Catequesis Cuaresmal
del Obispo de Canelones
Durante la Cuaresma el Obispo Diocesano, Mons. Alberto Sanguinetti, imparte catequesis los miércoles en diferentes Parroquias de su Diócesis. El pasado miércoles 16 el Pastor dedicó su catequesis al tema “Oración, tentación y combate cristiano”, en la Capilla San Francisco, de Lagomar.

Catequesis de Mons. Alberto
Sanguinetti, miércoles 16 de marzo,
en la Capilla San Francisco
(Lagomar)
En las catequesis de estos miércoles de Cuaresma, me ha parecido oportuno reflexionar sobre la oración. Cada miércoles tomaremos algún aspecto o dimensión de la oración, en general vinculado al pasaje evangélico del Domingo anterior.
Importancia de la oración
La oración es la acción más importante del hombre, no porque con ella modifique la voluntad de Dios, que le saque a Dios lo que no quiere. Por la oración el hombre vive la profundidad de su existencia, o vive intensamente su vida: en relación con Dios, metida en la totalidad de las relaciones que conforman la vida.
El ser humano que no reza su vida, al menos la tiene amputada de su origen y de su principio: Dios.
En una comparación muy lejana, sería parecido al padre de familia y esposo – o la madre y esposa – que hace todas las tareas de la casa, trabaja para llevar adelante el hogar, piensa en las necesidades, se alegra cuando las cosas salen bien, pero, pero, no dialoga con su mujer – o marido – y con sus hijos. En primer lugar no comparte, no vive lo principal de todas esas acciones que son con otros y para otros, no los escucha, etc.
Muchas más fundamental es la relación con Dios, con quien no sólo compartimos, sino de quien dependemos, cuya voluntad tenemos que procurar conocer, cuyo auxilio necesitamos.
La primera afirmación que podemos hacer es: no hay vida plena, sin oración, sin trato con Dios. Mucho más se ve esto en la situación de los cristianos, a quienes Dios se nos da a conocer antes que nosotros hablemos, a quienes ha llamado a su intimidad por medio de Jesucristo, poniendo el Espíritu Santo en nuestros corazones.
Sin oración tenemos una vida virtual. Es como la televisión: nos relacionamos con imágenes, pero no con personas.
La oración es lo que liga vitalmente al cristiano con el Padre, con el Maestro, con el dulce huésped del alma.
Por eso, todas las Sagradas Escrituras, que son palabra de Dios para nosotros, nos exhortan a rezar, desde los profetas y salmos hasta los apóstoles. Jesús dedica muchas enseñanzas a la oración. Él mismo oró mucho, con frecuencia, largo, y en todos los momentos.
De modo que reafirmamos que es necesaria la oración para la vida cristiana y es necesaria una oración frecuente y relativamente larga.
2. Ejemplo de plan de oración.
Sin querer absolutizar para todos, pero para tener un cierto cuadro, una balanza en la que pesar algo nuestra vida de oración, además de la oración en toda circunstancia a lo largo del día, todo cristiano debe rezar al menos media hora diaria. ¡Pah! ¡es mucho! ¡en la vida moderna no hay ese tiempo libré!
Lo que se quiera, habrá que cambiar otras cosas, pero es así. Como necesitamos tiempo para comer y para la higiene y para vestirnos, necesitamos media hora de oración, aunque de modo repartido.
Es necesario rezar 5 a 10 minutos en la mañana. Para que no empecemos el día como robots, sino como hijos ligados con el Padre, en sus manos, pidiendo el auxilio de Jesucristo, ofreciéndole el día. Debe haber otros 5 a 10 minutos al terminar el día, para revisar lo que hicimos, para dar gracias, pedir perdón, profundizar en la voluntad de Dios para con nosotros. Estos dos tiempos equivalen a Laudes y Vísperas, la oración de la Iglesia de comenzar y terminar la jornada. Podemos ir aprendiendo a hacerlo.
Y además de esos dos momentos, o unido a alguno de ellos, debe hacer siempre un rato -10 o 15 minutos- para escuchar a Dios en su Palabra. Es Dios que nos habla, quien nos da la fe, quien nos va iluminando, quien nos va proponiendo entrar en el conocimiento y la amistad con él.
Por supuesto, cada uno puede llegar a esto, de una u otra forma. También habrá días en que algo se abrevie y otros en que la oración pueda prolongarse.
De todas formas, la revolución cristiana en este mundo sin silencio, sin interioridad, lleno de vida pensada y no vivida, es la oración frecuente, prolongada, fiel, perseverante, humilde, como la enseñó el Señor y la enseña la Iglesia. VOLVÁMONOS A CRISTO Y A
SU IGLESIA, EN EL CAMINO DE LA ORACIÓN.
3. Oración y combate
La vida de oración es también un combate. La oración antes que nada es un humilde ejercicio, un mantenerse en la presencia de Dios, ocupándonos de sus cosas, de sus intereses.
El Domingo pasado escuchamos que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado, para ser probado. Jesús oró y ayunó cuarenta días y cuarenta noches: estos números no nos indican un calendario, sino una prolongada, fuerte y total entrega a estar cara a cara con el Padre, desprendido de todo.
Así Jesús nos enseña – y nos ayuda – a mantenernos en la oración. El primer combate del cristiano es el de mantenerse en la oración. La tentación más sutil y más eficaz por parte del demonio es la de ir abandonando la oración o reduciéndola a un mínimo que la hace casi insignificante en nuestra vida.
Con frecuencia la estrategia del enemigo es distraernos con otras cosas, que nos roban el tiempo, hacernos pesada la carga de ponernos a rezar, sacarnos interés en escuchar al Señor en su palabra, poner como más importantes nuestros intereses que el buscar conocer al Padre y su voluntad.
El cristiano, como buen estratega, guiado por la palabra de Dios, debe saber que el primer combate a vencer es el de permanecer en la oración sin desfallecer, sin abandonar.
Cuando tiene menos ganas, entonces rece más, quédese más tiempo: cuarenta días y cuarenta noches, se asiduo en la oración.
Si ha abandonado la oración diaria y prolongada, si sus músculos espirituales están tan débiles que toda oración le parece larga, si como el enfermo ha perdido el apetito para orar, es necesario VOLVERSE A CRISTO Y A SU IGLESIA. Antes que nada hay que creerles al Señor y a la Iglesia, que lo más importante en su vida es la oración. Y hay que empezar una terapia espiritual para recobrar o hacer crecer la oración. Al comienzo con pequeñas píldoras en distintas horas del día, tomando algunos salmos, escuchando la exhortación del Señor, que nos inculca que es preciso orar siempre sin desfallecer (cf. Lc.18,1)
4. El combate de la oración y las tentaciones contra la fe y la oración cristiana.
El tentador astuto quiere separarnos de Dios, a quien nos une la oración, y lo hace con diferentes propuestas, como lo escuchamos en el Evangelio de las tentaciones de Jesús.
a) Jesús tuvo hambre, es natural tener hambre, luego de ayunar. Los seres humanos tenemos muchas necesidades, como seres carentes que somos. Hambre físico, sed, pero también hambre de cariño, de afecto, de sentir, de descansar. Por supuesto que está bien que procuremos saciar normalmente esa hambre, y que trabajemos para ello.
Pero, sea por el deseo, sea por la desesperación de la necesidad, se vuelven prueba a nuestra confianza en Dios, a nuestra fe. Entonces también está bien que le pidamos a Dios lo que necesitamos. Nos lo enseñó el Señor al decirnos que pidamos el pan de cada día. Hasta aquí nos mantenemos en el camino de la fe y de la oración.
Sin embargo, la prueba en que nos pone el Señor, para que crezca nuestra escucha de la palabra, nuestra oración, en último término nuestra fe y nuestro abandono en él, se vuelve tentación del Maligno, cuando queremos anteponer nuestra voluntad a saciar esa hambre a el cumplimiento de la voluntad del Padre.
Es un bien saciar esa hambre, calmar nuestros apetitos, atender nuestras necesidades, pero no es el bien superior, no es la razón de nuestro existir, no es la finalidad de nuestra relación con Dios. Aquí entra la distorsión de la mente y de la voluntad, del afecto.
Por eso, en el combate de la oración, hemos de pedir todo lo que necesitamos, pero hemos sobre todo de buscar la voluntad de Dios y recibir de manos del Padre también el mal físico o la necesidad. El Maestro de la Verdad nos enseñó a pedir el pan de cada día, pero también antepuso: hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Él mismo pidió que pasara el cáliz del sufrimiento, pero que no se hiciera su voluntad propia sino la del Padre.
Así rezó Jesús, así rezaron los santos, así oraron los mártires, así tenemos que rezar nosotros, porque no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
La salud es un bien, las cosas materiales son buenas, el placer es un bien, pero no son el bien: éste consiste en estar ligados, unidos, en comunión con Dios por el cumplimiento de su voluntad.
Y nos es necesaria la oración para encontrar la voluntad de Dios, para mantener la cabeza iluminada y no ofuscarnos por nuestra hambre y nuestro deseo, para mantener la voluntad firme en la palabra del Señor. Este combate se libra en la oración y se gana en ella.
En cierta manera, esta tentación va contra el camino de las bienaventuranzas: bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Que nada se anteponga a Dios, a buscar a Dios, a esperar de Dios. Los pobres de Yavé, eran los que querían llenarse de Dios, y aceptaban hasta la pobreza en diferentes formas, con tal de ser de Dios y poseer a Dios.
Con la oración del Señor, pedimos ‘danos hoy nuestro pan de cada día’ y también ‘no nos dejes caer en la tentación’.
b) Tramposa tentación la segunda que se le presenta a Jesús: hacer un gran milagro, que llame la atención de la gente y les impresione para aceptar a Jesús, como un gran rey maravilloso.
La invitación a Jesús es a que se tire de lo alto del templo, porque Dios, su Padre, tendrá que enviarle los ángeles, para sostenerlo y manifestar su gloria. Jesús llama a esto: tentar a Dios, poner a prueba a Dios, como decirle: tú que eres mi Dios, tienes que hacer esto. Yo creo en ti, tú demuéstrame que estás de mi lado y puedes.
Es, pues, una prueba para el creyente. Una prueba que entra en la oración del creyente, exigiéndole a Dios que responda, que dé pruebas de que él está ahí y cumple sus deberes de Dios.
Ya en el desierto el pueblo, en la prueba, había preguntado está o no Dios con nosotros.
No pensemos que es una forma extraña esta perturbación de la oración. Es más que frecuente abandonar el combate de la fe, decepcionados de que Dios no responda a nuestras exigencias, a nuestros deseos, a nuestras esperanzas.
En cierta manera, esta tentación va contra el camino de las bienaventuranzas: bienaventurados los que padecen persecución, son burlados por el Reino de los cielos, por el Reino de Dios y su justicia.
Con la oración dominical, pedimos ‘hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’. No queremos tentar al Señor, queriendo que se rija por nuestras pretensiones, sino que él nos ayude a hacer su voluntad,
c) La tercera tentación es la de adorar al Demonio, por el afán de poder. El poder puede ser de muchas formas: éxito, placer, dominio, dinero; también poder sobre las personas, vanidad, orgullo, soberbia.
El ser humano no siempre acepta que del Señor es reinar. Él nos ha colocado como lugartenientes suyos en la creación. Dios no tiene envidia del hombre, y todo lo comparte con sus hijos. Pero siempre el hombre está situado, tiene un dominio recibido y ordenado según la voluntad de Dios.
Por eso, la tentación es de adquirir un dominio por propia cuenta, querer alcanzar una libertad sólo sujeta a la propia voluntad. En último término es una adoración de las fuerzas, de las potencias.
Por eso, Jesús, dice: al Señor sólo adorarás. Adorar es entregar a la fuerza suprema. No sólo de forma verbal, sino con elección de la voluntad.
Por eso los paganos adoraban a las fuerzas de la naturaleza, el sol, la luna, pero también a las fuerzas pasionales, el amor, el odio, las furias, y también a una multitud de seres demoníacos. Así temían y querían que les fueran propicios esos falsos dioses, pero tenidos por reales por ellos.
Hoy vuelve la idolatría de muchas formas, aunque parezca solapada, a veces con argumentos pseudocientíficos. Por ejemplo, el atender el horóscopo es suponer que dependemos de los astros: las razones pseudocientíficas que se dan son falsa. También el destino, como un poder ciego. Se vuelve al politeísmo en las religiones sincretistas como Umbanda. Se quiere volver al culto de la Tierra, como si fuera una personalidad divina.
Pero muchas veces, de forma solapada, se adora el propio yo, la propia voluntad, el dinero. Fíjense que se justifica como válido, cualquier cosa que dé dinero. Por ejemplo cada vez más los Estados –los ricos y los pobres – explotan formas de juego, para obtener ganancias. Se sabe cómo empobrece a las personas, se sabe cuántas personas están enfermas de ludopatías, pero de todas formas como da dinero, aumentan más y más las formas de juego y se hace a los pueblos adoradores de la fortuna.
La oración nos debe llevar a adorar al Dios único. Adorar es reconocerlo vitalmente como Señor de nuestras personas y de nuestras vidas. Es querer que El reine y se adueñe de nosotros. El acto de adoración es un acto del entendimiento, de la razón, por la que reconocemos a Dios como Señor, verdad, amor de la existencia. Y es un acto de la voluntad, por la que nos entregamos a Él y queremos ser libres de toda sujeción que no sea él. MI DIOS Y MI TODO.
Como somos temporales, nos es necesario renovar y repetir el acto de adoración a Dios. Es la acción suprema del hombre. Es el sentido de nuestra vida. Continuamente tenemos que pedir al Señor que nos libere de los ídolos que nos forjamos, de toda forma de idolatría y sujeción a la vaciedad, de toda búsqueda de poder autónomo de él.
Es este un gran combate. Sea por el temor. Así cuando tienen alguna dificultad grave, las personas, con frecuencia, buscan cualquier superchería, van a los adivinos, pagan porque los salven. O dejan de confiar en Dios y se apartan de él. Sea por la ambición, por alcanzar el poder que no tenemos o mantenernos en él, vendemos el alma al pecado.
Hay los que abandonan la oración cristiana, la que está fundada en Jesucristo, y es obra del Espíritu Santo, la que nos enseña la Iglesia, según la tradición de los santos, para buscar una meditación en el vacío, cuyo centro somos nosotros mismos, y no la adoración del Padre. La escuela de la oración es la Santa Iglesia, cuya oración nace de la Palabra de Dios, participa de la misma oración de Jesucristo, y es llevada por el Espíritu Santo.
Por eso, la oración cristiana tiene su culminación en la adoración de Padre, reconociéndolo como principio y fin de todo, queriendo que él sea glorificado y reconocido, temido y amado. Sólo adoramos y damos culto al Padre, junto con su Hijo Unigénito y consubstancial con él, en la unidad del Espíritu Santo.
Es la oración de los santos, de los pobres de Yavé, cuya finalidad no es ni siquiera la propia salvación – aunque la espera y la pide – sino que Dios sea glorificado. Corresponde esta oración a la primera intención de la oración del Señor: ‘santificado sea tu nombre’. Es ésta la primera y fundante petición: que el nombre del Padre sea santificado, bendecido. Lo expresamos en el Gloria de la Misa: ‘te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias por tu inmensa gloria”.
Por eso, para vencer toda tentación, y para crecer en la verdadera oración, VOLVÁMONOS A CRISTO Y A SU IGLESIA, para por Él, con Él y en Él, en la orar al Padre, unidad del Espíritu Santo en la Santa Iglesia.
5. La oración del cristiano en la oración de la Iglesia
El camino de la oración del cristiano es personal, también personalmente es tentado y cada uno ha de salir vencedor. Pero no es individual, no es una gimnasia de autoayuda, es siempre en Cristo, nuestro Rey vencedor, por la acción del Espíritu Santo, según la gracia del Padre. Es obra de Dios en nosotros y con nosotros.
También la oración del cristiano es en la Iglesia y con la Iglesia. La Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo, templo del Espíritu, pueblo de Dios, es la que Jesús ha unido a su propia oración, de forma que Él ora con ella y por ella, y ella ora por Él, con Él y en Él.
Es la Iglesia la que lleva adelante el combate de la oración. Es la Iglesia la que es perseverante en la oración sin desfallecer, aún cuando muchos de sus miembros abandonen la oración. Es la Iglesia que, en y por sus miembros, ora siempre y en todo lugar, de oriente a occidente, de la mañana a la noche, en todas las lenguas, en todas las edades. Por eso, del misterio de la oración de Cristo participa plenamente la Iglesia toda.
Es la Iglesia la que entra en la aridez del desierto, en la soledad. El mundo se burla de ella, desconfía de su confianza en Dios, pide milagros para creer, se levanta sobre su propio poder desafiando a la Iglesia que sólo se fía del poder de Dios y lo proclama en el Evangelio y los sacramentos.
Es la Iglesia la que continuamente es tentada, en la triple tentación de Cristo, especialmente tentada a abandonar la oración, a no centrarse en algo que no sea su Señor. Y la Iglesia vencer al tentador astuto, por el poder salvador de Cristo, que está siempre con ella todos los días hasta el fin del mundo. Vence por el poder de la oración, porque cuando ella está reunida en oración está Jesús en medio de ella.
Por eso, la oración del cristiano es en la Iglesia, con la Iglesia y por la Iglesia. Por supuesto que debemos orar también personalmente, pero siempre en unión con Cristo y con su Iglesia.
La Iglesia lleva adelante su camino de oración y libra el combate de la oración, por la oración de todos sus miembros, pero de un modo principal por la oración eclesial por excelencia: la oración litúrgica.
Señalemos la Liturgia de la Horas, u Oficio divino, que es la oración por la cual la Iglesia no cesa de rezar al Padre, cuyo gozne son Laudes y Vísperas. Es la oración de todo el pueblo de Dios, de todos los bautizados.
En el proyecto renovador del Concilio Vaticano II está expresamente señalado que se enseñe e introduzca al Pueblo de Dios a participar de la Liturgia de las Horas, a asumirla como la principal oración cristiana. La Liturgia de las Horas, el Oficio divino, es la escuela de la oración de los cristianos; por medio del rezo de los salmos y los himnos de la Iglesia, el Espíritu Santo va poniendo en nuestros labios y en nuestro corazón los sentimientos y las palabras del mismo Cristo.
Por cierto, la oración principalísima es la Santa Misa. La Misa es eso: toda oración. Una oración compleja, que incluye pedir perdón, dar gracias y alabar, escuchar la Palabra de Dios y profesarla.
La Misa es sobre todo la oración misma de Jesucristo y su acción orante: el ofrecimiento de su propio sacrificio. Si toda la vida de Jesús fue de oración, si los momentos principales fueron de oración, si pasaba noches enteras orando al Padre, sobre todo su pasión fue una continua oración y la culminación del combate de la oración. Comenzó en la agonía, que significa eso: lucha, combate. Oró en la cena, cantando los salmos y bendiciendo al Padre. Combatió y venció, pidiendo que pasara el cáliz de la pasión, pero que no se hiciera su voluntad sino la del Padre. Oró en la cruz, pidiendo el perdón para los que lo condenábamos, clamando en su dolor con el salmo 21 ante el abandono del Padre, y entregándose en sus manos con el salmo 30.
Toda la oración de la pasión y toda la oración de acción de gracias y de triunfo de Cristo resucitado, la puso Jesús en su oración en la cena, cuando dice que dio gracias y bendijo al Padre. Por eso, si toda la Misa es oración, lo es sobre todo la Plegaria Eucarística la oración central, que Cristo entregó a los Apóstoles y mandó decir. Cuando dijo haga en esto entregó la plegaria de acción de gracias, de ofrecimiento. Y el hacer memoria no es un mero recuerdo nuestro, sino nuestra oración ofreciendo por Cristo al Padre, el propio sacrificio de la cruz y el sacrificio de la Iglesia y, en ella, de todos nosotros: ofrenda agradable al Padre, para la salvación del mundo.
Por eso, el centro de la oración cristiana – según Cristo lo instituyó – es la oración de la Santa Misa. La Iglesia unida a Cristo la ofrece por todos los hombres, por los pecados de todos y la salvación que espera y pide para todos. Es la oración que sostiene el mundo, que salva la historia de los hombres.
El combate llevado a término por Cristo en su pasión y muerte, triunfo perenne en su resurrección, se actualiza en la oración de la Iglesia unida a su Cabeza, en su constante, perseverante, ofrecimiento del Santo Sacrificio.
También aquí los católicos tenemos que librar un combate para redescubrir en la hondura de la fe, es decir, en la mayor realidad, la verdad e importancia única de la Misa dominical. Salir de la pequeñez de estar perdiéndonos en los detalles –si me gusta, si es corta o larga, si tal o cual canto – para meternos con todo el ser en la oración de la Iglesia, en el ofrecimiento del sacrificio por vivos y difuntos. Que de ningún modo abandonemos, sino que libremos hasta el final el combate de la oración y de la fe que Cristo ha instituido en su propia sangre y del que nos hace partícipes.
Fuente: www.diocesiscanelones.com





