del monumento a los caídos y pidió perdón en nombre de una entera nación. El perdón no es un gesto “obligado”; tiene que superar lo previsible y avanzar por el campo del don y de la gratuidad.

 

Desde la perspectiva jurídica, no faltan instrumentos en este camino. Un primer paso hacia la reconciliación es la prescripción, entendida como la prohibición de perseguir penalmente a una persona por acciones cometidas; otro escalón más arriba es la amnistía que tiende a cancelar las huellas síquicas o sociales, como si nada hubiera ocurrido.

 

Pero existe un nivel más alto e íntimo, el de la moral, donde el ser humano se descubre dentro de una concepción de la persona en términos de don. Ofrecer el perdón constituye el gesto más alto, porque es una respuesta al don recibido. La tradición bíblica transmite a la filosofía el espíritu de la Regla de Oro: “Hagan por los demás lo que quieren que los otros hagan por ustedes” (Lucas 6,31).

Cada día se puede avanzar. No hay que dejar pasar la ocasión.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 27 de mayo de 2011
 

La conciencia amenazada

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

El actual clima social y político, donde los debates parecen redundantes escenas del Gran Hermano, uno se pregunta si las decisiones importantes se toman con ponderación y conciencia o a los empujones.

 

Decidir bien es una típica manifestación de la dignidad personal. Cuando una persona toma decisiones de manera lúcida y consciente, su valor personal crece. Una buena conciencia hace referencia a la honestidad y rectitud en el obrar. En el polo opuesto está la caricatura del “camaleón”, cambia de colores según la ocasión. En este caso la conciencia se vacía y el espesor personal se evapora.

 

Me pregunto hasta qué punto las lealtades partidarias pueden sustituir las convicciones elaboradas por el individuo en ese rumiar interior donde cada uno intenta ajustar su accionar en conformidad con las certezas internas.

 

Erich Fromm distingue dos tipos de conciencia, la autoritaria y la humanista. Quien sólo actúa en función de mandatos y presiones externas, se ubica en la etapa de la conciencia autoritaria. Quien madura, filtra las voces interiores, escucha sus mensajes y toma decisiones conforme a ellas, avanza por la senda de la conciencia humanista. Un ejemplo: la ley que prescribe “no matar” puede ser en algún momento una ley externa: no lo hago porque voy preso. Pero también uno podría masticar y reformular en positivo esta ley, dándose cuenta que es también una ley interna que humaniza y obliga a cuidar y proteger la vida de otros. Así, casi sin darme cuenta, he pasado de una conciencia autoritaria a otra conciencia más humanista. A mí nunca me dijeron que no debía pegarle a mi madre; y eso naturalmente lo viví como cosa obvia y nunca como prohibición. Conciencia y acción crecen juntas entre verdades y mentiras. A. Machado testimonia su camino interior para encontrar el tesoro en el barro de cada día: “en mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad”.

 

Cuando la conciencia está despierta, provoca una sorprendente experiencia de libertad que conlleva una cuota de fecundo sufrimiento. Un ejemplo es el de Antígona, en la obra homónima de Sófocles, del siglo V a. de Cristo. Esta mujer valiente, desobedeciendo la prohibición del rey de Tebas de hacer ritos fúnebres al cuerpo de su hermano Polinices, acusado de traición a la patria, desobedece la ley civil y cumple con este sagrado deber, “porque las leyes humanas no pueden prevalecer sobre las divinas” y afronta la fatal consecuencia que recaerá sobre ella.

 

Pero una de las figuras más excepcionales y que ha alcanzado una validez universal en la historia espiritual de Occidente, desde el año 399 a.de C. es la de Sócrates. Hombre que intenta vivir en sintonía con el “dáimon”, que es la divinidad o voz interior que lo guía, tanto en las cosas diarias como las vinculadas a los profundos interrogantes de la vida. “El ha tomado siempre esa voz muy en serio. Ella no significa, sin duda, la protesta de la razón o del saber, como pretenden las explicaciones racionalistas. Se trata más bien, de una premonición que proviene de otro y que comporta caracteres numinosos”, como afirma R. Guardini en su brillante estudio sobre el tema.

 

El tema de la objeción de conciencia, que ha entrado legítimamente en el campo de los derechos humanos, dentro del derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa, ha dejado en claro que se trata de un derecho inscrito en la misma condición humana. Implica el no ser obligado a realizar actos contra las propias convicciones de conciencia y el no ser discriminado por ello.

 

En la historia de la Iglesia se mantiene vivo el recuerdo del Cardenal Newman, inglés del siglo 19 y de una de sus frases famosas en una carta al duque de Norfolk: “Si yo tuviera que brindar por la religión, lo cual es altamente improbable, lo haría por el Papa. Pero en primer lugar por la conciencia. Sólo después lo haría por el Papa”.

 

Un hombre de conciencia es el que no compra bienestar, éxito y reputación pública renunciando a la verdad. Rasgo esencial de la persona es abrirse a la voz de la verdad, antes que buscar poder, votos o metas políticas.

 

Juan Pablo II

Un padre para los Jóvenes
Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Un rasgo muy destacado en la vida del Papa Juan Pablo II fue su acercamiento con los jóvenes. Era un gusto ver su comunicación con ellos con palabras o gestos, sin importar si eran cien, mil o un millón. Lo pude comprobar directamente en la Jornada Mundial de Jóvenes realizada en Toronto, en el 2004, la última que presidió antes de su muerte. Combinaba simpatía y verdad. No era la simpatía cómplice de quien arranca fáciles aplausos silenciando verdades que contradicen deseos inmediatistas de los jóvenes. Es la secreta ley de la evolución propiamente humana, enunciada así por un hombre que alcanzó las cumbres de la evolución espiritual: “Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor).

 

Cada uno reproduce lo que ha aprendido de sus maestros. El joven Karol, como lo señala el historiador George Weigel en la magnífica biografía del Papa, recibió de su padre enseñanzas y ejemplos que imprimieron huellas luminosas en su camino. De él y otros maestros recuerda Juan Pablo II cómo desde joven quedó muy impresionado por las palabras de Cristo a los discípulos: “No temas, pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el reino” (Lucas 12,32). “El Evangelio no es la promesa de fáciles éxitos. No promete a nadie una vida cómoda. Plantea exigencias. Y al mismo tiempo es una gran promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria mediante la fe, al hombre amenazado por tantas derrotas”, escribe Juan Pablo II.

 

Esta idea volvió a proponerla en Salto: “¡No tengan miedo a las dificultades ni a las incomprensiones tantas veces inevitables que produce en el mundo el esfuerzo por ser files al Señor! Ya sabemos que el cristianismo nunca fue un camino cómodo. Y también sabemos que vale la pena gastar la vida, día a día, en un trabajo constante por ser coherentes con la fe que hemos recibido.” (9/05/88)

 

Junto al llamado a ser valientes y no sumisos ante el miedo o el ambiente hostil, Juan Pablo exhortó a llamar a las cosas por su nombre, sin traicionar el silencioso clamor de la verdad. Lo propuso también en Salto: “Sin juzgar las intenciones ajenas debemos llamar bien al bien y mal al mal. Es de sobra sabido que desfigurando la verdad no se solucionan los problemas.”

 

A los jóvenes “amigos míos”, congregados en multitudinaria concentración en Paris en 1997 les decía: “Este mundo es maravilloso y rico, despliega ante la humanidad sus maravillosas riquezas, seduce, atrae la razón tanto como la voluntad. Pero, al fin de cuentas, no colma el espíritu. El hombre se da cuenta de que este mundo, en la diversidad de sus riquezas, es superficial y precario; en un cierto sentido, está abocado a la muerte. Hoy tomamos conciencia cada vez más de la fragilidad de nuestra tierra, demasiado a menudo degradada por la misma mano del hombre a quien el Creador la ha confiado”.

 

En la historia del joven sacerdote Karol Wojtyla hay una anécdota que muestra a las claras su estilo cercano hacia los jóvenes. Los reunía en redes o grupos juveniles que llamaba la “pequeña familia”; era un ambiente de intercambio, debate sobre temas de interés, tiempos de oración y canto, alternando con salidas fuera de la ciudad, a la montaña. Invitaba a incorporar a todo joven que veía necesitado de amistades. La atmósfera informal que reinaba entre los miembros del grupo y la franqueza que caracterizaba sus discusiones estaban en claro contraste con el clima dominante en la universidad y en el politécnico, en donde ninguno, por miedo de los informantes, hablaba libremente. Esa sana camaradería, dice el historiador Weigel, se convirtió en una alternativa a la hipocresía de la sociedad comunista.

 

Después de la excursión para festejar la Pascua de 1952 los jóvenes comenzaron a llamarlo Wujek, que en polaco significa “tío”, una especie de nombre de batalla para evitar las sospechas de la era staliniana”. Más allá de ser un nombre para no llamar la atención en un régimen totalitario, la expresión no deja de tener su significado familiar y de indicar confianza. Un claro anticipo del futuro Papa hacia los jóvenes.

 

Columna publicada en diario “Cambio” del 6 de mayo de 2011

 

¿Santa o de Turismo?

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

El 23 de octubre de 1919 se promulgó en nuestro país una ley que cambió bruscamente el calendario oficial vigente, suprimiendo las fiestas religiosas.

 

Era el último eslabón de un largo proceso que comenzó a manifestarse en nuestras leyes en 1861 con la municipalización de los cementerios, que hasta entonces eran administrados por la iglesia. Posteriormente, en 1885 se votó la ley que establecía como único matrimonio válido el civil. Otra ley de 1905 retiró los crucifijos de los hospitales y de toda oficina estatal y por otra de 1909 se dejó de enseñar la religión en las escuelas. Y hubo otras leyes más.

 

Esta ley de feriados tocaba aspectos importantes de las costumbres de nuestro pueblo, como son sus fiestas y su calendario y daba una estocada grave a la religiosidad uruguaya, como expresa Daniel Sturla, sacerdote salesiano, en un libro bien documentado publicado el año pasado.

 

Un calendario hace referencia a la memoria viva de un pueblo. No es un listado de fechas ni un esquema racional para recordar compromisos. Resalta días memorables que humanizan la vida y la convivencia, interrumpiendo la vida “profana” de trabajo y obligaciones. El historiador de las religiones Mircea Eliade en su libro “Lo sagrado y lo profano” plantea lo novedoso del tiempo y del espacio sagrado que introducen novedad en el ritmo monótono y en los espacios homogéneos de una ciudad. Nos ayuda a leer entre líneas el significado de espacios como el “altar de la patria” o ritos del “juramento a la bandera” donde se huele una religiosidad subyacente.

 

Conviene recordar que esta ley estuvo precedida por una reforma constitucional que consagraba en su artículo 5º. la separación de la Iglesia y el Estado en el Uruguay.

Pero a partir de tal separación surgió un aspecto novedoso para la Iglesia; los obispos podían ser designados por el Papa sin ninguna intervención del Estado. Así pudo ser nombrado el primer obispo de la diócesis de Salto, Monseñor Tomás Gregorio Camacho, que recibió la consagración episcopal el 9 de noviembre de 1919. En realidad la creación de la diócesis salteña por parte del Papa databa del año 1897, pero estaba vacante a raíz de los gobiernos anticlericales con poder de veto.

 

Como antecedente de nuestro calendario laico, la historia universal registra el calendario republicano, pergeñado por la Revolución Francesa en 1789, que pretendió cambiar el mundo y olvidarse de Dios, rindiendo culto a la diosa Razón. En esta perspectiva, dice el P. Sturla, mientras ahogaba en sangre a millares de campesinos o llevaba a la guillotina a los disidentes, percibió que para lograr la descristianización del pueblo era necesario reformar el calendario, eliminando las fiestas cristianas. Los meses cambiaron de nombre, se eliminó la semana y los días se agruparon de a diez y se suprimió por tanto el Domingo. Pero resultaba tan artificial que sólo duró doce años hasta que Napoleón, en 1805, restableció el anterior.

 

En 1917 la Revolución Rusa, pretendió crear un nuevo calendario descristianizado, llamándolo “calendario eterno soviético”. Se cambiaron los meses y se intentó eliminar la semana con su incómodo domingo que, para colmo, en ruso se llama “Resurrección” (Woskriesienie). Stalin tuvo que desandar el camino y volver al calendario que se había pretendido olvidar.

 

¿Qué llevó al gobierno del Presidente José Batlle y Ordóñez al cambio del calendario? Algunas corrientes ideológicas de fines del siglo 19 tenían una acentuación anticlerical. El embajador inglés informaba a su gobierno sobre Batlle: “Tiene opiniones anticlericales muy fuertes y jamás pierde oportunidad de desairar al Arzobispo o de volcar su menosprecio sobre la Iglesia…Su objetivo abierto es eliminar la religión como factor en la vida nacional…”.

 

En el año 1919 la Iglesia Católica inicia una nueva etapa. Escribía el arzobispo Mons. Soler: “Vivimos nuestra vida propia. Seremos lo que merezcamos. La victoria está en nosotros, en nuestra acción, en nuestra unión, en nuestro vigor”, sacando así fuerzas y esperanzas de una situación adversa que había debilitado a la iglesia.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio”del día viernes 15 de abril de 2011

 

Del monólogo al diálogo
Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

Un signo inconfundible de la dignidad de un hombre o mujer es su capacidad de expresarse mediante la palabra. El pensamiento se aclara a medida que ponemos en palabras o imágenes las fugaces ideas de la mente.

Hace pocos días, alrededor de las 22 horas, haciendo una caminata, me crucé con una señora que, sorprendida, me preguntó qué hacía por allí. El ejercicio de caminar es la mejor medicina para bajar los triglicéridos, respondí, repitiendo una opinión de los médicos.

Me contó que venía rezando en el ómnibus porque tiene problemas con un nieto; el padre se marchó a España y se olvidó del hijo que ahora vive con su madre en casa de los abuelos. Me comentó una idea que le rondaban por la cabeza a raíz de un ajustado presupuesto familiar. Consistía en acudir a la justicia para presionar al padre o su familia. ¿Por qué no elige un camino que evite conflictos entre el niño y los otros abuelos, hablando con sus consuegros y proponiéndoles que se encarguen de una parte de los gastos del chico, los útiles escolares, por ejemplo?

Corto aquí la anécdota para mostrarles la manera en que esta mujer, con una fe cristiana muy viva, elabora y madura ocurrencias que habitan en su interior, rencores que enturbian sentimientos y amores de una abuela que quiere lo mejor para su nieto y la mamá. Y en el rato de regreso a su casa aprovecha para darle vueltas a esas preocupaciones, hablar en silencio y convertir espontáneamente ese monólogo en diálogo con Dios, percibido en el corazón, pidiéndole una luz para encontrar el mejor camino.

Me despedí diciéndole que le rezara a San José, que cumplió muy bien la tarea de padre adoptivo en el hogar de Nazaret y siempre nos da una mano. Yo también haría otro tanto, le dije, mostrándole el rosario que tenía en mi mano

Mientras caminaba recordé los versos de Antonio Machado: “Converso con el hombre que siempre va conmigo. Quien habla solo, espera hablar con Dios un día. Mi soliloquio es plática con este buen amigo, que me enseñó el secreto de la filantropía.”

Necesitamos poner en palabras los sentimientos y por eso hablamos incluso a solas. Riendo o frunciendo el ceño ante un espejo, leyendo en ese otro yo sentimientos interiores, viéndonos tristes o sorprendiéndonos ante esa cara, siempre la misma y siempre con novedades.

Todo puede servir. Con fondo de guitarra, Aníbal Chalar desgrana un soliloquio, como un diálogo en silencio donde afloran sentimientos a partir de la observación de los movimientos de un buen perro: “nos mira… enfrenando sus propias alegrías para no venir a estorbarnos, contiene sus ímpetus… como llevando entre los dos la idea.”

Pero damos un salto cualitativo cuando del monólogo pasamos al diálogo con este buen amigo, con Dios Padre, revelado por Jesucristo, fuente de paz, de perdón, amor y de esperanza. Allí brota una seguridad que nadie en el mundo puede ofrecernos. Es un diálogo también con Jesús, Hijo de Dios, que nos atrae con sus palabras y nos permite mirar el mundo con ojos nuevos.

Escuchar la voz que habla adentro es fuente de serenidad, de fortaleza y de sufrimiento, pues no siempre la voz interior coincide con las voces que vienen desde afuera. Decía Mahatma Gandhi: “La voz interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo.” Gente no creyente también tiene esta experiencia de la voz de la buena conciencia que cuida, aprueba o desaconseja. Dice Fromm que la conciencia humanista “juzga nuestro funcionamiento como seres humanos; es conocimiento de uno mismo, conocimiento de nuestro éxito o fracaso en el arte de vivir. Tiene una cualidad afectiva… no nos es necesario percatarnos de lo que nuestra conciencia dice para estar sometidos a la influencia de ella.” (Etica y Psicoanálisis, pág. 173)

El cardenal inglés John Henry Newman ilustra esta experiencia en esta oración que escribió: ¡Oh luz amable! Guíame por entre las tinieblas que me envuelven, condúceme: es noche oscura, lejos del hogar, condúceme. Mantenme en el camino: ni siquiera te pido alcanzar ver el horizonte; me basta ir avanzando lentamente. No siempre fue así, pues quise elegir la senda por mí mismo; pero ahora guíame”.

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 8 de abril de 2011

Trabajar y Soñar

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

En la novela “La primavera de las catedrales”, su autor, Jean Diwo, describe a Renaud Pasquier, un viejo constructor de catedrales, cuyas manos tiemblan, habitadas por una fuerza misteriosa. Como si las manos de un constructor conservaran  memorias de las piedras que ha modelado. El genio de un escultor da vida a los materiales que cincela; pero también ocurre el fenómeno inverso; la piedra, tocada por un artista, habla y hace temblar las manos que la modelaron. Semejante a la impresión de Miguel Angel una vez concluida la majestuosa escultura del Moisés, que le hizo exclamar: ¡parla! 

 

En un ritual familiar el viejo Pasquier, en su doble rol de padre y maestro, transmite a sus hijos reglas, tradiciones, secretos y pasiones del mundo de la construcción. Eran las técnicas del arte gótico naciente, que nos dejan con los ojos suspendidos en la altura, contemplando el vuelo de las ojivas y las sonrisas dibujadas en la piedra dando vida a figuras humanas.

 

La semana pasada busqué esta novela cuando fui a bendecir a obreros que iniciaban una construcción en Salto. La arquitecta pidió una  bendición para que los obreros, capataces y todo el personal, que aumentará en las próximas semanas, contaran con esa seguridad interior. Yo intenté transmitirles que uno de los secretos para que una obra salga bien es amar el oficio que uno realiza.

 

Les recordé algunas escenas de la novela, cuando Pasquier, sentado a la mesa familiar, después de partir el pan, gesto simbólico que da origen a la palabra “compañeros”, o sea, los que parten un mismo pan, mirando al hijo que va a incorporarse como compañero en una hermandad dedicada a la construcción de una catedral, le entrega una herramienta para esculpir piedra. Y antes que el hijo la ponga en su morral el padre evoca la memoria guardada misteriosamente en esa herramienta: perteneció a su abuelo y por eso la empuñadura está lisa como una seda.

 

Enseñar un oficio era entregar junto al utensilio la memoria de un oficio que involucró al núcleo familiar y cuyas huellas seguían aún vivas.

 

Mientras hablaba al grupo de obreros, capataces y responsables de la dirección de la obra, un sello común nos identificaba, los cascos blancos, signo de una seguridad que no hay que olvidar. Dios los cuida, pero también  ustedes no olviden poner su cuota de responsabilidad. Me imaginaba que la escena de la novela se estaba escribiendo hoy, aquí. Y que esa bendición era el signo de la transmisión sagrada de un oficio, que ellos un día habían aprendido y a su vez deberían transmitir a otros, con el cuidado de un ritual de iniciación. ¡Sueñen que en el futuro podrán contar a sus nietos que esta obra la hicieron ustedes!

 

Viendo que me escuchaban con atención les conté una anécdota que Pasquier transmitía a sus hijos. Un viajero pasaba por una de estas construcciones monumentales y le preguntó a un obrero qué estaba haciendo: hago mi oficio, respondió. Preguntó a otro lo mismo: gano el pan, respondió. Y a un tercero le preguntó lo mismo y escuchó la respuesta: ¡construyo catedrales!

 

Levantar una catedral requería años, siglos, y seguramente el mejor obrero no vería la obra terminada. Como ocurre en el templo de la Sagrada Familia de Antonio Gaudí en Barcelona, con cinco naves, tres portadas y un bosque de torres que se elevan hasta los 150 metros sobre el crucero. Gaudí no la vio terminada, ni los turistas que la hemos admirado, seguramente tampoco la veremos acabada.

 

Cuántas enseñanzas sobre el amor y la dignidad del artesano, sobre la obra que en lugar de alienar dignifica al trabajador, revela inteligencia, destrezas y fatigas.

 

Hoy los sistemas modernos de producción en serie y en partes, no permiten al obrero admirar la obra terminada y el consumidor final. Pero cada uno puede alimentar sueños de catedrales, obras en las que uno es una parte necesaria pero pequeña, como en la gran obra de la creación o de la educación de los hijos o del desarrollo de las ciencias y las sociedades, que son fruto de muchas manos.

 

Nuestros padres soñaron con nosotros. También nos toca transmitir la sabiduría de la vida, el valor del trabajo, la alegría de sostener una familia y tejer vínculos colectivos.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 25 de marzo de 2011

 

Un lugar al perdón

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

El perdón puede parecer un gesto sencillo en la trama de las relaciones sociales cotidianas, pero me animo a decir que este acto, vivido en profundidad, no es tan fácil.

En el inicio del bicentenario del proceso de emancipación del pueblo oriental, los uruguayos podemos darle una oportunidad al perdón. “Creemos que la mirada al pasado, -decíamos los obispos-, es ocasión para … discernir, junto con todos nuestros conciudadanos, cómo seguir construyendo nuestra historia en la verdad, la justicia, la libertad y el amor”.

 

Lejos de una señal de cobardía, perdonar requiere valentía, lealtad y coraje, virtudes que no suelen abundar en la convivencia.

Valentía para sacarnos la careta de buenos, de justos y rectos, que nos impide descubrir la verdad sobre nosotros mismos. No es que tengamos que publicar nuestras faltas, pero lograr hacerlo ante nosotros mismos, -y el cristiano lo hace  mirando a Jesucristo-, es un acto de libertad y de verdad que nos hace muchísimo bien.

 

Normalmente no tenemos tiempo para eso, salvo que acudamos a un templo católico para confesarnos. Quizás quien sigue una terapia, podrá manifestar algunas veces, sentimientos de culpa pero que no llegan nunca a ser formalmente una confesión como la entiende la iglesia católica. 

 

Vale la pena intentar asomarse a los umbrales de nuestra propia conciencia, como un acto de honradez con nosotros mismos. “Recorrí leguas de sombra dentro de mi pensamiento”, dice el poeta portugués Fernando Pessoa. Y Antonio Machado dice: “En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad”. En la vida social rápida y muy demandante de nuestros días, usamos, como moneda corriente, algunos criterios sobre lo que es verdad, pero como confiesa el poeta español, al volver a nuestra soledad y escuchar nuestra propia voz, las tales verdades se esfuman.

 

De nada valen excusas, elucubraciones, explicaciones o intentos fallidos para exculparnos, buscando “chivos expiatorios” a quienes transferir las culpas personales. Estos  pueden ser diversos: la situación general del país, la injusticia del modelo político o económico que llevó a la lucha armada.  O sostener que el restablecimiento del orden en el país requería una dura represión o que la obediencia debida jamás podía quebrantarse. 

 

Pocas veces he oído decir en público que a unos y a otros se les fue la mano, que se perdieron los límites y se cayó en el vale todo. Así perdió la sociedad uruguaya globalmente considerada, el sentido de la justicia y de la conciencia ética. Y una maraña de conceptos o ideologías huecas empezó a tejerse en las cúpulas como modo de pretender justificar lo injustificable. Y todos los uruguayos teníamos parientes y amigos en uno y otro lado.

 

Pero las situaciones de violencia hoy se han ampliado a otros sectores de la vida social, desde el hogar a los escenarios deportivos, pasando por las víctimas de las redes de corrupción vinculadas a la droga, el contrabando o las “mordidas” como le dicen en México y entre nosotros las coimas de todo calibre.

 

La Iglesia en este tiempo previo a la  Pascua  también invita a todos sin excepción a un examen de conciencia para tocar miserias, pecados, abusos, acciones u omisiones.

 

No hacemos un examen de conciencia personal y colectivo como terapia para descargar ansiedades o como alivio psicológico. Los cristianos recitamos el salmo 50 (o 51 según la numeración hebraica) y saboreamos su inagotable riqueza. Sus versos inspiraron las Confesiones de San Agustín, alimentaron la defensa de la imagen de Dios en las encendidas prédicas de Savonarola o marcaron el movimiento esperanzador de  Juana de Arco. Fue amado y comentado por Gregorio Magno y también por Martín Lutero. Es el espejo de la conciencia secreta de los personajes de Dostoyevski y una clave de lectura de sus novelas. Músicos como Bach, Donizetti y otros lo han musicalizado y célebres pintores lo han llevado a la tela.

 

El “Miserere” como se lo suele llamar por sus palabras iniciales (“Ten piedad”) pertenece a la historia de la humanidad. Invitamos a gustarlo como manera de encontrarle un lugar al perdón.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 18 de marzo de 2011

 

DESEOS

Entre abrazos y desprecios

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

Los deseos son el motor de la vida y sin ellos la vida sería demasiado monótona o y aburrida. Las sociedades son espacio abierto donde deseos, impulsos, libertades y voluntades –tanto individuales como de diversas colectividades- se estimulan, complementan, controlan, reprimen, encauzan y educan. La interacción entre deseos que buscan abrirse espacio y los límites, internos o externos, ocasiona saludables crisis, a veces también choques y frustraciones.   

 

El mundo de los deseos tiene raíces profundas y convive con nosotros. Se alimentan en la convivencia diaria, o bien con lecturas, películas y  los medios de comunicación. No ocupan todo el espacio interior de una persona, pues somos también inteligencia y voluntad, capacidad de pensar y decidir. Si a los deseos les añadimos una cuota de razón, paciencia y audacia comprobaremos que son un aporte imprescindible, aunque a veces nos sorprendan y hasta hagan tambalear.

 

Abrazarlos, reprimirlos, educarlos. Estos son los cauces de los deseos humanos, según la actitud personal de cada uno y de las herramientas disponibles para administrar estas energías.

 

Dado que el deseo es el motor de la vida, parecería que darles libre curso podría conducir a una vida sin frenos y esclava de  los impulsos, que impediría atender o haría trastabillar los valores que hemos elegido para caminar con libertad, amor, alegría y responsabilidad por la vida.

 

Adentrarnos en el mundo de los deseos podría también despertar sufrimientos experimentados en la vida: afectos no correspondidos, amistades rotas, iniciativas frustradas y una serie de situaciones en las cuales la apertura y expresión de algo muy entrañable nos produjo, quizás, heridas profundas. De aquí que a veces se llegue a pensar que una vida sin deseos sería más tranquila, ordenada y estable. Sería la ilusión de una sociedad como un hormiguero humano o de una sociedad como máquina sin alma.

 

Pero los deseos no  pueden ser borrados fácilmente. Deseos y afectos son un binomio inseparable; constituyen el fundamento de la vida síquica, intelectual, espiritual y social. Aunque aparezca a veces como un conjunto caótico y complicado, nos remiten a realidades necesarias que dan sabor a la vida haciéndola “gustosa”. Tomás de Aquino asocia con agudeza el deseo al acto de ver, una operación esencialmente selectiva, que se posa en lo que capta el corazón.

 

En las sociedades han surgido formas de manejar conflictos entre deseos y un orden social armonioso y solidario. La vieja ley del talión resumida en el “ojo por ojo y diente por diente” ponía límites a los adversarios cuando la violencia  superaba niveles admitidos de tolerancia. También los enfrentamientos deportivos, como el fútbol o el boxeo por ejemplo, son, siguiendo la costumbre de las luchas en las sociedades lejanas a nosotros, modos de regular las energías, los golpes y los antagonismos a través de reglamentos, árbitros, vigilancia para evitar desbordes, etc. 

 

Los rituales de combate sirven como sistemas de transformación de energías oscuras y vengativas. Especial lugar cabe a las religiones por su altísimo valor educativo. “Harán de sus espadas arados” profetizaba Isaías. El cristiano se alista como “soldado”, según la expresión de San Pablo y como testigo de Jesucristo que vino a transformar odios y proponer el amor a los enemigos como distintivo de sus discípulos. Que dijo a Pedro “envaina tu espada” (Juan 18, 11) cuando los soldados vinieron a prenderlo, pero les dejó la espada de la Palabra de Dios que es más cortante que cualquier espada de doble filo, penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la  médula y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4,12).

 

Los deseos solos no alcanzan. Pero tampoco son felices las sociedades donde prevalecen los controles y en cada esquina el ciudadano se topa con el ojo del estado como gran hermano, que en la medida en que no fomente mejores niveles educativos tendrá que seguir reprimiendo y agrandando centros de reclusión.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del viernes 11 de marzo de 2011

 

Monjes en la pantalla grande

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

“Sobre hombres y dioses” es una película que muestra un heroísmo casi silencioso. Premiada por la Academia de Cine Francés con el César, equivalente a los Oscars de Hollywood, al mejor film. Cannes 2010 le otorgó un premio especial al director. Y en Francia ha alcanzado un éxito extraordinario.

 

El 26 de marzo de 1996, durante el conflicto que enfrentaba el Estado algerino a la guerrilla islámica, 7 monjes trapistas de origen francés fueron sacados por un grupo armado del monasterio, situado cerca de Tibhirine, en una ladera del macizo del Atlas.

 

Dos meses más tarde, el Grupo Islámico Armado (GIA), luego de infructuosas tratativas con Francia, anunciaba su asesinato. Sus cabezas fueron encontradas el 30 de mayo 1996. De sus cuerpos no hubo rastros. Sobre la versión oficial de la muerte de los religiosos, dada por el gobierno algerino han quedado dudas aún no aclaradas.

 

Monseñor Rault, misionero francés y obispo en Algeria, entrevistado sobre la comunidad  monástica, destaca la repercusión de ese lugar y la figura excepcional del superior, el Padre Christian. Gracias a su iniciativa habían fundado un grupo de reflexión islámico-cristiano, Ribatel-Salam (“Vínculo de la paz”), integrado en un comienzo por 7 personas, en la actualidad son 20, con el objetivo de tender puentes entre cristianos y musulmanes. 

 

La película describe la vida ordinaria de la comunidad; el espectador entra en puntas de pie al monasterio y capta a cada monje en sus diversas ocupaciones o en la oración común. Su vida sigue el ritmo de la regla benedictina: ora et labora, oración y trabajo. La Regla de San Benito está sobre la mesa del prior, padre Christian, junto con el Corán y las Florecillas de San Francisco. Reina armonía entre el hombre, la naturaleza y el Creador, como también se ven las buenas relaciones con el pueblito vecino, adonde acude regularmente uno de los monjes, médico, para prestar servicios sin distinción de credos. En otro momento se los ve participando en una reunión donde un imán anima la oración. Escenas suficientes que  muestran los lazos de integración y colaboración pacífica con esa sociedad.

 

Rápidamente la película nos introduce en el clima que se va tejiendo, entre suspenso, oración y profunda unidad de un puñado de monjes, madurando con fe y temor, la difícil decisión de quedarse o abandonar Argelia, como urgen las autoridades. El espectador siente ganas de tomar parte en sus debates y tormentos  interiores, expresados a veces con votación a mano alzada, para empujarlos a que salven el pellejo. Pero una voz interior tironea y serena.

 

Las hostilidades crecen y la figura del Padre Christian, prior, se hace fuerte en la debilidad. Es un hombre que asumió a sabiendas el lugar adonde se sentía llamado, para ser “un orante entre otros orantes”, porque el genuino Islam es una religión con profundo sentido de la divinidad. Su muerte, lúcida y afrontada desde una actitud de amor hasta el extremo, es considerada como martirio. Hizo de su vida una entrega a Dios y al país, Algeria. Sus opciones son un admirable ejemplo en tiempos de pluralismo religioso, donde no faltan los fanatismos por un lado o las posiciones laicistas que consideran que lo mejor es esconder el sentimiento religioso y reprimir un derecho fundamental del ser humano.

 

En la vigilia de Navidad de 1993 se presenta en el monasterio un grupo terrorista. El P. Christian los recibe pidiendo que dejen las armas o bien hablar afuera. El cabecilla exige medicinas y un doctor. La respuesta es que no las hay y que el médico es anciano y atraviesa una crisis asmática. Después celebran Nochebuena; la cámara enfoca al Niño en la gruta de Belén. Pobreza, debilidad,  inseguridad, son las condiciones comunes al Maestro y a los discípulos.

 

Consciente del peligro pero sin rehuirlo, el P. Christian redacta su testamento.

“Si llegara el día, -podría ser hoy- de ser víctima del terrorismo…, me gustaría que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, se acuerden que mi vida estaba entregada a Dios y a este país.” El testamento sigue y el P. Christian perdona anticipadamente a quien probablemente lo mate.

 

Columna publicada en el diario “Cambio” del 4 de marzo de 2011.

 

Jóvenes color esperanza

 

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

“¡Qué chilenito maravilloso, hacía diez años que no venía a la iglesia, desde que falleció mi esposo!”. Muchos testimonios como el de esta vecina del Barrio Barbieri que me saludó después de la Misa en la Capilla San Cayetano, se habrán escuchado en estos días.

 

El chilenito es uno de los cien jóvenes universitarios llegados el fin de semana a Salto para una misión en barrios de la ciudad, Constitución y Queguay (Dpto. de Paysandú). En la sede de la Universidad Católica empecé a reconocer sus rostros y procedencia; la identificación de los chilenos fue inmediata por la bandera de su  país que como amplio poncho envolvía a una joven. Otros provienen de Argentina, Montevideo y ciudades del interior; por supuesto que no faltan jóvenes salteños. Junto a ellos hay sacerdotes y estudiantes jesuitas y algunas religiosas que se han sumado a esta iniciativa que está prevista se desarrolle durante tres veranos.

 

Se ve que no son jóvenes que improvisan. Muchos traen en sus mochilas experiencias anteriores de misión en Florida y Tacuarembó, regalando una semana entera de febrero. Pero ya durante el año preparan vituallas, caldean el espíritu y maduran los puntos centrales del Evangelio de Jesucristo, que anunciarán con palabras y la generosidad de sus vidas. 

 

Con Luis Bisio, Director de la Católica –sede Salto-, nos incorporamos a la caminata de apertura el sábado por la tarde y nos identificamos con su programa vistiendo la camiseta color verde que los distingue: Misión Joven San Francisco Javier. Es el  nombre que recuerda al gigante de la historia de las misiones, nacido en tierras vascas, que en doce años recorrió miles de kilómetros para implantar el cristianismo en la India, Indonesia y en el Japón. Quiso entrar en la China pero murió divisando a lo lejos sus costas. Tenía 46 años.

 

Estampado en la malla se lee “no podemos callar lo que hemos visto y oído”, apretada síntesis del ser misionero. No es una campaña más para imponer un producto ni asustar con el infierno ni anunciar milagros que hagan la vida más próspera. Es mostrar que la vida es diferente cuando descubrimos y creemos en Jesús que camina a nuestro lado, con su amor que reaviva el corazón cansado; en las buenas y en las malas.

 

En la misa del martes en Barrio Barbieri los niños representaron el encuentro de Jesús con un hombre rico pero odiado por todos, Zaqueo, que para poder ver a Jesús que atravesaba su pueblo se trepó a un árbol. Y la sorpresa fue grande cuando Jesús se detiene, lo mira y le dice: “¡baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa!”. Los niños se apresuraron para participar en la escena. Elegí a quien representaría a Jesús y enseguida se le juntó un grupito de discípulos. A Zaqueo que tenía que ser petiso, como dice el relato, lo hice subir en una silla y delante se colocó un misionero grande como un ombú. El momento culminante llegó. El pequeño  trepó de inmediato en los hombros del hombre-árbol y se dejó mirar sin oponer resistencia a esa atracción. Jesús dio unos pasos, acercándose al mundo de este hombre acribillado por el odio popular y se sentaron uno frente al otro, como entrando en confianza. De la alegría de este encuentro nació la decisión de Zaqueo de arreglar cuentas a quienes había perjudicado y dar la mitad de sus bienes a los pobres.

 

Es una página clave para la propuesta misionera, que invita a dejarnos encontrar, porque todos tenemos cuentas pendientes, deudas de dinero, de gratitud, de amor y lealtad que no están claras. A favor del misionero ronda ese bichito que dentro de cada uno inquieta y nos hace subir a un arbolito; es la curiosidad, el interés en saber, escuchar, en fin, de que un Amor más grande nos levante del suelo.

 

El miércoles llegué a la canchita junto al estadio Bernasconi donde los misioneros habían preparado juegos y entretenimientos para la gente menuda.

 

Acabada la misa visité las instalaciones de este hermoso estadio cerrado, guiado por Remigio, que ama su oficio, cuidando el lugar con esmero y siempre está a la orden.

 

Mañana a las 19 y 30 en Catedral los misioneros traerán gozos y fatigas para depositarlos simbólicamente sobre el altar. Será ¡hasta el próximo año!

 

Publicado en el Diario “Cambio” del viernes 25 de febrero de 2011

 

Donde corre sangre

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

 

En la reciente visita a México comprobé que en las venas del pueblo mexicano palpita mucha sangre. Pensarán en los crímenes de los cárteles de la droga o en  las lides taurinas. Sí, pero quiero referirme a  sangre sagrada que riega la región de Jalisco, la de mártires de la fe católica que firmaron con sangre la libertad de profesarla. Cuentan emocionados cómo un hombre, con la lengua cortada, mojó su dedo en la sangre y escribió en su brazo “Viva Cristo Rey”.

 

Por entonces, años 1926-1929,  el presidente era el general Plutarco Elías Calles y el grito de los mártires era “¡Viva Cristo Rey!”, razón por la cual se habla de la guerra de “los cristeros”. 

 

Acabados los episodios de la dura persecución perdura la memoria de la sangre derramada. De camino hacia San Juan se los Lagos el Padre Pedro, que amablemente fue a recibirme al aeropuerto de Guadalajara, hizo detener el auto en Jalostotitlán, cerca de donde nació San Toribio Romo, acribillado en febrero de 1928. Junto al viejo templo se construye otro más amplio para recibir a más peregrinos. 

 

En San Juan de los Lagos, donde me hospedaba, es muy venerado San Pedro Esqueda, cura  martirizado en noviembre de 1927. Después de cuatro días de torturas lo llevaron a pie hasta la salida del pueblo, lo subieron a caballo hasta llegar a otro pueblo con intención de quemarlo pero finalmente fue ejecutado con tres tiros.

 

Para asesinar a un cura o católico bastaba el capricho de un jefe cualquiera.  En Valle de Guadalupe una partida  de soldados detuvo a don Juan González acusándolo de rezar el rosario y de apoyar a los cristeros; lo condujeron por la calle principal y lo ahorcaron en un eucalipto. Se cuenta que el árbol se secó, como todos los árboles usados como infame e improvisado patíbulo.

 

Escuché con asombro historias de cómo estos mártires enfrentaban los peligros y la muerte. En febrero de 1928 Luis Magaña Servín se bañó y vestido con su traje de bodas (porque sabía que iba a entrar en la Gloria de la vida eterna) se presentó ante el general Z. Martínez: “Nunca he sido rebelde –expresó- pero si de cristiano me acusan, sí lo soy”. Lo buscaban por ser de la Adoración Nocturna de su Parroquia y apoyar la resistencia católica.

 

La heroicidad contagia. Me contaron de un soldado encargado de tirar de la soga para ahorcar a un cristiano; sus temblorosas manos y su conciencia le impedían  cumplir la orden; acto seguido los dos fueron acribillados. Cualquier colaboración con los cristeros era causa de fusilamiento, como le ocurrió al gobernador civil de los municipios cristeros de Jalisco, el licenciado Miguel Gómez Loza; murió con el correo Dionisio Vázquez, en  El Lindero; era buscado porque su autoridad moral y civil constituía un apoyo imprescindible para la causa católica.

 

Un padre de familia, Ramón Parada López, casado, padre de tres hijos, en agosto de 1928 fue tomado preso porque creyeron que era sacerdote, porque tocando la campana había llamado al rosario el domingo anterior, cuando acababa de pasar la tropa. Fue colgado cerca de su pueblo, San Diego de Alejandría.

 

La amabilidad del Padre Juan Francisco Navarro, de la Catedral de San Juan de los Lagos, me permitió conocer su tierra natal, Tepatitlán. Allí fue colgado en octubre de 1928 el Padre Ubiarco en uno de los eucaliptos que hoy está señalado. Un soldado, encargado de ejecutarlo se negó a participar y fue fusilado. Ya era casi de noche; bajé y toqué ese lugar donde el pueblo ha levantado un rústico lugar de memoria y oración.

 

El visitante que recorre el estado de  Jalisco puede verificar cómo esa sangre alimenta hoy la fe, tal como decían los primeros cristianos: sangre de mártires,  semilla de cristianos.

 

El año 2000 Juan Pablo II declaraba a 25 mártires de aquella época como santos,  modelos de una fe cristiana vivida hasta sus últimas consecuencias. Esos testimonios alimentan un imaginario que impregna hasta el mismo paisaje, salpicado de templos y torres que invitan a levantar el corazón y seguir esas huellas.

 

Agradezco a la Diócesis de San Juan de los Lagos que me permitió asomarme a una historia que contagia heroicidad.

 

Columna publicada en el Diario “Cambio” del 28 de febrero de 2011

 

El Octavo Día - 11 01 16
 
Viajes
No importa la distancia ni el medio de transporte. Salir del lugar habitual es un buen ejercicio. Cuando cierro la puerta de la habitación donde duermo para ausentarme unos días me pregunto: ¿volveré?
 
Durante los viajes en ómnibus leo, repaso lo que dejé atrás o lo que me espera. A veces me vence el sueño. Otro rato corren entre mis dedos las cuentas del rosario mientras desfilan personas, sucesos y asuntos pendientes. Con diversos colores anímicos.

Escribía Bonheffer, pastor luterano, en sus memorias desde la prisión que terminaría en ejecución, que una “música de fondo” lo acompañaba en todos las horas. Como signo de libertad, aun en prisión.
 
Mientras el coche o avión avanza, uno escucha los latidos de su propio camino, anudando recuerdos y proyectos. Como viaje que cada uno escribe día a día.
 
Las vacaciones permiten viajar por la geografía visible y por rutas silenciosas del alma, entre zigzagueos y giros, marchas lentas o moderadas. Y en la rutina se cuelan sorpresas que quiebran la monotonía del viaje.

Columnas de Mons. Galimberti
en El Octavo Día

Diario El Pueblo, Salto

Domingo 7 de marzo de 2010

4 de abril de 2010

11 de abril de 2010

18 de abril de 2010

25 de abril de 2010

2 de mayo de 2010

 

Columna publicada en la página “El Octavo Día” del Diario “El Pueblo”, el 18 de julio de 2010

Columna publicada el domingo 25 de julio de 2010 en la página “El octavo día” del  Diario “El Pueblo”

 
   
   

 

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