COLUMNAS DE OPINIÓN
Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto
DIARIO Cambio Salto
2008

JUAN PABLO II EN SALTO
Mons. Pablo Galimberti.
Diario Cambio, viernes 9 de mayo de 2008

BENEDICTO XVI EN ESTADOS UNIDOS
Tocó el corazón de un pueblo
Mons. Pablo Galimberti
Columna en Diario Cambio del 25 de abril de 2008
EDUCAR: REAVIVAR UNA PASIÓN
Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti
Diario Cambio, viernes 18 de abril
¿DÓNDE ESTÁ DIOS CUANDO MUEREN LOS INOCENTES?
Diario Cambio el 4/4/2008 - Mons. Pablo Galimberti.
RESURRECCIÓN, INMORTALIDAD O NADA
Diario Cambio el 28/3/2008
Opina Mons. Pablo Galimberti.
SEMANA SANTA Y SUS CONTRASTES
Mons. Pablo Galimberti. 
Columna publicada en Diario Cambio el 14/3/2008

MIEDO Y SERENIDAD, LAS DOS CARAS DE LA MUERTE

Mons. Pablo Galimberti.

Columna publicada en el Diario Cambio el 7/3/2008

VALORES DE ACTITUD
Mons. Pablo Galimberti.
Columna Publicada en diario Cambio, el viernes 29 de febrero de 2008
Sabiduría del corazón
Diario Cambio el 15/2/2008
¿POR QUÉ SE VAN LOS URUGUAYOS?
Columna publicada el viernes 2 de febrero de 2008 en Diario Cambio

 

JUAN PABLO II EN SALTO
Mons. Pablo Galimberti.

Diario Cambio, viernes 9 de mayo de 2008
 
Un 9 de mayo, hace 20 años. Salto fue escenario del mayor acontecimiento religioso en la historia de la ciudad y de la región. Con especial intensidad lo vivieron las comunidades de la Diócesis de Salto, desde Artigas hasta Fray Bentos.
 
El día pintaba gris. Yo viajaba en el avión papal y antes de abordar el avión nos ofrecieron paragüas para protegernos de la llovizna tempranera de aquel otoño. Mi interés en no perder detalles me llevó a sentarme muy cerca del Papa.
 
Al tocar suelo salteño el obispo Marcelo Mendiharat y el Intendente Municipal Eduardo Malaquina encabezaron los saludos al Papa, mientras a nosotros nos llevaban al lugar de la Misa. En la enorme explanada, miles de personas, chicos y grandes, mujeres y hombres, unos con fe robusta y otros vacilante, clavados en sus lugares desde varias horas, recibían a los recién llegados envolviéndolos en un manto de fe y fervor colectivo. El ánimo exultaba con el Aleluya de Haendel interpretado por el Coro Cantares. Música, aclamaciones, banderas y pasacalles eran la voz de un pueblo y de una iglesia con deseos de ver, escuchar y saludar a su Padre y guía en la fe.
 
Si bien Salto fue elegido por su ubicación geográfica y estratégica, lo más destacable fue la presencia entusiasta del pueblo salteño, gente de todos los barrios y zonas, vecinos de Argentina y Brasil. Las autoridades civiles, militares y policiales que colaboraron en la seguridad, la empresa y los obreros que levantaron el altar y las parroquias que foguearon el espíritu con oraciones. Todo contribuyó a dar brillo y hacer memorable aquel día.
 
En el diseño del altar resaltaba su techo de quincho, evocación de las raíces de este pueblo y de su fe, plantada por las manos campesinas de los primeros pobladores. La prensa nacional e internacional que cubrió el evento, contó con apoyo local que le permitió un trabajo eficaz.
 
El obispo Marcelo saludó así al Papa: «Santo Padre, recogiendo tus propias palabras cuando nos hablabas de la Evangelización Nueva, nos esforzamos con nuevos bríos en construir una iglesia orante, servicial y fraterna. Santo Padre: tú vienes a confirmar nuestra fe y nuestro caminar».


«Evangelización Nueva». Aquí está la clave del mensaje papal. No basta con recordar que en esta tierra manos generosas sembraron buenas semillas del Evangelio. Como no basta recordar las glorias de Maracaná. La fe y la iglesia no son simple recuerdo de lo que ya fue. Juan Pablo II trajo una «buena noticia» para la gente de hoy. El anuncio de que la vida humana y social tiene un capital escondido en sus entrañas y en su memoria. La fe es una necesidad vital de los pueblos. Y aunque hay diversidad y respeto hacia las diversas religiones, siempre se trata de la búsqueda de un Dios escondido que siempre buscamos. Ninguna ciencia nos da la respuesta cabal. Ningún ritual supersticioso nos deja tranquilos. Ninguna receta mágica trae paz duradera a la conciencia y a la vida. Dios no es una incógnita. Desde que Jesucristo nació, creció y habló en Palestina hace dos mil años, el «dios desconocido» se acercó y se hizo visible en las palabras y gestos de su Hijo Jesucristo. El Papa vino a anunciarnos este mensaje, como hermano, Padre y amigo. Amigo es una expresión muy nuestra que el Papa usó varias veces.
 
Más que mirar el pasado el Papa invitó a poner fuego y ardor en el corazón creyente. Ocurre en la vida que otras ideas y modas van apagando fuegos y produciendo ceniza. Y hay que revolver las cenizas para que el trasfoguero vuelva a arder y calentar el hogar y el corazón.
 
Una Fe que arde es lo que llena el corazón. Aunque seguimos siendo de barro, la fe alumbra las oscuridades y heridas de la vida personal y de los pueblos. Fe que no se opone al progreso de las ideas ni de las ciencias, pero que las une en un proyecto de crecimiento humano y ético que es el test de la verdadera calidad de vida de un pueblo. Pueblos sin fe son pueblos que fácilmente se aferran a supersticiones, ansiosos por tapar ese agujero del no saber cuáles son nuestras raíces ni qué nos espera después. «El que deja de creer en Dios no es que no crea en nada, cree en todo», escribía Chesterton.
El mensaje de Juan Pablo II fue claro: la fe alumbra el corazón y la vida.

 

EDUCAR: REAVIVAR UNA PASIÓN
 
Nuestro país no escapa a la emergencia educativa que se vive en todos los países de A. Latina. Educar no es tarea sencilla, especialmente en tiempos de profundos cambios que llegan hasta el caracú. Pero a pesar de todo, los educadores generosos quedan grabados en la memoria de sus discípulos. Porque la educar es abrir caminos y verificar que lo que uno estima como valioso, también puede despertar en otros.
 
Expertos en el tema opinan que las reformas educacionales del continente son diseñadas prioritariamente en función de la producción, la competitividad y lo que el mercado pide. Esto convierte a un joven, por ejemplo, en experto en informática o internet, pero un chambón para comprender el variadísimo campo de los sentimientos humanos y encontrar respuesta a los anhelos de felicidad, que conviven con estallidos de violencia y el deseo de transgredir límites. Una materia pendiente es cómo preparar para un buen empleo y al mismo tiempo para formar un hogar estable y asumir responsabilidades en la vida ciudadana. Con otras palabras: cómo descubrir las aptitudes vocacionales permanentes y las habilidades profesionales o laborales transitorias.
 
El auténtico fin de un proceso educativo es formar y promover integralmente al educando, mediante la asimilacion sistemática y crítica de la cultura, a partir de un sujeto inquieto, capaz de preguntarse por las múltiples caras de la realidad. Cultura no son libros leídos ni examenes rendidos ni kilómetros recorridos sino el encuentro vital con el patrimonio acumulado y recibido a partir de una ventana o sintonía personal. La educación nos hace capaces de dejar huellas, producir cultura y colaborar para mejorar la sociedad. De lo contrario el educando es un repetidor de palabras y gestos tomados de la televisión o mimetizados de una barra brava del fútbol.
 
Los padres de familia experimentan de modo particular este desajuste que los lleva muchas veces a un estado de exasperación. ¿Cómo proponer algo por lo que valga la pena entregar la vida? También los educadores muestran señales de fatiga y no es sólo cuestión de una mejor remuneración, que bien la merecen. Pero el malestar no se percibe sólo en el ámbito educativo formal; es general, pues en todos los espacios cotidianos se experimenta la mordedura del relativismo, del “vale todo”, alimentado por deseos desbordados y el martilleo de la sociedad de consumo.
 
Recientemente miles de familias recibieron en la Plaza San Pedro, en Roma, un soplo alentador: también en nuestro tiempo educar en el bien es posible, es una pasión que debemos llevar en el corazón, es una empresa común a la que cada uno está llamado a dar su contribución, les decía el Papa Benedicto XVI.
 
Un valor inestimable es cuando los propios padres ofrecen el testimonio de un amor generoso, renovado en medio de las dificultades cotidianas. Aunque no lo aprecien de inmediato, una sonrisa diaria en el rostro de unos padres inspira confianza en los hijos y ayuda a madurar los propios sueños en la realidad gris y los tropezones de cada día.
 
Un límite puesto a tiempo, con bondad y firmeza, ayuda, aunque en el momento duela. La cercanía para alentar ante una prueba es un capital acumulado en el corazón de los hijos, que en el momento más negro puede resultar el salvavidas para salir a flote. Estimular la conciencia moral como la voz amiga que ayuda a transitar por la senda de lo que es bueno, es parte de la siembra que se esparce en la vida familiar.
 
Seguramente son muchos adultos que tenemos la sospecha de que los propios jóvenes y adolescentes están gritando, de múltiples formas, que no quieren andar solitarios y sin amigos por el mundo y que necesitan un hogar donde volver, un padre y una madre para abrazar.
 
Algo parecido corresponde a los docentes y profesores de los distintos niveles, como colaboradores de los padres, a pesar de las incomprensiones, urgencias y desilusiones diarias. Cuánto ayuda la sana autoestima y la responsabilidad de la tarea que el educador ejerce, cuando se trata de alentar a un joven y de acompañarlo hasta la última hora de clase del último día del año.
 
La misión de educar nos toca a todos. Mucho mejor si lo hacemos con gusto.

 

arriba

 

¿DÓNDE ESTÁ DIOS CUANDO MUEREN LOS INOCENTES?

Diario Cambio el 4/4/2008

Mons. Pablo Galimberti.

El Domingo pasado la explanada de la Capilla Fátima, en Salto, desbordaba de gente. Dos personas de la comunidad descubrieron el cuadro de un joven artista salteño, copia de una imagen de Jesús Misericordioso pintada por primera vez en Polonia por el año 1930.

La paleta del artista trasladó a la tela una frase del Evangelio de S. Juan; allí se lee que un soldado romano, al ver que Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. Los ojos creyentes han interpretado esas últimas gotas que brotaron del costado de Cristo el simbolo de un amor misericordioso, que perdona a quienes lo crucifican y como río sigue lavando heridas y miserias y comunicando vida, simbolizada por la sangre. Ustedes se preguntarán cómo llegó hasta nosotros esa imagen.

Entre las dos guerras mundiales del siglo XX, el nazismo sembraba miedo y terror en toda Europa. En este clima, una religiosa, Sor Faustina, cocinera en un convento de Polonia tuvo la inspiración providencial que Dios tenía un mensaje. Al difundirse se vio que respondía a una pregunta candente que mucha gente se hace: ¿dónde está Dios cuando mueren inocentes y las injusticias se multiplican? Mientras Hitler encendía odios, rompía pactos y pisoteaba valores básicos de la convivencia, esta mujer anotó en su diario lo que Jesús le dijo: «La humanidad no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la misericordia divina». El mundo necesitaba algo más que justicia, para establecer acuerdos de reciprocidad. Creer que esto es posible en medio del odio significa creer en la misesricordia, con la cual se borran las heridas y se empieza de nuevo.

Para muchos, «misericordia» puede parecer un sentimiento privado, sin embargo, bien comprendida, es el concepto más revolucionario y más «político» que se pueda imaginar. Misericordia es el rasgo que más une al Dios de los judíos y cristianos, al Dios del Islam y al Dios, o mejor, a la religión de los budistas. Por lo tanto es una fuerza que se presta para fomentar una paz estable en el mundo. El Dios bíblico se presenta a Moisés con las palabras «El Señor es misericordioso y compasivo, lento a la ira y rico en amor y fidelidad» (Exodo 34,6). El Papa Juan Pablo II, conocedor de los estragos totalitarios, escribe en sus memorias que una de las experiencias fuertes que se llevó de Polonia fue la de la misericordia; lo cual explica el título de su segunda Encíclica: Dios «rico de misericordia», sobre el Dios de la Biblia.

También Mahoma adoptó para Dios el apelativo de «el misericordioso». El Budismo, que no conoce la idea de un Dios personal y creador, afirma que el hombre debe ser misericordioso por la solidaridad y la responsabilidad que lo unen a todos los vivientes. Los escritos del actual Dalai Lama sugieren cómo aplicar esta visión a la política, la economía y a todas las otras realidades de la vida. En la actual crisis de su Tibet, lo está demostrando.

Misericordia es una palabra latina compuesta de otras dos: misereor (me compadezco) y corde (con el corazón). La idea subyacente es la de una persona que, frente a una ofensa, no reacciona con un juicio de condena y la voluntad de aniquilar al enemigo, sino que se esfuerza en ponerse en los zapatos del otro. ¿Qué podría pasar si judíos y palestinos, antes de pensar en los daños recibidos, comenzaran a pensar también en los sufrimientos de la otra parte? La receta del «ojo por ojo y diente por diente», también en el campo político y militar, ha demostrado que no resuelve nada y provoca más violencia. Misericordia no es sustitución de la verdad y la justicia; más bien es una condición para buscarlas. Y lo que se aplica a las relaciones internacionales también vale para los partidos políticos. Lo opuesto a la misericordia es la tendencia a demonizar y ridiculizar al adversario, rechazando sus razones antes de haberlas ponderado. Es una actitud antipolítica, si política es buscar el interés de la polis, del Estado -que somos todos- y del propio partido.

Al concluir la misa nos despedimos, confiados porque los rayos de luz de la misericordia del cielo habían bajado a ese rincón de la ciudad.

 

arriba

 

RESURRECCIÓN, INMORTALIDAD O NADA

 

Diario Cambio el 28/3/2008

Opina Mons. Pablo Galimberti.

 

Quiero hablar de la Pascua, que la Iglesia sigue viviendo en clima de gozo durante cincuenta días. Pero preguntándome qué relación hay entre la Pascua de Jesucristo, con la muerte y el más allá de cada uno de nosotros.

 

Aunque la muerte es un fin ineludible, un deseo persistente nos dice que la vida de una persona no puede explicarse como simple absurdo y que no puede aniquilarse, así nomás, el día que cerramos los ojos a este mundo.

Muchas veces me ha tocado ir al cementerio a rezar por difuntos en la hora de su despedida. Son momentos tristes; pero he visto en los rostros silencios vacíos y silencios llenos de esperanza. Las palabras se me ahogaban en la garganta cuando me tocó dirigir las oraciones, llenas de consuelo y esperanza cristiana, el día que junto a mis hemanos, familiares y amigos, despedíamos a nuestros propios padres.

 

La misma palabra «cementerio» proviene de un término griego que significa «cuarto de dormir» y del verbo correspondiente «acostarse». Me gusta recordar esta palabra de nuestra lengua, con resonancias consoladoras, porque si alguien está durmiendo, seguramente volverá a despertar. Algo muy diferente resuena en la palabra necrópolis, «ciudad de los muertos».

Aquí está precisamente el núcleo fundamental del cristianismo que estamos celebrando en la Pascua. Muchas veces para hablar de resurrección se recurre al término despertar. Es alentador pensar que morir es dormirse y que vamos a despertar. Y la gran certeza es que efectivamente Jesús de Nazaret ya despertó con gloria y poder, para siempre.

 

Pero hay maneras muy diferentes de sobrevivir. Para unos sobrevivir significa quedar en el recuerdo de familiares, amigos o seguidores; o en las obras que llevan el nombre de quien las plasmó. Para otros, como el hinduismo, sobrevivir significa que después de la muerte, el alma pasaría a otro cuerpo humano, o a un animal o vegetal, perdiendo obviamente la identidad y personalidad que se tuvo en este mundo.

 

Para los cristianos la sobrevivencia toma una forma muy concreta. Es así que en el Credo (enunciado de las verdades fundamentales de la Fe cristiana) afirmamos que lo más bajo y corruptible de nuestra vida está destinado a revestirse un día de gloria. Sí, es sorprendente afirmar: «Creo en la resurrección de la carne». El término «carne» indica al ser humano en su condición de debilidad y mortalidad. Esta «resurrección» significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros cuerpos mortales volverán a tener vida. Esto es un elemento esencial de la fe y de la esperanza cristiana. A tal punto que San Pablo afirma de manera contundente que si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó; y si no resucitó Cristo, la predicación como la fe no tienen sentido.

 

Durante la Pascua los cristianos recuerdan el testimonio valiente de los apóstoles sobre Jesús, el Crucificado, a quien Dios, su Padre, arrancó del del poder de la muerte. Y concluyen exhortando a creer en el Señorío de Jesús, el Cristo o Mesías, para alcanzar así vida reconciliada, para siempre. El cuerpo de Jesús llegó a la meta, donde no hay llanto, dolor, lágrimas, injusticias ni ausencias. Por el mismo rumbo nuestra condición humana encuentra su último destino, no de aniquilación sino de plenitud, de amor y verdad.

 

La idea de resurrección que encontramos en la Biblia no se puede comparar con la idea griega de inmortalidad. Según esta, nuestra alma, incorruptible por naturaleza, entra en la inmortalidad divina después que la muerte la ha separado de los lazos del cuerpo.

Los cultos del antiguo Oriente, basados en los ciclos de la naturaleza, asignaban un lugar importante al mito del Dios muerto y resucitado, proyección dramática de una experiencia humana común: el resurgir primaveral de la vida después del sueño invernal. Osiris en Egipto, Baal en Mesopotamia, eran dioses de este tipo. Su drama, acaecido en el tiempo primordial («en el principio»), se repetía en un eterno retorno.

 

Creían que al representar ese drama obtenían cierta eficacia, importante.

 

arriba

 

SEMANA SANTA Y SUS CONTRASTES
 
Mons. Pablo Galimberti.
 
Columna publicada en Diario Cambio el 14/3/2008
 
Por un lado muerte, crueldad y tortura. Por otro desconcierto y cautela. Una tumba vacía que hay que explicar. Y las apariciones de Jesús Resucitado que muestra cicatrices de clavos y su costado abierto por la lanza: miren, toquen, salgan del miedo, soy yo, el que fui crucificado!
 
La pasión de Cristo es un resumen de la humanidad con sus vicios y virtudes. En Judas está el resentimiento, los celos, la avaricia. En Caifás la soberbia, el odio. En Pilato la cobardía, las indecisiones del que no se juega por la verdad y prefiere adular los poderes de turno. En Herodes la frivolidad y el cinismo.  En la multidud la versatilidad, el vaivén entre pan y circo y la masificación donde se pierde la libertad de pensar y decidir con autonomía.

Entre todos trenzan un proceso oscuro. Cada uno lucha por sus propios intereses y trata de salvar lo mejor posible las apariencia y mantenerse dentro de la legalidad. Todos intentan cargar sobre otras espaldas la responsabilidad de la decisión final. Más que a un proceso se asiste a un juego de muerte en el que religión, economía, política, intereses creados, inmovilismos mentales y odios atávicos se juntan. En medio de todos está Jesús, que molesta a todos porque está desarmado, es el cordero, el que anuncia un reino que no es el de ninguno de ellos, de ese montón de mediocres que sueñan con un reino pero no tienen capacidad para entender el que les ofrece Jesús. Luchan como perros por defender sus carroñas, rechazan la perla preciosa que se les ofrece y asesinan a quien se las trae. Jesús camina libre y dolorosamente. Da la vida hasta el final, gota a gota, dando cumplimiento a una voluntad suprema y a una lógica de amor y obediencia radical a su Padre.

Esa lógica o pasión interna escapa a cualquier intento de explicación.
Escribe un teólogo español: «Hoy hemos hecho de la cruz un símbolo religioso o, todavía peor, una alhaja, y así nos hemos tejido un caparazón contra lo que este hecho tiene de inaudito y de provocativo; quizás no iría mal que, durante una temporada, nos representásemos la cruz de Jesús como una horca, un garrote vil o una silla eléctrica; sólo así podríamos tener acceso al escándalo de su muerte».

Por otro lado, la otra cara del drama es lo ocurrido en la madrugada del día Domingo, que para los judíos era el primer día de la semana.

Las mujeres corren, van a llorar a su Maestro. Pero qué sorpresa, la pesada piedra, contra la que tantas veces pataleamos, la piedra donde dejamos a nuestros muertos, donde descansaremos un día nosotros, donde depositamos flores y elevamos oraciones.
Esa piedra está removida. Lo primero que piensan es que se trata de un robo. Corren a informar a los apóstoles. Pedro y Juan llegan corriendo y verifican la primera prueba del Resucitado: la tumba vacía.
No lo esperaban tan pronto, las palabras de Jesús no habían calado hasta los tuétanos, les daban una interpretación quizás metafórica, así como cuando encontramos grafitti que dicen: El Che vive o cosas por el estilo.
Pero esto es algo diferente. Vive de verdad. Se les aparece y les dice: no tengan miedo, vean mis manos, el lugar de los clavos, acérquense a mi costado abierto por la lanza.
Y ahora veían heridas cerradas, huellas que eternamente lleva el Resucitado como señal del amor hasta el final, del amor más fuerte que la muerte.

El canto del Aleluya, sigue despertando muertos, resucitando corazones dormidos, sorprendiendo a los tristes y removiendo piedras de todos los sepulcros con olor a muerte y a recuerdos congelados.
Es memoria y energía, presencia y futuro. Es lo definitivo que está allí, a la mano, ante los ojos de mi fe. Es Jesús el Señor, el Señor de la historia, la meta de todos los caminantes de la historia.
Allí todos vamos a desembocar. En ese Cuerpo lleno de vida, animado por una vitalidad sorprendente, está nuestro futuro. El futuro de la humanidad no son las utopías vacías y abstractas, que encadenan a ciegos o alienados. Nuestro futuro está en una Persona, que es mi futuro.

De ahí que la Semana Santa termine con el Aleluya, que brota de pulmones y corazones tocados por esta presencia.
Por todo esto, vale la pena vivir y desearnos: ¡FELICES PASCUAS!

Quizás se nos regale hoy lo que el corazón desde siempre espera.”

 

arriba

 

MIEDO Y SERENIDAD, LAS DOS CARAS DE LA MUERTE

 

Mons. Pablo Galimberti.

 

Columna publicada en el Diario Cambio el 7/3/2008

 

Una Doctora me preguntó cómo podía ayudar a morir a enfermos terminales. Es probable que a todos, tarde o temprano, nos toque estar cerca de no amigos cuyo desenlace sea previsible en breve tiempo.

 

Quizás escuchemos preguntas, expresadas con la mirada más que con palabras, que adivinamos y atinamos a responder. Infundir esperanza no pasa por ofrecer al enfermo explicaciones pormeno-rizadas de lo que le está sucediendo o de las terapias que le aplican.

Hay diálogos mentirosos, con buena intención pero que dan pie a que el enfermo eluda el suceso irrepetible de la muerte. No faltan palabras huecas: te vas a mejorar y vamos a festejar con un asado, escuché decirle una vez a un enfermo en sus últimos días. Suenan por el estilo los informes médicos indescifrables, al cabo de los cuales salta la congoja: ¿va a mejorar?

 

Conozco dos actitudes. Están los que dicen cuando alguien ha muerto, «menos mal que no se dio cuenta; pasó de un sueño al otro». Y están los otros que prefieren la actitud de un médico que me dijo, «cuando nací no me di cuenta ni me consultaron; cuando me vaya, ¡quiero darme cuenta!» No se qué prefieren ustedes.

 

Francisco de Asís le cambió la cara tenebrosa a la muerte, según refleja el Cántico al Hermano Sol: «Alabado seas mi Señor, por nuestra hermana Muerte corporal, de la cual ningún viviente puede escapar: ay de aquellos que mueran en pecado mortal; felices aquellos que encuentre en tu santísima voluntad; la muerte segunda no les hará mal.» Y solía decir: «Ben venga mia sorella morte!» El apunta, en el caso de un creyente, a que la serenidad ante la muerte sea el fruto de un momento de reconciliación o de perdón, porque muchas veces «el pasado nos condena», en la realidad o en los pensamientos. Son «deudas» que no se pagaron: afectos, descuidos, rencores profundos, cobardías. Son heridas que requieren alivio, traducirlas en palabras.

 

Me viene a la memoria el estupendo ejemplo de Sócrates, que enfrenta la muerte con serenidad, aún siendo injusta. Su amigo Critón lo visita en el calabozo pretendiendo inducirlo a la fuga. Sócrates está solo consigo mismo y con su conciencia, a la cual no quiere traicionar. Esta lo sitúa en un nivel de responsabilidad, distante de los tironeos de su amigo. Finalmente, Sócrates hará lo que ha hecho toda su vida, seguir lo absoluto del deber moral. Una vez más, se muere como se vive. O dicho de otro modo: a morir hay que prepararse cada día, en todas las elecciones del propio vivir.

 

Es frecuente medir la vida por la cantidad de años. Esto dificulta que podamos ayudar a dar sentido a una persona joven o de mediana edad. No es la duración de una vida humana lo que determina si tiene o no sentido. No juzgamos el valor de una biografía por su extensión sino por la riqueza de su contenido. Son muchas las sinfonías «incompletas» que figuran entre las más bellas.

 

Uno de los derechos del enfermo es el de no sufrir un dolor físico innecesario. El médico ofrece la analgesia; y frente a la angustia moral hay que ofrecer consuelo y esperanza. La medicina paliativa es una forma civilizada de entender y atender a los pacientes terminales, opuesta a la obstinación terapéutica y la eutanasia. Hay un viejo aforismo que condensa esta nueva actitud: si no puedes curar, alivia; y si no puedes aliviar, por lo menos consuela.

 

Hay gente que pretende «superar» la muerte, eternizándose, disimulando achaques y arrugas. Si le encontramos sentido a lo que hacemos, no importa la duración, corta o larga. Lo bueno es ser antorchas que alumbran; poco o nada vale irse pasando una antorcha apagada. Lo que ha de alumbrar tiene que arder, dice un poeta. O sea, tiene que consumirse y sufrir.

 

A un enfermo que presiente su final podemos ayudarle a descubrir esas cosas «únicas» que son «su» vida, hijo de tales padres, con tales oportunidades y limites. Esa es su historia, única, entretejida en una muchedumbre de vínculos.

Forjada a partir de un llamado que como chispa alumbró en la conciencia y creció con responsabilidad en medio de fragilidades. Cada día brillan chispas que alumbran el camino; son renglones sueltos que forman el libro de la vida, conservado en la memoria del Creador.

 

Ayudar a recordarlo es parte del acompañamiento a quien se prepara para el gran «salto».

 

arriba

 

VALORES DE ACTITUD

Mons. Pablo Galimberti.
Columna Publicada en diario Cambio, el viernes 29 de febrero de 2008


 

Hace pocos días una periodista, en el curso de una entrevista telefónica que salía al aire, me preguntó: ¿no cree que un cura casado puede aconsejar mejor a los esposos y las familias, que hoy atraviesan tantos problemas?

¿Para aconsejar a una mujer angustiada que va a dar a luz, se necesita ser mujer y haber tenido hijos? O supongamos que me consultara un aviador que a raíz del accidente fatal de un compañero tiene miedo de subir para un vuelo de entrenamiento. ¿Podría yo darle un consejo, que sólo he visto en películas cómo se pilotea un avión?

 

Mientras me esforzaba por responder, me vino a la mente la película «Pena de muerte». En ella el director, Tim Robbins muestra la vida de un condenado a muerte, interpretado por Sean Penn, que hace un papel memorable, sabiendo transmitir todo el odio que siente este personaje, condenado a morir por el asesinato de dos adolescentes.

 

En esa soledad tortuosa aparece un personaje admirable, capaz de penetrar en el laberinto oscuro del condenado. No es ningún presidiario, ningún condenado a muerte, ningún asesino absuelto. Quien se atreve a estar cerca de este hombre es una mujer, una religiosa, la Hermana Helen, interpretada por Susan Sarandon.
 

Lo que más sirve para acompañar a otro, incluso en las situaciones más opuestas a uno, es la capacidad de empatía, o sea, de un involucramiento o sintonía no sólo intelectual sino también emocional con el otro. Ni la distancia fría ni el enredo afectivo que borra las necesarias diferencias. Predomina la escucha, el oído de alguien decidida a perder tiempo pues sabe que ese condenado necesita ver una luz al ingresar al túnel de la muerte.
 

Todos sufren en esta historia. Nadie puede juzgar a la gente sin conocer los motivos por los cuales un ser humano puede llegar a ese abismo. La película también muestra la ira que sienten los padres de las víctimas hacia el condenado y lo destrozados que están por la trágica y sangrienta ausencia de sus hijos. Además la película muestra que el condenado es también hijo de una madre que sufre horrores viendo a su hijo, sin poder hacer nada para salvarlo.
 

¿Qué papel puede jugar la hermana Helen en ese escenario? Vean que no se necesita estar en la misma situación de proximidad a la muerte, para poder prestar un valioso apoyo a este hombre.

Es que todas las acciones y gestos humanos tienen un doble aspecto: volvamos al joven aviador que tiene miedo a subir a un avión.

 

Yo no le puedo enseñar cómo se pilotea un avión. Son destrezas y habilidades con las cuales él se ha familiarizado durante varios años. Sin embargo, en todas las situaciones humanas hay un factor anímico, psicológico y espiritual, tan decisivo como el anterior. Son los «valores de actitud» como los llamaba Viktor Frankl tan acertadamente, que nada tienen que ver con el «modus operandi» de un piloto o de una embarazada o de un condenado a muerte en sus últimas horas. Hay valores que todos podemos y debemos asumir en la vida y hay personas capaces de escuchar y despertar tales actitudes. Para unos será un salto de fe, para otros un mero salto psicológico. Cada uno elige donde quiere estar.
 

Ese componente anímico es como un empujón cordial, alentador, que anima, que acompaña, que consuela y cura heridas cuando nada se puede hacer ni cambiar. Esos resortes secretos tienen un valor, aunque para una mirada superficial y pragmática parezcan irrelevantes. Cuánto valor tiene para un hijo la mirada de una madre, esas pocas palabras que brotan más de sus ojos que de sus labios. Salíamos reconfortados a dar un examen sobre una materia que probablemente nuestra madre no entendía.

Ante las actuales dificultades educativas, hay propuestas que hablan de la pedagogía del corazón, donde el acento se pone más en el esfuerzo por escuchar y la generosidad para establecer lazos de amistad y compañía que en las recetas técnicas, elaboradas en un laboratorio, pero quizás sin la empatía capaz de convencer.

 

El personaje de Susan Sarandon se dedica en cuerpo y alma para que el condenado logre la «paz espiritual», que conseguirá pidiendo perdón por todo el daño que ha causado a las familias de las víctimas y ayudándole a lo más difícil, que es enfrentar la muerte sin miedo.

 

 

arriba

 

Sabiduría del corazón
Diario Cambio el 15/2/2008

Mons. Pablo Galimberti.

Tarde serena del 11 de febrero, junto a la gruta de Lourdes en la avenida Rodó. En el amplio patio de las Misioneras de los pobres, hasta el ciprés invitaba a levantar los corazones, «como dedo vegetal mirando al cielo», diría Juana de Ibarbourou.

Se festejaba la Virgen de Lourdes, vinculada a una historia que empezó hace 150 años, en un pueblito francés a la sombra de los Pirineos. Bernardita, adolescente de 14 años, dio testimonio de «apariciones» de la Virgen María. Analfabeta, perteneciente a una familia insignificante, de salud endeble, afectada por una incipiente tuberculosis, esta joven debió enfrentarse al comisario, al tribunal, la policía y a varias comisiones que intentaron por todos los medios hacerla caer en contradicciones o que se desdijera. En vano, el examen histórico de los interrogatorios suscita una produnda admiración. A los adversarios de la primera hora suceden los jueces eclesiásticos. La transparente sinceridad de la joven consigue la victoria ante todos los ataques. Es sorprendente la sabiduría del corazón que sostiene a Bernardita sin doblegarse frente a tanto acoso. La sociedad en que vivimos demanda títulos y múltiples ocupaciones, pero olvida con frecuencia la raíz, que consiste en captar la iniciativa divina y sus huellas presentes en el barro de la condición humana.

La concurrencia que participó en la gruta de la ciudad de Salto se sintió reanimada. Algo parecido pude comprobar cuando visité la gruta en Francia con el Padre Popelka. Nos sumanos a los peregrinos, ancianos y jóvenes, enfermos y sanos, sintiendo el milagro cotidiano de Lourdes, cuando los ojos ven y el corazón intuye y oye una palabra que llega en el momento adecuado y deja una huella de certeza: Dios está en el corazón. Eso acontece cuando permitimos que una luz nueva entre por las grietas del alma. Algo de eso le ocurrió a un profesor de anatomía, Alexis Carrel, Premio Nobel en 1912, que tomó cuidadosas notas de lo que vio y que se conocen con el título «Peregrinación a Lourdes». Llegó escéptico y regresó impactado por lo que pudo verificar. Buscaba la fe y en su diario anotó: «Virgen dulce, bondadosa para todos los desgraciados que te invocan con humildad, mírame. Yo creo en ti. Tú has querido responder a mi duda con un milagro deslumbrante. Yo no lo se ver y aún dudo. Pero mi deseo más grande y la meta de todas mis aspiraciones es creer».

En Lourdes hay pequeños milagros, que no se ven ni aparecen en los diarios o noticieros de la televisión. Se adivina en los rostros, igual a lo que ocurrió a muchos participantes aquí en Salto, que respiraron un aire de perdón y reencuentro. Al final de la Misa saludé a algunos enfermos. Uno de ellos con una sonrisa, aceptando su condición de necesitar muletas desde niño. Otro en silla de ruedas. Un rasgo de Lourdes es ver personas sanas ayudando a los enfermos. Seguramente porque el sano intuye que carga dolencias invisibles que también necesitan sanar.

La gruta de la calle Rodó, con la imagen de la Virgen de Lourdes, fue levantada hace 20 años por gente entusiasta, que un día se decidió dar forma a la cantidad de piedras amontonadas. Participó la Hermana Yacira y Leonardo, con parálisis infantil desde niño, que sacaba fuerzas del corazón y se ingeniaba para manejar cuchara y mezcla, mientras que su hermano colocó las piedras del techo.

Mientras las luces y colores de la tarde se apagaban, se veía gente con el corazón encendido. Algunos junto a la gruta, en un murmullo silencioso, otros en las típicas despedidas a la uruguaya. Escuché a quienes hacían planes para el próximo año. Sucede que estos lugares tienen un encanto especial. Son espacios gratuitos, no utilitarios o casi anónimos, como algunos que frecuentamos diariamente, en negocios, oficinas, vías de tránsito. El encuentro con una Madre común fomenta acercamiento. María es madre cercana y su mensaje es sencillo: «hagan lo que El les diga». Lo dijo en las bodas de Caná, cuando se acabó el vino y lo sigue diciendo hoy.

La gruta de Lourdes guarda la figura de María. Ella siempre lleva a Jesucristo, que sana heridas y ofrece el arte de vivir, la sabiduría para el corazón

 

arriba

 

¿POR QUÉ SE VAN LOS URUGUAYOS?

Opina Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto

 

¿Buscando un bienestar económico y una seguridad que no han encontrado aquí? Pero entonces, ¿será que nuestro país, para muchos de sus hijos, no ofrece un futuro esperanzador? Alguien me dijo: acá se corta la cabeza a los que sobresalen, una especie de envidia.

Y me dio este ejemplo: a un sobrino que regresó al país con dinero, capacitación en refrigeración e ideas innovadoras, el patrón lo despidió al cabo de un año. ¿Motivos? Temía que le robara la clientela. Y el joven decidió volver a Suecia. ¿Sería tan revolucionario su estilo o muy esclerosado el patrón?

 

Por otro lado hoy se vive en un mundo donde las distancias se han acortado y resulta más fácil irse, al menos para probar, como suele decirse. Además, no es difícil encontrar familiares o amigos que ya se fueron, dispuestos a dar una mano al que recién llega.

Pero la pregunta es ¿por qué este país no logra retener a su gente? No me convence la explicación de un funcionario del Ministerio de RREE: es un problema estructural. ¿Acaso lo estructural es un destino inevitable? Las explicaciones vagas no aclaran mucho.

 

Cada uno que se marcha habla de sus expectativas o de la familia y de las ganas de probar suerte. Pero en el fondo se puede entrever una realidad compleja donde lo que está en juego es que este país no brinda campos para experimentar y horizontes para soñar a largo plazo. La sensación que tienen muchos es que el país no genera lazos fuertes en sus hijos. Se los ve partir sin reaccionar para revertir una tendencia que en el 2007 cerró con 16.603 compatriotas que emigraron.

 

Tomás Linn en la columna en Búsqueda del 17 de enero, opina que hemos mitificado símbolos pero no hay fe en los uruguayos concretos, que no se trabaja para construir una nación nueva y que lo que más sentimos es nostalgia, en lugar de mirar hacia el futuro.

¿Este país es pequeño o petiso? Se lo pregunta Hugo Achugar y trae como ejemplo las descripciones de Benedetti en las que predomina el estrecho espacio de la oficina urbana capitalina, con sus rutinas grises. Piensen en La Tregua, donde sólo el amor a una mujer logra romper, aunque brevemente, esa monotonía.

 

Otra razón más lejana en la historia, según Linn, es que en este país el Estado se hizo muy grande y la gente quedó sin proyectos propios; el Estado resolvía por cada uno y el espíritu pionero de quien arriesga para mejorar su vida y apuesta con visión de futuro, quedó anestesiado. «Al no airearse, el país pequeño se hace tribu, clan, barra, patota, mafia» dice Achugar.

 

Muchos buscan la identidad del país, preguntándose si es el mate o las alpargatas, el asado o el dulce de leche, y hasta se arman ruedas de uruguayos en el extranjero que por internet rezuman sentimientos de un país de la nostalgia.

 

Pero como esas «razones» no afincan a nadie a un pago, ni invitan a un compromiso, una tarea o un proyecto, mucha gente se sigue marchando del país, murmurando quizás en sueños, retazos de «!Adiós, pampa mía...!»: «Adiós caminos que he recorrido. Si no volvemos a vernos, tierra querida, quiero que sepas que al irme dejo la vida». Y cada vez que vuelven al pago es como si entraran a un museo. En el fondo reflejan un desinterés, una distancia.

 

Emigrar es un derecho que nadie pone en duda, pero que sin embargo, en un país que necesita gente, niños para llenar aulas y parques, hogares para albergar familias, jóvenes para abrir futuros, la emigración representa una sangría que deja escapar energías, ideas, gritos y esperanzas.

 

Columna publicada el viernes 2 de febrero de 2008 en Diario Cambio