HACIA EL XXXII Encuentro Nacional de Laicos

XXX ENCUENTRO NACIONAL DE LAICOS

Ecos del XXXII Encuentro Nacional de Laicos

Galería de fotos

FICHA DE TRABAJO
“CIUDADANOS DEL MUNDO Y DE LA IGLESIA”

 

ECOS DEL XXXII ENCUENTRO NACIONAL DE LAICOS

 

La Secretaria Ejecutiva del DELAI, Rosario Alves nos brinda un avance de lo que fue el encuentro nacional:

 

El 17 de noviembre se vivió en la ciudad de Paysandú el XXXII Encuentro Nacional de laicos con el lema “Ciudadanos del mundo y de la Iglesia”

 

Llegamos a la “Heroica Paysandú” 180 personas de todos los puntos del país. La comunidad sanducera nos recibió con toda su sencillez y calor de familia. Pasamos un día de oración, estudio, reflexión sobre los desafíos del hoy para vivir nuestro ser discípulos misioneros en las tareas  y  responsabilidades de la vida diaria.

 

Allí en los patios del Colegio Ntra Sra. del Rosario, una laica en nombre de todos /as nos dio la bienvenida invitándonos a disfrutar del encuentro entre nosotros /as, a celebrar y a buscar juntos /as caminos que nos permitan anunciar el Reino de la vida en un mundo marcado por la violencia, la marginación y los conflictos. Nos recordó que nuestra vocación de laicos nos coloca en las encrucijadas del mundo donde construimos ciudadanía y eclesialidad.

 

Mons. Rodolfo Wirz nos alentó participar con alegría para restaurar fuerzas y seguir el camino de construcción que nos toca en el hoy.

 

En este encuentro fue muy importante el vivir y recrear la metodología del Ver-juzgar y actuar.

Fuimos constituyendo grupos pequeños para rezar, reflexionar, mirar la realidad y discernir  que es lo que hoy el Señor nos invita a vivir.

En otra oportunidad compartiremos más sobre la reflexión de este encuentro.

Galería de imágenes

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HACIA EL XXXII Encuentro Nacional de Laicos

 


EL DELAI LANZO INSTRUMENTO DE TRABAJO

 

Puede bajarse en: FICHA DE TRABAJO “CIUDADANOS DEL MUNDO Y DE LA IGLESIA”
 

Bajo el lema: "CIUDADANOS DEL MUNDO Y DE LA IGLESIA", y  en el marco del tema: "Aparecida, camino de renovación, discipulado y misión", el Departamento de Laicos de la CEU (DELAI) convoca al XXXII Encuentro Nacional de Laicos que se celebrará el 17 de noviembre en la ciudad de Paysandú, Diócesis de Salto.

 

Con la finalidad de colaborar en la reflexión previa al encuentro, el DELAI preparó un instrumento de trabajo que se pretende constituya un disparador y ocasión para compartir las ricas experiencias que los laicos y laicas viven en sus lugares de compromiso, tanto eclesiales como del mundo, al que están llamados a transformar y consagrar.

 

Compartimos en esta edición la presentación elaborada por el equipo del DELAI del instrumento de Trabajo. Podrá acceder a la totalidad del Instrumento de Trabajo en   http://www.iglesiacatolica.org.uy/delai.htm

 

 

XXXII Encuentro Nacional

“CIUDADANOS DEL MUNDO Y DE LA IGLESIA”

 

Queridos laicos y laicas de nuestro país: Cada año preparamos con gran entusiasmo este Encuentro Nacional de Laicos. Una vez más será fuera de Montevideo, con todo lo simbólico de este signo. La cita es en Paysandú, el 17 de noviembre, para celebrar la fe y renovar el compromiso bautismal de ser y vivir como sacerdotes, profetas y reyes.

 

Les contamos que en este tiempo de preparación, nuestro lema ha ido cambiando. Fue bueno jugar con las ideas y expresiones hasta encontrar la que nos pareció mejor; vivimos en un tiempo de búsqueda de expresiones nuevas y más significativas para comunicar nuestra fe. El lema inicial fue “Mujeres y hombres comprometidos con nuestro tiempo”. Nos gustaba  especificar los géneros, y queríamos hablar de compromiso. Ahí surgió la idea que el lema incluyera un concepto clave: “ciudadanía” o “ciudadanos”, por aquello de quienes están implicados en la “polis”, en la ciudad, siendo constructores, responsables. Entonces propusimos como lema del Encuentro: “Somos ciudadanos del mundo y de la Iglesia”.

Luego dimos un paso más. Seguimos reflexionando y nos cuestionamos el “somos” como una expresión estática y fija, casi diríamos muy de ontología griega. Alguien dijo, en verdad la realidad es que estamos en camino, que estamos siempre “siendo”, queriendo ser, aprendiendo, caminando, intentando… Estos gerundios nos llevaron -paradójicamente- a dejarlos fuera del lema, pues queríamos conversarlos luego en los equipos, y simplificamos el lema: “Ciudadanos del mundo y de la Iglesia”.

 

Sí, ciudadanos, comprometidos, responsables, metidos, asumiendo desafíos y riesgos.

Sí, del mundo, pues ¿dónde vamos a desarrollarnos sino donde el mismo Dios quiso “poner su tienda entre nosotros”?

Sí, del mundo, pues es el lugar que estamos llamados a consagrar a diario, según nos dice el Concilio Vaticano II. El mundo es el lugar del Laico, el espacio al que somos especialmente “llamados” a desarrollar funciones propias tales como “iluminar y organizar todos los asuntos temporales” LG 31), “sanear las estructuras y ambientes del mundo procurando la justicia” (LG 36).

Sí, del mundo, pues nada de lo humano nos es ajeno; pues la historia, el tiempo ordinario –kronos- es también la historia de salvación, oportunidad y lugar teológico del kairós –tiempo de Dios-.

Sí, de la Iglesia, ciudadanos con derechos y responsabilidades plenos, pues los laicos y laicas somos parte del “Pueblo de Dios”, consagrados por el Bautismo al sacerdocio común de todos los fieles (LG 11).

Sí, de la Iglesia, de una Iglesia peregrina, en marcha, que tras las huellas de Jesús, quiere ser sacramento del amor intratrinitario, e instrumento de unidad de todo el género humano (LG 1).

Sí, de la Iglesia, pues el apostolado de los Laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia (LG 33).

 

Así que, hermanas y hermanos laicos, nos invitamos mutuamente a seguir siendo cada día "Ciudadanos del mundo y de la Iglesia", con responsabilidad, pero también con inmenso gozo. A vivirlo contando con la fuerza del Espíritu y con la de todos los que nos precedieron.

 

XXXII Encuentro Nacional de Laicos

 

PARA AGENDAR:

 

Día: 17 de noviembre

Lugar del Encuentro: Colegio Ntra. Sra. del Rosario

Dirección: Florida 1278  - Tel. 07222361  - PAYSANDÚ

Horario: de 8 a 18 hs.

Concluirá con la Eucaristía en la Catedral a las 17 hs.

Locomoción: En cada Diócesis los laicos/as se organizarán para llegar a Paysandú, juntos/as.

 

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Departamento de Laicos

Conferencia Episcopal del Uruguay

Uruguay 1319

Tel: 900.26.42

E-mail: laicos@adinet.com.uy

HORARIO DE ATENCIÓN: Jueves de 15 a 18 hs.

 


 

PRIMER FORO NACIONAL DE ASOCIACIONES Y MOVIMIENTOS LAICALES
MIRADAS A NUESTRO SER LAICAL: VISIÓN ANTROPOLÓGICA (PONENCIA de la Psicóloga Susana González)
VIDA LAICAL GOZO – RESPONSABILIDAD - GRATUIDAD (PONENCIA DE LA PROF. ROSA RAMOS)
Fotos del Primer Foro de Laicos en los Talleres DON BOSCO (Domingo 15 de mayo de 2004)

 

XXX ENCUENTRO NACIONAL
DE LAICOS

 

MIRADAS A NUESTRO SER LAICAL: VISIÓN ANTROPOLÓGICA

Psicóloga Susana González

1.-  Explicitando mi mirada- Agradezco de veras la invitación para compartir juntos esta “mirada antropológica a nuestro ser laical”. Esa mirada tiene un “lente” que me es necesario explicitar: miro como mujer, como creyente, como laica, como psicóloga que vive la tarea profesional del diálogo entre la fe y la ciencia,  como educadora, como parte de una asociación laical –la Institución Teresiana-. Miro desde una mirada eclesial que configuró mi identidad en los tiempos mozos, -compartidos con varios de ustedes-, que es raíz, savia y horizonte desde donde nada del mundo y del hombre, le es ajeno a la fe que hoy nos reúne...

 

2.- Paseando nuestra mirada por los retos del presente....

 

Vivimos en épocas de grandes cambios, profundos y vertiginosos que nos lanzan –nos ponen en medio- de importantes retos. En un mundo convertido en “aldea global” por la rapidez de los viajes, la velocidad de las comunicaciones, de las noticias, de las transferencias comerciales, de las nuevas tecnologías..... se profundiza el “cambio de época” en un “cambio cultural”. Nuevo lenguaje, nuevas formas de vivir, nuevos caminos de sentido, nuevas posibilidades de santidad, nuevos modelos de familia, nuevas exclusiones, nuevas lógicas que nos impulsan a veces a obrar de manera desarticulada. Mundo nuevo, que obliga a la comunidad cristiana, grupo pequeño “como el grano de mostaza” a agudizar nuestra capacidad de discernimiento para re-definir, no teóricamente sino experiencialmente, su fundamento.

 

En esta coyuntura, la que existe, en la única que Dios busca hacerse visible a través de nosotros,  es donde nos llama a la santidad, nos invita a crecer como individuos y como grupos. Todos nos vemos sigilosamente invadidos por estos procesos culturales que llegan a nuestros sentidos permanentemente, de forma brillante, o en la clandestinidad de lo desapercibido, de lo que ya forma parte –al decir de Benjamín Glez. Buelta- de nuestra “cotidianeidad seducida”.... Vivimos en un “mundo roto”, nos dice el mismo autor, y esa ruptura pasa también por el centro de nuestra persona. Este estilo de vida va generando en nosotros unas “entrañas impacientes”, donde se prioriza el instante y lo inmediato (cuando sin embargo sabemos que somos “seres de procesos”). Si en la modernidad podíamos correr el peligro de arrollar a las personas por el apuro de alcanzar el horizonte, en este tiempo llamado por algunos  postmodernidad podemos estancarnos en el pequeño oasis de lo puntual, de lo fragmentario. Si nos distraemos un poco podemos perder de vista el plan de Dios que recorre la historia y afecta a toda la realidad, a toda persona y a toda la persona,  integrando todas sus dimensiones, más allá de la fragmentación.

 

La modernidad nos “pintaba” psicológicamente a la persona como un individuo estable, organizado y equilibrado, lo cual le permite responder, adaptarse (¿sujetarse?) a los medios de producción, consumo y reglamentación. Identidad equilibrada y centralizada. Desde allí es que se asume que una persona que no presente un comportamiento, o una “estructura de personalidad estable, organizada e integrada” es vulnerable a la patología o pérdida de identidad. Sin embargo, la propuesta postmoderna reconoce a la persona como una construcción de estructuras de distintas dimensiones, de diversos órdenes, institucionales y epistemológicos, que organizan de manera  a veces contradictoria y fragmentada el espacio simbólico de la persona. La cultura postmoderna está metida en nuestros entornos cotidianos, y penetra en nosotros como “estratos superpuestos” unos sobre los otros, sin integrarse mutuamente, sin explicarse, de tal manera que cuando la persona se ve sometida a presiones muy fuertes, los estratos se deslizan unos sobre otros y si ese ser no está bien consolidada, la persona puede romperse...

Los procesos de construcción de identidad se tornan más frágiles y fragmentados, las bases de seguridad para crecer y construirse se tornan menos estables, los entornos donde crecemos y nos desarrollamos tienen un importante grado de incertidumbre que impacta sobre la consistencia de las personas. Ni mejor ni pero, distinto. Es este nuestro tiempo, habitado por Dios, lugar de Historia de Salvación que se abre, como en cada época, en múltiples desafíos...

 

Perviven las preguntas que todo hombre y mujer llevan siempre consigo: ¿quién soy yo? ¿a quién pertenezco? ¿a quién me debo? ¿qué es lo bueno? ¿qué debo perseguir en mi vida?. Preguntas que nos generan inquietud y que a veces postponemos, pero que tarde o temprano nos asaltan, porque son antropológicamente ineludibles. La búsqueda de la propia identidad se ha convertido en nuestros días capaz que en la tarea vitalmente más relevante.... a veces le erramos al camino: miramos para vernos, nos detenemos en las vidas ajenas para experimentar las nuestras, nos proyectamos en otras vidas como campo de pruebas de la propia, olvidándonos por un momento de la tensión que nos genera el diseñar nuestros propios itinerarios personales.....

 

¿Cómo vivir creativamente, como camino de realización, la construcción de la identidad y la pertenencia a la comunidad? Vamos a intentar respondernos un poco a esta pregunta....

 

3.- Una mirada a la IDENTIDAD PERSONAL...

 

Entendemos por identidad personal, el proceso de continuidad interior, sentido de unidad y autodefinición personal. Tiene relación con la estabilidad y fortaleza del “yo”, nos hace únicos e irrepetibles.....

Esta identidad personal se construye en base a elementos dados (genes, sexo, flia, tiempo, nacionalidad, raza, etc.) y es también un concepto dinámico (devenir) que vamos consolidando a lo largo de toda nuestra vida, y especialmente en los primeros años. En las distintas etapas de la existencia van surgiendo diferentes desafíos, crisis, síntesis, aportes a la construcción de la identidad. Por ejemplo, la pertenencia a un movimiento o asociación, desde nuestra vocación laical, genera en nuestra identidad personal un movimiento de pertenencia, de identificación con un espiritualidad y su misión.

Como seres humanos, como hombres y mujeres de fe, sabemos que somos “a imagen y semejanza del Creador”, que en nuestra propia identidad, como sello indeleble, nos sabemos hijos de Dios, amados incondicionalmente, hermanos, y señores de la Creación.... esta “positividad radical” –como la llama Amadeo Cencini- cualifica inmejorablemente nuestra identidad, la dota de un Proyecto y de una profundidad que nos lanza más allá de nosotros mismos y de nuestra propia autorrealización, hacia el horizonte trascendente del Reino.

 

4.- EL “CARISMA COMO REVELACIÓN DE LA IDENTIDAD” (A. Cencini, 1982)

 

Cuando recibimos el llamado a formar parte de un carisma desde nuestra vocación laical, expresado en una asociación o movimiento, recibimos también con ese llamado, una invitación a descubrir aquél o aquellos aspectos de nuestra identidad personal que se potencian, que se desarrollan, que se amplían en nosotros. El carisma al cual pertenecemos nos recrea, y nosotros, con nuestra vida, con el empeño cotidiano, le damos vida en nuestra pobre y sincera respuesta, que Dios hace fecunda. El carisma nos desvela un aspecto de nosotros mismos y nosotros damos vida en el hoy a la intuición que el mismo Espíritu suscitó en quienes fundaron ese movimiento y asociación a la cual pertenecemos hoy. Somos parte nosotros de ese “río vivo” de quienes dóciles al Espíritu siguen haciendo realidad hoy ese aporte particular de cada uno de nuestros carismas, a la Iglesia y al mundo.

El carisma nos revela parte de nosotros mismos.... (cuánta vida, cuánto sentido hemos recibido a través de él) y nuestra misma vida lo hace tangible hoy. Mutua implicación.....

 

Dejemos que el mismo Amedeo Cencini, -maestro en la unión de psicología y  espiritualidad, - y que visitará nuestro país a fines de junio, nos exprese con sus palabras, esta realidad honda que se nos hace buena noticia y compromiso:

 

“El carisma, no es sólo un acontecimiento espiritual, algo muy piadoso e interesante que se añade desde afuera, casi opcional, a una personalidad ya formada, a un yo que ya sabe todo sobre sí. Ha de entenderse y presentarse, en cambio, como la revelación de la propia identidad, y más precisamente de aquella parte del propio yo que espera ser realizada. El carisma, todo carisma, es teofanía y contemplación de un aspecto particular de la realidad de Dios o de la vida de Cristo, pero también un descubrimiento del yo “escondido con Cristo en Dios” (Col3,3); es decir, escondido y desvelado por ese mismo misterio. De este modo se ponen las bases para superar esa peligrosa dicotomía  entre vida espiritual y realización del yo: el individuo es conducido desde un principio a captar en su vocación específica la llamada a ser de un modo particular, su nombre, su cara,  la condición para ser realimente él mismo, para ser feliz. Ningún hiato entre exigencias reales psicológicas y vida en el Espíritu, ningún peligro de vivir una experiencia espiritual alienante. El carisma se convierte así en un contenido espiritualexistencial que desvela la verdad del  yo, el objetivo de su maduración. “ (C. Amadeo, 1993)

 

5.- DE LA IDENTIDAD A LA PERTENENCIA....

 

El sentido de identidad y de pertenencia son elementos estructurales del yo. A todo ser humano le es inevitable, necesario, entregarse a algo o a alguien. Será él el que decida a quien o a qué, pero en ningún caso puede dejar de hacerlo, hasta el punto de que, si decide “reservarse”, sin vincularse a nada o a nadie, de hecho se hará dependiente, sin saberlo, de un montón de cosas y personas.... La necesidad de vinculación del ser humano, sigue vigente aunque las maneras históricas de llevar a cabo esa pertenencia, vayan de la mano de los avatares del tiempo en que nos toca vivir....

 

Toda persona se define a partir de aquello que ES y en lo que se reconoce, así como por aquello a lo que pertenece y a lo que se entrega; y lo que cada uno es está relacionado con aquello de lo que se siente que forma parte. El sentido de pertenencia, es el reflejo, en el plano relacional, del sentido de identidad.

 

Cuando decidimos entregarnos a aquello que nos define en nuestra identidad,  desde esa elección entramos en un contexto de vida y de personas, de valores e ideales, en cuyo centro se encuentra precisamente lo que es central también para nuestra propia persona, y en donde, por eso mismo, se puede llevar a cabo el proyecto de nuestro yo. La pertenencia nace de la identidad, y no se fragua la identidad, sin tener en cuenta la humana necesidad de la pertenencia. La pertenencia engendra identidad, o por lo menos ayuda a descifrarla mejor reconociéndola en una historia pasada y común, que prosigue en el presente con rostros y gestos concretos que son nuestros hermanos y nuestras comunidades de referencia. Realidad multicolor, diversa, desde donde se fundamenta el “que todos sean uno, para que el mundo crea”.

 

Este sentido de pertenencia no puede ser algo puramente sentimental, subjetivo, de realización de deseos. No es tampoco un objetivo psicológico para no estar solos, porque es lindo estar acompañados. No debe confundirse con el “sectarismo camisetero” de reunirse para protegerse, para ser más visibles, fuertes y excluir a otros. Ni debe ser tan lábil que vamos recorriendo comunidades de un lado a otro, haciendo “turismo religioso” o “spa espiritual”.....

La identidad sin pertenencia se ahoga en el narcisismo o individualismo, al igual que la pertenencia carente de identidad se convierte en dependencia.

 

El sentido de pertenencia a nuestra comunidad, asociación o movimiento es maduro, cuando, -entre otras cosas-, es el reflejo del sentido de pertenencia al carisma y se hace creíble, en concreto, con el afecto sincero a la comunidad, al movimiento, al grupo tal como es, a las personas de carne y hueso que la componen, con sus limitaciones, debilidades, virtudes y defectos. Cuando comprendemos vitalmente  y sin romanticismos que somos hermanos y hermanas porque por encima de las diferencias, y más fuerte que todas las miserias hay un proyecto común pensado por Dios y confiado a cada uno de forma particular y al grupo como tal, en el horizonte de misión del Reino.

 

Y podríamos agregar nosotros: en un encuentro como éste, se fortalece nuestra identidad, nuestra pertenencia, nuestro ser eclesial. De hecho de encontrarnos, el decir a otros quiénes somos y expresar qué trazo del Espíritu nos inspira, cuál es nuestra misión como asociación o movimiento...... nos hace reconocernos y reconocer tanta riqueza!..... Animémonos a vivir con pasión nuestra identidad, a reconocer con reverencia y asombro la diversidad de movimientos y asociaciones que nos hacen uno en la fe...... si lo vivimos de veras, nos fortaleceremos en la fe, y  el Señor se encargará de hacernos “sal y luz”, para que “el mundo crea”...... eso lo hace El con nosotros (y tantas veces a pesar nuestro!).. nosotros vivamos a pleno el encuentro.....

 

6.- Y VOLVEMOS AL HOY PARA DESCUBRIR SUS RETOS. La necesidad de personalización.

 

Se necesitan personas y comunidades arraigadas y fuertes, animadas por el Espíritu, para llevar adelante el seguimiento de Cristo en nuestros días, es decir, el anuncio simultáneo e integrado, de la persona de Jesús como Hijo de Dios y de su Proyecto: el Reino. Una fe encarnada..... para eso se necesitan personas y comunidades arraigadas y fuertes, dóciles al Espíritu de Dios....

 

Constatamos la necesidad de la personalización de los procesos de construcción de identidad y pertenencia. Desde la familia, la educación, las pastorales específicas, las comunidades eclesiales, movimientos y asociaciones. Personalización como modo radical de ejercer la propia libertad en la edificación de la persona. En una sociedad que requiere y fomenta personas lábiles, consumistas, frágiles, descomprometidas, la personalización de la fe y la vivencia comunitaria da lugar a personas inquietas, consistentes, en cierta forma contraculturales. Personalización de los procesos personales y comunitarios que engendran una fe vigorosa, pues supone descender a las raíces del ser humano, donde todo se fragua, allí donde somos interpelados en nuestra conciencia, por la Trascendencia.

 

Patxi Alvarez, en un artículo publicado en la Revista Sal Terrae en junio de 2003, nos plantea en cuatro verbos, el  dinamismo de la personalización para la construcción del sujeto actual: FUNDAR, REHABILITAR, PROBAR  Y CONSOLIDAR.

 

+ FUNDAR LA PERSONA:

 

“La persona requiere un suelo vital sobre el que construir con coherencia su propio relato, asentar sus fidelidades  compromisos personales. Sin él, su biografía se deshilacha en una suma de acontecimientos personales inconexos. Fundar la persona, ayudarla a adquirir ese suelo personal, debería ser el gran objetivo de los procesos educativos y de fe”.

“La fundación de la persona está hecha de pequeños compromisos puntuales que deben desembocar en un proyecto vital, como estación término del proceso de construcción de la persona. Un compromiso constituido en proyecto de vida, que proporcionará identidad y sentido de pertenencia, que dará lugar al sujeto, a la persona”.

 

Y nos ofrece algunas pistas: (¿cómo hacemos esto, en nuestras comunidades?

  • Proveer experiencias de contraste que susciten preguntas, cuestionamientos vitales (sin ellos no hay crecimiento), experiencias que descoloquen para que la persona se resitúe, experiencias fundantes...

  • Ofrecer modelos alternativos que muestren que es posible y vale la pena vivir como creyentes y al servicio de los demás. La libertad, la coherencia y la radicalidad seducen y orientan a cualquier ser humano en cualquier momento histórico. Ofrecer comunidades inclusivas y abiertas que irradian e invitan

  • Generar procesos de interiorización que permitan entrar dentro de la propia persona, a la fuente de su ser. Allí se gesta y se hace fuerte la persona desde bases propias.

 

+ REHABILITAR AL SUJETO.

 

....”que se produce en medio de los encuentros. Son los encuentros con los otros, con otros tú, los que nos despiertan. Es el encuentro cara a cara con el necesitado el que posee mayor capacidad transformadora. Las víctimas de nuestro mundo, -nos dice el autor- reclaman una respuesta y, con ella, una conversión interior. Asimismo, el encuentro desnudo con Dios posee una enorme fuerza interpeladora que es necesario propiciar.

El lugar de esa rehabilitación del sujeto, son las comiunidades, abiertas e inclusivas, donde se vivencian otros valores, donde la humanidad brilla con otra luz. En la actualidad estas comunidades precisan de un núcleo básico de personas sólidamente establecido y, al mismo tiempo, deben permitir pertenencias flexibles si quieren ser una alternativa relevante y evitar convertirse en burbujas. Muy especialmente las comunidades cristianas necesitan buscar ésta articulación válida entre núcleo sólido y pertenencia flexible”. (P. Alvarez, 2003)

 

+ PROBAR A LA PERSONA:

 

A los creyentes actuales muchas cosas nos ponen a prueba; probar no es elemento propio de otras épocas. Nos prueba la desazón que nos viene cuando sembramos fe y justicia sin ver demasiados frutos; el individualismo; la vida fácil y la tentación de que nos vaya bien en todo; nos pone a prueba la complejidad del mundo en que vivimos..... Sin prueba no fragua la persona ni tampoco puede sostenerse.

 

”La prueba contrasta la verdad de nuestros compromisos y de nuestra identidad, terminando por fortalecernos cuando la superamos. Sólo de una persona y de una comunidad probadas podemos esperar respuestas sostenidas. Para eso es necesario aceptar la pérdida, rumiar los fracasos y admitir los límites. La prueba se supera al regresar al amor primero, al releer lo sucedido desde nuevos parámetros y desde una nueva profundidad” (como sucedió en Emaús) (P. Alvarez, 2003)

 

 

+ CONSOLIDAR AL SUJETO.

 

Es decir, permitir que la persona crezca, profundice, eche raíces, florezca.... Esta consolidación se produce en el interior de la persona, pero precisa de un entorno comunitario que lo posibilite. Se dice que en nuestra época las instituciones son “porosas”, ni cuentan con la lealtad y el compromiso para proyectos de largo recorrido y no abrazan al individuo de una manera sostenida y firme (Fdez. Martos, 2000) No se da la consolidación sin algún tipo de lazo comunitario estable, sin un sentimiento de valía personal por la participación  la contribución a una aventura común. Y la que convoca, sostiene y envía es misma persona de Jesús.

 

Entornos propicios, acompañamientos personales y comunitarios que sostengan y propicien estos procesos de crecimiento de cada miembro y de toda la comunidad.

 

Interesantes retos para mirar el futuro con Esperanza  y para trabajar el presente de nuestras vidas y comunidades con empeño....

 

+ CONCLUSIÓN:

 

La cuerda de la guitarra, como dice el poeta, sólo vale si se traba y se vincula. Nuestra libertad, si no se traba con los otros, no es más que una cuerda sin música..... identidad- pertenencia- comunidad- diversidad- Comunión....

 

Y para terminar, esta comparación, que va como un juego de color, como el que hoy nos da cita aquí:

 

“Un carisma es como un mosaico ideado por el Espíritu; su novedad y originalidad se aprecian no solo y no tanto en la figura en sí o en el diseño total, sino en la relación entre sus partes, en l forma en la que cada componente se relaciona con los demás. Como en un mosaico, así también en el proyecto carismático cada elemento supone el otro y lo determina en una relación recíproca de causa y efecto. Quitar o aislar una sola pieza significa no comprender el conjunto del cuadro, su totalidad; por otro lado, perder de vista el diseño en su totalidad querrá decir que no se capta el sentido de cada una de las partes. Si es el Espíritu el arquitecto de este proyecto, habrá en él una armonía interna entre las partes que será importante y bello captar” (A. Cencini, 1982)

 

¡¡DISFRUTEMOS DE ESTA FIESTA DE IDENTIDAD Y DE COLOR,  DE PERTENENCIA Y DE COMUNIÓN, DE ENCUENTRO DE HERMANOS EN LA FE!!!

   

Psic. Susana González

El foro en IMÁGENES...

Bienvenida al Foro realizada por la Mesa Permanente entrante y saliente del Dpto. de Laicos. Mons. Rodolfo Wirz, Rosario Alves, Beatriz Baltasar y Mons. Orlando Romero. Saludo de Bienvenida de los participantes

Feria de Exposición de los Movimientos y Asociaciones participantes Celebración de la Eucaristía

Alguna de las ponencias del Foro de Laicos En los galpones de los Talleres Don Bosco
Un importante número de laicos acompañó la Jornada y también algunos miembros de la Conferencia Episcopal (En la foto Mons. Raúl Scarrone)

 

"VIDA LAICAL" GOZO – RESPONSABILIDAD - GRATUIDAD

Bienvenidos todos y todas, llegamos a este día con grandes expectativas y muchas gracias de “disoñar” juntos, lo primero que me nace es decirles parafraseando a Jesús en la última cena: “He deseado mucho estar aquí y celebrar con ustedes” y se goza mi corazón al ver este mundo de hermanos y hermanas venidos de tantos sitios y portadores de tantos carismas distintos, pero hermanados en el mismo Bautismo y en la misma Fe en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Gracias a cada uno y a cada una por estar aquí.

 

A mi me toca el enfoque teológico-magisterial y he elegido como tema LA VIDA LAICAL para compartir con ustedes esta mañana.

 

Ser Laicos es tener un lugar en el mundo, además de un lugar en la Iglesia. La laicidad es nuestro ser, nuestra identidad, y nuestro modo peculiar de construir el Reino de Dios aquí y ahora, de esperarlo y de pedirlo; es también nuestro desafío.

Ser Laica, en este caso, es “mi lugar en el mundo” –parafraseando la conocida película- y es desde aquí que puedo decir una palabra, desde la experiencia gozosa y desde las exigencias cotidianas.

Las tres palabras-ideas-intuiciones que quiero compartir con ustedes en relación a la vocación y a la vida laical son: gozo, responsabilidad, gratuidad

Voy a desarrollar estas ideas en tres puntos:

 

1.      Ser laicos es una vocación, un auténtico y original llamado de Dios, que acogemos con inmenso gozo y gratitud.

2.      Ser laicos es una gran responsabilidad pues implica una misión que asumimos ante Dios, en la Iglesia y para servir al mundo, responsabilidad que aceptamos con temor y temblor.

3.      Ser laicos, simultáneamente, no es una pesada carga que nos agobia, pues la vivimos sostenidos en la gratuidad y en la confianza, fiados de la fidelidad de Aquél que nos ha elegido y que nos sostiene.

 

1.       Vocación y Gozo.

 

Siempre me impresiona mucho en el Apocalipsis el mensaje dirigido a la comunidad de Efeso. El Señor, reconoce sus virtudes, su respuesta y fidelidad, pero le reprocha: “...tengo contra ti que has perdido tu amor de antes” (Ap. 2, 4). No basta “hacer”, no bastan las fatigas, ni la paciencia, ni el sufrimiento por causa de Dios, nos exige más, nos exige amar, y amar con la fuerza y la entrega, la novedad y el gozo del principio.

 

Las vocaciones, como los amores, tienen un tiempo primero, fundante y epifánico, al que hay que volver una y otra vez, de lo contrario la dispersión en la acción y la cotidianidad apagan, amenazando su vida, su frescura, su fecundidad.

 

El amor del principio tiene mucho de descubrimiento, de enamoramiento, de admiración, de gozo en definitiva. El mismo amor llevará al compromiso y a la entrega madura - que la comunidad de Efeso asume y el Señor lo reconoce -, pero el desafío está en no permutar el amor por la acción, sino mantener la tensión acción-contemplación.

 

Como laicos es preciso reafirmar nuestra vocación, para lo cual siempre es bueno volver a gustarla, “volver al amor primero”, asumirla y vivenciarla como un don recibido, recrearla en su mística y espiritualidad propia, confirmarla y hermosearla, y así ofrecerla como precioso don a la Iglesia y a la historia.

En los ambientes eclesiales “vocación” casi siempre se identifica con Vida Religiosa o con Ministerio ordenado. Hoy me propongo rescatar y reivindicar la vida laical como respuesta a un llamado de Dios específico y valiosísimo, que es la fuente de nuestro gozo y la fuerza para la misión.

Pero quiero afirmar que nuestra vocación laical es también gozo y gratuidad para la Iglesia, como lo plantea el Concilio: “El Santo Sínodo... vuelve gozosamente su espíritu hacia el estado de los fieles cristianos llamados laicos...” Así comienza el capítulo IV de la Lumen Gentium dedicado a los Laicos (LG 30).

Para los Padres conciliares plantear la vocación y misión del Laico como una vocación singular es un gozo, una alegría, porque es asomarse al misterio y descubrir la prodigalidad y la originalidad de Dios que a todos llama según su libérrima voluntad.

A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales..:” (LG 31)

Dios convoca al laico con una “vocación propia”. Si Dios llama y se nos revela es siempre desde  su libertad, su bondad y sabiduría (DV 2), de ahí que la Iglesia, atenta a los signos de los tiempos, descubra asombrada y gozosa la dignidad de este llamado.

Siempre ha habido laicos en la Iglesia, pero es este Concilio el que capta y revela el nuevo lugar de los Laicos en la Iglesia y en el mundo y “vuelve gozosamente su espíritu” hacia ellos, hacia nosotros, contemplándonos con una nueva mirada. Presenta a todos los bautizados (LG  9 - 10) como ciudadanos de primera clase, como “pueblo de Dios” y luego a los laicos no los define solamente por  su “no ser”: no ordenados o no religiosos, sino también por su “ser”: “fieles cristianos que por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen, en la parte que les toca, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en mundo” (LG 31)

Recordemos además la revolución copernicana que hace el Vaticano II al colocar en la Constitución sobre la Iglesia el capítulo del Pueblo de Dios antes de las especificaciones Jerarquía y laicado.

Por otra parte, si ser Laicos es una vocación singular, es preciso recordar que Dios siempre llama para algo bueno y grande, noble y valioso: a Abraham para prometerle una descendencia innumerable (Gn. 12, 1-2), a Moisés para liberar al pueblo oprimido (Ex. 3, 7-10), a otros para profetizar en su nombre (Is. 6, 8-9; Jr. 1, 9), a los discípulos para anunciar que el reino está cerca (Mt. 10, 7), para trabajar en su viña (Mt. 20, 1-8)....

Toda la historia de la salvación, de la que da cuenta la Palabra de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, está tejida por llamados de Dios y respuestas de hombres y mujeres. Todas las llamadas son singulares pero todas apuntan al mismo fin: Dios quiere revelarse a los hombres y revelarles su voluntad de salvación (DV 2)

Dios siempre llama con ilusión y siempre lo hace con un sueño de amor. Siempre llama para una vida plena y abundante (Jn. 10, 10), para que seamos felices (Jn. 15, 11) aún cuando nos cueste la vida, como a su Hijo.

El llamado de Dios irrumpe en nuestro cronos (tiempo cotidiano) regalándonos su kairós (tiempo de salvación) para nosotros, y para los otros. Toda vocación es, como todos los dones, para el bien común, para la comunidad, para la pequeña y para la grande que va más allá de la Iglesia.

Al goce de la llamada corresponde el goce de la respuesta. A la ilusión de Dios corresponde nuestra ilusión, a su sueño de amor corresponde el nuestro. Descubrir en nuestras vidas la voz de Dios llamándonos por nuestro nombre es descubrir su amor y predilección, como lo descubrió el propio Jesús el día de su bautismo en el Jordán (Mt. 3, 16/ Mc. 1, 11).

La vocación a la que hemos sido llamados nos llena de júbilo, nos hace sentir únicos  (para Dios todos somos su creación primigenia y original) en el mundo y parte del río de la historia de salvación.

“... El carácter secular es propio y peculiar de los laicos... Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones del mundo, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido...” (LG 31)

Nuestra vocación, y lugar específico, es la profesión y la familia, el trabajo y el ocio, la vida cotidiana y el mundo de las relaciones, lo inmediato y lo lejano, lo micro y lo macro, el barrio y la economía, la política y la educación... En todos esos ámbitos somos Iglesia, sacramento de y “en” Cristo, que es “el” sacramento por excelencia. En nuestra peculiar vocación los laicos somos Iglesia, definida por el Concilio como “sacramento, señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1)

Ser laicos es, entonces, un motivo de gozo, de regocijo, de acción de gracias, este es el lugar en el mundo y en la Iglesia que Dios, en su  bondad y sabiduría, quiso para nosotros, para nuestra felicidad y realización, para nuestra entrega generosa, para santificarnos y santificar el mundo.

¿Como no acoger como un precioso don, y volver a pasar frecuentemente por el corazón, una tal vocación?! Tal vez no hayamos reparado lo suficiente en estas palabras de Jesús: “Ustedes no me eligieron a mi, sino que yo los elegí a ustedes” (Jn. 15, 16)

 

 

2.      Misión y Responsabilidad

 

A la vocación singular del Laico corresponde una misión igualmente singular y difícil. El Concilio nos propone: “... buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales... A ellos, muy especialmente, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y Redentor” (LG 31)  

 

Si en el punto anterior afirmábamos el gozo,  en este afirmamos la otra cara de la misma moneda: la responsabilidad. La misión del Laico significa un gran compromiso eclesial e histórico del que no podemos rehuir ni eludir buscando coartadas.  

 

Al igual que todos los llamados de todos los tiempos, Abraham, Moisés, David,  Rut, Esther, Elías, Isaías, Jeremías, María... asumimos la misión con temor y temblor. A veces nos sentimos demasiado jóvenes, otra demasiado viejos, otra demasiado impuros, o demasiado torpes..., descubrimos las dificultades y los riesgos del “sí”... pero Dios mismo nos convence, como a lo largo de toda la historia de la salvación, que con Él todo lo podemos y en nuestra debilidad se hace visible su fortaleza.  

 

Los Laicos tenemos responsabilidades eclesiales, por cuanto nuestra vocación es un llamado dentro de la Iglesia y pertenecemos al Pueblo de Dios. Por la dignidad que nos confiere el bautismo, participamos del sacerdocio común de los fieles, y desde allí estamos llamados a ejercer “el culto espiritual, para gloria de Dios y salvación de los hombres... los laicos como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran el mundo a Dios” (LG 34).Asimismo tenemos responsabilidad en la evangelización: “El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado, al cual todos están llamados por el mismo Señor en razón del bautismo y la confirmación.... Esta evangelización... adquiere una nota específica dentro de las condiciones de la vida en el mundo” (LG 33). En particular se le pide a los laicos el apostolado del testimonio en su vida familiar, y en su estado propio (LG 35), en el mismo numeral se exhorta a la formación en las verdades de la fe.  

 

Además de las funciones sacerdotales y proféticas (testimonio, evangelización, anuncio y denuncia, hasta el martirio si es preciso) propias del bautizado, también los laicos somos co-responsables de la Iglesia, pudiendo asumir funciones de gobierno, ejerciendo así la función real. Al tratar el Concilio la relación con la jerarquía se plantea que los laicos tienen no solo el derecho sino también “la obligación de manifestar su parecer” a la jerarquía sobre los asuntos relativos a la Iglesia (LG 37).  

 

Pero la misión específica que corresponde a la vocación laical, es una misión “ad extra”, en el mundo, en la historia, allí está nuestro lugar, nuestro “Tabor” y nuestro “Gólgota”, con sus cumbres y sus abismos, con sus satisfacciones y sus desolaciones. El mundo, la historia, ése es nuestro lugar irrenunciable so pena de ser infieles al llamado de Dios, a nuestra original vocación.  

 

Los laicos, sin embargo, están llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos. Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo y a la vez en instrumento vivo de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo” (LG 33)  

 

El laico está llamado por Dios y enviado por la Iglesia a participar en su nombre del mundo de la política y de la economía, del deporte y de la medicina, de la educación, de la ciencia y de la cultura... No hay ámbito humano-social que no sea nuestro terreno, todo lo secular o mundano nos corresponde como lugar y misión específica. No siempre es fácil este compromiso histórico, pero desde la encarnación sabemos que lo que no es asumido no es redimido.  

 

Si en el numeral 31 la Lumen Gentium planteaba de modo general ordenar según Dios los asuntos temporales, luego de forma más explícita señala a los laicos el papel en la procura de la justicia y la responsabilidad de sanear las estructuras: “Procuren, pues, seriamente, que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad... los bienes creados se fomenten interiormente al servicio de todos y de cada uno de los hombres y se distribuyan mejor entre ellos, según el plan del Creador... los seglares han de procurar, unidas también sus fuerzas, sanear las estructuras y los ambientes del mundo...” (LG 36)  

 

Para finalizar este punto del compromiso y la responsabilidad que nos compete como laicos necesitamos hacer también referencia, al menos escuetamente, a otra de las Constituciones del Concilio Vaticano II, las Gaudium et Spes, consagrada precisamente a la relación de la Iglesia y el mundo.  

 

Afirma el documento como “cosa cierta” que toda la actividad humana individual y colectiva a lo largo de los siglos “para mejorar su condición de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios” Agrega que aún con los quehaceres más ordinarios “desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia”, es decir nos plantea el Concilio que somos “co-creadores” con Dios.  

 

Nuestro lugar es en el siglo, en la historia, en este aquí y ahora lleno de dificultades, pero también de oportunidades.  

 

Forman parte de los deberes insoslayables del cristiano la construcción del mundo y la atención de los hermanos: “... el mensaje cristiano no aparta al hombre de la construcción del mundo, ni lo impulsa a descuidar el interés por sus semejantes, más bien, lo obliga a sentir esa colaboración como un verdadero deber” (GS 34)

Recomendamos releer todo el capítulo III referente a la actividad humana en el mundo donde la valora altamente, y todo el capítulo IV sobre la función de la Iglesia en el mundo, allí, por ejemplo, nos exhorta a no abandonar los deberes terrenos por la esperanza futura, sería un error, una incoherencia, una deserción grave . “El cristiano que descuida sus obligaciones temporales falta a sus obligaciones con el prójimo y con Dios mismo, y pone en peligro su salvación eterna” (GS 43)  

 

Los laicos estamos especialmente vocacionados a participar activamente en la construcción del reino de Dios (que por otra parte pedimos y sabemos que es un don, cuya consumación será meta histórica), a transformar la realidad conforme a la voluntad de Dios, a allanar los senderos (otra vez como Juan el Bautista) para la parusía del Señor y para la pascua de la creación.  

 

He aquí nuestra gran responsabilidad, esa que asumimos con temor y temblor, ya que estamos llamados por Dios a un compromiso auténtico, y efectivo, a una entrega no intermitente y emotiva, sino a la fidelidad constante del día a día, ¡la más difícil!!!  

 

Y esta fidelidad cotidiana se nos exige en varios niveles simultáneos, en primer lugar en el entorno inmediato, con nuestra familia, nuestro barrio, nuestro trabajo, en días que transcurren iguales, grises e “inaparentes”, sin el brillo de lo extraordinario y sin despertar aplausos. Estamos llamados como Iglesia de Jesús a responder con solidaridad y fidelidad evangélica a las necesidades cada vez más apremiantes de los hermanos que más sufren en esta sociedad que excluye sin piedad a sus hijos. Estamos asimismo llamados a velar y captar los signos de los tiempos, estando atentos a los sueños grandes de toda la humanidad, soplos del Espíritu, que expresan la voluntad de liberación y salvación de nuestro Dios.  

 

Estas múltiples fidelidades que exige nuestro compromiso laical, implican una conversión continua, pues también supone aceptar los “Noes de los síes”: “no” a la comodidad y a la mediocridad; “no” al cansancio y “no” al tedio; “no” a las coartadas que eludan la libertad; “no” a los caminos fáciles pero también “no” a la abstención; “no” al espiritualismo desencarnado - pues nuestra vocación es un don para el mundo - y “no” al activismo ingenuo... y tantos otros “Noes”, de los grandes y de los cotidianos que empiezan a llevarse como “la sombra” al decir de Jung o de Anselm Grün, una sombra que crece a medida que pasan los años y con la que tenemos que aprender a convivir maduramente.  

 

En definitiva, y por la positiva, este compromiso de vida laical –también el de la vida religiosa –nos exige un renovar cada mañana las promesas bautismales y volver a decirle al que nos ha llamado “Sí, sí, aquí estoy para hacer Tu voluntad”

 

3.      Vocación – Misión – Gratuidad

 

El exceso de responsabilidad, la sombra de los “noes de los síes”, ese temor y temblor que nos produce la distancia entre nuestra fragilidad y la exigencia de la misión, pueden abrumarnos y hasta hacernos caer en tentación, a veces la tentación de la impotencia y otras la tentación de la omnipotencia, de ahí la necesidad – creemos – de rescatar el concepto de gratuidad.  

 

La vocación la recibimos con gozo, la misión la asumimos con responsabilidad, pero vocación y misión laical nacen y se sostienen en la gratuidad.  

 

Nos fiamos del que es Fiel por excelencia, el que nos llamó a la vida, nos escogió con amor de predilección para este modo de vida, y constantemente nos sostiene en el ser, en la vocación y en la misión encomendada.

Cada vez que Dios elige a un hombre o a una mujer, para proponerle ser parte de su plan de salvación, acompaña su llamado con un “no temas”, es una constante que podemos rastrear en su Palabra.  

 

El llamado de Dios es siempre libre y gratuito, inmerecido, no corresponde a nuestros méritos o capacidades, porque así es Dios: trinidad de amor que se desborda siempre, que sorprende y que regala. Tomar conciencia de la gratuidad del llamado tiene que ser muy liberador para nosotros. 

 

Somos concientes de que el llamado es demasiado grande para nuestras solas fuerzas pero va acompañado de la promesa de nuestro Dios, que es un Dios de Alianzas para siempre. Las palabras finales de Jesús resucitado que rescata el evangelio según san Mateo da cuenta de esa promesa: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20)  

 

San Pablo, incansable en su celo apostólico y tan humano en toda su historia,  experimentó la debilidad y en ella la fortaleza de Dios, finalmente en su madurez espiritual descubre que la gracia de Dios le basta.

El Señor no profirió palabras distintas para Religiosos y para Laicos, llama, elige y forma una comunidad. Seguramente por razones históricas, culturales y religiosas, los llamados con nombre propio son doce y doce varones, pero sabemos que lo acompañaban muchos y muchas más. A ellos, los discípulos y discípulas, les enseña con parábolas, los hace testigos de sus signos y les dirige su palabra, por eso todo lo dicho por Jesús es también palabra suya para nosotros los Laicos:  

 

Ustedes no me eligieron a mi, sino que yo los elegí a ustedes y los elegí para que vayan y den mucho fruto y que su fruto permanezca” (Jn. 15, 16)

Ustedes son la sal de la tierra. Y si la sal se vuelve desabrida, ¿con qué se le puede devolver el sabor?” (MT. 5, 13)

Ustedes son la luz del mundo... No se enciende una lámpara para esconderla... sino para que alumbre a los de toda la casa. Así, pues, ha de brillar su luz ante los hombres” (Mt. 5, 14-15)

Busquen primero el reino de Dios y su justicia, todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt, 6, 33)

No basta con que digan Señor, Señor, para entrar en el reino, sino que tienen que hacer la voluntad de mi Padre” (Mt, 7, 21)  

 

Ánimo, no teman, soy Yo” (Mt. 14, 27)

Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12)

No se turben. Ustedes confían en Dios, confíen también en mí” Jn. 14, 1)

Les dejo la Paz, les doy mi paz... que no haya en ustedes ni angustia ni miedo” (Jn. 14, 27)

La paz prometida, la paz anhelada, la paz de este entretiempo de la Iglesia peregrina, es una paz extraña que no es la de los sepulcros, ni de la ausencia de conflictos, ni de lo inmutable, sino una paz viva, dinámica y comprometida con el parto de la justicia. Dice el Concilio: “Cada seglar debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo” (LG 38)

   

Para finalizar quiero compartirles una oración y un poema. La oración es mía y me gustaría que como las coplas pasara al anonimato porque la sienten propia. El poema es del poeta uruguayo Liber Falco, y expresa mis sentimientos de este día:

La oración dice así:

 

Señor, que con gozo nos llamaste,

bendícenos una vez más,

para que apoyados en Tu fidelidad y en Tu gracia

vivamos con alegría pascual esta vocación laical,

en la Iglesia sacramento tuyo,

y al servicio del mundo tuyo y nuestro.

Señor, a los que con gozo te seguimos

concédenos permanecer

firmes en la confianza,

porfiados en la esperanza,

y pródigos en el amor. Amén.

 

Y el poema de Liber Falco dice:

 

“Fuera locura, pero hoy lo haría,

atar un moño azul en cada árbol,

ir con mi corazón de calle a calle,

subirme a los pretiles,

gritarles que les quiero!

fuera locura, pero hoy lo haría!”

 

Muchas gracias a todos y a cada uno y,

¡Feliz Foro!, sigamos gozando de este Tabor.

 

Prof. Rosa Ramos


PRIMER FORO NACIONAL
DE ASOCIACIONES Y MOVIMIENTOS
LAICALES

 

Principal ] Arriba ] Falleció Mons. Andrés María Rubio | 1924 - 2006 ] Asambleas de la Conferencia Episcopal del Uruguay ] Consejo Permanente de la CEU ] Falleció Monseñor José Gottardi - Arzobispo Emérito de Montevideo (1923-2005) ] Fallecimiento de Mons. Marcelo Mendiharat ] ENCUENTROS  DE DIÓCESIS DE FRONTERA ] EL PAPA NOMBRO OBISPO PARA LA DIÓCESIS DE SAN JOSÉ DE MAYO ] Departamento de Catequesis de la C.E.U. ] Comisión Nacional de PASTORAL JUVENIL - C.E.U. ] CÁRITAS  URUGUAYA ] Visita AD LIMINA APOSTOLORUM · Setiembre de 2008 ] [ Departamento de Laicos - Conferencia Episcopal del Uruguay ] LA PASCUA DE MONS. DANIEL GIL ] Departamento de  Vocaciones y Ministerios · CEU ] Milton Tróccoli nombrado Obispo Auxiliar para la Arquidiócesis de Montevideo | Uruguay ] Nuevo Obispo para la Diócesis de Canelones - P. Alberto Sanguinetti ] Bodas de Plata episcopales de Mons. Pablo Galimberti (1984-18 de marzo - 2009) ] Hacia la Asamblea General del CELAM 2011 ]