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CON FIRMA |
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Opiniones y Reflexiones |
COLUMNAS
DE OPINIÓNMons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto DIARIO Cambio |
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Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto. Columna publicada en el Diario Cambio en la edición del viernes 21 de diciembre de 2007 |
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Por Mons. Pablo Galimberti. Columna publicada en el Diario Cambio en su edición del 14 de diciembre de 2007 |
Encíclica
de Benedicto XVIMons. Pablo Galimberti. Diario Cambio el 7/12/2007 |
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La fe y la ciencia ¿amigas o enemigas?
Mons. Pablo Galimberti. |
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Mons. Pablo Galimberti. |
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ESTRATEGIAS Y AMENAZAS
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Los hijos ¿no tienen derechos? Mons. Pablo Galimberti. Columna Diario Cambio el 5/10/2007 |
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Mons. Galimberti destacó esfuerzo de la familia Tonna por cuidar la gruta del Padre Pío - Crónica publicada por Diario Cambio el 24/9/2007 |
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Opina el Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti. |
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Columna de Mons. Pablo
Galimberti, Obispo de Salto |
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Uruguayos, juegos de azar y religión
Opina Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto |
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Medio Ambiente y Trabajo - Opina
Mons. Pablo Galimberti. Columna publicada en Diario Cambio, del 31 de agosto de 2007 |
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¿DONACIÓN DE ÓVULOS? - Opina Mons. Pablo Galimberti Columna publicada en el Diario Cambio el 25/8/2007 |
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Por Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto |
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MONS. PABLO GALIMBERTI: SALUD SEXUAL Y REPRODUCTIVA
Columna publicada en el Diario “Cambio” en la edición del viernes 10 de agosto 2007 |
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APARIENCIAS QUE ENGAÑAN
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Mons. Pablo Galimberti |
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SILENCIO...
Por Mons. Pablo Galimberti |
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PUEBLOS CON CÓDIGO GENÉTICO |
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“GENTE EN MOVIMIENTO” OPINA MONS. PABLO GALIMBERTI - Columna Diario Cambio, viernes 6 de julio de 2007 |
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MONS. PABLO GALIMBERTI:
“DON MARCELO SE FUE Y SE QUEDÓ” |
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MONS. PABLO GALIMBERTI: JUSTICIA Y CONVIVENCIA Columna publicada en Diario CAMBIO en su edición del Viernes 22 Junio 2007 |
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MONS. PABLO GALIMBERTI: “EMPLEO DIGNO PARA JÓVENES” Columna Diario Cambio 1/6/2007 |
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Orientaciones de Benedicto XVI Mons. Pablo Galimberti Columna Diario Cambio - viernes 18 de mayo 2007 |
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SER MADRE: BENDICIÓN Y RIESGOS Columna escrita por Monseñor Pablo Galimberti el 11 de mayo de 2007 en el Diario CAMBIO de Salto. |
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“UNIONES CONCUBINARIAS”POSICIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA Columna de Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto, en el Diario Cambio, correspondiente a la edición del viernes 4 de mayo |
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VIOLENCIA CONTRA MENORES Columna de Mons. Pablo Galimberti en el Diario Cambio del día 24 de abril de 2007 |
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LOS TESOROS DE LA MEMORIA Columna de Mons. Pablo Galimberti en el Diario Cambio del día 20 de abril de 2007 |
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Columna en Diario Cambio - Viernes 13 de abril 2007 PASCUA: ¿REALIDAD O FICCIÓN? |
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Columna publicada el viernes 30 en Diario Cambio EL AMOR, MÁS FUERTE QUE LA MUERTE |
Columna publicada el viernes 23 de marzo en el diario salteño CAMBIORECIENTE DOCUMENTO DE BENEDICTO XVI |
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Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto.
Belén, el pueblito tan pobre ayer como hoy donde nació Jesús, en hebreo significa «casa del pan». En la mesa improvisada de aquel pequeño poblado, Dios nos entregó un alimento indispensable para el alma y para el cuerpo, un pan de dulces frutos. A diferencia de aquellos vecinos, nosotros hoy podemos gustar los abundantes frutos de ese pan: bondad, paz, amor y reencuentro con la fuente de la vida: Dios Padre.
El pan, símbolo del sustento diario, tiene diferentes gustos según los lugares donde lo comimos o las personas con quienes lo compartimos. Nuestro idioma conserva palabras con sabor a «pan», como «compañero» y «compañía», que significan «los que partimos el mismo pan».
A veces evocamos el pan de alguna abuela, amasado con cariño y sabores que lo hacían único. O una torta de nuestra madre que la preparaba en un santiamén, para envidia de las nietas, que ni con el mejor curso del Crandon lograban empardar. Durante los diversos exilios que soportó el pueblo de Israel, entre nostalgias, amarguras y lágrimas comían el «pan de cada día». Entonaban coplas de duelo, como esta: «Son mis lágrimas mi pan, de día y de noche, mientras me dicen todo el día: ¿En dónde está tu Dios?» (Salmo 42-3, 4) A la tristeza se sumaban burlas a sus creencias entrañables. ¿Así que Dios es vuestro salvador? ¿Por qué no los saca del destierro? Pero las lágrimas expresaban también el apego a los símbolos de su identidad, el templo, la patria lejana, su Dios, que parecía guardar silencio.
Dios calma la inquietud de los humanos. Incluso cuando el hombre no trabaja, continúa la actividad silenciosa de Dios, empujando la fecundidad misteriosa de la tierra, para «dar semilla al que siembra y pan al que come». Sí, Dios nos cuida y regala el sustento, más allá de nuestras fatigas: «Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!» (Salmo 127)
Cuando sonó la hora para poner fin a la esclavitud de Egipto, los israelitas recibieron instrucciones para conmemorar este acontecimiento. Debían comer el cordero o cabrito con panes ázimos, o sea, sin levadura y con hierbas amargas, en recuerdo de la amargura de la esclavitud. Este pan sin levadura se debía a que la primera Pascua, al salir de Egipto, se había comido con pan sin levadura; sin tiempo de leudar. Es un pan que se parece a una galleta de agua. Se lo había usado en Egipto debido a que se puede hornear mucho más rápido que un pan con levadura.
En los tiempos de Jesús el pan adquiere nuevos significados. Primeramente Jesús enseña que los seres humanos, de acuerdo a nuestra doble condición de seres corporales y espirituales, necesitamos satisfacer dos niveles de hambre: el pan material y el pan espiritual. Cuerpo y mente.
En varias ocasiones esta atención a las dos hambres se hace muy patente. Ante una muchedumbre hambrienta de su palabra que lo había acompañado durante toda una jornada, Jesús tantea a sus discípulos: ¿con qué vamos alimentar a tanta gente? Ante el asombro los hace sentar y multiplica los pocos panes y peces escondidos en la mochila de un muchacho. Deja entrever que él es el alimento que nutre, el pan «partido», amor en acción. «Yo soy el pan bajado del cielo, quien come de este pan vivirá eternamente», dice Jesús. Pero el pan, como en nuestras familias, es un símbolo del amor que nos cuida de un padre o una madre, que se fatigan y trabajan para llevar el sustento al hogar y a la mesa.
La mención al pan ha quedado en el Padrenuestro: «Danos hoy nuestro pan de cada día». El pan del amor, el pan de la palabra, el pan para no desalentarnos. El pan «dulce» de un amor seguro y estable, que perdona y reconcilia. Un pan que tiene sabor amargo pero que asimilado nutre, alimenta y da dulces frutos.
El «pan dulce» es un lindo símbolo de la Navidad. Evoca un amor que nos abrazó en la Nochebuena. Y sigue alimentando a los que descubrimos hambres aún no satisfechas. Uno de los primeros nombres de la Misa era «fracción del pan». Hermoso nombre para recordarnos que ese regalo procede del sacrificio de Alguien que nos amó y «parte» cada día su vida con nosotros.
Columna publicada en el Diario Cambio en la edición del viernes 21 de diciembre de 2007 |
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Por Mons. Pablo Galimberti.
En los días de Navidad, comienzo de un nuevo año o en ocasiones especiales, por ejemplo a los novios que se casan o a quien toma una decisión importante en la vida, inicia una etapa con nuevas responsabilidades y riesgos, acostumbramos augurarles éxito, felicidad, bendiciones, suerte...
Muchas veces se expresa con un brindis. La copa levantada mira hacia un futuro que hay que subir como a una montaña donde están las esperanzas y sueños cumplidos. A diferencia de otros pueblos donde este ritual se hace con pausa, cruzando miradas y un primer sorbo en forma simultánea, los uruguayos no guardamos mucha formalidad. Al levantar una copa, encendemos esperanzas, aspiraciones y sueños; como semillas con promesas y compromisos. Nuestra libertad posee la estupenda capacidad de «precursar», o sea, adelantarnos de algún modo al futuro. Como creyentes, pase lo que pase, nos sostiene una fe y una esperanza firme.
Depositamos nuestra confianza en Dios, en cuyas manos paternas están nuestras horas, presente y futuro. La meta hacia la cual caminamos es segura. Un Amor providente nos cuida, acompaña y atrae. No navegamos a la deriva. Experimentamos sacudimientos y vientos contrarios. Pero hay una esperanza, simbolizada precisamente mediante la alegoría de un ancla, que nos impide sucumbir. La memoria del ayer nos arropa, ella nos dice que Jesucristo dio su vida hasta el final y esos gestos siguen teniendo fuerza en el vivir de cada día.
Dios no me abandonará ningún día, con salud o enfermedad, en el éxito o fracaso, en la vida, en la enfermedad o en la muerte. Existe un Amor que siempre está conmigo y que sabiamente escribe derecho en los renglones torcidos que borroneamos en las páginas de la historia. No es una seguridad infantil, para miedosos, ni sobreprotectora, que evita los riesgos ineherentes a la libertad. Ni es tampoco una protección que me regala éxitos económicos, pues sabemos que Jesús no vino al mundo a enseñarnos cómo ganar plata. El éxito de la fe es diferente. El Amor que nos regala es la mejor compañía y la esperanza más segura para caminar y afrontar los miedos, adversidades y apuestas de la vida.
Las esperanzas colectivas cambian según los tiempos. La época moderna, en la que vivimos y nos movemos, ha producido un cambio muy fuerte en cuanto a las esperanzas comunes. Los medios de comunicación distorsionan muchas veces la percepción de valores y muchas personas asumen con ingenuidad y poco espíritu crítico «lo que todos hacen». Se nos ofrece mejor calidad de vida, más derechos y una lluvia de ofertas que alimentan un mundo de espejismos. A tal punto que afirma, por ejemplo, el filósofo francés Gilles Lipovetsky en su reciente libro sobre la felicidad paradójica, que la identidad se construye hoy con marcas comerciales.
Escribe Benedicto XVI, que la época moderna ha alimentado la esperanza de la instauración de un «mundo perfecto», que parecía poder lograrse gracias a los conocimientos de la ciencia y a una política fundada científicamente. «La esperanza bíblica del reino de Dios ha sido reemplazada por la esperanza del reino del hombre», por un mundo forjado por manos humanas, por la esperanza de un mundo mejor. Finalmente parecería haber llegado la esperanza grande y realista, la que la sociedad necesita! En lo político, ahí aparecen los líderes mundiales, brindando soluciones y promesas para ciudadanos cada vez con mayores deseos insatisfechos.
Los beneficios de la ciencia son indiscutibles. Pero ella no ofrece respuesta a todas las inquietudes humanas. Colmados de objetos símbolo de bienestar, se oculta a veces un corazón vacío y solitario. Solamente el «amor incondicionado» da alegría duradera. El progreso auténtico necesita ser también progreso moral, que hace buena a una persona, sin importar sus títulos o cuentas en el banco. Sin el cultivo y arraigo de estos valores crece la amenaza, el temor de que el vecino pueda ser de repente mi enemigo. Necesitamos mayor cuota de sensatez, compasión y juicio iluminado por el corazón. Por ahí van los ideales de un mundo mejor forjado por decisiones morales de las personas, capaces de dar sustento y contenido a los augurios que intercambiamos estos días.
Columna publicada en el Diario Cambio en su edición del 14 de diciembre de 2007 |
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Entre tantas metas que esperamos ver
cumplidas, entre tantas maneras, resignadas o proactivas, de caminar
hacia ellas, los cristianos decimos y nos comprometemos cada día:
¡que venga tu reino! Que Dios lo siga regalando y que no le cerremos
las puertas y cooperemos a su implantación. Ese es el futuro que nos
alegra porque conocemos el árbol que está creciendo; su savia corre
por nuestras venas!
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La fe y la ciencia ¿amigas o enemigas?
Mons. Pablo Galimberti.
Para muchos entre la fe y la ciencia existen relaciones amistosas. Para otros, por el contrario, se contraponen y refieren por ejemplo, que no es posible aceptar lo que dice la Biblia sobre la creación con la teoría del Big Bang, por ejemplo. O recuerdan los problemas que tuvo Galileo con la Iglesia.
La Biblia no es un manual de ciencia. Cuando habla de Dios modelando al primer hombre con barro, no está ni a favor ni en contra del evolucionismo. El texto usa un lenguaje propio de la época para transmitir una enseñanza religiosa. Plantea muy acertadamente en qué consiste la condición humana: barro y espíritu. Fragilidad y grandeza. Materia y espíritu divino circulando por nuestras venas. Ese es el mensaje tan actual en nuestros días, para armonizar cuerpo y espíritu. Y cuando en el mismo relato aparece Eva creada a partir de una costilla, lo que pretende transmitir es que Eva sale del costado, donde se consideraba que estaban alojados los sentimientos y afectos humanos y que ella es de la misma condición y dignidad que su compañero. Una relación entre iguales y a la vez complementaria. Y así todos los relatos tienen un «género literario» que es necesario conocer para extraer la enseñanza.
Pero para mí la principal dificultad radica en algunos científicos que se han «inflado» con sus conocimientos cometiendo gruesos errores. Un ejemplo reciente muy comentado lo protagonizó el Premio Nobel de Medicina James Watson, pionero en la labor de desciframiento del genoma humano, que expresó su pesimismo respecto al desarrollo de los africanos porque la inteligencia de ellos es inferior a los de raza blanca. Triunfalismos científicos como estos son los que demuestran que pueden ser buenos científicos pero decir tonterías o tener prejuicios, en este caso racistas. La celebridad y la fama no da derecho a opinar sobre todo.
Un británico, Clive James ha escrito un libro «Amnesia cultural» en el que repasa y afirma que 106 famosos escritores, científicos y artistas del Novecientos, lejos de constituir una voz crítica en su tiempo, apoyaron de diversas maneras los peores totalitarismos, rojos o negros, que ensangrentaron el planeta.
No menos duro es el ensayo del gran físico teórico Lee Smolin, residente en Estados Unidos, que en un reciente ensayo «Un mundo sin ataduras» reflexiona sobre la crisis que afecta la Física teórica y aprovecha para mostrar las debilidades del mundo académico científico mundial, mostrando sus límites, culpas y miserias humanas.
Dicho esto es bueno reconocer el aporte enorme que hacen muchos científicos con sus pacientes y laboriosas investigaciones. Y que lejos de oponerse a la fe, muestran que ambas pueden darse la mano.
Por supuesto que los avances científicos, en las diversas áreas del conocimiento, plantean preguntas al creyente. Cultivando una buena dosis de sentido crítico, hoy tan escaso, no mueven un pelo. «Diez mil dificultades no hacen una sola duda» decía J. H. Newman. La fe y la razón no tienen por qué estar enemistadas, al contrario, deben dialogar respetando las respectivas autonomías, porque la verdad es una sola. «El que cree piensa, y creyendo piensa y pensando cree. La fe, si lo que se cree no se piensa, es nula» decía San Agustín.
Me parece comprensible el hecho que el 51% de los uruguayos considere que, por encima de la alta tecnología se debería fomentar la tradición. Si me piden que explique los motivos empezaría diciendo lo que entiendo por «tradición». Para mí es el conjunto de imágenes o representaciones del mundo, o conjunto de valores, que poseen un carácter afectivo y que tienen que ver con la identidad de las personas, los grupos, familias o sectores de la población. Así definida considero natural que se experimente el impacto de modas o estilos que en determinado momento ingresan en el escenario cultural alterando el imaginario en el que un grupo se movía. Por ejemplo la fiesta de Hallowing, que tiene tan poco de uruguayo. Se comprende entonces que muchos prefieran mantener las tradiciones y valores en los que han crecido y con los cuales se encuentran más fácilmente identificados.
El tema da para más y en otra ocasión volveremos sobre él.
Columna publicada por el Diario Cambio, el viernes 16 de noviembre DE 2007 |
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Mons. Pablo Galimberti.
Lino Dinetto volvió a Uruguay, su segunda patria. A comienzos de los 50 había desembarcado con sus pinceles y colores con los que embelleció templos y acrecentó nuestra cultura. El desafío mayor lo vivió en el lugar donde se aquerenció, San José, pintando la cúpula y los muros laterales de la Catedral.
Cuando la semana pasada entró a este templo el pueblo lo abrazó con una calurosa ovación que lo colmó de emoción y agradecimiento. Las columnas de Carrara de la Catedral contagiaban la fe sólida que sostiene la vida. El templo es casa de todos, pues Dios hace llover sin discriminar entre amigos y adversarios, entre cercanos y lejanos, creyentes y ateos. En ese espacio diferente se alcanzan treguas y remansos y en su silencio se siente el abrazo de un Padre común. Arte, palabra y plegaria se fusionan para expresar que «la grandeza del hombre consiste en que él se trasciende infinitamente a sí mismo» como decía Pascal.
Dinetto repasó con anécdotas cómo nacieron aquellos frescos. Mientras comentaba la inspiración que quiso plasmar en la figura de la Virgen María, una mujer levantó la mano y dijo: ¡»Yo era la modelo de esa virgen!» El artista la miró complaciente y cayó en la cuenta del paso del tiempo (para ambos): ¡»Mamma mia, quanti anni son passati!».
El ritmo de su visita fue intenso. Participé en una cena con él en San José junto al Intendente y una alumna que se perfeccionó con él. Su espíritu artístico lo lleva a plasmar en figuras y colores los sentimientos de esa zona fronteriza donde los límites humanos escapan de este mundo y visitan el cielo, para utilizar imágenes de E. Amorim, hablando de la poesía.
Recientemente fue saludado por el Papa Benedicto XVI a raíz de un trabajo realizado para la capilla del Papa en el lugar montañoso donde va a descansar, en el norte de Italia. Pintó la escena de la Anunciación, instante donde cielo y tierra se abrazan, cuando la Virgen María pronuncia el «Sí» al Mensajero divino que la invita a ser Madre del Mesías.
Dinetto encarna un espíritu inquieto, que busca dar forma a sus intuiciones. Al arte que sólo se hace para satisfacer el paladar de la gente marcada por modas efímeras, no duda en llamarlo «arte basura». Porque el artista genuino debe ser un grito de libertad en una sociedad adormecida. Un artista tiene que trabajar sin dejarse llevar por la búsqueda de la gloria pasajera o la avidez de una fácil popularidad, y menos aún por la ambición de posibles ganancias personales.
Me contaba las peripecias por las que atravesó cuando le confiaron un fresco en la Basílica de un santo muy popular, Antonio de Padua. El lugar elegido estaba enfrente del lugar donde reposan sus huesos. Se preguntaba cuántos sentimientos y confidencias trae la gente que entra en ese recinto. Jóvenes y ancianos, mujeres y hombres. Y el pincel guiado por su alma sensible y cristiana quería abarcarlos a todos. Así el artista se hace mediador de una variada gama de sentimientos y situaciones a los que él con la paleta de colores intenta recoger. Sueños, dolores, impotencia y poder, búsqueda de belleza y verdad, de autenticidad y bondad.
Juan Pablo II alentaba a los artistas: «Que la belleza que transmitan a las generaciones del mañana provoque asombro: ante la sacralidad de la vida, del ser humano y las maravillas del universo. La humanidad de hoy y de mañana tiene necesidad de este entusiasmo que surge del asombro, para afrontar y superar los desafíos cruciales que se avistan el el horizonte. Gracias a él la humanidad, después de cada momento de extravío, podrá ponerse en pie y reanudar su camino. Precisamente en este sentido se ha dicho, con profunda intuición, que «la belleza salvará al mundo» (F. Dostoievski). La sociedad tiene necesidad de artistas, del mismo modo que necesita científicos, técnicos, trabajadores, profesionales, así como de testigos de la fe, maestros, padres y madres, que garanticen el crecimiento de la persona y del desarrollo de la comunidad por medio de ese arte eminente que es el «arte de educar». Lo decía también el Papa Juan Pablo II. ¿Podrá pensar alguno que no tiene ningún talento «artístico» para ejercitar y aportar a la sociedad?
Columna publicada en el Diario Cambio del viernes 19 de octubre de 2007- |
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Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto
Mientras hace su trabajo, el dueño de la peluquería me cuenta que vivía en Buenos Aires y allí conoció a su esposa, hace más de treinta años. Y agrega: fue un amor a primera vista; bastaron tres meses de noviazgo; conozco noviazgos largos que fracasan pronto como matrimonio.
Al verlo satisfecho, le pregunté si tenía alguna receta. En los primeros años las discusiones eran frecuentes, dice. Lo económico también influye; cuando falta dinero se hace difícil.
En el fondo todos tenemos el secreto deseo de que los vínculos afectivos, que nos unen con personas que queremos, no se rompan nunca. Cuando los lazos de amistad y lealtad se han atado de un modo conciente y libre, se presume, quizás demasiado ingenuamente, que van a durar... Pero la palabra «siempre» da miedo y parece no encajar en la mentalidad del «use y tire». Los jóvenes dilatan la adolescencia y el momento de una opción definitiva. Son frecuentes las parejas de hecho, sin pasar por el juzgado ni por iglesia, aún teniendo hijos. ¿Será que la fidelidad ha perdido su riqueza escondida y suena como aburrida? La fidelidad es una construcción de la libertad y del amor que necesita motivarse cada día para sacudir la rutina y la modorra. El que se duerme puede perderlo todo. Es un equilibrio inestable, como andar en bicicleta; el que no pedalea dura poco y en el primer repecho se queda.
Las fidelidades perezosas mantienen la forma pero sin esa cuota de adrenalina, inteligencia, combustible y estrategias de duración. Dos sacerdotes salteños, que recorrieron la ruta hacia Santiago de Compostela, me contaron las diversas estrategias empleadas que les permitía admi
Un objetivo claro impone cambios, como en el fútbol; una semilla es fiel a sí misma sólo si se transforma en planta. Congelar el reloj impide seguir la ley del crecimiento continuo. Un ejemplo hermoso de fidelidad creativa es lo que le ocurrió al joven Francisco en la pequeña iglesita de San Damián, en Asís. Contemplando una imagen de Cristo en cruz escucha una voz interior que le dice: repara mi iglesia. Interpreta que se refiere al deteriorado templo de piedra y comienza acarreando piedras para restaurar ese lugar de devoción. Más tarde comprenderá nuevos desarrollos de esa visión inicial. La iglesia que debe reparar es otra, de piedras vivas, de carne y hueso, la que vive en el cuerpo y en el alma de sus hermanos y hermanas, la que está amenazada por el utilitarismo mercantil, que ha verificado en su padre Bernardone. La fidelidad se continúa, pero las formas cambian, se agrandan, se interiorizan.
La fidelidad requiere la cercanía con lo que se ama; física, mental y espiritual. Hay soledades tristes de quienes viven como extraños bajo un mismo techo.
La fidelidad es una prueba. Por un lado arranca con el impulso de ser absoluta; como un sí que quiere abarcarlo todo. Por otro lado esta tensión tiene que concretarse en el día a día. ¡Qué lindo es el amor, pero qué difícil resulta la convivencia! podrían decir muchos esposos. Por eso la fidelidad es una continuidad frágil y hasta un drama. Además la voluntad está entremezclada de incertidumbre, humildad, angustia, trigo y cizaña. Sorprende comprobar cómo en los lugares más difíciles, donde la dignidad humana era pisoteada a cada hora, nacen sorpresivamente admirables gestos de fidelidad heroica a un ideal, como el de Maximiliano Kolbe, que en el peor escenario, un campo de concentración, pidió sustituir al compañero que iba a ser ejecutado; ese compañero tenía esposa e hijos y él era sacerdote.
Cabe aquí aquella frase: el héroe que no tiembla no es un héroe. El futbolista brasilero Kaká, del Milan, expresó cómo a una fidelidad decidida siempre se le cruza un opuesto. En declaraciones recientes se refirió a los obstáculos que se interponen en su fidelidad. Las tentaciones están ahí, pero las evita o previene. Por ejemplo, nunca va solo a las fiestas de Milán, siempre va acompañado por su mujer. Santa Teresita hablaba de «la astucia del amor». A la auténtica fidelidad le espera una lucha y una amenaza. Ahí radica su valor. Porque los vínculos esenciales no es bueno que queden a la deriva.
Columna publicada en Diario Cambio el 12/10/2007 |
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Los hijos ¿no tienen derechos?
Mons. Pablo Galimberti.
Hay varones interesados en vender su capital genético. Un uruguayo ofrece esperma por Internet a «mujeres que estén solas y lesbianas», por $ 5.000. Con garantía.
Dice haber ayudado a dos mujeres cuyos embarazos fueron exitosos. Otro vendedor de similar «producto» ofrece garantías sanitarias y dice que una clienta española le pagó 1.500 euros. Existen bancos o depósitos de conservación en frío, en algunos países, que ofrecen semen de hombres inteligentes y exitosos. Allí se manipula el material genético, clasificándolo según grupo étnico, complexión física, talla, color del pelo, ojos y grupo sanguíneo. Descartan, catalogan y lo ofrecen al segmento de mercado más codiciado, las mujeres solteras. Es la lógica mercantil aliada con la biotecnología, a disposición de hombres solitarios y mujeres insatisfechas, incapaces de una relación amorosa real y estable.
La propuesta combina tres factores. En primer lugar el asombroso avance de la biotecnología o ingeniería genética. En este caso utilizando una parte de un organismo vivo (semen del varón) para realizar la fecundación mediante diferentes técnicas de inseminación artificial. Así se inicia una gestación en el útero de una mujer («propietaria» de los óvulos o útero alquilado por nueve meses) que culminará con el nacimiento de un individuo humano.
Previamente se ha investigado el ADN, base de información que poseen todos los organismos vivos. Esta información está organizada en unidades o genes, que controlan todos los aspectos de la vida de cada organismo, por ej. el color de pelo, enfermedades o inclinaciones conductuales.
El segundo factor es el comercial. Este aspecto queda en penumbras cuando los laboratorios usan la palabra «donación» de semen. Estos laboratorios tienen altos costos de funcionamiento, entre investigadores de tiempo completo e instrumental de última generación. No somos contrarios, obviamente, a la investigación en este campo. Pero tenemos reservas viendo el modo en que se está usando y el estilo narcisista y anti-familia que propicia, usando el semen de un varón que no quiere saber nada con la paternidad real. La congelación del semen resulta una imagen altamente simbólica. Quizás transmita inteligencia o habilidad deportiva, pero dejará la huella de un desaparecido.
La pura ley del mercado no puede tener la última palabra, cuando está en juego el derecho humano fundamental del niño o niña. En nombre de ellos ¡cuántas declaraciones, convenios y organismos! ¿Dónde queda su derecho a conocer su propio padre real y a poder compartir experiencias fuertes en un hogar con ambas figuras parentales? Si el semen es parte indispensable para iniciar una nueva vida, la conclusión es que la vida y su dignidad se evaporan, son «material biológico» puesto a la venta.
El tercer factor es respecto a las usuarias finales de este «producto». Es el deseo de ser madre a toda costa. Manda la ley del deseo, sin preguntarse si es bueno o no. La ciencia dice lo que es posible hacer. Pero la conciencia ética me dice si es bueno o no. La ciencia me dice que se puede realizar una fecundación en un laboratorio combinando semen masculino adquirido con óvulos de mujer. Pero la ética me dice que lo que nace es un hijo, una persona, una libertad a la que no se le puede cometer un «crimen genealógico».
Ese descendiente vivirá obsesionado por la filiación, tema que por algo aparece tanto en el cine, la canción y la literatura. Porque le han robado una historia o memoria de familia.
Una cosa es paliar la situación de un niño abandonado de una madre adolescente. Otra es planear de antemano esa ausencia de padre y exponer a un hijo o hija a una dependencia casi patológica de una madre independiente y con rasgos posesivos. Como la que confesaba: «No sé si volveré a rehacer mi vida amorosa; lo único que sé es que estoy esperando un niño y que éste será el auténtico amor de mi vida».
Fantasías edípicas al equiparar el vínculo permanente con un esposo con el vínculo a término con un hijo al que hay que educar para salir: del útero, de la casa, de la esfera posesiva de la madre. Estamos pues ante una práctica que plantea muchas preguntas.
Columna Diario Cambio el 5/10/2007 |
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Mons. Galimberti destacó esfuerzo de la familia Tonna por cuidar la gruta del Padre Pío
En un ambiente de recogimiento y paz, el obispo Pablo Galimberti presidió la misa en la gruta del Padre Pío acompañado por el padre salesiano Andrés Boone. En 1991 fue la última vez que se realizó una celebración y estuvo a cargo de Mons. Humberto Tonna.
El titular de la Diócesis de Salto destacó la obra desarrollada por la familia Tonna en la estancia «La Aurora» en torno a la figura del Padre Pío y, principalmente, la iniciativa del titular del establecimiento, Angel María Tonna Zanotta (Toto). Devotos procedentes de distintos lugares del país, Argentina y España acompañaron la eucaristía.
El obispo destacó la personalidad del Padre Pío, que «tenía esa penetración de los corazones y, a veces, se dirigía a alguien adivinándole ese dolor que estorbaba su cuerpo o corazón. Tenía esa cercanía y la intuición para decir las palabras adecuadas, en el momento oportuno. Por eso fue que su fama se extendió y el entonces obispo de Salto, Mons. Alfredo Viola lo visitaba en Roma y también tenemos una foto con Mons. (Marcelo) Mendiharat.
Y, su figura vino acá a través de Angel Tonna, propietario de estas tierras. Hubo también una correspondencia epistolar que son una riqueza para sus hijos, su familia. Allí nació esta idea y buena intuición de levantar esta ermita, un lugar de oración y encuentro cercano». En estos lugares «a través del recogimiento, uno siente que está más cerca del cielo, del corazón y de ese Dios que está afuera en el libro de la naturaleza, de nuestra conciencia y de la palabra de Dios cuyo centro es Jesús, nuestro salvador, el hijo de María». cargando con yugos
Monseñor Galimberti dijo que el ser humano se encuentra «agobiado, angustiado» y enfrenta situaciones «atravesadas. Y, cuando venimos acá las depositamos en el Padre Pío, nuestro intercesor, para que ore por nosotros como tantas veces lo hizo diciendo: ’Vengan a mi y voy a rezar por estas cosas que me confían’. Pero», acotó Galimberti, «ustedes también recen porque no basta que ustedes vengan y descarguen para irse alegremente. Deben ser partícipes de que Dios derrame la lluvia de sus bendiciones para que cicatricen sus heridas, dándonos esperanza y firmeza en el horizonte de la vida». Expresó que también se debe aprender a «cargar con el yugo» y «responsabilizarnos» de las situaciones que acontecen en la vida diaria, repercutiendo en la vida familiar. «No vivimos aislados y debemos ayudarnos mutuamente a cargar ese yugo.
Si habrá cargado el Padre Pío miserias y recibido pedradas, incluso de aquellos que debían defenderlo; lo criticaron y aislaron, privándolo de celebrar la misa en público. Cargaba con rabias y después cuando volvía al comedor llegaba con su sonrisa del tano meridional, haciendo una broma. Hay que aprender a cargar esos yugos de la vida de cada día, que a veces nos pesan. Por eso Jesús dice dame ese yugo que te lastima y te ayudo a llevarlo; venga a mi, que el mío es suave porque solo te aplasta, te liquida y es demoledor. Ven a mi, que te daré esperanza, firmeza, paciencia, constancia, pureza de corazón, limpieza en tus intenciones, autenticidad para arrancar máscaras e hipocrecías».
un baqueano Dijo que «ciertamente hoy necesitamos la palabra del Padre Pío, buen consejero y baqueano para llevarnos por los caminos de Jesucristo». Recordó que era alguien a quien «le pinchaban las llagas pero al mismo tiempo hacía bien, no devolviendo un puntapié». Resultó «un hombre con una profundidad admirable y por eso, habiendo sido investigado una y otra vez, realmente se vio que llevaba una vida cristiana heroica, superior a la media. Entonces, se llega a la conclusión de que es un hombre que está cerca, junto a Dios e intercede ante nuestro salvador».
Finalmente, manifestó su agradecimiento a «Toto Tonna, a sus hijos, su familia y amigos que mantuvieron este lugar; que hicieron posible que hoy estemos aquí haciendo memoria de esta figura formidable» y que es «como es ese perfume del Padre Pío se difunde». |
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Opina el Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti.
Los veamos o no en las esquinas, niños sin calor de hogar, que viven horas a la intemperie, guiados por un adulto en busca de una moneda, son una realidad en este país. Pero hay también muchas manos solidarias. El INAU hace años explora caminos alternativos a la institucionalización. Lo viví de cerca cuando firmamos un acuerdo entre la Iglesia Católica en San José y el entonces INAME.
Planteada la iniciativa encontramos en el Director Departamental amplio apoyo para abrir una casa-hogar para niños «de la calle»; espacio para sanar heridas, educar y restablecer vínculos en clima de familia. Tras la firma del convenio llegaron doce niños, entre cuatro y once años. Un matrimonio francés con experiencia, junto a una religiosa y un voluntario, asumieron la responsabilidad de la casa. Aude, la esposa, eligió llamarla «Talita kum», que significa «Levántate y anda»; expresión que usó Jesús para devolver la vida a una niña sin vida.
Las relaciones con el organismo estatal fueron frecuentes y cordiales. Una Asistente social y una Psicóloga se sumaron a la tarea. Quedó claro que podíamos ofrecer a los niños una educación cristiana, con la libertad que esta requiere. Al año bautizamos a varios, incorporando al hogar padrinos y madrinas, que se encargaban de festejar cumpleaños y de llevarse a sus ahijados algún fin de semana.
Rápidamente creció la integración al medio. El Colegio Católico del Huerto les concedió una beca. Frecuentaban la piscina municipal y tomaban parte en grupos de danza, coros y deportes. Alguno quiso aprender francés y cuando le preguntaban quién era el adulto que lo acompañaba, decía con orgullo: ¡mi papá! Cuando en el colegio se festejó el día del abuelo cumplí esta tarea acompañando a la niña más chica.
En algunos casos se restableció el vínculo con algún familiar cercano, por ejemplo, una abuela. A veces el esfuerzo valió la pena, aunque no siempre, pues la cercanía del padre, especialmente, despertaba a veces episodios traumáticos de violencia familiar. Un día conocí en la cárcel a un padre, pero nos dimos cuenta que no sería positivo restablecer ese vínculo.
Vida de familia, integración, educación con estímulos y límites, donde hasta los más pequeños tendían sus camas, lavaban la vajilla subiéndose a una silla y aprendían a usar útiles de limpieza. Ambiente de convivencia, con problemas pero también con adultos que acompañaban y enderezaban.
En el verano fuimos a La Esmeralda (Rocha), donde disfrutaron la costa oceánica, conocieron la Fortaleza de Santa Teresa y caminaron mucho hasta quedar rendidos al terminar el día.
Han crecido. Días atrás, en San José, encontré a uno de ellos. Concurre a UTU y su hermana, que ya tiene novio, cursa peluquería. El INAU ha permitido que prolongue un tiempo más su salida del hogar.
Cuando oigo hablar de «niños de la calle» pienso en los que yo conocí y que encontraron protección mediante la inserción en un clima familiar. Juntando esfuerzos, con la colaboración, en este caso, de la iglesia y organismos del Estado, se lograron frutos visibles, como la niña que no crecía y marcaba en la pared una escala de cuánto aumentaba por mes. Pero, lo más importante es el crecimiento en sentimientos y valores morales, que forjan buenos compañeros y ciudadanos activos. Sentirse libres y responsables para amar, trabajar, soñar y creer que todos tenemos una misión que hay que descubrir. Aunque algún papá o mamá no hayan sabido cumplir su tarea, igualmente cada uno tiene un Padre bueno que protege todos los días y nunca abandona. Cultivar un sentimiento religioso ayuda a cicatrizar heridas.
Multiplicando esta colaboración seguramente se podrían conseguir buenos resultados. Para que los abandonados no salgan a la vida con las manos vacías y el corazón herido por violencias.
La vida de familia es la primera escuela. Al llegar no tenían noción de los días de la semana. Cuando se programaba una fiesta para un día fijo, preguntaban cada día ¿es hoy? No conocían el flujo del tiempo, esas secuencias que alternan noche y día y son parte de nuestro vivir hogareño cotidiano. Esas cosas que aprendemos de un padre o madre, en una familia.
Columna publicada en Diario Cambio en su edición del 21 de setiembre |
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Columna de Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto
A diez años de su muerte, se han dado a conocer cartas en las que la Madre Teresa, muestra que durante largos años vivía un sufrimiento íntimo y contradictorio. Esto sorprendió a quienes conocían de ella solamente un rostro sonriente. Sufrió la ausencia de Dios. Su silencio y misterio. Sin embargo, ella seguía apoyándose en la roca de la fe. El acto de fe, en efecto, no consiste en un sentir volátil sino en la adhesión libre y voluntaria a un Dios que llama. La fe es cierta, más que cualquier conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Como lo expresaba J. H. Newman: «Diez mil dificultades no hacen una sola duda.» Hace pocos días creyentes y agnósticos de nuestro país discutieron en una mesa redonda radial sobre los abismos de la fe en esta mujer.
Una raíz profunda era la fuente de su radiante vitalidad. Es valiente. Asume el dolor de Jesús porque los pobres no le conocen y por lo tanto no le aman. Y decide no negar nada a este Amor que la cautiva. Esta certeza la guió a través de senderos oscuros. «Estuve a punto de dejarlo y entonces recordé el voto y esto me hizo levantarme». La pequeñez de Madre Teresa, visualizada en un cuerpo frágil, le servía para evidenciar que su obra llevaba la firma de Dios. Las oscuridades, a veces prolongadas que experimentan algunos santos modernos, son el medio de protección inventado por Dios para los que trabajan constantemente bajo las luces y cámaras de los medios. Es como la protección de amianto que usan los bomberos para caminar entre el fuego.
Sonriente y serena junto a famosos del mundo o al recibir el Premio Nobel de la paz, como ante un leproso, anciano o niño de la calle en Calcuta, hacía pensar que la atmósfera interior que la acompañaba era siempre luminosa y sonriente. Pero no. «Hay tanta contradicción en mi alma, un profundo anhelo de Dios que me hiere y al mismo tiempo el sentimiento de no ser querida por El, rechazada, vacía, sin fe, sin amor... El cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío».
Este desierto interior, que pesaba en su corazón, le servía para no identificarse con los aplausos que el mundo le regalaba. Por eso pudo mantener su equilibrio y libertad. Nada la apartaba de su objetivo. «El dolor interior que siento es tan grande que no experimento nada ante toda la publicidad y lo que la gente habla».
Un escritor juzgó a la Madre Teresa como producto de la era mediática. Pero los mediáticos son personajes de plástico, efímeros, sin raíces, que necesitan aplausos para sobrevivir, porque huyen de la soledad. Madre Teresa fue grande porque se hizo pequeña y débil. Se olvidó de sí para no obstaculizar la obra de Dios en su vida ni en el mundo. Maravillosa aventura y verificación de que los caminos de Dios no son siempre los nuestros.
Este sufrimiento no es debido a fallas o mediocridades sino que es una manera de compartir los sufrimientos físicos y morales de los que cargan frustraciones, dolores, los excluidos y más abandonados. Su dolor se ensancha, es solidario. Esta característica se observa en los santos y santas de los últimos cien años. Anclados en su fe pero, al mismo tiempo caminando en la noche más oscura. Algunos dicen: no creo en Dios porque no lo siento; le pedí a Dios pero no me oyó. La cultura científica oscurece a Dios en la conciencia de muchos.
Predomina la razón tecnológica, política, económica o militar. En todo caso, Dios sirve para «tapar agujeros» cuando se hunde el bote de las precarias seguridades. La fe cierta y oscura de Madre Teresa ayuda a percibir la presencia escondida de Dios.
El olvido de lealtades se ha propagado en la actual cultura, que rinde culto a lo efímero. Todo corre sobre ruedas mientras algo se siente, pero el día que el sentir se enfría llegó la crisis. La fidelidad a través de túneles oscuros, vivida por la Madre Teresa es alentadora. Descubre que Dios es Silencioso pero jamás el Ausente. En el desierto cae maná desabrido que alimenta; sin esperar milagros sensacionales, que son «pan para hoy y hambre para mañana». No obstante el rostro sonriente de Madre Teresa y sus manos que consuelan y rezan despertarán la sospecha que en ese corazón debe arder una luz más fuerte que la muerte.
Publicado en el Diario Cambio, el viernes 14 |
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Uruguayos, juegos de azar y religión
Opina Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto
Los uruguayos respondieron con creces. En el 2006 los juegos de azar oficiales fueron uno de los mayores atractivos para la población, sin distinción de edad, sexo, religión o filiación política. Prueba de esto son los 162 millones de dólares, cifra que supera el total exportado ese año en el rubro leche o lana. ¿Razones? Correr tras la fortuna, -con sus vértigos y reveses-, ansiedad de un cambio o algo diferente. Un ex adicto me confesó que para él eran dos los momentos claves: el de más riesgo era cuando ganaba mucho; las horas o minutos que tenía los bolsillos llenos era omnipotente. Lo otro era ganar y al día siguiente quedar sin nada. Euforias y depresiones.
Hace poco se realizó el primer sorteo de la «segunda generación de la Comboleta» en la que participaron casi 410.000 sobres con 10 boletas de compra cada una. Próximamente, Uruguay se colocará en el primer lugar de América Latina en timba telefónica. Esto se añadirá a la Lotería, Quiniela, Tómbola, 5 de Oro Revancha y Quiniela Instantánea. Además de los 12 casinos y 28 salas con tragamonedas. Las grandes inversiones privadas internacionales son atraídas por este señuelo.
Los patrocinadores sostienen que los casinos traen turistas. Yo ví llegar gente en bicicleta al casino montevideano del Parque Rodó, a primeras horas de la tarde. Esos no juegan lo que les sobra sino lo que les falta. Un quinielero decía en defensa del apostador chico: es la esperanza del pobre.
En su sentido más amplio el juego es una expresión de la vida humana, donde se lucha contra lo adverso y contra sí mismo: miedo, fragilidad, dudas. El juego implica atención, reglas, riesgos y libertad, como la vida real. En su origen, los juegos se vinculaban explícitamente a lo sagrado; así los Juegos Olímpicos se consagraban a Zeus. Durante los juegos públicos no había guerras ni ejecuciones capitales sino tregua general.
Los juegos toman a veces el valor de una ofrenda. Los antagonistas rivalizan en habilidad y resistencia, a veces hasta la efusión de sangre. Derrochando energía, sudor y lágrimas, honran a las fuerzas invisibles a las cuales están consagrados. Así los juegos aparecen, de una manera consciente o latente, como una forma de diálogo del ser humano con lo invisible. El recurso al juego cambia el ritmo monótono de la vida. El que apuesta vibra rastreando coincidencias, números y descifrando fechas, sueños o una noticia sorpresiva; ahí ve la mano de la fortuna.
Lo típico de la persona religiosa es la capacidad habitual de introducir «rupturas» o cambios de ritmo en sus horas diarias. La religión, desde el punto de vista subjetivo, antes que gestos exteriores, reside en el pensamiento afectivo con el cual el creyente carga algunos gestos. Parecido al apostador de quiniela que al oír un número no atiende el sentido aritmético o económico sino que usa otra clave y atribuye significado a sucesos como el día del nacimiento de un nieto, la matrícula de un auto, los años de Artigas o del Papa. Las cábalas, esa capacidad inagotable de resignificar las palabras y la realidad, abundan en los futbolistas y estudiantes, que repiten aquel gesto u objeto que, en su creencia, les dio suerte.
Desde el más racionalista al más místico, todos nos ponemos lentes para interpretar el mundo. El creyente reza: «Los cielos proclaman tu gloria, Señor». Otro exalta la Ciencia. ¿Se extrañará una mente quinielera de lo que decía Santa Teresa de Avila, que «entre los pucheros anda el Señor», cuando él usa una clave parecida en la lectura de la realidad? Y por ahí nos aproximamos a la experiencia subjetiva de lo religioso, consistente en atreverse a escuchar los pasos de Dios en el corazón.
La sospecha que la quiniela podía guardar algo religioso, la olfateó Ares Pons: «Cuando un pueblo se ve privado de sus fundamentos espirituales, lógico es que busque su perdido equilibrio con mil gestos torpes o frenéticos, que expresan una pasión que ha perdido su objeto. En el delirio del fútbol, en el vértigo de la timba, en la agresividad de la patota, en el reproche perenne del tango, se manifiesta el extravío de una pueblo que espera a un pequeño mesías en cada jugada de quiniela.» (Uruguay, ¿provincia o nación?).
Columna de Mons. Pablo Galimberti publicada en Diario Cambio, edición del 7 de setiembre de 2007 |
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Medio Ambiente y Trabajo
Las protestas de los vecinos de Gualeguaychú no han cesado. Los cortes de puentes, en particular a la altura de de Fray Bentos y Puerto Unzué (Gualeguaychú) continúan, por decisión de un grupo de gente organizada. El derecho a la libre circulación de personas, bienes y servicios, aceptado entre los países del MERCOSUR se quebranta. Los grupos de la sociedad civil, organizados o espontáneos, enriquecen la vida social; pero no pensamos que estén habilitados, normalmente, para estas decisiones. Cabe la pregunta: ¿qué hace el gobierno argentino?
La responsabilidad de todos por el bien común incluye muchos
derechos y es tarea de uruguayos y argentinos. El medio ambiente
sano es un valor a inculcar desde niños, aquí y del otro lado del
río, sin importar la cara, el dinero o los votos. «Timeo danaos et
dona ferentes», que traducido significa: «Temo a los griegos, aunque
me traigan regalos», escribía Virgilio refiriéndose al Caballo de
Troya, que al aceptarlo daba luz verde al propio enemigo! Los
uruguayos no queremos que Botnia sea un caballo de Troya.
Los obreros que allí trabajaban pertenecían a cuatro empresas
internacionales. Los afectados fueron solo algunos uruguayos,
sacados del lugar por sus compañeros, en andas. Los peritos que
reconstruyeron lo ocurrido se hacían la lógica pregunta por qué los
de otras nacionalidades, por ejemplo brasileros, no habían
experimentado ningún malestar. La pregunta queda planteada.
Junto al derecho a un medio ambiente saludable, los uruguayos
que miran a Botnia con una actitud favorable defienden con la misma
energía la ecología humana. O sea, la presencia de un hombre o mujer
junto a su familia y vecinos para desarrollar la ardua y apasionante
tarea de humanizar ese entorno. El primer encuentro del hombre con
su entorno natural, según la Biblia, aparece orientado en una doble
dirección. Debe en primer lugar trabajarlo, o sea, modificarlo para
perfeccionar su originario inacabamiento. Pero tiene que hacerlo
siempre de un modo mesuradamente limitado por las exigencias de la
ciencia del bien y del mal. No todo lo que de hecho se llega a poder
hacer debe sólo por ello hacerse. Desde ese primer instante el
imperativo de una ecología con rostro humano será dar paso a un
trabajo ennoblecido por su fin, que descarte drásticamente la
posibilidad de una ciencia sin conciencia. Asimismo el cuadro ecológico ambiental y humano se completa cuando los seres humanos fundan vínculos entre ellos. Nace así la familia y con ella nuevas esperanzas. El relato de la primera página de la Biblia sigue así custodiando el sentido de lo humano. También en los asuntos planteados por Botnia.
Columna publicada en Diario Cambio, del 31 de agosto de 2007 |
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Opina Mons. Pablo Galimberti
La palabra «donación» implica, tratándose de óvulos, una delicada situación. Los seres humanos necesitamos juzgar las cosas no sólo desde el punto de vista de lo que la técnica puede hacer sino también desde el punto de vista de los valores que están en juego. Así nos hacemos «cuidadores».
Ser cuidador es ser ético. Leonardo Boff, teólogo brasilero, escribe: «Albert Einstein despertó a la dimensión cuidadora de todo saber cuando Krishnamurti lo interpeló: ¿En qué medida su teoría de la relatividad ayuda a disminuir el sufrimiento humano? Einstein, perplejo, guardó silencio. Pero cambió. A partir de ahí se comprometió por la paz y contra las armas nucleares. En todos los ámbitos de la vida, necesitamos personas críticas, creativas y cuidadoras. Tarea de la educación hoy es crear tal tipo de personas.» Si se habla de donar óvulos, o sea, células sexuales femeninas, la acción merece una atenta consideración. Entramos en el ámbito de la procreación artificial, o sea, de las diferentes técnicas encaminadas a obtener de modo artificial una nueva vida humana. En el caso que ahora consideramos se trata de una fecundación realizada fuera del cuerpo de la mujer. Ocurrió en nuestro país a un matrimonio que no podían tener hijos. En una clínica les informaron sobre la eventual extracción de un óvulo de la mujer, para fecundarlo en el laboratorio con el semen del esposo; a un costo de 5.000 dólares. Pero que si la mujer donaba los óvulos sobrantes, el costo era algo así como 1.500 dólares. La propuesta fue descartada. El hombre occidental que logró desintegrar las misteriosas fuerzas del átomo ha incursionado en el campo de la ingeniería genética con capacidad de desarticular y manipular los procesos humanos de procreación de la vida humana. Ciertas técnicas desarman y manejan «fierros», pero una cosa es manejar la planta de Botnia o experimentar con ratones y otra es incursionar en el terreno de la vida humana. Los derechos tienen también límites. El biólogo construye el embrión, lo controla. Y la procreación así obtenida no dice referencia inmediata al acto de amor esponsal, sino a la actividad técnica del biólogo. Esto no significa rechazar las consultas que los esposos necesitan plantear al médico. Pero la cuestión delicada es cuando la técnica hace una sustitución de la misma relación íntima entre los esposos. Esto sería contrario a la dignidad y a la igualdad que debe ser común a los padres y a los hijos. La prepotencia, censurada con razón en las relaciones interpersonales y en la convivencia social, se traslada al mundo biológico. El arte de lo posible, que se reconoce como la ley reguladora de lo político, pasa a ser la norma de la biología y se convierte en el arte del poder biotecnológico. Se sabe, además, que con el embrión «in vitro» se realizan pruebas, controles y modificaciones como con un producto de laboratorio. Se oye decir a veces que la mujer es estéril y quiere quedar embarazada a toda costa. Un deseo puede ser legítimo pero no puede transgredir límites éticos. La renuncia a un deseo por un bien superior, lejos de ser una vulgar represión, puede ser también expresión de evolución cultural y madurez de una personalidad. La sola ley del deseo pretende legitimar a veces antojos o caprichos. La sociedad sin límites que vemos en el cine puede ser un peligroso espejismo. Procreación, Sexualidad y Amor van juntas. Por un lado está la tentación de dejar en manos de los técnicos de un laboratorio el acto tan personal de procrear. Por otro lado tampoco es conveniente desconectarlo de la sexualidad y del amor. Porque así como se manipula la procreación, también la sexualidad se reduce, a veces, a la esfera genital y placentera, fuera de la órbita matrimonial. Y el vínculo amoroso y afectivo queda en la etapa adolescente, reducido al romanticismo incorpóreo y anoréxico, pero fuera de vínculos esponsales y parentales fuertes, responsables y significativos para los hijos. Así se logra establecer y mantener de modo inseparable los componentes fundamentales que articulan una familia estable y abierta a la vida: Amor, Sexualidad, Procreación. Donde el carácter unitivo y procreativo, lo placentero y la apertura a la vida no se disocian.
Columna publicada en el Diario Cambio el 25/8/2007 |
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Por Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto
Con el paso de los años, fruto de la experiencia, los intercambios, la avidez de conocimientos, las intuiciones del corazón y las creencias personales, algunas personas elaboran un arte de vivir, que a veces comunican a través de refranes o dichos populares. Uno de estos, con sabor criollo, es el del título. Solía usarlo Marcelo Mendiharat, obispo de Salto recientemente fallecido.
La expresión condensa una ley difícil de soslayar, ya que en una vida con espesor humano, no de plástico o fantasía, se alternan las horas amargas y angustiosas con los remansos dulces y sosegados. Y el desafío consiste en abrazar tanto las luces como las oscuridades. «Hay fases o momentos en nuestra vida en que las cosas nos van bien, y sin embargo es entonces cuando topamos, quizás más que nunca, con la deficiencia de la vida, con su menesterosidad, con un último descontento que no depende de tal o cual fallo ocasional, sino que afecta a lo que es la vida... Hay una contradicción interna en la misma condición del hombre: se mueve en el elemento del contento, y le pertenece inevitablemente el descontento,» decía Julián Marías en su libro «La felicidad humana». También la historia reciente de nuestro país fue escenario de ásperos enfrentamientos que sembraron amarguras, superadas en muchos y en otros no tanto. Ante el golpe que ofende y hasta ensucia la fama, salta la reacción inmediata y proporcional o ley del talión: ojo por ojo, devolver y escupir violencia. A veces física y visible, a veces, rencorosa y silenciosa. Es una lástima perder las enseñanzas recibidas en la infancia, cuando nos imponían tragar cucharadas de sopa con aceite de hígado de bacalao, cosa que hacíamos cerrando con dos dedos los orificios de la nariz. Tampoco faltó la muy oportuna corrección de un padre, privándonos de alguna salida. La enseñanza resultaba clara: las amarguras traen mejoría y ayudan a crecer. Y rápidamente las olvidábamos cuando llegaba el dulce beso de una madre o la sonrisa insinuada en el rostro de un padre. Estas lecciones de vida conservadas en memoria son sin duda un capital moral para la vida adulta, donde son frecuentes los roces, heridas y agresiones de diverso tipo y color. Aquellas enseñanzas se nutrían en la savia del Evangelio, con su pedagogía del amor, de la verdad y del perdón. Cuando explotaban peleas entre hermanos no demoraba la palabra mediadora que invitaba al reencuentro. Y de ese modo las amarguras nos ayudaron a crecer, reconocer errores y aceptar límites. Y una pelea era oportunidad de aprendizaje y superación. Porque hoy era yo el ofendido y al día siguiente se cambiaban los roles. Eran las bases del arte de vivir y convivir. Otras veces pasan cosas que no tienen remedio: la muerte de un familiar cercano, la propia enfermedad, un despido en un trabajo... Y poco a poco, a medida que pasan los días se van tragando y quizás transformando esas amarguras. Con mucha paciencia. La amargura muchas veces encierra y aísla y no es fácil escupir dulce. Es un gesto donde se descubre la talla moral de las personas. San Gregorio Magno comentando el libro de Job, decía que la señal de estas personas «superiores» -en el sentido moral- es que en el dolor de la propia aflicción no descuidan las necesidades de los otros; y mientras soportan con paciencia las adversidades que los hieren, piensan en enseñar a los otros, a semejanza de algunos grandes médicos que, alcanzados ellos mismos por una enfermedad, olvidan sus heridas para cuidar la de los otros. Hay veces en que es poco o nada lo que se puede hacer para modificar una situación; sin embargo siempre queda espacio y oportunidad para los valores de actitud, que emergen cuando alguien se encuentra en un pozo y parece que no puede hacer nada. Sin embargo queda un resto, esa libertad interior por la cual, aún en la cama de un hospital, podemos tomar decisiones. Aunque parece insignificante, concentra enormes energías interiores, capaces de transformar la violencia exterior, por más burlona y hostil que sea. Atahualpa Yupanqui musicalizó versos del uruguayo Romildo Risso, que refiriéndose al aromo escribió: «no teniendo alegrías saca flores de sus penas».
Publicado en Diario Cambio el viernes 17 de Agosto de 2007 |
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MONS. PABLO GALIMBERTI: SALUD SEXUAL Y REPRODUCTIVA |
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MONS. PABLO GALIMBERTI: Columna publicada en el Diario Cambio el 3/8/2007
Enrique Cesio ha publicado sus poesías reunidas con el título «Ese Otro». Estimulan a revisar gestos rutinarios y criticar fantasías alimentadas por la cultura de la imagen, que nos venden la receta que somos y valemos por lo que aparentamos. ¡Si no aparecés, no existís! Es penoso gastar años sin habernos asomado a «ese otro» espacio umbroso, con talentos y talones de Aquiles, aunque custodiados por dragones que causan «pánico al ridículo». Pero la naturaleza pasa factura y reclama atención. «Ya no puedo detener al otro» dice Cesio.
La vida en sociedad tiene ventajas y riesgos. Quien desarrolla unilateralmente un rol social podrá conocer brillos pero le faltarán las sombras, que como en Rembrandt, son parte de la belleza de vivir. El autor confiesa que participó en ese juego de truco donde se muestra y se esconde: «Dejé que creyeran en el polemista, el político, el profesor...»
Pero que a medida que uno se va aproximando a la mitad de la vida y empieza a mirar hacia atrás o hacia adentro, se da cuenta de vacíos. Es un dolor silencioso que no se acalla: «Durante años estuve controlando el reclamo interior, como si fuera un dolor asordinado, fruto de no dejar saber a los otros que yo tenía a ese otro, adentro, ardiéndome, mordiendo mi entraña».
Descubrir ese otro mundo de «hermosa libertad, de hombres y mujeres sin protocolos, repletos de libertad, poseídos de imaginación y ruptura», exige una crítica sin blanduras, donde hasta lo medular de su profesión, los protocolos, hay que bajarlos del pedestal: «Es lícito preguntarse si tan sagrados son. También es posible sospechar que sólo son invención terrena.» Pero mientras vivimos en este mundo necesitamos obviamente insuflar libertad a los protocolos y encauzar la libertad dentro de un horizonte para insuflarle una utopía responsable y no vaciarla del rasgo ético que la ennoblece. En el mismo sentido San Pablo había escrito: «la letra mata pero el Espíritu da vida».
La tensión entre regulaciones y espacios de creatividad queda expresada en la fatigosa búsqueda de «reglas para escribir poesía»; ya que «si no cumples las normas en un antisocial quedarás.» Sólo para abrir un intercambio, le pregunto al poeta: ¿cómo enseñaría a sus nietos a escribir? ¿De qué manera, con palabras de uso común y reglas de sintaxis y ortografía, se puede ser creativo?
Atender a «ese otro» es indispensable, en opinión del psicólogo Jung. Llamó «sombra» a uno de sus conceptos claves. «La sombra no es el total de la personalidad inconsciente. Representa cualidades y atributos desconocidos o poco conocidos del yo, que podrían ser conscientes. Cuando un individuo hace un intento para ver su sombra, se da cuenta (y a veces se avergüenza) de cualidades e impulsos que niega en sí mismo, pero que puede ver claramente en otras personas. La sombra no consiste sólo en omisiones. También se muestra con frecuencia en un acto impulsivo e impensado.» (M. L. von Franz).
Cesio muestra en el poema que da título al libro, cómo el desconocimiento de «ese otro» empobrece a la persona y a la sociedad, pues altera y falsea la comunicación y el diálogo fundado en la verdad. «Ese otro... cuando al sonreír en realidad quieres llorar; cuando tu grito interior es contenido desesperadamente; cuando ante el deslumbrante ingenio te obligan a criticar lo hecho; cuando sufres la pálida ironía y debes decir todo está bien; cuando estás pronto a escribir y no hay lápiz ni papel; cuando la alegría contemplas a los lejos y te ponen delante un monumento; cuando al decir sí, es no; cuando ese otro lamenta no poder hacer nada por los pobres y los solitarios, los niños y los muertos». Una estampa de la sociedad de los poetas muertos, o de épocas de represión y miedo, o de temores de nuestra conciencia masificada.
He aquí la descripción de la hipocresía que se filtra en las acciones, cuando los discursos van por un sendero y el alma se vuelve insensible, brota la alegría pero de inmediato se paraliza, «te ponen delante un monumento». Cuánto se aprovecharía si todos atendiéramos un poco más a «ese otro» para poder aportar a la sociedad una cuota de sensatez y poesía. ¿Por qué esperar al tiempo de la jubilación para desempolvar a «ese otro»? |
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Mons. Pablo Galimberti
Por la ruta 90 un hombre con muletas me hizo señas. Paré y al rato le pregunté qué le había pasado en “esa” pierna. Hoy les comparto lo medular de este encuentro, que me mostró cómo un hombre con muletas logró dar vuelta un revés. En una sociedad que genera condiciones para la depresión, como por ejemplo, hacernos creer que no tenemos límites, esto les puede interesar.
Pero no voy a limitarme a consejos de autoayuda. Cualquier límite o pérdida, si lo miramos en profundidad, es la “cuota de absurdo” que, como peaje, cada uno debe pagar para completar una vida auténtica. En contraste con la cultura del espectáculo y las pasarelas, que esconde las “muletas”.
Parece un dato simbólico, el hecho ocurrió a los 40 años, en la mitad del recorrido vital. Molestias y dolores intensos a causa de un tumor maligno, de tal entidad, que los médicos decidieron amputar.
A los cinco días le dieron el alta y enseguida empezó a manejarse con muletas; no fue posible aplicar una pierna ortopédica.
Su cabeza daba vueltas. Peleaban una pierna ausente y una mente ociosa. El pozo anímico era una opción. Pero una retirada de la cancha sin “sudar la camiseta” parecía enterrar al héroe que llevamos dentro. ¿Pero cuál era el problema? ¿La pierna enferma? ¿La mirada lastimosa y curiosa de los otros? ¿O el ovillo de pensamientos de todos los colores? Y aceptó jugar el partido. A pedido de su doctora, visitó a un hombre agobiado por algo parecido; lo animó y logró que volviera a entrenar gurises del baby-fútbol. Otra vez hablaba por radio y un oyente le comentó que su esposa no quería salir a la calle porque le habían cortado un dedo.
Pero un resorte interior hace que unos se superen y otros no. La pista se la dio el cura de Guichón cuando lo visitó: “Sabe que me pasa algo curioso; a veces siento picazón en la pierna que no tengo; automáticamente muevo la mano y araño el vacío!” Desde entonces no olvida lo que le dijo el Padre Juan: “¡todo está en la cabeza!”. Lo dice llevando el índice a la sien!
“Todo está en la cabeza”. Lo que ejecutamos o expresamos es, primero que nada, un “hecho mental”, una idea, chispazo del alma o corazonada. Quien escribe una carta primero piensa lo que quiere comunicar. El divorcio, antes de ser un expediente del Juzgado, es un afecto que se congela. Cualquier tipo de violencia se retroalimenta en rencores y enredos en la mente del victimario. Un casamiento comenzó con el fenómeno interno del enamoramiento. El carpintero que hace una mesa, el educador ante un grupo juvenil, los piqueteros que interrumpen puentes y la consagración a Dios de un cristiano. Lo específico de una acción “humana” exige un acto interno previo, sea pensamiento, sentimiento, idea o inspiración. Ese sello es la interioridad o intencionalidad, a diferencia de los seres irracionales o de los actos puramente espontáneos de nuestro organismo, como la digestión.
A lo que germina “adentro” se lo puede apagar o fomentar, hacerlo psicológicamente consciente, ponderarlo con criterio ético y observar ante su evolución, tirando o soltando riendas. Es el nudo del ser-responsable; por lo cual, quien comete un homicidio es apto para ser juzgado y sentenciado.
El que cree en Dios, además de la luz de la inteligencia y la chispa de la conciencia, dispone de otros ojos para mirar lo extraño y absurdo y encontrarle un por qué, o mejor, un para qué.
Vivir no es resolver un teorema geométrico y el fluir de la vida no es siempre como el agua mansa y transparente. Las peripecias humanas combinan dosis de luz y sombra, razones y sinrazones. La claridad total que explique los pequeños y grandes absurdos, no corresponde a esta vida precaria. El hombre de la muleta eligió avanzar por ese sendero estrecho.
Al llegar a ruta 3 ofrecí llevarlo hasta Paysandú. Sólo aceptó que lo acercara hasta una parada. Quizás para no caer en el victimismo, obteniendo ventajas en razón de sus muletas.
Quien carga muletas no esconde ese límite y contagia voluntad de vivir el juego de la vida, donde se gana y se pierde, se apuesta, arriesga y se aguanta. Y las buenas ideas que pasan por la cabeza hay que sembrarlas, incluso en los terrenos pedregosos que transitamos.
Columna publicada en el Diario CAMBIO, en su edición del viernes 27 Julio |
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SILENCIO... Por Mons. Pablo Galimberti «Porque pido silencio, no crean que voy a morirme; me pasa todo lo contrario; que voy a vivirme. (Neruda). Cuánta energía contiene el giro reflexivo ¡»vivirme»! Muestra una urgencia de autenticidad que hierve en las venas, en lugar de dejar que las cosas nos vivan, nos impongan opiniones, induzcan sentimientos, imponiendo conductas postizas. Alcanzar este objetivo exige silencio, que no es mudez sino disposición para prestar atención y percibir lo novedoso que se escurre entre los rumores cotidianos. En la historia bíblica los grandes momentos e intervenciones que cambian el curso de la historia acontecen durante el silencio de la noche: salida de Egipto y el paso por el Mar Rojo, el nacimiento del Mesías, la Resurrección de Jesucristo. Y añade Neruda: «pido permiso para nacer»; porque ser libre es como volver a nacer; o elegir nacer. Con este preludio les comento que esta semana los sacerdotes de la Diócesis de Salto han dedicado cuatro días a unas jornadas en común. Este tipo de retiro es un método para pasar del «se vive», o «voy tirando» o «la voy llevando» al «vivirme», que es como ponerle sujeto a la vida. Sujeto proviene del latín «sub-iectum», lo que yace debajo, en este caso, una persona con una mirada capaz de interpretar el mundo y descubrir en él un campo de acción y de misión, haciendo historia. «Vivirme» equivale a vivir desde una decisión firme que atrae progresivamente fragmentos de energía afectiva dispersa. La mitología griega hace referencia a esta necesidad de una conexión esencial, mediante la imagen del hilo de Ariadna, que ayuda a orientarse en situaciones complicadas. Cuando interrumpimos una actividad que se ha hecho rutina, se produce cierto vacío. Esto le ocurre al que perdió el trabajo o entró en la categoría de jubilado o «pasivo». Pero también le puede pasar al trabajador o persona activa que descansa el fin de semana y a quien pueden aparecerle síntomas de «neurosis dominical», como la llama el psiquiatra Viktor Frankl. Por eso es bueno cortar con las habituales ocupaciones para intentar mirarnos por dentro. El trabajo, muchas veces, sirve de coartada para esconder problemas. La «neurosis dominical» ocurre, por ejemplo, cuando el hombre, que es jefe en una empresa, el fin de semana se desconecta de sus tareas laborales y está en el hogar sin mayores responsabilidades. El domingo de mañana se instala frente al televisor para disfrutar su programa favorito de Fórmula Uno; de pronto la esposa da la voz de alarma desde la cocina: se quedó sin gas y hay invitados para almorzar. «¡Andá en una corrida a buscar una garrafa! El jefe se encoge de hombros. Inútilmente esboza conceptos elementales de logística empresarial, según los cuales esas cosas no pueden pasar. Se supone que no trabaja en Ancap! Y ahí se le desarmó la mañana o todo el día. Cosas semejantes nos ocurren a todos: rigidez, poca disponibilidad para modificar horarios o tareas. Olvidando que cada día que amanece Dios nos regala la jornada para prolongar en nuestras pequeñas manos sus manos poderosas y servidoras. El obispo Marcelo Mendiharat, con 93 años, nos dejó un hermoso ejemplo. Al llegar el tiempo del retiro, 75 años, pidió ir a una parroquia a cumplir tareas de cura de barrio. Pero estas cosas él ya las vivía desde mucho antes. Por eso, lo del título, disponer de tiempo de silencio y reflexión para pensar y recuperar el gusto de vivir y servir, que los creyentes recibimos cada día de las manos bondadosas de Dios. «Vivirme», dejando que la savia del corazón vigorice un cuerpo fatigado. Savia que fecunda silencios y trabajos, que viaja y duerme con cada uno, savia que es mi secreto, para convertirla también en regalo y servicio a quienes me rodean. Publicado en el Diario Cambio del 20/7/2007 |
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PUEBLOS CON CÓDIGO GENÉTICO Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto
Guichón festeja su primer centenario. La Diócesis de Salto, en cuyo territorio se encuentra esta población, se une al festejo y eleva una oración por la prosperidad de su gente.
Entre los pobladores y su habitat se tejen vínculos cuyo fruto es eso que llamamos “aquerenciarse”. Y cuando uno crece, emigra o se aleja del terruño, guarda en algún repliegue del alma lugares que dejaron huella: rostros, rincones de la casa paterna, juegos, travesuras, amistades, duelos, fiestas populares, el paisaje de los cerros, el canto de los pájaros o la frescura de un arroyo. Huellas que perduran. Y que ni siquiera el psicoanalista más avezado logra descifrar.
En la historia de Guichón existen hechos significativos, que representan su código genético.
Teodoro Pedro Luis Guichón llegó en abril de 1884 con familia numerosa a esos parajes agrestes que atraen y desafían al espíritu emprendedor. Formaba lo que hoy se llama familia ampliada, forma de compartir responsabilidades y recursos, conservando cierta autonomía. Modelo apto para el mundo agrícola, que ofrece ventajas para la organización del trabajo. Nuestro país debe mucho a las familias numerosas donde los mayores han aceptado el reto de generar oportunidades laborales, ofrecer estímulos y herramientas y diversificar rubros empresariales pasando la posta a las nuevas generaciones.
Y en los pagos por donde corría el Ferrocarril Midland uniendo Paysandú con Paso de los Toros, pasando por Francia, Tres Arboles, Merinos, Guayabos, Algorta, Piedras Coloradas, Porvenir… Don Pedro tuvo un sueño: detener el tren!
En la tradición de los pueblos, junto a memorias del pasado se entrelazan sueños preñados de futuro, en un presente que va escribiendo historia, día a día, paso a paso.
Fundar ciudades, para los antiguos, era una iniciativa de hondo significado. Por eso se marcaba este nacimiento mediante rituales que consagraban el espacio y la tierra que pisaban. Así la vida adquiere significados y vivir no es la suma de casualidades.
Tomo dos anotaciones del Prof. Miguel Angel Pías, oriundo y encariñado con esa localidad, para sostener que no faltaron en los orígenes de Guichón los gestos emblemáticos. La primera casa se levantó sobre el suelo áspero y rocoso de la Cuchilla de Haedo, símbolo de lo consistente y de la voluntad ante lo adverso, que tarde o temprano siempre llega. Otro dato es la palma, emblema de la fecundidad y la victoria. La palma sola, a cuyo lado construyó el fundador su habitación, es símbolo de un valor sustentador de la vida personal y social, la fecundidad: de ideales, afectos, hijos, obras e iniciativas. Pero saltan a los ojos otras facetas de este árbol solitario y diferente, que hacen pensar en el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, al que refiere el libro del Génesis (cap. II) y que alude a la experiencia ética primordial, sustentadora de derechos y deberes: distinguir los opuestos bueno y malo. La verticalidad de la palma, “dedo vegetal” (diría Juana de I.), es expresión de opuestos, tierra y cielo, sudores humanos y generosas bendiciones divinas.
Estos datos significativos conectaban con vestigios de misiones jesuíticas hacia 1752 que levantaron una antigua capilla por donde hoy corre el Arroyo Capilla Vieja. De la mano de los Padres Salesianos nació la devoción a María Auxiliadora, Patrona del pueblo y más tarde con misioneros italianos de Verona y otros sacerdotes locales, la fe no ha dejado de soplar sobre la cuchilla.
El talante poético de Miguel A. Pías imagina el primer encuentro entre la naturaleza agreste y retadora, simbolizada en la palma, con el visionario fundador del pueblo: “Una palma sola vigilaba el campo, desde el filo inquieto de sus pencas indias. Sólo una palmera, en nombre de todas, recibió a Don Pedro… Este fue el cimiento, de tierra y de cielo que puso Don Pedro, fundador del pueblo. Sólo una palmera recibió al viajero! Y escribió su nombre ´yatay´ en el viento, hundió sus raíces indias en el suelo y sembró en el aire, laderas y cerros muy junto a su casa, semilla de un pueblo!”
Crecer es necesario, también para un pueblo. Pero las raíces del futuro se esconden en el “código genético”.
Columna en Diario Cambio viernes 13 de julio |
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“GENTE EN MOVIMIENTO”
Columna Diario Cambio, viernes 6 de julio de 2007
Necesitamos educar las disposiciones solidarias básicas para brindar apoyo, información y trato amable a quien llega a nuestro país, por descanso o trabajo
La gente se mueve mucho más en la actualidad. Los motivos son muchos. Por trabajo, negocios, estudio, salud o deporte. Por intereses profesionales, turismo y descanso, para visitar parientes y amistades, para escapar de lugares peligrosos e inseguros, por conflictos sociales o cambios climáticos, por placer o por necesidad.
La globalización, o red mundial de intercambios, ofrece nuevos estilos y rutas en el nomadismo o itinerancia. A las rutas por aire o mar se suman en la actualidad las carreteras cibernéticas para viajes virtuales a quien no puede o prefiere no moverse de su casa. Pero la condición de “migrantes”, significativa en el imaginario de los uruguayos, con abuelos o bisabuelos que probablemente bajaron de los barcos, ha adquirido en nuestros días aspectos diferentes. Días pasados, por ejemplo, un congreso católico mundial convocó a la solidaridad con la gente del mar.
Me contaba el gerente de una empresa pesquera uruguaya que los pescadores están obligados a vivir lejos de su hogar. Salen temprano de su casa, por ej. en Las Piedras y avisan a la familia, no se si vuelvo esta noche o dentro de diez días. El periodo de pesca o “marea” puede variar: si con suerte se completa el barco en dos días, retornan; de lo contrario la “marea” puede durar hasta 9 ó 10 días (tiempo máximo de conservación del pescado), lo que se complica si hay que capear algún temporal. La jornada comienza temprano, con la primera calada o vez que se tira la red, a las 5 de la mañana, apenas despunta el sol. Luego se hacen dos horas de arrastre, navegando lentamente para que entre el pescado y luego viene la virada, cuando se sacan las redes. Empieza la clasificación del pescado, se tira lo que es desecho y el resto se pone en cajas, se cubre con hielo y se lleva a bodega refrigerada. O sea se trabaja en el frío.
El barco se mueve mucho, es chico, los camarotes de la tripulación en general son incómodos, de 5 ó 6 tripulantes. Hablo de la pesca de altura, por ejemplo, de uruguayos que capturan merluza en el Atlántico, navegando frente a las costas de Mar del Plata.
En el mundo el 90% del comercio mundial circula por mar y más de cuarenta millones de personas viven exclusivamente de la pesca, mientras que en la marina mercante están comprometidos más de un millón doscientos mil trabajadores, que proceden de los países más desfavorecidos del mundo. Se trata de un sector enorme y crucial pero también de uno de los trabajos más peligrosos, como lo demuestran las noticias diarias de catástrofes en el mar y de pérdida de vidas humanas.
A nuestro país está llegando gente de países vecinos o de la región, en búsqueda de oportunidades laborales y no es rara la situación de explotación que experimentan estas personas por parte de sus propios paisanos, que los traen con falsas promesas, ofreciéndoles habitaciones precarias y magra remuneración.
En Fray Bentos el panorama es diverso. La planta de Botnia quedará próximamente terminada. Hoy hay 4.800 personas trabajando (tiempo atrás eran 5.300); la planta tiene previsto trabajar con 300. La mano de obra actual en un 70% son uruguayos y el resto europeos. Quedará mucha mano de obra libre. Salvo unos pocos, la mayoría tiene la familia lejos en otros puntos del país. Pero no hay que olvidar los puestos de trabajo indirectos que se van a generar; todos los días, incluyendo los fines de semana, llegarán 350 camiones, ocupando choferes, gomerías, talleres mecánicos, puestos de comida, etc. Además del transporte específico de la celulosa. O sea, el movimiento seguirá, aunque cambie el tipo de mano de obra empleada una vez que la planta funcione a pleno.
Necesitamos educar las disposiciones solidarias básicas para brindar apoyo, información y trato amable a quien llega a nuestro país, por descanso o trabajo. Sin descuidar las condiciones de aquellos que, como el caso de los trabajadores del sector pesquero o los transportistas internacionales, sienten la lejanía de sus familias. El país agradece a quienes sirven de este modo. |
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MONS. PABLO GALIMBERTI: Columna en Diario Cambio del 15/6/2007 |
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La muerte de un ser cercano nos deja enseñanzas. Hace un rato volví del cementerio. Ha sido un día para anécdotas y memorias, volver a ver caras y extraer sabiduría de la vida y de su final terrenal. Es muy cierto, las despedidas, eso que los investigadores llaman «ritos de pasaje», son importantes. Cuando cosas del ayer se repasan con el corazón y dejando el hueso se absorbe el caracú. No creo que sea pura nostalgia que se evapora al cabo de unas horas. Y para eso sirve la muerte de los amigos, que es una raya invisible en el movimiento continuo de una vida y que en este caso se prolongó durante 93 años.
Marcelo Mendiharat vivió como tantos uruguayos en tiempos nada fáciles. Llegó a este país con sus padres como inmigrante. Traía sensibilidades de su tierra natal, el amor a la tierra y a la gente que la trabaja, la observación de la naturaleza que derivó en interés por las rosas y orquídeas. Eran aficiones que compartía gustosamente; cuando entraba en una casa no era raro que metiera el dedo en una maceta y dijera: a esta planta le falta agua. En esto consiste la tarea de padre y educador; esa es la esencia de la auténtica cultura, semejante al arte de «cultivar» las semillas de bondad, verdad y libertad en el corazón humano, mediante adecuados estímulos, ayudando a distinguir trigo y cizaña, con dosis convenientes de agua, sol, movimientos de tierra y con oportunas intervenciones de poda, trasplante o injertos. Ese fue el arte de don Marcelo, el que empezó a descubrir desde niño bajo el cielo y las montañas de los Pirineos franceses.
Hombre profundamente religioso, con una fe robusta como los árboles frondosos aguantadores de vientos y lluvias gracias a sus buenas raíces. Le tocó vivir en el exilio en los duros años de la dictadura, pero no mostraba rencor ni asumía poses ideológicas a la manera de una «personalidad» postiza. El era coherente con su sentir hondo y sus convicciones firmes y con las personas a quienes se debe lealtad. Por eso la gente que hoy vino al velorio dijo cosas muy lindas de él. Cuando entré a la Catedral vi gente sentada y pensativa. Y yo también me puse a pensar en lo que esta muerte me regalaba.
No se notó en él el trauma del jubilado, que de golpe queda con una agenda en blanco. Al cumplir 75 años tuvo que escribir una carta al Papa presentando renuncia, la que le fue aceptada. Como nunca tuvo mentalidad de funcionario, buscó ocupar a pleno sus energías. Lo planteó y el nuevo obispo le confió una parroquia en un barrio salteño; y allí se lo veía con gesto sencillo acercar el amor de Dios y la fe a los inquietos por colmar estas «necesidades básicas», que nos traen una indispensable cuota de perdón y paz. Promovió pequeñas comunidades cristianas como espacios donde se escucha lo que el Evangelio dice a cada uno, se intercambian puntos de vista y se abren caminos para aplicarla. Uno de los emprendimientos que surgieron, al comprobar que a muchos les faltaba techo propio fue impulsar un programa para paliar en parte esta escasez.
Al concluir este día no me queda sabor a muerte; Marcelo no se fue, vive en mis cosas, en lo que pienso, hago o aguanto o sueño. Me comparo y me diferencio, porque él vivió circunstancias que no son las mías. Hace un rato leía en un diario de Paysandú: «Si hay algo que nos hace felices es la capacidad de olvidarnos de que en cualquier momento nos vamos a morir». Cosa rara, Marcelo fue una persona feliz y no se preocupó por olvidar ni reprimir esta realidad que nos devuelve a nuestra condición verdadera: lo que los filósofos han llamado el «ser para la muerte». El día de hoy la muerte de una persona cercana me ha traído este hecho; no lo rechazo, está ahí, no me preocupo por alejarlo ni esconderlo. Tampoco detengo el reloj, pero su vida me ayuda a vivir la mía. Seguramente algo de esto les sucedió a las amistades que hoy se acercaron y conversaron en silencio con el padre Marcelo, ese intercambio entre los que andamos por estos caminos y los que ya llegaron a la meta. Quizás a muchos les pasó algo de lo que escribe A. Machado: «Converso con el hombre que siempre va conmigo; quien habla a solas espera hablar a Dios un día; mi soliloquio es plática con ese buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía»
Por eso la paradoja del título y de la vida: se fue y se quedó. |
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MONS. PABLO GALIMBERTI: JUSTICIA Y CONVIVENCIA
Columna publicada en Diario CAMBIO en su edición del Viernes 22 Junio 2007 |
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MONS. PABLO GALIMBERTI: JUSTICIA Y CONVIVENCIA
Algunos hechos de estos días me dan pie para descubrirles un denominador común, la Justicia, como valor permanente de una sociedad. Justicia y sociedad caminan de la mano; prosperan juntas y decaen juntas. Los cambios sociales y culturales que se viven son provocaciones a la justicia: ruptura de equilibrios adquiridos y urgencia de nuevas actualizaciones.
Hay peligros: el desinterés por la justicia, la costumbre de la tijera, cortando lo que no gusta, o la imposición de los “lobbies” (grupos de presión). Así la balanza se inclina hacia pendientes de injusticia, los débiles de turno, que nunca salieron con pancartas. Y una injusticia trae otra, tolerada o sufrida. Hay ejemplos donde gana la ley del más fuerte; el pez grande se come al pez chico.
La justicia es una garantía para el actuar humano en la red compacta y extensa de la sociedad en la que dar rostro a los sujetos de la justicia y a los responsables de la injusticia es ardua tarea. Hay veces en que los laberintos de esta red son interminables y la gente se hastía. Muchas veces la denuncia de la injusticia no consiste sólo en indicar una transgresión de la ley sino en denunciar una complicidad de la ley.
La idea de justicia se ha impuesto universalmente a la conciencia como criterio para valorar y dictar normas. Como “virtud” es una inclinación que induce a cumplir lo que es justo. Vincula a las personas entre sí y en la sociedad según un criterio de igualdad. Tres rasgos la distinguen: dice relación a otros, es algo que obliga (estoy obligado a respetar y reparar, frente al derecho de otro), la igualdad, que establece la calidad de la relación y la medida de lo debido. En otras palabras: la justicia es la actitud humana suscitada por la presencia del derecho. Derecho es lo que le pertenece a una persona como propio e inalienable y por lo mismo suscita en el otro el deber del respeto, de la atribución o de la restitución.
Visita de dos legisladores. Sirvió para intercambiar sobre algunos proyectos de ley frente a los cuales se hace necesario reafirmar la Justicia respecto a dos valores o derechos fundamentales: la vida de los más frágiles y la familia como primer espacio de socialización y aprendizaje de las reglas de un convivir honesto y solidario entre iguales y diferentes.
Nuestro sistema carcelario. Somos el cuarto país del continente con más presos por habitante. Surgen preguntas y algunas propuestas: ¿Cómo ampliar las penas alternativas a la privación de libertad? ¿Por qué la única solución parece ser: al que delinquió hay que meterlo preso? ¿Podrán mejorar las políticas de reinserción social mediante el aprendizaje de oficios (albañilería, electricista, electrónica, pintar, podar…) al que cometió una falta? ¿Se modifican o se reeducan las conductas delictivas? ¿Cómo enfrentar la creciente comisión de delitos y la alta tasa de reincidencia (70%)? ¿Qué está pasando en la sociedad donde se producen más delitos y donde la consigna entre vecinos aconseja atrincherarse ante oleadas de inseguridad y delincuencia?
Se trata de restablecer la Justicia herida. Devolver lo que se le debe a la víctima, aunque a veces sea materialmente imposible (caso de un homicidio). Pero el victimario es también una persona recuperable, lo que parece desdecir su hacinamiento en espacios que nadie quisiera para un familiar ni para uno mismo. Las familias junto a escuelas y centros de educación barrial: religiosos, deportivos…, son espacios de educación ciudadana.
Día del “Nunca Más”. Es una meta, pero se va haciendo camino al andar. La capacidad de decirlo hoy reviste un valor ético muy grande. La libertad humana posee la capacidad de adelantarse (el filósofo Heidegger habla de “pre-cursar”) a los acontecimientos. Interpretarlo como consigna de unos contra otros o para indicar que todas heridas de los años de dictadura están cicatrizadas por completo, eso es otro cantar. El camino de la Justicia, en este asunto, pasa por un acercamiento a la verdad de lo ocurrido, por una reparación moral y económica y por el reconocimiento que la paz social exige mirar hacia delante con un “nunca más” en la conciencia, en el corazón y en la voluntad. |
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CON FIRMA
Columna Diario Cambio 1/6/2007 |
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Un colaborador muy cercano me comentó que un sobrino de 21 años está en los últimos preparativos de su partida hacia Alemania, para instalarse y conseguir trabajo. La madre vive sentimientos opuestos, los de quien cuida, examina riesgos y también ignora el empleo y el futuro que encontrará su hijo.
El joven completó el Bachillerato Técnico de UTU en Informática Hardware y cursaba el año de Tecnicatura (equivalente a un primer año de Facultad), que debido a la frecuente ausencia de los profesores (sin duda tironeados por mejores opciones laborales en un sector de gran demanda) dejaba mucho que desear. ¿Cuál es el mercado de trabajo que viven hoy los jóvenes en el mundo? El Informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de 2006 sobre Tendencias Mundiales de Empleo dibuja un panorama sombrío no sólo por el aumento del desempleo y la pobreza, sino por la importante escasez de oportunidades de trabajo digno o «decente», como lo llama Juan Somavía, Director General de la OIT, hablando en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, en enero de 2006, en cuya agenda figuraba como tema clave la creación de nuevos puestos de trabajo: «Estamos ante una crisis mundial de empleo -decía- de una gigantesca magnitud sin precedentes».
Destaco cuatro fenómenos sociales que se entrecruzan: desempleo creciente, pobreza, migración laboral y distribución desigual de la riqueza en el mundo. Esta última, que no encuentro en el Informe, me parece que es la causa de las situaciones señaladas en primer término. La prueba de esto es que, pese al fuerte crecimiento del 4,3 % del PBI en 2005, que aumentó la producción mundial en 2,5 billones de dólares, la economía mundial no está creando nuevos puestos de trabajo, suficientes para quienes acceden al mercado laboral, según el mencionado Informe de OIT. Crecimiento no es por lo tanto igual a desarrollo. Parafraseando a un político uruguayo se podría afirmar que la economía mundial está «gorda» pero carece de «musculatura» capaz de imprimir movimiento a todo el cuerpo. O con otras palabras: no hay que confundir crecimiento con desarrollo. Crecimiento es un dato cuantitativo, mientras que desarrollo es una opción cualitativa y ética.
Una dura realidad: La mitad de los trabajadores del mundo, unos 1.400 millones, sobreviven con sus familias con menos de 2 dólares diarios por persona. Trabajan principalmente en el sector informal.
Hombres y mujeres de todo el mundo se ven enfrentados a carencias y exclusiones en forma de desempleo y subempleo, trabajos de baja calidad e improductivos, trabajo inseguro e ingresos inestables, negación de derechos, desigualdad de género, explotación de los trabajadores migrantes, falta de representación y participación, así como de insuficiente protección y solidaridad en caso de enfermedad, discapacidad y vejez. Otro dato relevante del Informe es que el mayor incremento del desempleo se produjo en América Latina y el Caribe.
Son muy atendibles las cualidades de un trabajo digno, según la OIT: 1) Un trabajo productivo. 2) Una remuneración justa. 3) Seguridad en el lugar de trabajo. 4) Protección social para las familias. 5) Perspectivas para el desarrollo personal y la integración social. 6) Libertad para que los individuos manifiesten sus preocupaciones, se organicen y participen en la toma de decisiones que afectan a sus vidas. 7) Igualdad de oportunidades y de trato para mujeres y hombres. El informe de la OIT indica que la mayoría de las economías no han conseguido convertir el crecimiento del PBI en creación de empleo o aumentos salariales. Datos oficiales de nuestro país indican que aunque se redujo la pobreza de niños y jóvenes en el 2006, todavía es muy elevada. Entre adolescentes de 13 a 17 años llega al 38%, según el Ec. Pablo Roselli (entrevistado en CX 14 el 29.05.07).
Dos consignas: 1) Fomentar la cultura del trabajo estimulando el desarrollo de todas las capacidades personales. 2) Ante la distribución injusta y desigual del ingreso, alertar que el mercado no derrama por sí solo los frutos del crecimiento macroeconómico de modo justo sobre todos. |
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Orientaciones de Benedicto XVI Mons. Pablo Galimberti Columna Diario Cambio - viernes 18 de mayo 2007 |
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El Domingo pasado, en el acto de apertura de la asamblea de obispos de América Latina y el Caribe, congregada en Aparecida (Brasil), el Papa Benedicto XVI presentó un diagnóstico y trazó líneas de acción. Toca ahora a los participantes incorporar esas pistas al caudal de experiencias y aportes que se han enviado de todos los rincones de la región, también de nuestro país. Destaco los siguientes temas de su discurso:
Memoria histórica La memoria no es una simple gimnasia para viajar al pasado. No es un bronce o una placa. Es puerta para asomarse a otro escenario, entablar un diálogo y extraer enseñanzas para el presente. La primera constatación es que “la fe en Dios ha animado la vida y la cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos”. Con luces y sombras, evidentemente, las huellas del mestizaje entre las semillas del Evangelio y las etnias originarias están patentes. Repasemos mentalmente obras del arte colonial, templos, pinturas (por ejemplo en Cuzco) donde el trazo del indio se enriquece con la sabiduría del misionero español. Asombran las obras musicales de Domenico Zipoli, redescubiertas por nuestro compatriota Lauro Ayestarán. Pensemos en el testimonio silencioso de las Reducciones Jesuíticas cuyas piedras hablan de una cultura que arraigó, educó e inspiró. Abundan las señales de que la fe católica se inculturó en el alma de los pueblos originarios de América. Perdura una religiosidad popular rica e inquieta, a veces algo supersticiosa, pero latente como reserva moral, espiritual y punto de partida para retomar el diálogo y devolver vigor a la fe.
Un presente complejo: la globalización
Como dato del presente histórico, que se da e exige una conciencia crítica de relaciones a nivel planetario y como una señal de la profunda aspiración a la unidad de la gran familia humana. Sin embargo comporta también el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo.
Democracias: fortalezas y debilidades
Como forma de convivencia social representa un adelanto. Sin embargo persisten formas de gobierno autoritarias que se creían superadas que no corresponden a la visión cristiana del hombre y de la sociedad. Por otra parte, la economía liberal de algunos países latinoamericanos ha de tener presente la equidad, pues siguen aumentando los sectores sociales golpeados por la pobreza o incluso expoliados de los propios bienes naturales. Seguramente muy cerca de las preocupaciones de los obispos de Brasil sobre la región de la Amazonia (para la que Benedicto XVI entregó una donación de 250 mil U$A) estas expresiones hacían referencia, aunque no en forma exclusiva, a esa realidad.
Identidad cristiana
Los vientos globalizadores muchas veces hacen olvidar memorias y raíces. Para no tambalear y perder pie se requiere fortalecer las raíces o vínculos primordiales del cristiano. ¿Cuáles? El cristiano es la condición de discípulo de Cristo. Discípulo es quien escucha, está atento, aprende, sigue, sirve y cultiva lazos de cercanía, confianza y amistad. No es la relación servil, o curiosa con un personaje del pasado ni con una imagen caricaturizada o autoritaria. El rostro humano y divino de Jesús fascina al discípulo, cautiva su interés y lo saca de su soledad para incorporarlo a una comunidad, a un “nosotros”.
Misión
El discípulo no agota su tarea en un intimismo alejado de las fatigas de cada día. Lo advierte el Papa, al recordar los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo. Hay que meterse en el mundo como levadura, para que fermente la novedad del Evangelio del amor y la solidaridad. Quien reza a Dios, fundamento de toda realidad, sabe que ese mismo Padre cuida de toda la realidad del mundo: la ecología para que no rompa los equilibrios naturales, la economía para distribuir, la solidaridad para compartir, el amor para ofrecer gratuitamente a quien nada tiene. De modo que la condición de discípulo se prolonga en la de misionero. Dos sellos de la fe cristiana.
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CON FIRMA
Columna escrita por Monseñor Pablo Galimberti el 11 de mayo de 2007 en el Diario CAMBIO de Salto. |
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En un “país de viejos” donde no abunda la maternidad, donde el tercer hijo representa un alto riesgo, según los malabarismos economicistas que calculan el presupuesto de un hijo, y donde se ha olvidado la sabiduría popular y cristiana de que el hijo que nace viene con un pan bajo el brazo, esta fecha, sin mirar ahora el lado comercial, me parece sugerente.
Son muchos los hogares nuevos recién formados que buscan con ilusión agrandar la familia y el corazón. Son muchas las madres, adolescentes o solteras, que sacando fuerzas de su fragilidad, deciden llevar a término un embarazo inesperado; pero consuela también saber que en este país hay manos generosas que defienden la vida contra leyes facilitadotas del aborto, y ofrecen su colaboración activa. Está también comprobado que la franja de fertilidad mayor se ubica entre las mujeres de menores recursos y mayor precariedad y que no tienen siempre a la mano los adecuados controles de salud.
La maternidad es la “hora” cuando una mujer se vuelve madre, cuando su cuerpo y sus sentimientos se enriquecen con experiencias y gestos nuevos que forman parte del “alumbramiento”, esa hermosa palabra que posee nuestra lengua. Y este acto que es una prolongación y colaboración con el acto creador de Dios, entrelaza fragilidad y fuerza, tenacidad y ternura, lo efímero y lo eterno. Porque ese es precisamente el regalo más grande de nuestras madres: la vivencia íntima del flujo vital que nos sostiene, que sigue latiendo y que desearíamos que nunca se callara. Eso es lo que podemos agradecer a cada madre, a pesar de sus límites y carencias.
Ese vínculo entre una madre y un hijo o hija, observado minuciosamente por el ojo ávido de la biogenética o estudiado por los psicólogos como flujo afectivo determinante en el devenir humano, constituye un cúmulo de riquezas y desarrollos espirituales que nunca podremos mirar como un archivo del pasado. Nuestras raíces son la savia del presente.
Es claro que muchas mujeres son auténticas madres sin haber experimentado la maternidad biológica. Conocemos a esas decididas mujeres que junto a sus esposos, ante repetidos fracasos, toman la decisión de la adopción. Cuántos hijos o hijas están eternamente agradecidos por esta decisión.
Otras veces la maternidad se despliega de otras formas, a través de mujeres que sin ser esposas en sentido concreto, dedican sus talentos maternos a la educación, invirtiendo talentos para promover la cultura de la vida, de los derechos humanos íntegros, que son una muralla ante los antivalores que siembran muerte y desesperación. A ellas también les debe mucho la sociedad y en particular la Iglesia, que reconoce el valor de esas colaboradoras que desarrollan la noble tarea de educar y acompañar los primeros pasos de una vida cristiana.
Y por qué no pensar en los varones que también hemos heredado de nuestras madres esas cualidades para cuidar y proteger la vida, en las organizaciones de barrio, legislando, en las variadas formas del arte, en la espiritualidad, en tareas sociales, en las múltiples formas del trabajo que transforma, modela y recrea, desde lo más pequeño a lo más grande.
Otras veces quien cumple la tarea de padre o educador, trabaja “sacando a luz” del alma de sus educandos los sueños dormidos, las ganas que no se animan a expresarse, la fe y vocación de heroicidad y santidad que aún los más mediocres llevan en su mente y en sus manos.
“Alma mater” se llama, a veces, a un hombre o mujer que dan vida y que impulsan de manera sostenida un proyecto o institución. Por extensión se dice también de centros de estudio que han ganado fama como cuna de sabiduría. “Alma” proviene de un verbo latino que significa alimentar, nutrir o sustentar.
Por último, en la iglesia católica contamos con una Madre humilde y valiente, María de Nazaret, que reúne las cualidades de una Madre fiel y servidora. En sus manos ponemos a todas las madres.
En un “país de viejos” donde no abunda la maternidad, donde el tercer hijo representa un alto riesgo, según los malabarismos economicistas que calculan el presupuesto de un hijo, y donde se ha olvidado la sabiduría popular y cristiana de que el hijo que nace viene con un pan bajo el brazo, esta fecha, sin mirar ahora el lado comercial, me parece sugerente.
Son muchos los hogares nuevos recién formados que buscan con ilusión agrandar la familia y el corazón. Son muchas las madres, adolescentes o solteras, que sacando fuerzas de su fragilidad, deciden llevar a término un embarazo inesperado; pero consuela también saber que en este país hay manos generosas que defienden la vida contra leyes facilitadotas del aborto, y ofrecen su colaboración activa. Está también comprobado que la franja de fertilidad mayor se ubica entre las mujeres de menores recursos y mayor precariedad y que no tienen siempre a la mano los adecuados controles de salud.
La maternidad es la “hora” cuando una mujer se vuelve madre, cuando su cuerpo y sus sentimientos se enriquecen con experiencias y gestos nuevos que forman parte del “alumbramiento”, esa hermosa palabra que posee nuestra lengua. Y este acto que es una prolongación y colaboración con el acto creador de Dios, entrelaza fragilidad y fuerza, tenacidad y ternura, lo efímero y lo eterno. Porque ese es precisamente el regalo más grande de nuestras madres: la vivencia íntima del flujo vital que nos sostiene, que sigue latiendo y que desearíamos que nunca se callara. Eso es lo que podemos agradecer a cada madre, a pesar de sus límites y carencias.
Ese vínculo entre una madre y un hijo o hija, observado minuciosamente por el ojo ávido de la biogenética o estudiado por los psicólogos como flujo afectivo determinante en el devenir humano, constituye un cúmulo de riquezas y desarrollos espirituales que nunca podremos mirar como un archivo del pasado. Nuestras raíces son la savia del presente.
Es claro que muchas mujeres son auténticas madres sin haber experimentado la maternidad biológica. Conocemos a esas decididas mujeres que junto a sus esposos, ante repetidos fracasos, toman la decisión de la adopción. Cuántos hijos o hijas están eternamente agradecidos por esta decisión.
Otras veces la maternidad se despliega de otras formas, a través de mujeres que sin ser esposas en sentido concreto, dedican sus talentos maternos a la educación, invirtiendo talentos para promover la cultura de la vida, de los derechos humanos íntegros, que son una muralla ante los antivalores que siembran muerte y desesperación. A ellas también les debe mucho la sociedad y en particular la Iglesia, que reconoce el valor de esas colaboradoras que desarrollan la noble tarea de educar y acompañar los primeros pasos de una vida cristiana.
Y por qué no pensar en los varones que también hemos heredado de nuestras madres esas cualidades para cuidar y proteger la vida, en las organizaciones de barrio, legislando, en las variadas formas del arte, en la espiritualidad, en tareas sociales, en las múltiples formas del trabajo que transforma, modela y recrea, desde lo más pequeño a lo más grande.
Otras veces quien cumple la tarea de padre o educador, trabaja “sacando a luz” del alma de sus educandos los sueños dormidos, las ganas que no se animan a expresarse, la fe y vocación de heroicidad y santidad que aún los más mediocres llevan en su mente y en sus manos.
“Alma mater” se llama, a veces, a un hombre o mujer que dan vida y que impulsan de manera sostenida un proyecto o institución. Por extensión se dice también de centros de estudio que han ganado fama como cuna de sabiduría. “Alma” proviene de un verbo latino que significa alimentar, nutrir o sustentar.
Por último, en la iglesia católica contamos con una Madre humilde y valiente, María de Nazaret, que reúne las cualidades de una Madre fiel y servidora. En sus manos ponemos a todas las madres.
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CON FIRMA “UNIONES CONCUBINARIAS”POSICIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA
Columna de Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto, en el Diario Cambio, correspondiente a la edición del viernes 4 de mayo |
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El Parlamento está discutiendo el proyecto de ley “Regulación de la Unión Concubinaria”. Los Obispos de la Iglesia Católica hemos analizado el texto encontrándole “serios reparos”. Quisiera compartir el camino de nuestro razonamiento.
1. La familia, un gran bien para la sociedad. Ella reúne cualidades que permiten reconocer el valioso aporte no sólo para sus miembros y para la sociedad sino también para el Estado, que debe velar por el conjunto. a) Es un vínculo entre varón y mujer. O sea, con adecuada alteridad y complementariedad. b) Es una comunidad de amor y vida. Los esposos se dan y aceptan en perfecta reciprocidad. La convivencia integra lo corpóreo, biológico, afectivo, espiritual y social. c) Está fundada en el pacto de amor matrimonial, que incluye techo, mesa y lecho. d) Abierta a la vida; o sea, a la generación y educación de los hijos.
Estas dimensiones son reconocidas por el derecho natural y positivo. También son aceptadas por muchos que no profesan ninguna religión. Piensen, por ejemplo, en las amonestaciones del Oficial del Registro Civil a los novios cuando da lectura a los artículos del Código civil, que desarrollan los arts. 40 y 41 de nuestra Constitución.
2. La convivencia o “unión concubinaria” (uniones de hecho). Aunque han existido en todos los tiempos, actualmente se intenta presentarlas social y jurídicamente como situaciones equivalentes al matrimonio. Es la consecuencia de la progresiva privatización de la familia, que muchos entienden como un asunto privado. En países europeos ya se observa el paso siguiente, que es la vida solitaria, con encuentros sexuales ocasionales.
3. Las parejas homosexuales no pueden ser incluidas en la categoría de “uniones concubinarias”. En buena lógica no es positivo emparejar (en este caso mediante analogía legal) lo que es distinto. En razón de que tales uniones, amalgamadas afectivamente, no reúnen las condiciones que definen al matrimonio. La sexualidad, por ejemplo, no puede ser integrada como lenguaje realmente unitivo. La sexualidad forma parte de la esfera biológica, pero además, en los seres humanos libres, está incorporada en la esfera personal, donde cuerpo y espíritu se fusionan.
4. No hay necesidad de legalizar las uniones homosexuales. Algunos argumentan que sería necesario legalizar estas uniones para evitar que los convivientes, por el simple hecho de su convivencia homosexual, pierdan el efectivo reconocimiento de los derechos comunes, que les compete como personas y ciudadanos.
Pero en realidad no es así, pues también ellos, en virtud de su iniciativa privada, pueden recurrir al derecho común procurando la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco.
El punto crucial en esta cuestión es cuando una persona pretende que se legalice, es decir, que el Estado asuma, socialice y de algún modo “patrocine” una conducta privada (la homosexualidad), que ha sido asumida al amparo del derecho fundamental de cada individuo que se expresa actuando con libertad y responsabilidad. Tal conducta, además, no representa un aporte imprescindible o de interés social, como lo sería la familia (entendida según la descripción presentada más arriba – N. 1-).
En este caso, se estaría sacando la homosexualidad de la esfera privada para llevarla al ordenamiento jurídico, como base de derechos. Ahora bien, se tienen derechos que pueden ser legalizados por el hecho de ser persona humana y también por el hecho de ser padre o madre de familia, esposo o esposa, pero no por el preciso hecho de ser homosexual, porque bajo esta perspectiva no se hace ninguna contribución específica a la sociedad.
5. El bien que se pretende no debe afectar negativamente a la institución familiar. La familia es la estructura primaria del entramado social. Y no es bueno permanecer en la indiferencia respecto a su suerte. Vale más invertir en ella que en instituciones supletorias para criar y educar niños, para abrirles camino en la vida e insertarlos con esperanza en la sociedad. |
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OPINIÓN VIOLENCIA CONTRA MENORES Columna de Mons. Pablo Galimberti en el Diario Cambio del día 24 de abril de 2007 |
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En Uruguay hay miles de casos. Un diario capitalino dio cuenta, días atrás, sobre denuncias policiales en las que menores acusaban a mayores del entorno familiar; dos hermanas de 12 y 18 años fueron a la comisaría de Canelones donde la mayor contó que su padrastro la manoseaba cuando era más chica. La niña de 12 años dijo que su padre abusaba de ella y la amenazaba. Se lo había contado a su madre, pero no le creyó. En Maldonado, un hombre de 37 años fue denunciado por sus dos hijas de 14 y 17 años. La menor no soportó que intentara de nuevo violar a su hermana. Sólo el Ministerio de Desarrollo Social atendió en 18 meses a 700 menores por abuso sexual y maltrato en Montevideo y Canelones. El 22% fue por abuso sexual y el 67% por maltrato físico.
Conviene tomar en cuenta, según los investigadores, que las familias que atienden por estas denuncias no son de pobreza extrema. Esto hace presumir que el maltrato físico no es una prerrogativa de los sectores más vulnerables.
Por suerte son cada vez más los menores que gritan contra esta tortura. Algunos profesionales los secundan para que no se desanimen en su intento.
Estas voces dolidas son la señal local de una creciente toma de conciencia a nivel mundial. En octubre del 2006 UNICEF publicó un Informe mundial sobre este flagelo que lastima a millones de menores y que abarca la violencia física, psicológica, la discriminación, el abandono y el maltrato.
El Informe detalla múltiples formas de violencia: abuso sexual entre los muros domésticos, castigos corporales en la escuela, apremios físicos en los internados, brutalidades de funcionarios designados para velar por el cumplimiento de las leyes, abusos y abandono en instituciones, bandas callejeras donde los niños juegan o trabajan, menores entrenados para la guerra, etc. Pero la discriminación contra las niñas es el doble.
Estamos ante un sufrimiento que afecta a millones de seres humanos, entre los más débiles y más indefensos.
A nivel mundial, según informes de la Oficina Internacional del Trabajo, 5,7 millones de niños fueron registraron en trabajos forzados o como modo de pagar deudas contraídas por sus padres; 1,8 millones estaban involucrados en el circuito de la prostitución y pornografía y 1,2 millones fueron víctimas del tráfico de menores.
Un porcentaje que varía entre el 7% y el 36% de las mujeres y entre el 3% y el 29% de los hombres afirma haber sido víctimas de abusos sexuales durante la infancia. La tasa de las niñas es tres veces mayor a la de los varones. La mayor parte de los abusos han ocurrido en el ámbito familiar por parte de miembros varones de la familia.
Al menos ocho millones de niños se encuentran en instituciones. La mayoría están allí a causa de la desintegración de la propia familia, o de la violencia doméstica, o de las condiciones de pobreza y abandono. Como se ve, la propia casa, que debería ser para los menores el lugar más protegido y seguro se ha convertido para muchos en el lugar más peligroso.
El Informe de UNICEF señala que “cada año, en todo el mundo, no menos de 275 millones de menores se encuentran en el fuego cruzado de la violencia doméstica y padecen las consecuencias de una vida familiar turbulenta. La violencia contra los menores comporta maltrato y lesiones físicas y psicológicas, negligencia, aprovechamiento y abuso sexual. Los responsables pueden ser los padres u otros parientes cercanos. Los que sobreviven a tales abusos a menudo padecen daños que comprometen de futuro su capacidad de aprendizaje o de socialización, a causa de la escasa capacidad para concentrarse o atender. A menudo sufren miedos, disturbios gastrointestinales, depresión y ansiedad y es más probable que intenten el suicidio y tiendan al uso de drogas o alcohol.”
En resumen, aquí y en todo el mundo la dignidad de los menores es burlada miles y millones de veces. Y no mencioné a los que mueren antes de nacer, sentenciados por el prepotente “derecho” del más fuerte. La causa de la vida convoca nuestra conciencia ética para estar alertas, frenar la violencia contra los menores y potenciar familias sanas. |
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OPINIÓN LOS TESOROS DE LA MEMORIA Columna de Mons. Pablo Galimberti en el Diario Cambio del día 20 de abril de 2007 |
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Escuchamos radio, miramos noticieros, entramos en internet. Y cuando experimentamos un estado de saturación y no atinamos a separar lo que vale la pena archivar en la memoria y lo que hay que olvidar y tirar, conviene decir ¡basta! y concedernos un respiro. Algunos la llaman sociedad de la información, aunque el resultado sea, muchas veces, la desinformación. Ante un variado menú unos prueban un poco de todo pero sin elegir nada; o se bandean hacia escepticismo práctico, que frunce el ceño cuando oyen hablar de verdades absolutas o creencias firmes. Los noticieros son como la metáfora de la vida: imágenes que nacen y cambian vertiginosamente y lo que ayer atrapó la atención hoy se esfuma y mañana desaparece.
Resulta muy saludable ejercitar la atención, para filtrar y seleccionar, entre los acontecimientos, noticias y testimonios, aquellos que vale la pena atesorar.
Hay gente que comparte experiencias de vida que estimulan positivamente. ¿Qué es lo que está en juego en la vida de esas personas? ¿Pasión? ¿Audacia? ¿Fe confiada? Una vida sin estos condimentos es muy aburrida. La verdad de un acontecimiento, de una noticia o de un mensaje, no se acredita sólo porque alguien entregó su vida en aras de una idea personal o un sueño. Los terroristas suicidas son noticia porque matan y mueren con crueldad, pero por una causa equivocada y perversa, considerando, sin razón, que es buena.
Los primeros testigos de Cristo, zarandeados por el viento de Pentecostés, salieron del encierro y proclamaron con audacia que Jesucristo había vencido al sepulcro y a la muerte y nos invita a entrar en ese espiral de vida. Ese es el núcleo de su testimonio. Jesucristo se les apareció y les mostró sus heridas cicatrizadas. Es la prueba irrefutable de que todo lo que enseñó, dijo e hizo es verdad, es realidad. Se cumplió y seguirá cumpliéndose para siempre lo que había anunciado. Ya nada será igual. A la vista de todos están las promesas anunciadas por los profetas de Israel, que una interpretación temerosa de perder poder, se resistía a reconocer. La historia no es un caos desconcertante; es sorpresa pero también continuidad.
Testimoniar es muy diferente al oficio de un locutor que lee noticias vividas y escritas por otros o de un mensajero que entrega una encomienda ignorando su contenido. Tampoco es como el ojo electrónico de un banco o comercio, que graba y reproduce mecánicamente todo lo que cae en su encuadre.
Cuando nos referimos al testimonio de los primeros testigos de la resurrección hay que pensar en la cuidadosa tarea de reunir hechos y memorias, procurando ser fieles a lo que han recibido. Al mismo tiempo hay una intención de mantener vigente un precioso legado para la posteridad: efectivamente, en la historia del mundo ha ocurrido un salto cualitativo que debe ser anunciado.
Hay noticias que no se pueden callar. Cuando los miembros del «Gran Consejo» de notables de Israel, asombrados de la seguridad con la que Pedro y Juan hablaban, a pesar de ser personas poco instruidas, les prohíben decir una sola palabra en nombre de Jesús. La respuesta a esta orden fue la desobediencia porque hay lealtades que no se pueden traicionar: «Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído.» Un paso valiente, parecido al gesto de Sócrates o de Antígona (siglo V a.C.), cuando dice que la ley divina es anterior a los decretos terrenales y por esto es condenada a morir.
Cosa curiosa: el misterio de algunos acontecimientos supera la lógica racional de los testigos, pero al mismo tiempo hay noticias que necesitan personas dóciles y humildes para manifestarse. No esconden que son gente poco instruida, según los parámetros de esa sociedad. Es algo que suele ocurrir en la fe de los cristianos, cuando lo grande y lo pequeño, lo más alto y lo más bajo conviven. Las palabras de Pedro y Juan traslucen gran libertad. Una alegría íntima campea en medio de las contrariedades. En el fárrago de informaciones que saturan también pueden encontrarse perlas preciosas y testimonios que vale la pena atesorar en la memoria. |
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OPINIÓNColumna en Diario Cambio - Viernes 13 de abril 2007 PASCUA: ¿REALIDAD O FICCIÓN? |
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Mons. Pablo Galimberti Obispo de Salto
La semana pasada se difundió la noticia sobre un documental realizado por J. Cameron (el mismo de Titanic) sobre “El sepulcro perdido de Jesús”, apoyado en el hallazgo de urnas con nombres de Jesús, María, José y otros, en las afueras de Jerusalén. La noticia, con evidente intención de marketing, aprovechó la ocasión de la Semana Santa, cuando el mundo cristiano mira hacia ese rincón agitado del planeta. Algunos, incluso, viajan a esta tierra para descubrir el hábitat geográfico y cultural de la Pascua cristiana.
Si la noticia del “sepulcro perdido” de Jesús fuera cierta, la fe de los cristianos perdería su fuerza, originalidad y novedad. Sería un enorme fiasco! .El profesor E. Alliata, franciscano, considera esta información como fantasiosa y sin base histórica confiable. Algunos de los argumentos arqueológicos que mencionó son: La sepultura se realizaba, generalmente, en el propio lugar de origen y donde la persona había tenido mayores vínculos sociales. Y según toda la tradición, Jesús era claramente identificado como el “Nazareno” o de la localidad de Nazaret, al norte de Palestina. No hay ningún indicio además que a Jesús se lo conociera como “Jesús de Jerusalén”.
Otro argumento es que una familia del nivel socio-económico como la de Jesús, no podría disponer de una tumba familiar.
En contra de la hipótesis planteada, los cristianos tenemos un arsenal de pruebas a favor del evento de la Resurrección de Jesús, ocurrido históricamente. Sólo la contundencia de un hecho real puede explicar la imprevista e inexplicable fe de los discípulos. Una fe tan tenaz como para soportar los sufrimientos más atroces. No olvidemos que cuando Jesús fue prendido y ajusticiado, los discípulos no alimentaban ninguna esperanza de una resurrección. Huyeron y dieron por terminada la historia de ese profeta.
Tuvo que intervenir, por lo tanto, “algo” que en poco tiempo no sólo provocó el cambio radical de su estado de ánimo, sino que les llevó también a una actividad del todo nueva y a la fundación de la Iglesia. Este “algo” es el núcleo histórico de la fe de Pascua.
El testimonio más antiguo de la resurrección es del apóstol Pablo, que dice: “Les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía. Luego se apareció a Santiago, y más tarde a todos los apóstoles…” (1ª. Carta a los Corintios, cap. 15). Esta cadena de testimonios conservados con tanto cuidado pueden situarse en torno al año 35 de nuestra era, o sea, unos cinco o seis años después de la muerte de Cristo. Testimonio por tanto, de enorme valor histórico.
El hecho de la resurrección nos ha llegado a través de “testigos”. El camino del testimonio es un medio frecuente y válido para acceder a la verdad. Cuando me extraen sangre para un análisis hago fe de que el resultado que me entregan es el mío. Aunque alguna vez haya error, como se comprobó, no ha sido sistemático y organizado; si así fuera, se cae todo el sistema de salud. Yo no tengo los planos de la casa donde vivo, pero creo que el arquitecto y constructor han sido confiables.
Para que alguien sea testigo confiable se requieren dos condiciones: saber lo que dice y decir lo que sabe. O sea, que tenga cercanía con lo sucedido, que no hable “de oído”, por rumores o porque la abuela le dijo que una vecina escuchó en el almacén…!! Y lo otro es que no esconda o mienta. Como me decía un amigo italiano que ocurría en su región: no se, no vi, no estuve, y si por casualidad algo vi no recuerdo nada.
Los testimonios son incuestionables: las mujeres, a las que les cabe la distinción de haberse jugado el pellejo cuando muchos apóstoles, acobardados, emprendieron la retirada. Pero también éstos han dado su testimonio diciendo: “hemos comido y bebido con él”, después de la resurrección.
Por tanto, la fe cristiana es firme, los testimonios son confiables, la certeza y solidez de la fe sigue dando sustento a la Pascua que estamos celebrando.
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OPINIÓNColumna publicada el viernes 30 en Diario El Cambio EL AMOR, MÁS FUERTE QUE LA MUERTE |
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Mons. PABLO GALIMBERTI
Simplificando un poco, a lo largo de la vida hacemos dos comprobaciones: que cuando hay amor las cargas y golpes de la vida se aligeran. Y que el ardor del amor puede extinguirse. Si así son las cosas, quedan dos caminos: sostener el discurso que el amor es lo primero pero es un “sueño imposible”. O bien, esperar que un soplo nuevo reavive lo que duerme. O el cinismo pragmático o levantarse cada día dispuestos a pelear y “hacer de tripas corazón”. Es la opción de Semana Santa.
“Nos amó hasta el fin” Esta expresión contiene el núcleo y fruto de la próxima semana. Lo más importante sigue siendo el amor. ¿Pero qué amor? El uso corriente no ayuda. Amamos la casa, un paisaje, una obra de arte, determinados valores, un perro, un “ídolo” del deporte o espectáculo, una ciudad, persona, nuestros semejantes, la patria, a nosotros mismos –detrás del cual están tanto nuestros derechos esenciales y algún capricho camuflado-. Y los creyentes, como fundamento y aspiración amamos al Creador y Señor de mi vida y la historia. Podemos hacerlo, porque nuestro amor es respuesta agradecida al que nos amó primero.
Cuando joven no simpatizaba con el viernes santo y le hacía muecas al bacalao o a la música del Sodre ignoraba que en la historia de cada uno hay muchos “viernes santos”. Hoy comprendo que si borramos el Viernes Santo, la Victoria del Resucitado queda colgada en una nube y un adolescente no distinguiría entre el Resucitado y una saga del mundo mágico de Harry Potter. No sabríamos de dónde salió ni a quién derrotó ni qué novedad nos regala para enfrentar los rostros de muerte, violencia y miedo y tantas cosas que bailotean en mi mundo. Sería como si un equipo recibe la copa pero sin “sudar la camiseta”. Para muchos Jesucristo es un Superman descolgado como el “deus ex machina” en las tragedias griegas. Pero no, es “nuestro”, uno como nosotros, que conoció los gozos y dolores de esta vida. Dejaría de ser “algo muy bueno” para tantos pobres, hambrientos y desprotegidos (entre los cuales me cuento) en busca de un hogar, para los heridos que esperan la compasión del Samaritano. Los acontecimientos de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e hijo de María, sumergido en la trama de un pueblo, en una familia y en la historia de la humanidad, encierra un potente mensaje. Es una historia para hacer memoria, contar a chicos y grandes, rumiar con la cabeza y el corazón y sembrar oasis y rutas de paz, perdón y reencuentro.
De eso se trata en Semana Santa. Del amor que triunfa venciendo traiciones e indiferencias. Es el amor que nada lo detiene, que ofrece amistad al ladrón, perdón a quienes lo clavaron en cruz y que “da vuelta cualquier resultado adverso”. Recorremos su dolor que recorre piel, huesos, fibras, neuronas y que evidencia un amor que no le tiene miedo a nada ni a nadie y se arrodilla para lavar mis pies de barro.
Espectáculo, memoria y experiencia
Semana Santa no es espectáculo, ni recreación del pasado, al estilo de películas como Troya, Alejandro Magno o sobre la Guerra de Termópilas... Ni es un viaje al pasado. Por supuesto, escucharemos páginas con la contundencia del dato histórico, testimoniado incluso por cronistas escépticos, ajenos al cristianismo. Pero quien se quede con la cáscara de la historia, se pierde el jugo. Pero aquel hecho histórico rompió barreras de tiempo y espacio. Jesús en la mañana de Pascua desconcierta: no tengan miedo, soy yo, vean las huellas de los clavos, pero su cuerpo glorioso trasunta otra dimensión. De ahí que Pascua anude el ayer, el hoy y el futuro. Evocamos el pasado para descubrir sus huellas en el diario vivir, entre el agua y el dengue, alegrías y miserias, progreso y estancamiento, derechos para unos y exclusión para otros, entre gozos, dolores y duelos de cada familia y de cada persona, acuciados por la necesidad de una esperanza fuerte, que ayude a palpar que Dios sigue hoy presente, “entre los pucheros” como escribe Sta. Teresa. La chispa del Resucitado sorprende y ensancha la mirada.
Por todo esto, la frase bíblica del título, tomada del Cantar (VIII,6-7): “El amor es más fuerte que la muerte. Sus llamas son flechas de fuego. Los océanos no podrían apagar el amor, ni los ríos extinguirlo.” |
OPINIÓNColumna publicada el viernes 23 de marzo en el diario salteño CAMBIO RECIENTE DOCUMENTO DE BENEDICTO XVI |
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Pablo
Galimberti
Lleva el nombre, como es costumbre, de las dos primeras palabras del original en latín: “Sacramentum Caritatis”, o sea, “Sacramento de la Caridad”.
“Sacramento” es algo parecido a “rito”, pero no hay que confundirlo con un simple protocolo. Usamos ritos diariamente, para expresar sentimientos, marcar acontecimientos o comunicarnos en un grupo social.
Cuando nos saludamos, en aniversarios, duelos o bodas, al conquistar un logro luego de gran esfuerzo. Hay rituales sencillos como una reunión familiar entorno a una mesa o una rueda de mate. Una estudiante que rindió su último examen de derecho me invitó para concurrir a la entrega del título en el Paraninfo o al juramento en la Suprema Corte de Justicia. Los ritos son “parte” de la vida. Una “parte” que le da gusto a “todo”. Y también son parte esencial en la vida religiosa que es capaz de darle sabor a toda la vida. Mediante el rito se rompe la monotonía del tiempo. Los poetas, mediante imágenes, estimulan a “romper” la rutina del tiempo y abrir ventanas “para escapar de este mundo y visitar el cielo”, como dice Enrique Amorín.
El rito está compuesto por acciones y palabras: por ejemplo, en el bautismo la acción es derramar agua en la cabeza de un niño, niña o adulto mientras se dicen palabras que hacen explícito el significado espiritual: “Yo te bautizo (o sea, te sumerjo o introduzco en la vida nueva) en el nombre ....”
En la Iglesia Católica los rituales han mantenido su estructura fundamental a lo largo de los tiempos, pero también han experimentado adaptaciones, incorporaciones o simplificaciones, para hacer que los ritos conserven su transparencia y eficacia. Estilos musicales regionales, como por ej. la hermosa Misa Criolla de A. Ramírez, han servido para mostrar cómo es posible y necesario apropiarse de un rito incorporando resonancias locales. En 1984, representando a Uruguay participé en una reunión en el Vaticano en la que nos propusieron unificar las diversas traducciones castellanas que se venían usando en España y América Latina y que ocasionaban distorsiones cuando nos encontrábamos en eventos internacionales. Nos pusimos de acuerdo en una traducción común, para que así el rito expresara mejor la unidad de la misma fe que profesamos.
Vivimos un cambio de época. Los rituales en la sociedad se simplifican. Vestimenta, modo de hablar, etc. La reciente película “La Reina” contrapone la imagen de la actual reina Isabel de Inglaterra, heredera de la más antigua dinastía europea, enmarcada en un escenario fuertemente emblemático de la realeza inglesa, Balmoral, en Escocia. Como contraste, el líder del partido laborista Tony Blair, vencedor luego de una campaña bajo el lema de la “modernización”, que representa nuevos modos o rituales de comunicación, respondiendo al teléfono en un comedor diario y con malla de un equipo deportivo, rodeado de hijos y amigos.
Muchos jóvenes se aburren durante la celebración en un templo pero participan gustosos en una velada de oración durante un campamento. Claro, la vida no es sólo camping. O toleran a regañadientes un acto patrio pero viajan sin dormir para un festival de rock. Las madres intentan marcar un horario para la mesa familiar del Domingo y se las ven en figurillas. Es que si cada uno vive con un horario diferente y la única forma de comunicación es enviar mensajes por celular, la vida familiar o social se fragmenta y cada uno experimenta la paradoja de vivir como solitario en medio de una multitud. Los ritos requieren acuerdos básicos y lenguaje común entre los participantes. De lo contrario los rituales se vacían, tragados por la rutina. Si cada uno usa un lenguaje diferente habitamos en Babel, símbolo de la confusión. Necesitamos introducir savia nueva en el lenguaje para no morir incomunicados o aplastados por rituales con olor a museo o a perfumes de siglos pasados.
La exhortación del Papa asume algunos retos actuales en tiempos de globalización. Al latín le dedica un párrafo de los 97 del texto. Lo recomienda en las celebraciones internacionales donde los sacerdotes u obispos provienen de muchos países, como ocurrió por ej. en la última Jornada Mundial de Jóvenes en Alemania. |