COLUMNAS
DE OPINIÓNMons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto DIARIO Cambio Salto 2008 |
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JUAN PABLO II EN SALTO |
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BENEDICTO XVI EN ESTADOS UNIDOS
Tocó el corazón de un pueblo Mons. Pablo Galimberti Columna en Diario Cambio del 25 de abril de 2008 |
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EDUCAR: REAVIVAR
UNA PASIÓN Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti Diario Cambio, viernes 18 de abril |
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¿DÓNDE ESTÁ DIOS CUANDO MUEREN LOS
INOCENTES?
Diario Cambio el 4/4/2008 - Mons. Pablo Galimberti. |
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RESURRECCIÓN,
INMORTALIDAD O NADA
Diario Cambio el 28/3/2008 Opina Mons. Pablo Galimberti. |
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SEMANA SANTA Y SUS CONTRASTES Mons. Pablo Galimberti. Columna publicada en Diario Cambio el 14/3/2008 |
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MIEDO Y SERENIDAD, LAS DOS CARAS DE LA MUERTE Mons. Pablo Galimberti. Columna publicada en el Diario Cambio el 7/3/2008 |
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VALORES DE ACTITUD Mons. Pablo Galimberti. Columna Publicada en diario Cambio, el viernes 29 de febrero de 2008 |
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Sabiduría del corazón Diario Cambio el 15/2/2008 |
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¿POR QUÉ SE VAN LOS URUGUAYOS? Columna publicada el viernes 2 de febrero de 2008 en Diario Cambio |
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JUAN PABLO II EN SALTO Diario Cambio, viernes 9 de mayo de 2008
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EDUCAR:
REAVIVAR UNA PASIÓN |
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¿DÓNDE ESTÁ DIOS CUANDO MUEREN LOS INOCENTES? Diario Cambio el 4/4/2008 Mons. Pablo Galimberti. El Domingo pasado la explanada de la Capilla Fátima, en Salto, desbordaba de gente. Dos personas de la comunidad descubrieron el cuadro de un joven artista salteño, copia de una imagen de Jesús Misericordioso pintada por primera vez en Polonia por el año 1930. La paleta del artista trasladó a la tela una frase del Evangelio de S. Juan; allí se lee que un soldado romano, al ver que Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. Los ojos creyentes han interpretado esas últimas gotas que brotaron del costado de Cristo el simbolo de un amor misericordioso, que perdona a quienes lo crucifican y como río sigue lavando heridas y miserias y comunicando vida, simbolizada por la sangre. Ustedes se preguntarán cómo llegó hasta nosotros esa imagen. Entre las dos guerras mundiales del siglo XX, el nazismo sembraba miedo y terror en toda Europa. En este clima, una religiosa, Sor Faustina, cocinera en un convento de Polonia tuvo la inspiración providencial que Dios tenía un mensaje. Al difundirse se vio que respondía a una pregunta candente que mucha gente se hace: ¿dónde está Dios cuando mueren inocentes y las injusticias se multiplican? Mientras Hitler encendía odios, rompía pactos y pisoteaba valores básicos de la convivencia, esta mujer anotó en su diario lo que Jesús le dijo: «La humanidad no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la misericordia divina». El mundo necesitaba algo más que justicia, para establecer acuerdos de reciprocidad. Creer que esto es posible en medio del odio significa creer en la misesricordia, con la cual se borran las heridas y se empieza de nuevo. Para muchos, «misericordia» puede parecer un sentimiento privado,
sin embargo, bien comprendida, es el concepto más revolucionario y
más «político» que se pueda imaginar. Misericordia es el rasgo que
más une al Dios de los judíos y cristianos, al Dios del Islam y al
Dios, o mejor, a la religión de los budistas. Por lo tanto es una
fuerza que se presta para fomentar una paz estable en el mundo. El
Dios bíblico se presenta a Moisés con las palabras «El Señor es
misericordioso y compasivo, lento a la ira y rico en amor y
fidelidad» (Exodo 34,6). El Papa Juan Pablo II, conocedor de los
estragos totalitarios, escribe en sus memorias que una de las
experiencias fuertes que se llevó de Polonia fue la de la
misericordia; lo cual explica el título de su segunda Encíclica:
Dios «rico de misericordia», sobre el Dios de la Biblia. |
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RESURRECCIÓN, INMORTALIDAD O NADA
Diario Cambio el 28/3/2008 Opina Mons. Pablo Galimberti.
Quiero hablar de la Pascua, que la Iglesia sigue viviendo en clima de gozo durante cincuenta días. Pero preguntándome qué relación hay entre la Pascua de Jesucristo, con la muerte y el más allá de cada uno de nosotros.
Aunque la muerte es un fin ineludible, un deseo persistente nos dice que la vida de una persona no puede explicarse como simple absurdo y que no puede aniquilarse, así nomás, el día que cerramos los ojos a este mundo. Muchas veces me ha tocado ir al cementerio a rezar por difuntos en la hora de su despedida. Son momentos tristes; pero he visto en los rostros silencios vacíos y silencios llenos de esperanza. Las palabras se me ahogaban en la garganta cuando me tocó dirigir las oraciones, llenas de consuelo y esperanza cristiana, el día que junto a mis hemanos, familiares y amigos, despedíamos a nuestros propios padres.
La misma palabra «cementerio» proviene de un término griego que significa «cuarto de dormir» y del verbo correspondiente «acostarse». Me gusta recordar esta palabra de nuestra lengua, con resonancias consoladoras, porque si alguien está durmiendo, seguramente volverá a despertar. Algo muy diferente resuena en la palabra necrópolis, «ciudad de los muertos». Aquí está precisamente el núcleo fundamental del cristianismo que estamos celebrando en la Pascua. Muchas veces para hablar de resurrección se recurre al término despertar. Es alentador pensar que morir es dormirse y que vamos a despertar. Y la gran certeza es que efectivamente Jesús de Nazaret ya despertó con gloria y poder, para siempre.
Pero hay maneras muy diferentes de sobrevivir. Para unos sobrevivir significa quedar en el recuerdo de familiares, amigos o seguidores; o en las obras que llevan el nombre de quien las plasmó. Para otros, como el hinduismo, sobrevivir significa que después de la muerte, el alma pasaría a otro cuerpo humano, o a un animal o vegetal, perdiendo obviamente la identidad y personalidad que se tuvo en este mundo.
Para los cristianos la sobrevivencia toma una forma muy concreta. Es así que en el Credo (enunciado de las verdades fundamentales de la Fe cristiana) afirmamos que lo más bajo y corruptible de nuestra vida está destinado a revestirse un día de gloria. Sí, es sorprendente afirmar: «Creo en la resurrección de la carne». El término «carne» indica al ser humano en su condición de debilidad y mortalidad. Esta «resurrección» significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros cuerpos mortales volverán a tener vida. Esto es un elemento esencial de la fe y de la esperanza cristiana. A tal punto que San Pablo afirma de manera contundente que si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó; y si no resucitó Cristo, la predicación como la fe no tienen sentido.
Durante la Pascua los cristianos recuerdan el testimonio valiente de los apóstoles sobre Jesús, el Crucificado, a quien Dios, su Padre, arrancó del del poder de la muerte. Y concluyen exhortando a creer en el Señorío de Jesús, el Cristo o Mesías, para alcanzar así vida reconciliada, para siempre. El cuerpo de Jesús llegó a la meta, donde no hay llanto, dolor, lágrimas, injusticias ni ausencias. Por el mismo rumbo nuestra condición humana encuentra su último destino, no de aniquilación sino de plenitud, de amor y verdad.
La idea de resurrección que encontramos en la Biblia no se puede comparar con la idea griega de inmortalidad. Según esta, nuestra alma, incorruptible por naturaleza, entra en la inmortalidad divina después que la muerte la ha separado de los lazos del cuerpo. Los cultos del antiguo Oriente, basados en los ciclos de la naturaleza, asignaban un lugar importante al mito del Dios muerto y resucitado, proyección dramática de una experiencia humana común: el resurgir primaveral de la vida después del sueño invernal. Osiris en Egipto, Baal en Mesopotamia, eran dioses de este tipo. Su drama, acaecido en el tiempo primordial («en el principio»), se repetía en un eterno retorno.
Creían que al representar ese drama obtenían cierta eficacia, importante. |
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SEMANA SANTA Y SUS
CONTRASTES Mons. Pablo Galimberti. Columna publicada en Diario Cambio el 14/3/2008 Por un lado muerte, crueldad y tortura. Por otro desconcierto y cautela. Una tumba vacía que hay que explicar. Y las apariciones de Jesús Resucitado que muestra cicatrices de clavos y su costado abierto por la lanza: miren, toquen, salgan del miedo, soy yo, el que fui crucificado! La pasión de Cristo es un resumen de la humanidad con sus vicios y virtudes. En Judas está el resentimiento, los celos, la avaricia. En Caifás la soberbia, el odio. En Pilato la cobardía, las indecisiones del que no se juega por la verdad y prefiere adular los poderes de turno. En Herodes la frivolidad y el cinismo. En la multidud la versatilidad, el vaivén entre pan y circo y la masificación donde se pierde la libertad de pensar y decidir con autonomía. Entre todos trenzan un proceso oscuro. Cada uno lucha por sus propios intereses y trata de salvar lo mejor posible las apariencia y mantenerse dentro de la legalidad. Todos intentan cargar sobre otras espaldas la responsabilidad de la decisión final. Más que a un proceso se asiste a un juego de muerte en el que religión, economía, política, intereses creados, inmovilismos mentales y odios atávicos se juntan. En medio de todos está Jesús, que molesta a todos porque está desarmado, es el cordero, el que anuncia un reino que no es el de ninguno de ellos, de ese montón de mediocres que sueñan con un reino pero no tienen capacidad para entender el que les ofrece Jesús. Luchan como perros por defender sus carroñas, rechazan la perla preciosa que se les ofrece y asesinan a quien se las trae. Jesús camina libre y dolorosamente. Da la vida hasta el final, gota a gota, dando cumplimiento a una voluntad suprema y a una lógica de amor y obediencia radical a su Padre. Esa lógica o pasión interna escapa a cualquier intento de explicación. Escribe un teólogo español: «Hoy hemos hecho de la cruz un símbolo religioso o, todavía peor, una alhaja, y así nos hemos tejido un caparazón contra lo que este hecho tiene de inaudito y de provocativo; quizás no iría mal que, durante una temporada, nos representásemos la cruz de Jesús como una horca, un garrote vil o una silla eléctrica; sólo así podríamos tener acceso al escándalo de su muerte». Por otro lado, la otra cara del drama es lo ocurrido
en la madrugada del día Domingo, que para los judíos era el primer
día de la semana. |
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MIEDO Y SERENIDAD, LAS DOS CARAS DE LA MUERTE
Mons. Pablo Galimberti.
Columna publicada en el Diario Cambio el 7/3/2008
Una Doctora me preguntó cómo podía ayudar a morir a enfermos terminales. Es probable que a todos, tarde o temprano, nos toque estar cerca de no amigos cuyo desenlace sea previsible en breve tiempo.
Quizás escuchemos preguntas, expresadas con la mirada más que con palabras, que adivinamos y atinamos a responder. Infundir esperanza no pasa por ofrecer al enfermo explicaciones pormeno-rizadas de lo que le está sucediendo o de las terapias que le aplican. Hay diálogos mentirosos, con buena intención pero que dan pie a que el enfermo eluda el suceso irrepetible de la muerte. No faltan palabras huecas: te vas a mejorar y vamos a festejar con un asado, escuché decirle una vez a un enfermo en sus últimos días. Suenan por el estilo los informes médicos indescifrables, al cabo de los cuales salta la congoja: ¿va a mejorar?
Conozco dos actitudes. Están los que dicen cuando alguien ha muerto, «menos mal que no se dio cuenta; pasó de un sueño al otro». Y están los otros que prefieren la actitud de un médico que me dijo, «cuando nací no me di cuenta ni me consultaron; cuando me vaya, ¡quiero darme cuenta!» No se qué prefieren ustedes.
Francisco de Asís le cambió la cara tenebrosa a la muerte, según refleja el Cántico al Hermano Sol: «Alabado seas mi Señor, por nuestra hermana Muerte corporal, de la cual ningún viviente puede escapar: ay de aquellos que mueran en pecado mortal; felices aquellos que encuentre en tu santísima voluntad; la muerte segunda no les hará mal.» Y solía decir: «Ben venga mia sorella morte!» El apunta, en el caso de un creyente, a que la serenidad ante la muerte sea el fruto de un momento de reconciliación o de perdón, porque muchas veces «el pasado nos condena», en la realidad o en los pensamientos. Son «deudas» que no se pagaron: afectos, descuidos, rencores profundos, cobardías. Son heridas que requieren alivio, traducirlas en palabras.
Me viene a la memoria el estupendo ejemplo de Sócrates, que enfrenta la muerte con serenidad, aún siendo injusta. Su amigo Critón lo visita en el calabozo pretendiendo inducirlo a la fuga. Sócrates está solo consigo mismo y con su conciencia, a la cual no quiere traicionar. Esta lo sitúa en un nivel de responsabilidad, distante de los tironeos de su amigo. Finalmente, Sócrates hará lo que ha hecho toda su vida, seguir lo absoluto del deber moral. Una vez más, se muere como se vive. O dicho de otro modo: a morir hay que prepararse cada día, en todas las elecciones del propio vivir.
Es frecuente medir la vida por la cantidad de años. Esto dificulta que podamos ayudar a dar sentido a una persona joven o de mediana edad. No es la duración de una vida humana lo que determina si tiene o no sentido. No juzgamos el valor de una biografía por su extensión sino por la riqueza de su contenido. Son muchas las sinfonías «incompletas» que figuran entre las más bellas.
Uno de los derechos del enfermo es el de no sufrir un dolor físico innecesario. El médico ofrece la analgesia; y frente a la angustia moral hay que ofrecer consuelo y esperanza. La medicina paliativa es una forma civilizada de entender y atender a los pacientes terminales, opuesta a la obstinación terapéutica y la eutanasia. Hay un viejo aforismo que condensa esta nueva actitud: si no puedes curar, alivia; y si no puedes aliviar, por lo menos consuela.
Hay gente que pretende «superar» la muerte, eternizándose, disimulando achaques y arrugas. Si le encontramos sentido a lo que hacemos, no importa la duración, corta o larga. Lo bueno es ser antorchas que alumbran; poco o nada vale irse pasando una antorcha apagada. Lo que ha de alumbrar tiene que arder, dice un poeta. O sea, tiene que consumirse y sufrir.
A un enfermo que presiente su final podemos ayudarle a descubrir esas cosas «únicas» que son «su» vida, hijo de tales padres, con tales oportunidades y limites. Esa es su historia, única, entretejida en una muchedumbre de vínculos. Forjada a partir de un llamado que como chispa alumbró en la conciencia y creció con responsabilidad en medio de fragilidades. Cada día brillan chispas que alumbran el camino; son renglones sueltos que forman el libro de la vida, conservado en la memoria del Creador.
Ayudar a recordarlo es parte del acompañamiento a quien se prepara para el gran «salto». |
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Mons. Pablo Galimberti.
Hace pocos días una
periodista, en el curso de una entrevista telefónica que salía al
aire, me preguntó: ¿no cree que un cura casado puede aconsejar mejor
a los esposos y las familias, que hoy atraviesan tantos problemas?
Mientras me esforzaba por responder, me vino a la mente la película «Pena de muerte». En ella el director, Tim Robbins muestra la vida de un condenado a muerte, interpretado por Sean Penn, que hace un papel memorable, sabiendo transmitir todo el odio que siente este personaje, condenado a morir por el asesinato de dos adolescentes.
En esa soledad tortuosa
aparece un personaje admirable, capaz de penetrar en el laberinto
oscuro del condenado. No es ningún presidiario, ningún condenado a
muerte, ningún asesino absuelto. Quien se atreve a estar cerca de
este hombre es una mujer, una religiosa, la Hermana Helen,
interpretada por Susan Sarandon.
Lo que más sirve para
acompañar a otro, incluso en las situaciones más opuestas a uno, es
la capacidad de empatía, o sea, de un involucramiento o sintonía no
sólo intelectual sino también emocional con el otro. Ni la distancia
fría ni el enredo afectivo que borra las necesarias diferencias.
Predomina la escucha, el oído de alguien decidida a perder tiempo
pues sabe que ese condenado necesita ver una luz al ingresar al
túnel de la muerte.
Todos sufren en esta
historia. Nadie puede juzgar a la gente sin conocer los motivos por
los cuales un ser humano puede llegar a ese abismo. La película
también muestra la ira que sienten los padres de las víctimas hacia
el condenado y lo destrozados que están por la trágica y sangrienta
ausencia de sus hijos. Además la película muestra que el condenado
es también hijo de una madre que sufre horrores viendo a su hijo,
sin poder hacer nada para salvarlo. ¿Qué papel puede jugar la hermana Helen en ese escenario? Vean que no se necesita estar en la misma situación de proximidad a la muerte, para poder prestar un valioso apoyo a este hombre. Es que todas las acciones y gestos humanos tienen un doble aspecto: volvamos al joven aviador que tiene miedo a subir a un avión.
Yo no le puedo enseñar
cómo se pilotea un avión. Son destrezas y habilidades con las cuales
él se ha familiarizado durante varios años. Sin embargo, en todas
las situaciones humanas hay un factor anímico, psicológico y
espiritual, tan decisivo como el anterior. Son los «valores de
actitud» como los llamaba Viktor Frankl tan acertadamente, que nada
tienen que ver con el «modus operandi» de un piloto o de una
embarazada o de un condenado a muerte en sus últimas horas. Hay
valores que todos podemos y debemos asumir en la vida y hay personas
capaces de escuchar y despertar tales actitudes. Para unos será un
salto de fe, para otros un mero salto psicológico. Cada uno elige
donde quiere estar. Ese componente anímico es como un empujón cordial, alentador, que anima, que acompaña, que consuela y cura heridas cuando nada se puede hacer ni cambiar. Esos resortes secretos tienen un valor, aunque para una mirada superficial y pragmática parezcan irrelevantes. Cuánto valor tiene para un hijo la mirada de una madre, esas pocas palabras que brotan más de sus ojos que de sus labios. Salíamos reconfortados a dar un examen sobre una materia que probablemente nuestra madre no entendía. Ante las actuales dificultades educativas, hay propuestas que hablan de la pedagogía del corazón, donde el acento se pone más en el esfuerzo por escuchar y la generosidad para establecer lazos de amistad y compañía que en las recetas técnicas, elaboradas en un laboratorio, pero quizás sin la empatía capaz de convencer.
El personaje de Susan Sarandon se dedica en cuerpo y alma para que el condenado logre la «paz espiritual», que conseguirá pidiendo perdón por todo el daño que ha causado a las familias de las víctimas y ayudándole a lo más difícil, que es enfrentar la muerte sin miedo. |
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Sabiduría del corazón Diario Cambio el 15/2/2008 Mons. Pablo Galimberti. Tarde serena del 11 de febrero, junto a la gruta de Lourdes en la avenida Rodó. En el amplio patio de las Misioneras de los pobres, hasta el ciprés invitaba a levantar los corazones, «como dedo vegetal mirando al cielo», diría Juana de Ibarbourou. Se festejaba la Virgen de Lourdes, vinculada a una historia que empezó hace 150 años, en un pueblito francés a la sombra de los Pirineos. Bernardita, adolescente de 14 años, dio testimonio de «apariciones» de la Virgen María. Analfabeta, perteneciente a una familia insignificante, de salud endeble, afectada por una incipiente tuberculosis, esta joven debió enfrentarse al comisario, al tribunal, la policía y a varias comisiones que intentaron por todos los medios hacerla caer en contradicciones o que se desdijera. En vano, el examen histórico de los interrogatorios suscita una produnda admiración. A los adversarios de la primera hora suceden los jueces eclesiásticos. La transparente sinceridad de la joven consigue la victoria ante todos los ataques. Es sorprendente la sabiduría del corazón que sostiene a Bernardita sin doblegarse frente a tanto acoso. La sociedad en que vivimos demanda títulos y múltiples ocupaciones, pero olvida con frecuencia la raíz, que consiste en captar la iniciativa divina y sus huellas presentes en el barro de la condición humana. La concurrencia que participó en la gruta de la ciudad de Salto se sintió reanimada. Algo parecido pude comprobar cuando visité la gruta en Francia con el Padre Popelka. Nos sumanos a los peregrinos, ancianos y jóvenes, enfermos y sanos, sintiendo el milagro cotidiano de Lourdes, cuando los ojos ven y el corazón intuye y oye una palabra que llega en el momento adecuado y deja una huella de certeza: Dios está en el corazón. Eso acontece cuando permitimos que una luz nueva entre por las grietas del alma. Algo de eso le ocurrió a un profesor de anatomía, Alexis Carrel, Premio Nobel en 1912, que tomó cuidadosas notas de lo que vio y que se conocen con el título «Peregrinación a Lourdes». Llegó escéptico y regresó impactado por lo que pudo verificar. Buscaba la fe y en su diario anotó: «Virgen dulce, bondadosa para todos los desgraciados que te invocan con humildad, mírame. Yo creo en ti. Tú has querido responder a mi duda con un milagro deslumbrante. Yo no lo se ver y aún dudo. Pero mi deseo más grande y la meta de todas mis aspiraciones es creer». En Lourdes hay pequeños milagros, que no se ven ni aparecen en los diarios o noticieros de la televisión. Se adivina en los rostros, igual a lo que ocurrió a muchos participantes aquí en Salto, que respiraron un aire de perdón y reencuentro. Al final de la Misa saludé a algunos enfermos. Uno de ellos con una sonrisa, aceptando su condición de necesitar muletas desde niño. Otro en silla de ruedas. Un rasgo de Lourdes es ver personas sanas ayudando a los enfermos. Seguramente porque el sano intuye que carga dolencias invisibles que también necesitan sanar. La gruta de la calle Rodó, con la imagen de la Virgen de Lourdes, fue levantada hace 20 años por gente entusiasta, que un día se decidió dar forma a la cantidad de piedras amontonadas. Participó la Hermana Yacira y Leonardo, con parálisis infantil desde niño, que sacaba fuerzas del corazón y se ingeniaba para manejar cuchara y mezcla, mientras que su hermano colocó las piedras del techo. Mientras las luces y colores de la tarde se apagaban, se veía gente con el corazón encendido. Algunos junto a la gruta, en un murmullo silencioso, otros en las típicas despedidas a la uruguaya. Escuché a quienes hacían planes para el próximo año. Sucede que estos lugares tienen un encanto especial. Son espacios gratuitos, no utilitarios o casi anónimos, como algunos que frecuentamos diariamente, en negocios, oficinas, vías de tránsito. El encuentro con una Madre común fomenta acercamiento. María es madre cercana y su mensaje es sencillo: «hagan lo que El les diga». Lo dijo en las bodas de Caná, cuando se acabó el vino y lo sigue diciendo hoy. La gruta de Lourdes guarda la figura de María. Ella siempre lleva a Jesucristo, que sana heridas y ofrece el arte de vivir, la sabiduría para el corazón |
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¿POR QUÉ SE VAN LOS URUGUAYOS? Opina Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto
¿Buscando un bienestar económico y una seguridad que no han encontrado aquí? Pero entonces, ¿será que nuestro país, para muchos de sus hijos, no ofrece un futuro esperanzador? Alguien me dijo: acá se corta la cabeza a los que sobresalen, una especie de envidia. Y me dio este ejemplo: a un sobrino que regresó al país con dinero, capacitación en refrigeración e ideas innovadoras, el patrón lo despidió al cabo de un año. ¿Motivos? Temía que le robara la clientela. Y el joven decidió volver a Suecia. ¿Sería tan revolucionario su estilo o muy esclerosado el patrón?
Por otro lado hoy se vive en un mundo donde las distancias se han acortado y resulta más fácil irse, al menos para probar, como suele decirse. Además, no es difícil encontrar familiares o amigos que ya se fueron, dispuestos a dar una mano al que recién llega. Pero la pregunta es ¿por qué este país no logra retener a su gente? No me convence la explicación de un funcionario del Ministerio de RREE: es un problema estructural. ¿Acaso lo estructural es un destino inevitable? Las explicaciones vagas no aclaran mucho.
Cada uno que se marcha habla de sus expectativas o de la familia y de las ganas de probar suerte. Pero en el fondo se puede entrever una realidad compleja donde lo que está en juego es que este país no brinda campos para experimentar y horizontes para soñar a largo plazo. La sensación que tienen muchos es que el país no genera lazos fuertes en sus hijos. Se los ve partir sin reaccionar para revertir una tendencia que en el 2007 cerró con 16.603 compatriotas que emigraron.
Tomás Linn en la columna en Búsqueda del 17 de enero, opina que hemos mitificado símbolos pero no hay fe en los uruguayos concretos, que no se trabaja para construir una nación nueva y que lo que más sentimos es nostalgia, en lugar de mirar hacia el futuro. ¿Este país es pequeño o petiso? Se lo pregunta Hugo Achugar y trae como ejemplo las descripciones de Benedetti en las que predomina el estrecho espacio de la oficina urbana capitalina, con sus rutinas grises. Piensen en La Tregua, donde sólo el amor a una mujer logra romper, aunque brevemente, esa monotonía.
Otra razón más lejana en la historia, según Linn, es que en este país el Estado se hizo muy grande y la gente quedó sin proyectos propios; el Estado resolvía por cada uno y el espíritu pionero de quien arriesga para mejorar su vida y apuesta con visión de futuro, quedó anestesiado. «Al no airearse, el país pequeño se hace tribu, clan, barra, patota, mafia» dice Achugar.
Muchos buscan la identidad del país, preguntándose si es el mate o las alpargatas, el asado o el dulce de leche, y hasta se arman ruedas de uruguayos en el extranjero que por internet rezuman sentimientos de un país de la nostalgia.
Pero como esas «razones» no afincan a nadie a un pago, ni invitan a un compromiso, una tarea o un proyecto, mucha gente se sigue marchando del país, murmurando quizás en sueños, retazos de «!Adiós, pampa mía...!»: «Adiós caminos que he recorrido. Si no volvemos a vernos, tierra querida, quiero que sepas que al irme dejo la vida». Y cada vez que vuelven al pago es como si entraran a un museo. En el fondo reflejan un desinterés, una distancia.
Emigrar es un derecho que nadie pone en duda, pero que sin embargo, en un país que necesita gente, niños para llenar aulas y parques, hogares para albergar familias, jóvenes para abrir futuros, la emigración representa una sangría que deja escapar energías, ideas, gritos y esperanzas.
Columna publicada el viernes 2 de febrero de 2008 en Diario Cambio |