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ECOS DEL XXXII ENCUENTRO NACIONAL DE LAICOS
El 17 de noviembre se vivió en la ciudad de Paysandú el XXXII Encuentro Nacional de laicos con el lema “Ciudadanos del mundo y de la Iglesia”
Llegamos a la “Heroica Paysandú” 180 personas de todos los puntos del país. La comunidad sanducera nos recibió con toda su sencillez y calor de familia. Pasamos un día de oración, estudio, reflexión sobre los desafíos del hoy para vivir nuestro ser discípulos misioneros en las tareas y responsabilidades de la vida diaria.
Allí en los patios del Colegio Ntra Sra. del Rosario, una laica en nombre de todos /as nos dio la bienvenida invitándonos a disfrutar del encuentro entre nosotros /as, a celebrar y a buscar juntos /as caminos que nos permitan anunciar el Reino de la vida en un mundo marcado por la violencia, la marginación y los conflictos. Nos recordó que nuestra vocación de laicos nos coloca en las encrucijadas del mundo donde construimos ciudadanía y eclesialidad.
Mons. Rodolfo Wirz nos alentó participar con alegría para restaurar fuerzas y seguir el camino de construcción que nos toca en el hoy.
En este encuentro fue muy importante el vivir y recrear la metodología del Ver-juzgar y actuar. Fuimos constituyendo grupos pequeños para rezar, reflexionar, mirar la realidad y discernir que es lo que hoy el Señor nos invita a vivir. En otra oportunidad compartiremos más sobre la reflexión de este encuentro. |
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HACIA EL XXXII Encuentro Nacional de Laicos
Puede bajarse en:
Bajo el lema: "CIUDADANOS DEL MUNDO Y DE LA IGLESIA", y en el marco del tema: "Aparecida, camino de renovación, discipulado y misión", el Departamento de Laicos de la CEU (DELAI) convoca al XXXII Encuentro Nacional de Laicos que se celebrará el 17 de noviembre en la ciudad de Paysandú, Diócesis de Salto.
Con la finalidad de colaborar en la reflexión previa al encuentro, el DELAI preparó un instrumento de trabajo que se pretende constituya un disparador y ocasión para compartir las ricas experiencias que los laicos y laicas viven en sus lugares de compromiso, tanto eclesiales como del mundo, al que están llamados a transformar y consagrar.
Compartimos en esta edición la presentación elaborada por el equipo del DELAI del instrumento de Trabajo. Podrá acceder a la totalidad del Instrumento de Trabajo en http://www.iglesiacatolica.org.uy/delai.htm
“CIUDADANOS DEL MUNDO Y DE LA IGLESIA”
Queridos laicos y laicas de nuestro país: Cada año preparamos con gran entusiasmo este Encuentro Nacional de Laicos. Una vez más será fuera de Montevideo, con todo lo simbólico de este signo. La cita es en Paysandú, el 17 de noviembre, para celebrar la fe y renovar el compromiso bautismal de ser y vivir como sacerdotes, profetas y reyes.
Les contamos que en este tiempo de preparación, nuestro lema ha ido cambiando. Fue bueno jugar con las ideas y expresiones hasta encontrar la que nos pareció mejor; vivimos en un tiempo de búsqueda de expresiones nuevas y más significativas para comunicar nuestra fe. El lema inicial fue “Mujeres y hombres comprometidos con nuestro tiempo”. Nos gustaba especificar los géneros, y queríamos hablar de compromiso. Ahí surgió la idea que el lema incluyera un concepto clave: “ciudadanía” o “ciudadanos”, por aquello de quienes están implicados en la “polis”, en la ciudad, siendo constructores, responsables. Entonces propusimos como lema del Encuentro: “Somos ciudadanos del mundo y de la Iglesia”. Luego dimos un paso más. Seguimos reflexionando y nos cuestionamos el “somos” como una expresión estática y fija, casi diríamos muy de ontología griega. Alguien dijo, en verdad la realidad es que estamos en camino, que estamos siempre “siendo”, queriendo ser, aprendiendo, caminando, intentando… Estos gerundios nos llevaron -paradójicamente- a dejarlos fuera del lema, pues queríamos conversarlos luego en los equipos, y simplificamos el lema: “Ciudadanos del mundo y de la Iglesia”.
Sí, ciudadanos, comprometidos, responsables, metidos, asumiendo desafíos y riesgos. Sí, del mundo, pues ¿dónde vamos a desarrollarnos sino donde el mismo Dios quiso “poner su tienda entre nosotros”? Sí, del mundo, pues es el lugar que estamos llamados a consagrar a diario, según nos dice el Concilio Vaticano II. El mundo es el lugar del Laico, el espacio al que somos especialmente “llamados” a desarrollar funciones propias tales como “iluminar y organizar todos los asuntos temporales” LG 31), “sanear las estructuras y ambientes del mundo procurando la justicia” (LG 36). Sí, del mundo, pues nada de lo humano nos es ajeno; pues la historia, el tiempo ordinario –kronos- es también la historia de salvación, oportunidad y lugar teológico del kairós –tiempo de Dios-. Sí, de la Iglesia, ciudadanos con derechos y responsabilidades plenos, pues los laicos y laicas somos parte del “Pueblo de Dios”, consagrados por el Bautismo al sacerdocio común de todos los fieles (LG 11). Sí, de la Iglesia, de una Iglesia peregrina, en marcha, que tras las huellas de Jesús, quiere ser sacramento del amor intratrinitario, e instrumento de unidad de todo el género humano (LG 1). Sí, de la Iglesia, pues el apostolado de los Laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia (LG 33).
Así que, hermanas y hermanos laicos, nos invitamos mutuamente a seguir siendo cada día "Ciudadanos del mundo y de la Iglesia", con responsabilidad, pero también con inmenso gozo. A vivirlo contando con la fuerza del Espíritu y con la de todos los que nos precedieron.
XXXII Encuentro Nacional de Laicos
PARA AGENDAR:
Día: 17 de noviembre Lugar del Encuentro: Colegio Ntra. Sra. del Rosario Dirección: Florida 1278 - Tel. 07222361 - PAYSANDÚ Horario: de 8 a 18 hs. Concluirá con la Eucaristía en la Catedral a las 17 hs. Locomoción: En cada Diócesis los laicos/as se organizarán para llegar a Paysandú, juntos/as.
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Departamento de Laicos Conferencia Episcopal del Uruguay Uruguay 1319 Tel: 900.26.42 E-mail: laicos@adinet.com.uy HORARIO DE ATENCIÓN: Jueves de 15 a 18 hs. |
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PRIMER FORO NACIONAL
DE ASOCIACIONES Y MOVIMIENTOS
LAICALES |
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MIRADAS A NUESTRO SER LAICAL: VISIÓN ANTROPOLÓGICA Psicóloga Susana González |
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1.-
Explicitando mi mirada-
Agradezco de veras la invitación para compartir juntos esta “mirada
antropológica a nuestro ser laical”. Esa mirada tiene un “lente”
que me es necesario explicitar: miro como mujer, como creyente, como
laica, como psicóloga que vive la tarea profesional del diálogo entre la
fe y la ciencia, como educadora, como parte de una asociación laical –la
Institución Teresiana-. Miro desde una mirada eclesial que configuró mi
identidad en los tiempos mozos, -compartidos con varios de ustedes-, que
es raíz, savia y horizonte desde donde nada del mundo y del hombre, le es
ajeno a la fe que hoy nos reúne...
2.-
Paseando nuestra mirada por los retos del presente....
Vivimos
en épocas de grandes cambios, profundos y vertiginosos que nos lanzan
–nos ponen en medio- de importantes retos. En un mundo convertido en
“aldea global” por la rapidez de los viajes, la velocidad de las
comunicaciones, de las noticias, de las transferencias comerciales, de las
nuevas tecnologías..... se profundiza el “cambio de época” en un
“cambio cultural”. Nuevo lenguaje, nuevas formas de vivir, nuevos
caminos de sentido, nuevas posibilidades de santidad, nuevos modelos de
familia, nuevas exclusiones, nuevas lógicas que nos impulsan a veces a
obrar de manera desarticulada. Mundo nuevo, que obliga a la comunidad
cristiana, grupo pequeño “como el grano de mostaza” a agudizar
nuestra capacidad de discernimiento para re-definir, no teóricamente sino
experiencialmente, su fundamento.
En
esta coyuntura, la que existe, en la única que Dios busca hacerse visible
a través de nosotros, es
donde nos llama a la santidad, nos invita a crecer como individuos y como
grupos. Todos nos vemos sigilosamente invadidos por estos procesos
culturales que llegan a nuestros sentidos permanentemente, de forma
brillante, o en la clandestinidad de lo desapercibido, de lo que ya forma
parte –al decir de Benjamín Glez. Buelta- de nuestra “cotidianeidad
seducida”.... Vivimos en un “mundo roto”, nos dice el mismo autor, y
esa ruptura pasa también por el centro de nuestra persona. Este estilo de
vida va generando en nosotros unas “entrañas impacientes”, donde se
prioriza el instante y lo inmediato (cuando sin embargo sabemos que somos
“seres de procesos”). Si en la modernidad podíamos correr el peligro
de arrollar a las personas por el apuro de alcanzar el horizonte, en este
tiempo llamado por algunos postmodernidad
podemos estancarnos en el pequeño oasis de lo puntual, de lo
fragmentario. Si nos distraemos un poco podemos perder de vista el plan de
Dios que recorre la historia y afecta a toda la realidad, a toda persona y
a toda la persona, integrando
todas sus dimensiones, más allá de la fragmentación.
La
modernidad nos “pintaba” psicológicamente a la persona como un
individuo estable, organizado y equilibrado, lo cual le permite responder,
adaptarse (¿sujetarse?) a los medios de producción, consumo y
reglamentación. Identidad equilibrada y centralizada. Desde allí es que
se asume que una persona que no presente un comportamiento, o una
“estructura de personalidad estable, organizada e integrada” es
vulnerable a la patología o pérdida de identidad. Sin embargo, la
propuesta postmoderna reconoce a la persona como una construcción de
estructuras de distintas dimensiones, de diversos órdenes,
institucionales y epistemológicos, que organizan de manera
a veces contradictoria y fragmentada el espacio simbólico de la
persona. La cultura postmoderna está metida en nuestros entornos
cotidianos, y penetra en nosotros como “estratos superpuestos” unos
sobre los otros, sin integrarse mutuamente, sin explicarse, de tal manera
que cuando la persona se ve sometida a presiones muy fuertes, los estratos
se deslizan unos sobre otros y si ese ser no está bien consolidada, la
persona puede romperse...
Los
procesos de construcción de identidad se tornan más frágiles y
fragmentados, las bases de seguridad para crecer y construirse se tornan
menos estables, los entornos donde crecemos y nos desarrollamos tienen un
importante grado de incertidumbre que impacta sobre la consistencia de las
personas. Ni mejor ni pero, distinto. Es este nuestro tiempo, habitado por
Dios, lugar de Historia de Salvación que se abre, como en cada época, en
múltiples desafíos...
Perviven
las preguntas que todo hombre y mujer llevan siempre consigo: ¿quién soy
yo? ¿a quién pertenezco? ¿a quién me debo? ¿qué es lo bueno? ¿qué
debo perseguir en mi vida?. Preguntas que nos generan inquietud y que a
veces postponemos, pero que tarde o temprano nos asaltan, porque son
antropológicamente ineludibles. La búsqueda de la propia identidad se ha
convertido en nuestros días capaz que en la tarea vitalmente más
relevante.... a veces le erramos al camino: miramos para vernos, nos
detenemos en las vidas ajenas para experimentar las nuestras, nos
proyectamos en otras vidas como campo de pruebas de la propia, olvidándonos
por un momento de la tensión que nos genera el diseñar nuestros propios
itinerarios personales.....
¿Cómo
vivir creativamente, como camino de realización, la construcción de la
identidad y la pertenencia a la comunidad? Vamos a intentar respondernos
un poco a esta pregunta....
3.-
Una mirada a la IDENTIDAD PERSONAL...
Entendemos por identidad
personal, el proceso de continuidad
interior, sentido de unidad y autodefinición personal. Tiene relación
con la estabilidad y fortaleza del “yo”, nos hace únicos e
irrepetibles.....
Esta
identidad personal se construye en base a elementos dados (genes, sexo,
flia, tiempo, nacionalidad, raza, etc.) y es también un concepto dinámico
(devenir) que vamos consolidando a lo largo de toda nuestra vida, y
especialmente en los primeros años. En las distintas etapas de la
existencia van surgiendo diferentes desafíos, crisis, síntesis, aportes
a la construcción de la identidad. Por ejemplo, la pertenencia a un
movimiento o asociación, desde nuestra vocación laical, genera en
nuestra identidad personal un movimiento de pertenencia, de identificación
con un espiritualidad y su misión. Como seres humanos, como
hombres y mujeres de fe, sabemos que somos “a imagen y semejanza del
Creador”, que en nuestra propia identidad, como sello indeleble, nos
sabemos hijos de Dios, amados incondicionalmente, hermanos, y señores de
la Creación.... esta “positividad radical” –como la llama Amadeo
Cencini- cualifica inmejorablemente nuestra identidad, la dota de un
Proyecto y de una profundidad que nos lanza más allá de nosotros mismos
y de nuestra propia autorrealización, hacia el horizonte trascendente del
Reino.
4.-
EL “CARISMA COMO REVELACIÓN DE LA IDENTIDAD” (A.
Cencini, 1982)
Cuando
recibimos el llamado a formar parte de un carisma desde nuestra vocación
laical, expresado en una asociación o movimiento, recibimos también con
ese llamado, una invitación a descubrir aquél o aquellos aspectos de
nuestra identidad personal que se potencian, que se desarrollan, que se
amplían en nosotros. El carisma al cual pertenecemos nos recrea, y
nosotros, con nuestra vida, con el empeño cotidiano, le damos vida en
nuestra pobre y sincera respuesta, que Dios hace fecunda. El carisma nos
desvela un aspecto de nosotros mismos y nosotros damos vida en el hoy a la
intuición que el mismo Espíritu suscitó en quienes fundaron ese
movimiento y asociación a la cual pertenecemos hoy. Somos parte nosotros
de ese “río vivo” de quienes dóciles al Espíritu siguen haciendo
realidad hoy ese aporte particular de cada uno de nuestros carismas, a la
Iglesia y al mundo.
El carisma nos revela parte de nosotros mismos....
(cuánta vida, cuánto sentido hemos recibido a través de él) y nuestra
misma vida lo hace tangible hoy.
Mutua implicación.....
Dejemos
que el mismo Amedeo Cencini, -maestro en la unión de psicología y
espiritualidad, - y que visitará nuestro país a fines de junio,
nos exprese con sus palabras, esta realidad honda que se nos hace buena
noticia y compromiso:
“El
carisma, no es sólo un acontecimiento espiritual, algo muy piadoso e
interesante que se añade desde afuera, casi opcional, a una personalidad
ya formada, a un yo que ya sabe todo sobre sí. Ha de entenderse y
presentarse, en cambio, como la revelación de la propia identidad, y más
precisamente de aquella parte del propio yo que espera ser realizada. El
carisma, todo carisma, es teofanía y contemplación de un aspecto
particular de la realidad de Dios o de la vida de Cristo, pero también un
descubrimiento del yo “escondido con Cristo en Dios” (Col3,3); es
decir, escondido y desvelado por ese mismo misterio. De este modo se ponen
las bases para superar esa peligrosa dicotomía
entre vida espiritual y realización del yo: el individuo es
conducido desde un principio a captar en su vocación específica la
llamada a ser de un modo particular, su nombre, su cara,
la condición para ser realimente él mismo, para ser feliz. Ningún
hiato entre exigencias reales psicológicas y vida en el Espíritu, ningún
peligro de vivir una experiencia espiritual alienante. El carisma se
convierte así en un contenido espiritualexistencial que desvela la verdad
del yo, el objetivo de su
maduración. “ (C. Amadeo, 1993)
5.-
DE LA IDENTIDAD A LA PERTENENCIA....
El
sentido de identidad y de pertenencia son elementos estructurales del yo.
A todo ser humano le es inevitable, necesario, entregarse a algo o a
alguien. Será él el que decida a quien o a qué, pero en ningún caso
puede dejar de hacerlo, hasta el punto de que, si decide “reservarse”,
sin vincularse a nada o a nadie, de hecho se hará dependiente, sin
saberlo, de un montón de cosas y personas.... La necesidad de vinculación
del ser humano, sigue vigente aunque las maneras históricas de llevar a
cabo esa pertenencia, vayan de la mano de los avatares del tiempo en que
nos toca vivir.... Toda persona se define a
partir de aquello que ES y en lo que se reconoce, así como por aquello a
lo que pertenece y a lo que se entrega; y lo que cada uno es está
relacionado con aquello de lo que se siente que forma parte. El sentido de
pertenencia, es el reflejo, en el plano relacional, del sentido de
identidad. Cuando decidimos
entregarnos a aquello que nos define en nuestra identidad,
desde esa elección entramos en un contexto de vida y de personas,
de valores e ideales, en cuyo centro se encuentra precisamente lo que es
central también para nuestra propia persona, y en donde, por eso mismo,
se puede llevar a cabo el proyecto de nuestro yo. La pertenencia nace de
la identidad, y no se fragua la identidad, sin tener en cuenta la humana
necesidad de la pertenencia. La pertenencia engendra identidad, o por lo
menos ayuda a descifrarla mejor reconociéndola en una historia pasada y
común, que prosigue en el presente con rostros y gestos concretos que son
nuestros hermanos y nuestras comunidades de referencia. Realidad
multicolor, diversa, desde donde se fundamenta el “que todos sean uno,
para que el mundo crea”. Este sentido de
pertenencia no puede ser algo puramente sentimental, subjetivo, de
realización de deseos. No es tampoco un objetivo psicológico para no
estar solos, porque es lindo estar acompañados. No debe confundirse con
el “sectarismo camisetero” de reunirse para protegerse, para ser más
visibles, fuertes y excluir a otros. Ni debe ser tan lábil que vamos
recorriendo comunidades de un lado a otro, haciendo “turismo
religioso” o “spa espiritual”..... La identidad sin
pertenencia se ahoga en el narcisismo o individualismo, al igual que la
pertenencia carente de identidad se convierte en dependencia. El sentido de
pertenencia a nuestra comunidad, asociación o movimiento es maduro,
cuando, -entre otras cosas-, es el reflejo del sentido de pertenencia al
carisma y se hace creíble, en concreto, con el afecto sincero a la
comunidad, al movimiento, al grupo tal como es, a las personas de carne y
hueso que la componen, con sus limitaciones, debilidades, virtudes y
defectos. Cuando comprendemos vitalmente
y sin romanticismos que somos hermanos y hermanas porque por encima
de las diferencias, y más fuerte que todas las miserias hay un proyecto
común pensado por Dios y confiado a cada uno de forma particular y al
grupo como tal, en el horizonte de misión del Reino.
Y
podríamos agregar nosotros: en un encuentro como éste, se fortalece
nuestra identidad, nuestra pertenencia, nuestro ser eclesial. De hecho de
encontrarnos, el decir a otros quiénes somos y expresar qué trazo del
Espíritu nos inspira, cuál es nuestra misión como asociación o
movimiento...... nos hace reconocernos y reconocer tanta riqueza!.....
Animémonos a vivir con pasión nuestra identidad, a reconocer con
reverencia y asombro la diversidad de movimientos y asociaciones que nos
hacen uno en la fe...... si lo vivimos de veras, nos fortaleceremos en la
fe, y el Señor se encargará
de hacernos “sal y luz”, para que “el mundo crea”...... eso lo
hace El con nosotros (y tantas veces a pesar nuestro!).. nosotros vivamos
a pleno el encuentro.....
6.-
Y VOLVEMOS AL HOY PARA DESCUBRIR SUS RETOS. La necesidad de personalización.
Se
necesitan personas y comunidades arraigadas y fuertes, animadas por el Espíritu,
para llevar adelante el seguimiento de Cristo en nuestros días, es decir,
el anuncio simultáneo e integrado, de la persona de Jesús como Hijo de
Dios y de su Proyecto: el Reino. Una fe encarnada..... para eso se
necesitan personas y comunidades arraigadas y fuertes, dóciles al Espíritu
de Dios....
Constatamos
la necesidad de la personalización de los procesos de construcción de
identidad y pertenencia. Desde la familia, la educación, las pastorales
específicas, las comunidades eclesiales, movimientos y asociaciones.
Personalización como modo radical de ejercer la propia libertad en la
edificación de la persona. En una sociedad que requiere y fomenta
personas lábiles, consumistas, frágiles, descomprometidas, la
personalización de la fe y la vivencia comunitaria da lugar a personas
inquietas, consistentes, en cierta forma contraculturales. Personalización
de los procesos personales y comunitarios que engendran una fe vigorosa,
pues supone descender a las raíces del ser humano, donde todo se fragua,
allí donde somos interpelados en nuestra conciencia, por la
Trascendencia.
Patxi
Alvarez, en un artículo publicado en la Revista Sal Terrae en junio de
2003, nos plantea en cuatro verbos, el
dinamismo de la personalización para la construcción del sujeto
actual: FUNDAR, REHABILITAR, PROBAR Y
CONSOLIDAR.
+
FUNDAR LA PERSONA:
“La
persona requiere un suelo vital sobre el que construir con coherencia su
propio relato, asentar sus fidelidades
compromisos personales. Sin él, su biografía se deshilacha en una
suma de acontecimientos personales inconexos. Fundar la persona, ayudarla
a adquirir ese suelo personal, debería ser el gran objetivo de los
procesos educativos y de fe”.
“La
fundación de la persona está hecha de pequeños compromisos puntuales
que deben desembocar en un proyecto vital, como estación término del
proceso de construcción de la persona. Un compromiso constituido en
proyecto de vida, que proporcionará identidad y sentido de pertenencia,
que dará lugar al sujeto, a la persona”.
Y nos ofrece algunas pistas: (¿cómo hacemos esto, en nuestras comunidades?
+
REHABILITAR AL SUJETO.
....”que
se produce en medio de los encuentros. Son los encuentros con los otros,
con otros tú, los que nos despiertan. Es el encuentro cara a cara con el
necesitado el que posee mayor capacidad transformadora. Las víctimas de
nuestro mundo, -nos dice el autor- reclaman una respuesta y, con ella, una
conversión interior. Asimismo, el encuentro desnudo con Dios posee una
enorme fuerza interpeladora que es necesario propiciar.
El
lugar de esa rehabilitación del sujeto, son las comiunidades, abiertas e
inclusivas, donde se vivencian otros valores, donde la humanidad brilla
con otra luz. En la actualidad estas comunidades precisan de un núcleo básico
de personas sólidamente establecido y, al mismo tiempo, deben permitir
pertenencias flexibles si quieren ser una alternativa relevante y evitar
convertirse en burbujas. Muy especialmente las comunidades cristianas
necesitan buscar ésta articulación válida entre núcleo sólido y
pertenencia flexible”. (P. Alvarez, 2003)
+
PROBAR A LA PERSONA:
A
los creyentes actuales muchas cosas nos ponen a prueba; probar no es
elemento propio de otras épocas. Nos prueba la desazón que nos viene
cuando sembramos fe y justicia sin ver demasiados frutos; el
individualismo; la vida fácil y la tentación de que nos vaya bien en
todo; nos pone a prueba la complejidad del mundo en que vivimos..... Sin
prueba no fragua la persona ni tampoco puede sostenerse.
”La
prueba contrasta la verdad de nuestros compromisos y de nuestra identidad,
terminando por fortalecernos cuando la superamos. Sólo de una persona y
de una comunidad probadas podemos esperar respuestas sostenidas. Para eso
es necesario aceptar la pérdida, rumiar los fracasos y admitir los límites.
La prueba se supera al regresar al amor primero, al releer lo sucedido
desde nuevos parámetros y desde una nueva profundidad” (como sucedió
en Emaús) (P. Alvarez, 2003)
+
CONSOLIDAR AL SUJETO.
Es
decir, permitir que la persona crezca, profundice, eche raíces,
florezca.... Esta consolidación se produce en el interior de la persona,
pero precisa de un entorno comunitario que lo posibilite. Se dice que en
nuestra época las instituciones son “porosas”, ni cuentan con la
lealtad y el compromiso para proyectos de largo recorrido y no abrazan al
individuo de una manera sostenida y firme (Fdez. Martos, 2000) No se da la
consolidación sin algún tipo de lazo comunitario estable, sin un
sentimiento de valía personal por la participación
la contribución a una aventura común. Y la que convoca, sostiene
y envía es misma persona de Jesús.
Entornos
propicios, acompañamientos personales y comunitarios que sostengan y
propicien estos procesos de crecimiento de cada miembro y de toda la
comunidad.
Interesantes
retos para mirar el futuro con Esperanza
y para trabajar el presente de nuestras vidas y comunidades con
empeño....
+
CONCLUSIÓN:
La
cuerda de la guitarra, como dice el poeta, sólo vale si se traba y se
vincula. Nuestra libertad, si no se traba con los otros, no es más que
una cuerda sin música..... identidad- pertenencia- comunidad- diversidad-
Comunión....
Y
para terminar, esta comparación, que va como un juego de color, como el
que hoy nos da cita aquí:
“Un
carisma es como un mosaico ideado por el Espíritu; su novedad y
originalidad se aprecian no solo y no tanto en la figura en sí o en el
diseño total, sino en la relación entre sus partes, en l forma en la que
cada componente se relaciona con los demás. Como en un mosaico, así
también en el proyecto carismático cada elemento supone el otro y lo
determina en una relación recíproca de causa y efecto. Quitar o aislar
una sola pieza significa no comprender el conjunto del cuadro, su
totalidad; por otro lado, perder de vista el diseño en su totalidad querrá
decir que no se capta el sentido de cada una de las partes. Si es el Espíritu
el arquitecto de este proyecto, habrá en él una armonía interna entre
las partes que será importante y bello captar” (A. Cencini, 1982)
¡¡DISFRUTEMOS
DE ESTA FIESTA DE IDENTIDAD Y DE COLOR,
DE PERTENENCIA Y DE COMUNIÓN, DE ENCUENTRO DE HERMANOS EN LA FE!!!
Psic.
Susana González |
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| Bienvenida al Foro realizada por la Mesa Permanente entrante y saliente del Dpto. de Laicos. Mons. Rodolfo Wirz, Rosario Alves, Beatriz Baltasar y Mons. Orlando Romero. | Saludo de Bienvenida de los participantes |
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| Feria de Exposición de los Movimientos y Asociaciones participantes | Celebración de la Eucaristía |
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| Alguna de las ponencias del Foro de Laicos | En los galpones de los Talleres Don Bosco |
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| Un importante número de laicos acompañó la Jornada y también algunos miembros de la Conferencia Episcopal (En la foto Mons. Raúl Scarrone) | |
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Bienvenidos
todos y todas, llegamos a este día con grandes expectativas y muchas
gracias de “disoñar” juntos, lo primero que me nace es decirles
parafraseando a Jesús en la última cena: “He deseado mucho estar
aquí y celebrar con ustedes” y se goza mi corazón al ver este
mundo de hermanos y hermanas venidos de tantos sitios y portadores de
tantos carismas distintos, pero hermanados en el mismo Bautismo y en la
misma Fe en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Gracias a cada uno
y a cada una por estar aquí.
A
mi me toca el enfoque teológico-magisterial y he elegido como tema LA
VIDA LAICAL para compartir con ustedes esta mañana.
Ser
Laicos es tener un lugar en el mundo, además de un lugar en la Iglesia.
La laicidad es nuestro ser, nuestra identidad, y nuestro modo peculiar de
construir el Reino de Dios aquí y ahora, de esperarlo y de pedirlo; es
también nuestro desafío.
Ser
Laica, en este caso, es “mi lugar en el mundo” –parafraseando
la conocida película- y es desde aquí que puedo decir una palabra, desde
la experiencia gozosa y desde las exigencias cotidianas.
Las
tres palabras-ideas-intuiciones que quiero compartir con ustedes en relación
a la vocación y a la vida laical son: gozo, responsabilidad, gratuidad
Voy
a desarrollar estas ideas en tres puntos:
1.
Ser laicos es una vocación, un auténtico y original llamado de
Dios, que acogemos con inmenso gozo y gratitud.
2.
Ser laicos es una gran responsabilidad pues implica una misión que
asumimos ante Dios, en la Iglesia y para servir al
mundo, responsabilidad que aceptamos con temor y temblor.
3.
Ser laicos, simultáneamente, no es una pesada carga que nos
agobia, pues la vivimos sostenidos en la gratuidad y en la confianza,
fiados de la fidelidad de Aquél que nos ha elegido y que nos sostiene.
1.
Vocación y Gozo.
Siempre
me impresiona mucho en el Apocalipsis el mensaje dirigido a la comunidad
de Efeso. El Señor, reconoce sus virtudes, su respuesta y fidelidad, pero
le reprocha: “...tengo contra ti que has perdido tu amor de antes”
(Ap. 2, 4). No basta “hacer”, no bastan las fatigas, ni la paciencia,
ni el sufrimiento por causa de Dios, nos exige más, nos exige amar, y
amar con la fuerza y la entrega, la novedad y el gozo del principio.
Las vocaciones, como los amores, tienen un tiempo primero, fundante y epifánico, al que hay que volver una y otra vez, de lo contrario la dispersión en la acción y la cotidianidad apagan, amenazando su vida, su frescura, su fecundidad.
El amor del principio tiene mucho de descubrimiento, de enamoramiento, de admiración, de gozo en definitiva. El mismo amor llevará al compromiso y a la entrega madura - que la comunidad de Efeso asume y el Señor lo reconoce -, pero el desafío está en no permutar el amor por la acción, sino mantener la tensión acción-contemplación.
Como
laicos es preciso reafirmar nuestra vocación, para lo cual siempre es
bueno volver a gustarla, “volver al amor primero”, asumirla y
vivenciarla como un don recibido, recrearla en su mística y
espiritualidad propia, confirmarla y hermosearla, y así ofrecerla como
precioso don a la Iglesia y a la historia. En los ambientes eclesiales “vocación” casi siempre se identifica con Vida Religiosa o con Ministerio ordenado. Hoy me propongo rescatar y reivindicar la vida laical como respuesta a un llamado de Dios específico y valiosísimo, que es la fuente de nuestro gozo y la fuerza para la misión.
Pero
quiero afirmar que nuestra vocación laical es también gozo y gratuidad
para la Iglesia, como lo plantea el Concilio: “El Santo Sínodo...
vuelve gozosamente su espíritu hacia el estado de los fieles cristianos
llamados laicos...” Así comienza el capítulo IV de la Lumen
Gentium dedicado a los Laicos (LG 30). Para los Padres conciliares plantear la vocación y misión del Laico como una vocación singular es un gozo, una alegría, porque es asomarse al misterio y descubrir la prodigalidad y la originalidad de Dios que a todos llama según su libérrima voluntad. “A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales..:” (LG 31) Dios convoca al laico con una “vocación propia”. Si Dios llama y se nos revela es siempre desde su libertad, su bondad y sabiduría (DV 2), de ahí que la Iglesia, atenta a los signos de los tiempos, descubra asombrada y gozosa la dignidad de este llamado. Siempre ha habido laicos en la Iglesia, pero es este Concilio el que capta y revela el nuevo lugar de los Laicos en la Iglesia y en el mundo y “vuelve gozosamente su espíritu” hacia ellos, hacia nosotros, contemplándonos con una nueva mirada. Presenta a todos los bautizados (LG 9 - 10) como ciudadanos de primera clase, como “pueblo de Dios” y luego a los laicos no los define solamente por su “no ser”: no ordenados o no religiosos, sino también por su “ser”: “fieles cristianos que por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen, en la parte que les toca, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en mundo” (LG 31) Recordemos además la revolución copernicana que hace el Vaticano II al colocar en la Constitución sobre la Iglesia el capítulo del Pueblo de Dios antes de las especificaciones Jerarquía y laicado. Por otra parte, si ser Laicos es una vocación singular, es preciso recordar que Dios siempre llama para algo bueno y grande, noble y valioso: a Abraham para prometerle una descendencia innumerable (Gn. 12, 1-2), a Moisés para liberar al pueblo oprimido (Ex. 3, 7-10), a otros para profetizar en su nombre (Is. 6, 8-9; Jr. 1, 9), a los discípulos para anunciar que el reino está cerca (Mt. 10, 7), para trabajar en su viña (Mt. 20, 1-8).... Toda la historia de la salvación, de la que da cuenta la Palabra de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, está tejida por llamados de Dios y respuestas de hombres y mujeres. Todas las llamadas son singulares pero todas apuntan al mismo fin: Dios quiere revelarse a los hombres y revelarles su voluntad de salvación (DV 2)
Dios
siempre llama con ilusión y siempre lo hace con un sueño de amor.
Siempre llama para una vida plena y abundante (Jn. 10, 10), para que
seamos felices (Jn. 15, 11) aún cuando nos cueste la vida, como a su
Hijo. El llamado de Dios irrumpe en nuestro cronos (tiempo cotidiano) regalándonos su kairós (tiempo de salvación) para nosotros, y para los otros. Toda vocación es, como todos los dones, para el bien común, para la comunidad, para la pequeña y para la grande que va más allá de la Iglesia. Al goce de la llamada corresponde el goce de la respuesta. A la ilusión de Dios corresponde nuestra ilusión, a su sueño de amor corresponde el nuestro. Descubrir en nuestras vidas la voz de Dios llamándonos por nuestro nombre es descubrir su amor y predilección, como lo descubrió el propio Jesús el día de su bautismo en el Jordán (Mt. 3, 16/ Mc. 1, 11). La vocación a la que hemos sido llamados nos llena de júbilo, nos hace sentir únicos (para Dios todos somos su creación primigenia y original) en el mundo y parte del río de la historia de salvación. “... El carácter secular es propio y peculiar de los laicos... Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones del mundo, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido...” (LG 31) Nuestra vocación, y lugar específico, es la profesión y la familia, el trabajo y el ocio, la vida cotidiana y el mundo de las relaciones, lo inmediato y lo lejano, lo micro y lo macro, el barrio y la economía, la política y la educación... En todos esos ámbitos somos Iglesia, sacramento de y “en” Cristo, que es “el” sacramento por excelencia. En nuestra peculiar vocación los laicos somos Iglesia, definida por el Concilio como “sacramento, señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1) Ser laicos es, entonces, un motivo de gozo, de regocijo, de acción de gracias, este es el lugar en el mundo y en la Iglesia que Dios, en su bondad y sabiduría, quiso para nosotros, para nuestra felicidad y realización, para nuestra entrega generosa, para santificarnos y santificar el mundo.
¿Como
no acoger como un precioso don, y volver a pasar frecuentemente por el
corazón, una tal vocación?! Tal vez no hayamos reparado lo suficiente en
estas palabras de Jesús: “Ustedes no me eligieron a mi, sino que yo
los elegí a ustedes” (Jn. 15, 16)
2.
Misión y Responsabilidad
A
la vocación singular del Laico corresponde una misión igualmente
singular y difícil. El Concilio nos propone: “... buscar el reino de
Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales... A ellos,
muy especialmente, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos
temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se
realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen
y sean para la gloria del Creador y Redentor” (LG 31)
Si
en el punto anterior afirmábamos el gozo,
en este afirmamos la otra cara de la misma moneda: la
responsabilidad. La misión del Laico significa un gran compromiso
eclesial e histórico del que no podemos rehuir ni eludir buscando
coartadas.
Al
igual que todos los llamados de todos los tiempos, Abraham, Moisés,
David, Rut, Esther, Elías,
Isaías, Jeremías, María... asumimos la misión con temor y temblor. A
veces nos sentimos demasiado jóvenes, otra demasiado viejos, otra
demasiado impuros, o demasiado torpes..., descubrimos las dificultades y
los riesgos del “sí”... pero Dios mismo nos convence, como a lo largo
de toda la historia de la salvación, que con Él todo lo podemos y en
nuestra debilidad se hace visible su fortaleza.
Los Laicos tenemos responsabilidades eclesiales, por cuanto nuestra vocación es un llamado dentro de la Iglesia y pertenecemos al Pueblo de Dios. Por la dignidad que nos confiere el bautismo, participamos del sacerdocio común de los fieles, y desde allí estamos llamados a ejercer “el culto espiritual, para gloria de Dios y salvación de los hombres... los laicos como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran el mundo a Dios” (LG 34).Asimismo tenemos responsabilidad en la evangelización: “El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado, al cual todos están llamados por el mismo Señor en razón del bautismo y la confirmación.... Esta evangelización... adquiere una nota específica dentro de las condiciones de la vida en el mundo” (LG 33). En particular se le pide a los laicos el apostolado del testimonio en su vida familiar, y en su estado propio (LG 35), en el mismo numeral se exhorta a la formación en las verdades de la fe.
Además de las funciones sacerdotales y proféticas (testimonio, evangelización, anuncio y denuncia, hasta el martirio si es preciso) propias del bautizado, también los laicos somos co-responsables de la Iglesia, pudiendo asumir funciones de gobierno, ejerciendo así la función real. Al tratar el Concilio la relación con la jerarquía se plantea que los laicos tienen no solo el derecho sino también “la obligación de manifestar su parecer” a la jerarquía sobre los asuntos relativos a la Iglesia (LG 37).
Pero la misión específica que corresponde a la vocación laical, es una misión “ad extra”, en el mundo, en la historia, allí está nuestro lugar, nuestro “Tabor” y nuestro “Gólgota”, con sus cumbres y sus abismos, con sus satisfacciones y sus desolaciones. El mundo, la historia, ése es nuestro lugar irrenunciable so pena de ser infieles al llamado de Dios, a nuestra original vocación.
“Los laicos, sin embargo, están llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos. Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo y a la vez en instrumento vivo de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo” (LG 33)
El laico está llamado por Dios y enviado por la Iglesia a participar en su nombre del mundo de la política y de la economía, del deporte y de la medicina, de la educación, de la ciencia y de la cultura... No hay ámbito humano-social que no sea nuestro terreno, todo lo secular o mundano nos corresponde como lugar y misión específica. No siempre es fácil este compromiso histórico, pero desde la encarnación sabemos que lo que no es asumido no es redimido.
Si en el numeral 31 la Lumen Gentium planteaba de modo general ordenar según Dios los asuntos temporales, luego de forma más explícita señala a los laicos el papel en la procura de la justicia y la responsabilidad de sanear las estructuras: “Procuren, pues, seriamente, que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad... los bienes creados se fomenten interiormente al servicio de todos y de cada uno de los hombres y se distribuyan mejor entre ellos, según el plan del Creador... los seglares han de procurar, unidas también sus fuerzas, sanear las estructuras y los ambientes del mundo...” (LG 36)
Para
finalizar este punto del compromiso y la responsabilidad que nos compete
como laicos necesitamos hacer también referencia, al menos escuetamente,
a otra de las Constituciones del Concilio Vaticano II, las Gaudium et Spes,
consagrada precisamente a la relación de la Iglesia y el mundo.
Afirma
el documento como “cosa cierta” que toda la actividad humana
individual y colectiva a lo largo de los siglos “para mejorar su
condición de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de
Dios” Agrega que aún con los quehaceres más ordinarios “desarrollan
la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo
personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia”, es
decir nos plantea el Concilio que somos “co-creadores” con Dios.
Nuestro
lugar es en el siglo, en la historia, en este aquí y ahora lleno de
dificultades, pero también de oportunidades.
Forman
parte de los deberes insoslayables del cristiano la construcción del
mundo y la atención de los hermanos: “... el mensaje cristiano no
aparta al hombre de la construcción del mundo, ni lo impulsa a descuidar
el interés por sus semejantes, más bien, lo obliga a sentir esa
colaboración como un verdadero deber” (GS 34)
Recomendamos
releer todo el capítulo III referente a la actividad humana en el mundo
donde la valora altamente, y todo el capítulo IV sobre la función de la
Iglesia en el mundo, allí, por ejemplo, nos exhorta a no abandonar los
deberes terrenos por la esperanza futura, sería un error, una
incoherencia, una deserción grave . “El cristiano que descuida sus
obligaciones temporales falta a sus obligaciones con el prójimo y con
Dios mismo, y pone en peligro su salvación eterna” (GS 43)
Los
laicos estamos especialmente vocacionados a participar activamente en la
construcción del reino de Dios (que por otra parte pedimos y sabemos que
es un don, cuya consumación será meta histórica), a transformar la
realidad conforme a la voluntad de Dios, a allanar los senderos (otra vez
como Juan el Bautista) para la parusía del Señor y para la pascua de la
creación.
He
aquí nuestra gran responsabilidad, esa que asumimos con temor y temblor,
ya que estamos llamados por Dios a un compromiso auténtico, y efectivo, a
una entrega no intermitente y emotiva, sino a la fidelidad constante del día
a día, ¡la más difícil!!!
Y
esta fidelidad cotidiana se nos exige en varios niveles simultáneos, en
primer lugar en el entorno inmediato, con nuestra familia, nuestro barrio,
nuestro trabajo, en días que transcurren iguales, grises e
“inaparentes”, sin el brillo de lo extraordinario y sin despertar
aplausos. Estamos llamados como Iglesia de Jesús a responder con
solidaridad y fidelidad evangélica a las necesidades cada vez más
apremiantes de los hermanos que más sufren en esta sociedad que excluye
sin piedad a sus hijos. Estamos asimismo llamados a velar y captar los
signos de los tiempos, estando atentos a los sueños grandes de toda la
humanidad, soplos del Espíritu, que expresan la voluntad de liberación y
salvación de nuestro Dios.
Estas
múltiples fidelidades que exige nuestro compromiso laical, implican una
conversión continua, pues también supone aceptar los “Noes de los síes”:
“no” a la comodidad y a la mediocridad; “no” al cansancio y
“no” al tedio; “no” a las coartadas que eludan la libertad;
“no” a los caminos fáciles pero también “no” a la abstención;
“no” al espiritualismo desencarnado - pues nuestra vocación es un don
para el mundo - y “no” al activismo ingenuo... y tantos otros “Noes”,
de los grandes y de los cotidianos que empiezan a llevarse como “la
sombra” al decir de Jung o de Anselm Grün, una sombra que crece a
medida que pasan los años y con la que tenemos que aprender a convivir
maduramente.
En
definitiva, y por la positiva, este compromiso de vida laical –también
el de la vida religiosa –nos exige un renovar cada mañana las promesas
bautismales y volver a decirle al que nos ha llamado “Sí, sí, aquí
estoy para hacer Tu voluntad”
3.
Vocación – Misión – Gratuidad
El exceso de responsabilidad, la sombra de los “noes de los síes”, ese temor y temblor que nos produce la distancia entre nuestra fragilidad y la exigencia de la misión, pueden abrumarnos y hasta hacernos caer en tentación, a veces la tentación de la impotencia y otras la tentación de la omnipotencia, de ahí la necesidad – creemos – de rescatar el concepto de gratuidad.
La
vocación la recibimos con gozo, la misión la asumimos con
responsabilidad, pero vocación y misión laical nacen y se sostienen en
la gratuidad.
Nos
fiamos del que es Fiel por excelencia, el que nos llamó a la vida, nos
escogió con amor de predilección para este modo de vida, y
constantemente nos sostiene en el ser, en la vocación y en la misión
encomendada. Cada vez que Dios elige a un hombre o a una mujer, para proponerle ser parte de su plan de salvación, acompaña su llamado con un “no temas”, es una constante que podemos rastrear en su Palabra.
El llamado de Dios es siempre libre y gratuito, inmerecido, no corresponde a nuestros méritos o capacidades, porque así es Dios: trinidad de amor que se desborda siempre, que sorprende y que regala. Tomar conciencia de la gratuidad del llamado tiene que ser muy liberador para nosotros.
Somos
concientes de que el llamado es demasiado grande para nuestras solas
fuerzas pero va acompañado de la promesa de nuestro Dios, que es un Dios
de Alianzas para siempre. Las palabras finales de Jesús resucitado que
rescata el evangelio según san Mateo da cuenta de esa promesa: “Y he
aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”
(Mt. 28, 20)
San
Pablo, incansable en su celo apostólico y tan humano en toda su historia,
experimentó la debilidad y en ella la fortaleza de Dios,
finalmente en su madurez espiritual descubre que la gracia de Dios le
basta. El Señor no profirió palabras distintas para Religiosos y para Laicos, llama, elige y forma una comunidad. Seguramente por razones históricas, culturales y religiosas, los llamados con nombre propio son doce y doce varones, pero sabemos que lo acompañaban muchos y muchas más. A ellos, los discípulos y discípulas, les enseña con parábolas, los hace testigos de sus signos y les dirige su palabra, por eso todo lo dicho por Jesús es también palabra suya para nosotros los Laicos:
“Ustedes
no me eligieron a mi, sino que yo los elegí a ustedes y los elegí para
que vayan y den mucho fruto y que su fruto permanezca” (Jn. 15, 16)
“Ustedes
son la sal de la tierra. Y si la sal se vuelve desabrida, ¿con qué se le
puede devolver el sabor?” (MT. 5, 13)
“Ustedes
son la luz del mundo... No se enciende una lámpara para esconderla...
sino para que alumbre a los de toda la casa. Así, pues, ha de brillar su
luz ante los hombres” (Mt. 5, 14-15)
“Busquen
primero el reino de Dios y su justicia, todo lo demás vendrá por añadidura”
(Mt, 6, 33)
“No
basta con que digan Señor, Señor, para entrar en el reino, sino que
tienen que hacer la voluntad de mi Padre” (Mt, 7, 21)
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