Carta Pastoral
Sr. Arzobispo del Coadjutor
MONS. CARLOS PARTELI
y el Consejo del Presbiterio
A LA COMUNIDAD CATOLICA:
1. SITUACIONES VARIABLES EN EL TIEMPO
El pensamiento y la acción de la
Iglesia en materia social tiene su punto de arranque en el principio
fundamental del Evangelio el amor al prójimo, inseparable
del amor a Dios, El hombre debe ser el centro de las preocupaciones
sociales Todo debe redundar en servicio de la persona humana.
Aún la misma sociedad es para el hombre y no viceversa.
Es un principio general que debe estar en la base de todas las
preocupaciones, que debe animar todas las estructuras. Su aplicación
empero, no puede ser uniforme, puesto que depende de las variables
situaciones históricas concretas. La Iglesia también,
como no podría ser de otra manera, está sujeta a
estos condicionamientos históricos; y por eso su respuesta,
aunque fundamentalmente es siempre la misma se va explicitando
de manera diversa según lo exijan las situaciones nuevas
que van surgiendo. No fue la misma, por ejemplo, su actitud ante
la esclavitud de los primeros siglos, y la que tuvo más
tarde, cuando gracias a ella misma, la esclavitud fue desapareciendo.
De una manera tenía que expresarse
la caridad en el ámbito cerrado de la sociedad feudal,
y de otra bien distinta cuando el intercambio internacional revolucionó
todos los esquemas medioevales.
Tampoco podían ser iguales las formas
del bien común en una sociedad de antigua cultura, como
en Europa, y en otra que comenzaba a dar sus primeros pasos, como
la de las Reducciones Guaraníticas.
Adecuó la Iglesia su doctrina social
a los problemas inéditos de la era del industrialismo naciente,
pero pronto hubo de revisarla a medida que aquellos problemas
se planteaban de otro modo.
Nada extraño por tanto que haya diferencias
entre lo que pensaba León XIII en la Rerum Novarum y lo
que enseñaron más tarde Juan XXIII, y Pablo VI hoy
en Populorum Progressio. La Encíclica Mater et Magistra
dedica un largo capitulo a reseñar las variantes exigidas
por la variación de las circunstancias.
Al cambiar las situaciones históricas,
la Iglesia que está adentro y no fuera de la historia,
debe explicitar su inmutable mensaje de amor al hombre, respondiendo
a las nuevas realidades.
No puede la Iglesia dejar de ver en las
transformaciones del mundo, las huellas de la imagen de Dios en
el hombre que, marchando hacia una profunda personalización
a una más viva cohesión y a una mayor unidad, avanza
simultáneamente hacia el encuentro de su Señor.
Pero no deja de ver también los riesgos
de esas transformaciones que pueden tomar un signo contrario y
volverse contra el hombre.
Si el poder que dan la ciencia, la técnica
y la riqueza cae en manos de la soberbia, de la codicia, del ansia
de dominación en vez de servir a la felicidad de los hombres
será motivo de su desdicha.
Por el egoísmo, el pecado se proyecta
sobre las relaciones humanas, y éstas a su vez se convierten
en vehículo del pecado.
De ahí la presencia de la Iglesia
y su palabra sin cesar, jamás satisfecha, porque siempre
hay nuevos pasos que dar, escollos que sortear, caminos que rectificar.
2. LOS FINES DE LA IGLESIA
Al poner ahora el acento en el Pueblo de
Dios, en los cristianos que están insertos en el mundo,
construyéndolo desde adentro, compartiendo su suerte y
su historia, la Iglesia entra en mayor contacto con la realidad
humana tal cual es, y así puede cumplir mejor su misión
de restaurar todas las cosas en Cristo.
Las conocidas palabras iniciales de la Gaudium
et Spes, descubren, en densa síntesis, el horizonte nuevo
de la Iglesia; "Los gozos y las esperanzas, las tristezas
y las angustias de los hombres son también las de los discípulos
de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco
en su corazón. La comunidad cristiana... ha recibido la
buena nueva de salvación para comunicarla a todos. La Iglesia,
por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género
humano y de su historia" (G. et S. Nº 1).
"Tiene ahora la Iglesia ante sí
al mundo, esto es: la entera familia humana con el conjunto universal
de las realidades terrenas, el mundo teatro de la historia humana,
con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo que los cristianos
creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado
por el pecado pero liberado por Cristo crucificado y resucitado..."
(G. et S. Nº 2).
Indudablemente, el objetivo último
de la Iglesia está en Dios, más allá de este
siglo, en el futuro, en la nueva tierra, morada de resucitados;
pero antes de alcanzar esa meta final debe recorrer el camino
aquí abajo, en la historia humana, en cada hombre y en
todos los hombres, sujetos y objetos de la historia.
Cuando la Iglesia se abre al mundo y sus
problemas, cuando impulsa a sus hijos a que se empeñen
en la construcción de un mundo más justo y más
humano y se refiere a los problemas de orden socio-político,
no lo hace porque olvide o quiera relegar lo esencial de su misión
salvífica. Al contrario, aborda esos problemas porque considera
que su solución adecuada es parte esencial de su misión
salvadora.
La Iglesia tiene muy presente, y en esta
oportunidad queremos reafirmarlo claramente para disipar malentendidos
que "tiene una finalidad salvífica y escatológica,
que no se puede lograr plenamente sino en el siglo futuro; sin
embargo está ya presente en la tierra, formada por la reunión
de los hombres, es decir, por los miembros de la ciudad terrena
que son llamados para formar en la historia del género
humano la familia de los hijos de Dios, destinada a crecer siempre
hasta la llegada del Señor. Esta familia, aunada a causa
de los bienes celestiales y enriquecida con ellos... avanza al
mismo ritmo que toda la humanidad y experimenta la misma suerte
terrena del mundo, viene a ser como el fermento y como el alma
de la ciudad humana, que en Cristo se ha de renovar y transformar
en la familia de Dios. Esta compenetración de la ciudad
terrestre y de la ciudad celeste no es perceptible sino por la
fe; más aún, es un misterio permanente para la historia
humana, que seguirá perturbada por el pecado hasta el día
de la plena revelación de la claridad de los hijos de Dios.
La Iglesia, persiguiendo su finalidad salvífica, no sólo
otorga al hombre la participación en la vida divina, sino
que refleja en cierto modo su luz sobre el mundo universo, precisamente
porque sana y eleva la dignidad de la persona humana, afianza
la consistencia de la sociedad e impregna la actividad cotidiana
del hombre de un sentido y significado más profundo. Así
la Iglesia... cree poder contribuir mucho a la humanización
de la familia humana y de toda la historia" (G. et S. Nº
40).
Es a la luz de esta doctrina del Concilio
y de la Conferencia Episcopal de Medellín que tratamos
de orientar nuestra acción, y es en esta línea que
pedimos que sean interpretadas nuestras actitudes y cuanto a continuación
expresamos
Es también en esta línea de
pensamiento y de acción, que estamos dispuestos a dialogar
y unirnos con todos los hombres de buena voluntad y recta intención,
en tareas concretas de promoción y servicio a la comunidad
3. LA IGLESIA Y LA LIBERACION DEL HOMBRE
La Iglesia se abre al mundo sin otro ánimo
que el de servirlo, por una exigencia de fidelidad a Cristo, que
vino para servir y no para ser servido.
No la mueve ningún deseo de poder
ni de gloria Es que a lo largo de su multisecular historia no
siempre se haya visto libre del polvo del camino, pero ciertamente
las lecciones del pasado le sirven hoy para ver con y proseguir
su marcha con miras más precisas.
Es misión de la Iglesia anunciar
y realizar la obra de que consiste en liberar al hombre, a todos
los llevándolos de la esclavitud a la libertad de los hijos
de del pecado a la gracia, de la muerte a la resurrección.
Hay quienes oyen con disgusto la palabra
"liberación" en el lenguaje eclesiástico,
porque la consideran ambigua por sus connotaciones políticas.
No es ambigua precisamente, sino de un contenido
rico y muy amplio.
El concepto de liberación que manejan
los documentos del Magisterio, del Concilio y la Conferencia de
Medellín es el de la Sagrada Escritura, desde el Exodo
a Isaías, de los Evangelios a San Pablo. Se refiere al
proceso por el hombre se libera de todo lo que le impide su desarrollo
pleno, en cuanto a sus potencialidades y exigencias como creado
a imagen de Dios, y redimido por Cristo, como nueva creatura
en la que habita el Espíritu Santo. Es liberación
del pecado y de las esclavitudes que brota del pecado.
Es indudable que el proceso de liberaci6n
responde al de Dios, no solo al plan creador de Dios sino también
a su designio salvador, que comprende a la vez la creación
y la alianza.
Desde que el Hijo de Dios asumió
la naturaleza humana desde que Cristo entró de modo absoluto
en nuestro mundo marcado por el pecado y la muerte; desde que
El se una parte de este mundo nuestro, y ahora, resucitado nos
incorpora a sí, en su Iglesia que es su Cuerpo, no tiene
pensar en una especie de rivalidad entre la acción de Dios
por un lado, y la del hombre por otro.
El éxito admirable de la ciencia
y de la técnica despliegue del esfuerzo humano, son signos
evidentes de grandeza de Dios, son el fruto de su plan sobre el
hombre.
El mensaje evangélico no aparta al
hombre de su esfuerzo; al contrario, lo alienta a intensificarlo,
no porque el progreso sea un fin en sí, sino porque es
un instrumento en manos del hombre, para que pueda ser cada vez
más hombre.
Firmemente pues, hemos de recalcar que "el
mensaje cristiano no aparta al hombre de la construcción
del mundo, ni lo impulsa a descuidar el interés por sus
semejantes, sino que lo obliga a sentir esta colaboración
como un verdadero deber" (G. et S. 34). Hay muchos modos
de trabajar en favor del hombre, y de hecho son innumerables los
pasos que se vienen dando en ese sentido en todos los campos del
pensamiento y de la acción.
Pero no obstante ese ingente esfuerzo, y
los admirables éxitos de la ciencia, de la técnica
y del trabajo, el panorama del mundo es tremendamente sombrío,
tanto para la enorme muchedumbre de los que por falta de posibilidades
no logran cumplir su vocación humana; como para otros,
más favorecidos en este sentido, pero que por defecto de
solidaridad, de caridad, tampoco cumplen esa vocación y
se hacen responsables de aquella situación evidentemente
contraria al plan de Dios.
Jamás ha habido tanta abundancia
de bienes de toda clase y tanta posibilidad de multiplicarlos
como ahora, y sin embargo la mayor parte de los que pueblan la
tierra carecen de lo indispensable para su sustento normal.
Nunca como hoy ha habido tantos recursos
para combatir la enfermedad, y sin embargo son innumerables los
que mueren cada día por falta de atención sanitaria.
Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad,
y entre tanto son cada vez más duras las formas de opresión
que someten unos pueblos a otros, unos grupos a otros, unos hombres
a otros.
Nunca como hoy ha habido tanta facilidad
para trasmitir ideas y noticias, y sin embargo nunca fue tan difícil
el entendimiento, el diálogo. Hasta las mismas palabras
cobran sentido diverso según las distintas ideologías...
(G. et S. Nº 4).
¿Por qué, contando el mundo
con tanta abundancia de bienes y servicios, que alcanzan para
ofrecer a todos los hombres lo recesario para una vida plenamente
humana son todavía tantos los que se ven obligados a llevar
una vida infrahumana?
Las respuestas pueden ser múltiples
Cada uno puede dar la suya. Pero si somos sinceros hemos de confesar
que la causa última radical de todos los males, está
en el hombre, en el corazón del hombre.
Es el pecado, que hoy, como en los albores
de la historia humana, resiste al plan de Dios, resiste a su designio
salvador.
El desorden del mundo está en el
hombre y en las estructuras de la sociedad. Liberar al hombre
por consiguiente, es también acción social y política,
es restaurar el orden de la sociedad.
Es la persona humana la que se debe salvar
y es la sociedad humana la que se debe renovar. Las dos simultáneamente
porque son términos inseparables que se condicionan mutuamente.
La persona humana es el sujeto, responsable según los condicionamientos
de su situación, pero al final de cuentas el verdadero
responsable de sí mismo.
Para salvar al hombre, a la persona humana,
dispone la Iglesia de los tesoros de verdad, de gracia y de perdón
que el Señor dejó en sus manos: tesoros de la Palabra
Revelada, del Magisterio adecuado a cada circunstancia histórica
tesoros de Gracia por vía de los sacramentos y la oración,
es decir: por vía de la "Liturgia, cumbre a la cual
tiende toda la actividad de la Iglesia, y al mismo tiempo fuente
de donde mana su fuerza, pues los trabajos apostólicos
se ordenan a que una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo
todos se reúnan, alaben a Dios en medio de a Iglesia participen
en el sacrificio y coman la cena del Señor"(Sacr.
Conc, 10). 10). También para salvar a1 hambre, la Iglesia
organiza cuadros y sus su servicios su jerarquía, su organización
pastoral y administrativa, la vida religiosa con su variedad de
congregaciones el culto, las misiones, los seminarios, la catequesis
los colegios, los medios de comunicación social, las de
beneficencia, y mil otras actividades que coadyuvan a su obra
de salvación.
Pero toda esta acción dirigida al
hombre, está condicionada por el contexto que rodea a ese
hombre, puesto que el hombre puro, solo, aislado, desconectado
de la realidad social, desencarnado, es una idea que jamás
se da en la realidad,
Por eso la Iglesia apunta al hombre y a
la sociedad simultáneamente.
4. IGLESIA Y SOCIEDAD
Cuando el magisterio eclesiástico,
por la voz del Papa o del Obispo denuncia aquellos males y los
señala como pecados que afectan a toda la sociedad, ciertamente
no invade un campo que no le corresponde, porque tiene la misión
junto con toda la Iglesia, de proclamar y promover la salvación
de la persona humana concreta.
Si es misión de la Iglesia salvar
al hombre también es misión suya bregar por la instauración
de un orden social, económico y político que sea
eficaz para sostener e impulsar la promoción del hombre.
Persona y comunidad son inseparables, porque
la persona es el sujeto el principio y el fin de toda estructura
social. El hombre de hoy es muy sensible a esta exigencia de una
sociedad al servicio de la persona humana. Entre las páginas
más hermosas de la historia humana están las de
aquellos santos que consagraron sus vidas al servicio de los más
desamparados: los pobres, los huérfanos, los cautivos,
los enfermos; que fundaron congregaciones para difundir la enseñanza
y promover la cultura, y que crearon infinidad de obras de asistencia
y promoción humana.
Nuestra América sabe muy bien cuánto
le debe a aquellos misioneros que llegaron hasta aquí para
anunciar el Evangelio y civilizar simultáneamente.
Eran aquéllas iniciativas espontáneas,
nacidas del impulso generoso de almas excepcionales, que vivían
la caridad a nivel personal en una relación de persona
a persona, o a lo sumo de grupo a grupo, sin abarcar a la sociedad
entera en cuanto sociedad.
Hasta las biografías de reyes y reinas
santos se complacen en describir sus obras de misericordia, más
como actitudes privadas que como acciones de gobierno.
En aquellos tiempos la sociedad como tal
no tenia aún conciencia de sus posibilidades y de su obligación
de actuar activamente para desarrollarse a sí misma con
vistas a la promoción humana de cada uno de sus integrantes.
Salvo algún ensayo limitado en alguna parte, se estaba
lejos todavía de la socialización que caracteriza
al mundo de nuestros días.
El bien común no puede descansar
en el idealismo de unos pocos. Exige un cauce institucional. Exige
un ordenamiento social, económico y político de
tal naturaleza que no sólo no obstaculice, sino que impulse
activamente el desarrollo de toda la sociedad y la promoción
de todos sus integrantes, un orden profundamente respetuoso de
la libertad y de la dignidad de la persona, pero al mismo tiempo
inflexible en las exigencias de la justicia distributiva que asigna
a cada uno su cuota parte de responsabilidad social, su cuota
parte de derechos y de obligaciones, sin discriminaciones que
favorecen a unos y desamparan a otros.
No se puede decir que muchas de las estructuras
vigentes permitan un orden de tal calidad; por eso quienes ansían
un orden nuevo, más acorde con las expectativas del hombre
de hoy, cifran sus esperanzas en la reforma de tales estructuras.
Téngase bien presente que cuando
recalcamos la importancia de las obligaciones sociales, no pretendemos
disminuir el valor de las obras de caridad directamente personales.
Decimos que éstas solas no bastan.
"La misericordia para con los necesitados
y enfermos, y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para
aliviar las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia
con un singular honor" (Ap. Actuositatem 8).
Siempre habrá lágrimas que
enjugar y necesidades que satisfacer entre aquellos que están
más cerca de nosotros, y felizmente también hoy
son muchos los que dedican parte de su tiempo y de su pan en ese
afectuoso servicio al hermano.
Decimos más todavía: es necesario
preguntarnos sobre la sinceridad del amor de quienes pretenden
arreglar el mundo pero son incapaces de sacrificar nada de lo
suyo en favor del prójimo cercano que espera una muestra
de amor. "En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso
a uno de estos mis hermanos menores a mí me Io hicisteis"
(Mt. 25,40).
Viene a propósito también
recordar aquí la opción 2.7. del Encuentro Socio
Pastoral de la Arquidiócesis, del año 1968 "Sin
desconocer eI valor evangélico de la limosna, nuestra opción
significará fundamentalmente "quitar la causa los
males no sólo sus efectos, y ordenar el auxilio de forma
que quienes Io reciban se liberen paulatinamente de la dependencia
externa y se basten a sí mismos".
5. IGLESIA E IDEOLOGIAS
La Iglesia no ofrece un modelo de organización
de la sociedad no tiene competencia para eso, y por lo demás
ni siquiera sabría hacerlo; pero sí unas líneas
maestras fundamentales de las cuales no puede apartarse ningún
orden que quiera ser de veras humano. Cuando el Magisterio por
la voz del Papa o de Ios Obispos aborda estos problemas no lo
hace en nombre de ninguna ideología ni de ningún
partido, aunque de hecho, pueda coincidir con las críticas
y aún con las soluciones que éstos propugnen.
La IgIesia ve las situaciones limite, las
situaciones tremendamente injustas y dolorosas, y señalando
el pecado subyacente que las provoca, las denuncia proféticamente
como contrarias al plan de Dios.
Por este deber, exigencia de la caridad,
la Iglesia entera y cada cristiano en particular, tienen que enfrentar
Ias situaciones de pecado, sintiéndose prójimo del
que peca y del que sufre las consecuencias del pecado, "lo
mismo si se trata de un anciano abandonado por todos, o de un
obrero extranjero despreciado sin razón, o de un exilado,
o de un niño nacido de unión ilegítima, víctima
injusta de un pecado no cometido por él, o de un hambriento
que habla a nuestra conciencia recordando la palabra del Señor...
Todos los delitos que se oponen a la vida misma, como son los
homicidios de cualquier género, el genocidio, el aborto,
la eutanasia o el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola
la integridad de la persona humana, como la mutilación,
las torturas corporales o mentales, incluso los intentos de coacción
espiritual todo lo que ofende la dignidad humana, como ciertas
condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias
la deportación, la esclavitud, la prostitución,
la trata de blancas, la corrupción de menores; incluso
ciertas condiciones ignominiosas de trabajo en las que el obrero
es tratado como un mero instrumento de ganancia y no como una
persona libre y responsable: todo esto y otras plagas análogas
son, ciertamente, lacras que, mientras afean la civilización
humana, en realidad rebajan más a los que así se
comportan que a los que sufren la injusticia. Y ciertamente están
en contradicción con el honor debido al Creador" (G.
et S. 27).
Ve ahora la Iglesia, tal vez más
claramente que antes, que estos males de tanta magnitud, no menos
que a actitudes individuales, responden a actitudes colectivas,
a mentalidades, a ideologías muchas veces inconscientemente
sostenidas, y a estructuras que responden a ellas.
Comprende entonces que debe ir más
allá de la moral individual debe ir a la moral social.
Un plato de comida dado a un hambriento o una limosna para obras
sociales, pueden ser actos de caridad, pero no son la Caridad
que habrá de animar la transformación del mundo.
Eso fuerza potente capaz de renovar la fe
de la tierra debe calar mucho más hondo, ver mucho más
lejos, y afrontar intrépida la larga y dura labor de despertar
las conciencias, convertir los corazones, vencer las resistencias,
y provocar una activa presencia del amor en la tarea temporal.
La Iglesia llama a todos sus hijos a hacerse
conscientes de la responsabilidad que les incumbe en la organización
de la sociedad, en cada país como en el mundo entero; a
ver la necesidad de un cambio y quererlo, tan profundo como es
profundo el actual desorden de la sociedad humana.
Mil veces ha exhortado a los fieles a que,
bajo su propia responsabilidad, actúen en los campos del
quehacer político económico y social, según
su leal saber y los dones de imaginación que puedan tener.
Habla el Concilio, y en sendos capítulos
de Gaudium et Spes señala las obligaciones más urgentes
de los cristianos respecto a Ia cultura, respecto al desarrollo
económico y social respecto a la comunidad política,
al fomento de la paz, a la cooperación internacional...
Habla Pablo VI en la Encíclica "Populorum
Progressio" y en cien otros documentos, recordando las mismas
obligaciones Hablan los Obispos de un Continente entero como en
Medellín, denunciando las diversas formas de colonialismo
interno y externo en América Latina, la marginación,
las desigualdades excesivas entre las clases sociales, las frustraciones
crecientes, la opresión de grupos y sectores dominantes
y el poder que ejercen injustamente; la distorsión del
comercio internacional la fuga de capitales económicos
y humanos la evasión de impuestos, e1 endeudamiento progresivo,
los monopolios, el imperialismo internacional del dinero, y otras
situaciones incompatibles con una visión cristiana de la
sociedad humana.
Hablan los Obispos de cada país,
como hicieron los del Uruguay en su Carta Pastoral de Cuaresma
1967, en la misma líneas de denuncia, y señalando
pautas de conducta que responden a nuestra situación concreta.
Pero todo esto que enseñan el Papa
y los Obispos poco significa, si los cristianos no llegan a sentir
su deber de comprometerse de veras en los problemas de la comunidad.
"Comprometerse es ratificar activamente
la solidaridad en que todo hombre se halla inmerso, asumiendo
tareas de promoción humana en la línea de un determinado
proyecto social El compromiso así entendido debe estar
marcado en América Latina, por las circunstancias del presente,
por un signo de liberación, de humanización
y desarrollo (Medellín, Movimiento de Seglares 2.3).
"A los seglares corresponde con su
libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices,
penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres,
las leyes y 1as estructuras de la comunidad en que viven"
(Populorum Progressio Nº 81).
6. LA IGLESIA NO SE ATA A NlNGUN PARTIDO
Cuando la Iglesia con su magisterio ilumina
las mentes y crea conciencia acerca del derecho a la libertad,
o acerca de la necesidad de estructuras de diálogo para
superar los conflictos, que de otro modo desembocan en interminable
cadena de violencias; cuando recrimina las actitudes que atentan
contra la dignidad de la persona; cuando rechaza y condena el
uso sistemático de la calumnia y cuando denuncia la inmoralidad
del lucro injusto y de Ia usura; cuando exhorta a construir
una sociedad fraternal sin explotados ni explotadores; cuando
señala al engaño político como causa del
desprestigio de las instituciones con su inevitable secuela de
desesperanza o insurrección; cuando repudia actitudes y
estructuras que cierran el camino hacia Dios y la Fe, la Iglesia
ciertamente no está pensando en grupos políticos
determinados.
Faltaría a su deber si callara, Urgida
por su compromiso con Cristo, la Jerarquía debe, como indica
San Pablo: "proclamar lo Palabra, insistir a tiempo y a destiempo,
reprender, amenazar, exhortar con toda paciencia y doctrina"
(II Tim. 4,2), porque tiene la firme convicción de que
es verdaderamente realizable un mundo más humano; porque
lo que Cristo ha prometido se va realizando en Ia historia. Esperanza
cristiana que infunde la seguridad de que cuanto se haga por mejorar
las relaciones entre los hombres y el ordenamiento que encauza
estas relaciones, no es tarea vana, sino misteriosa marcha hacia
la meta final donde Dios sea todo en todos" (I Cor. 15, 28).
Siendo éste nuestro móvil,
nuestro único interés, tenemos el derecho dé
esperar ser comprendidos por toda la comunidad católica
en primer término, y por todos los habitantes del país.
No escapa a nadie que lo que aparece claro
en la doctrina no siempre tiene la misma claridad en la concreción
de los hechos, y, muchas veces, las actitudes _ que son también
formas de hablar _ comportan consigo riesgos inevitables de ser
mal interpretadas, de ser utilizadas por unos o por otros con
intenciones no siempre puras, y más aún, pueden
estar equivocadas por la errónea interpretación
de los acontecimientos, sin que esto mengüe la rectitud de
intención o la urgencia pastoral con que fueron asumidas.
Frente a estos riesgos ¿debemos callar
? ¿ debemos marginarnos? ¿Es que el silencio fácil
y cómodo, o la deserción no significan también,
muchas veces, tomas de posición?
"La PaIabra de Dios no está
encadenada" (II Tim. 2,9). Ninguna cIase de temor puede limitar
nuestra misión de pro- clamarla y testimoniarla.
Con esta aclaración fundamental queremos
disipar la confusión o eI temor que invade a cristianos
y a los que no lo son, por las actitudes de la IgIesia frente
a problemas de la sociedad presentes o futuros.
Queremos igualmente advertir que no cualquiera
es profeta en la IgIesia; y que quien pretenda serlo, debe saber
distinguir bien lo que es palabra de Dios y lo que es palabra
humana, no sea que confunda enseñanza de la Iglesia con
opiniones Que partidos o ideologías o con sociología.
El profetismo, uno de los excelentes carismas dados por el Espíritu
Santo, está en función de la edificación
de la Iglesia, y debe ser usado según las reglas de la
Fe (Lumen Gent. 12). Por último, queremos advertir también
que a ningún grupo político o ideológico
le corresponde capitalizar en favor de sus parcialidades las actitudes
y declaraciones de la Jerarquía eclesiástica, que
jamás tienen otra motivación que la expuesta, y
sólo quieren contribuir al logro de una mayor solidaridad
de todos en la justicia y la verdad.
7. FIDELIDAD A LA VERDAD
En esta lucha por la justicia y la verdad
no cejaremos jamás. No somos árbitros de conflictos
ni pensamos tener en nuestra mano las soluciones más acertadas.
Tampoco creemos poseer el monopolio de la verdad en problemas
muchas veces muy complejos. Pero tenemos la fe: don supremo de
Dios.
Esta fe nos habla del plan de Dios que se
va desarrollando en la historia de los hombres y que constituye
la Historia de la Salvación.
Esta fe nos anuncia una culminación
del quehacer humano que comenzó cuando Dios ordenó
al hombre enseñorearse de la tierra y dominarla (Gen. 1,
28), y terminará en los cielos nuevos y la tierra nueva
en la que no habrá ni muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas.
(Ap. 21, 1ss).
Esta fe nos hace conocer la ambivalencia
del mundo en este intervalo del tiempo, durante el desarrollo
de la historia aquí abajo: obra del amor de Dios, pero
degradada por el pecado del hombre; restaurada por la muerte y
resurrección de Jesucristo, pero obra del esfuerzo y del
ingenio del hombre indudablemente. Porque conocemos aquella culminación
y este "mientras tanto" que vivimos ahora, sabemos de
la provisoriedad de todos los proyectos humanos. El hombre y su
historia están en marcha, no se detienen jamás,
Su proyecto se va realizando por etapas, en un esfuerzo sin pausa.
Pero ha de ser con lo mirada hacia adelante sin dejar de recoger
las lecciones del pasado, con la voluntad de acercarse a la meta
inalcanzable del "sed perfectos como vuestro Padre Celestial
es perfecto" (Mt. S, 48). La fe, por tanto, acucia continuamente,
desinstala, obliga a retornar el cayado del peregrino y a proseguir
la marcha sin descanso. Esta fe sostiene a la Iglesia en su ingrata
misión de vigilancia crítica, parte de su misión
profética que le exige descubrir en los acontecimientos
humanos Ia voz interpelante de su Señor y la obliga a reclamar
la justicia, la libertad y In paz, denunciando todo aquello que
traba o impide alcanzar estos bienes nunca suficientes en este
mundo signado por el pecado.
Por eso la Iglesia siente la necesidad imperiosa
de proyectar su luz sobre todas las situaciones para ayudar todos,
poderosos o débiles a encontrar y seguir el rumbo del bien
común, el bien de todos en las mil encrucijadas del camino.
Del cumplimiento de esta misión al Iglesia, al igual que
su Maestro, Jesucristo, no puede esperar más que sinsabores
y persecución Serán éstos los signos que
comprueban su fidelidad a su vocación; como al contrario
el aplauso del mundo, la complacencia de los señores del
mundo, suelen ser alarmantes señales de infidelidad en
la lucha por la justicia y la verdad.
Cuando, en cambio, las miradas de los pobres,
de Ios olvidados, y de los que buscan ser fieles al Evangelio,
se dirigen a ella cargadas de esperanza, sólo entonces
puede sentirse portadora de las señales auténticas
de los tiempos mesiánicos "los ciegos ven y los cojos
andan los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos
resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva" (Mt.
I 11, 5-6. Is. 35).
Este debe ser el sentir de todos los cristianos,
sin claudicaciones demagógicas ni alarmas paralizantes;
Esta es la verdad de la misión de
la Iglesia, y lo la que hemos de aprender en las páginas
do su larga historia.
Si siempre, el cumplimiento de esta vocación
le trae a la Iglesia dificultades e incomprensiones, se comprende
cuánto más difícil y conflictiva se torna
esta misión en los momentos cruciales de grandes cambios
y fuertes radicalizaciones.
Mientras la Iglesia se limita a enunciar
una doctrina abstracta, intemporal, se la tolera sin mayores resistencias.
Las resistencias se hacen sentir cuando
su enseñanza toca Ias realidades concretas, cuando sus
denuncias se refieren a situaciones reales, vivas, en un lugar
y en un momento determinados.
La Carta a Ios Hebreos, haciendo referencia
a la liturgia sacrificial del Antiguo Testamento, explica el sentido
y el valor redentor universal del sacrificio de Cristo en Cruz
Pero esa doctrina de la Carta se desarrolla
a partir de un hecho histórico concreto, acaecido en un
contexto también histórico concreto: Jesús
fue condenado a muerte por- que se enfrentó a una situación
de pecado y no trepidó en señalar con nombre y apellido
a los que la provocaban. Lo condenaron a muerte no porque hablaba
de los lirios del campo y los pájaros del cielo, sino porque
gritaba ¡ay de vosotros escribas y fariseos!
Cuando la Iglesia, como Cristo, uso ese
lenguaje directo es cuando la persecución abierta o embozada
aparece amenazadora en su camino. Es cuando a la denuncia de Popularum
Progressio la llaman marxismo recalentado, a las denuncias de
Medellín las llaman desviadas incursiones políticas
y con amenazas y aún violencias, se pretende cerrarle la
boca a los que en su predicación hacen referencia a estos
asuntos.
El camino de la cruz es ley de Dios y huir
de ella es mentalidad humana, no divina, y tentación contra
el mandato del Señor (1VIc. 8, 31-38).
Esto lo sabe la Iglesia y de esta tentación
debe defenderse vigilando en constante oración, porque
el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.
(Mt. 26, 41).
Espera siempre de su Señor la fuerza
para mantenerse fiel y servir realmente a la comunidad humana
en la que está inserta.
Esta es la aspiración concreta de
esta Iglesia en Montevideo y todos sus pasos se encaminan a formar
Ia conciencia de la congregación de los creyentes para
que todos y cada uno descubran la exigencia de su fe en la crisis
general que vive nuestra sociedad.
8. LA ESPERANZA PASCUAL
Cristo resucitado es nuestra paz (Ef. 2,
14). Iluminados por el fulgor de la Resurrección en esta
fiesta de Pascua, hemos querido decir una palabra de paz sobre
los fundamentos de la paz, tanto en el seno de la comunidad católica,
como en las relaciones de la Iglesia y el mundo. Hemos escogido
el tema de la misión y servicio de la Iglesia al mundo,
no porque lo consideremos eI más importante sino porque
pensamos que es, en la línea de la renovación conciliar,
el que en estos momentos ilumina los problemas más acuciantes
de nuestro pueblo.
La puerta que abrió el Concilio nos
incita, o mejor dicho, nos exige a toda la comunidad católica,
hacernos presentes y compartir los anhelos y las esperanzas de
Ia comunidad uruguaya en una hora particularmente difícil.
En esta línea se viene desarrollando
Ia acción pastoral de nuestra arquidiócesis desde
hace tres años Y ahora, ante las voces que la cuestionan,
hemos querido reflexionar y ayudar a reflexionar sobre
las motivaciones que nos animan.
Son voces apasionadas, que más allá
de la Iegítima diversidad de pareceres en materias opinables,
rompen la unidad, turban los ánimos y siembran desconfianza
hacia Ios que rigen la Iglesia. Todo lo que oscurece la verdad
y empaña la caridad en el Pueblo do Dios, necesariamente
debe preocupar al Obispo cuya misión es edificar la Iglesia
"in veritate et charitate". Nuestras reflexiones a la
luz de la Palabra de Dios, nos muestran cuál ha de ser
nuestro compromiso con el hombre y nos urgen a revivir, desde
luego con las modalidades de hoy, el mismo espíritu que
alentaba en las Comunidades Apostólicas "acudían
asiduamente a la enseñanza de Ios apóstoles, a la
comunión, a la fracción del pan y a las oraciones"
(Hechos 2, 42). "La multitud de los creyentes no tenía
sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos
a sus bienes, sino que todo lo tenían en común...
No habían entre ellos ningún necesitado..."
(Hechos 4. 38).
El espíritu de verdad, de unidad
y caridad, jamás se conquista una vez para siempre; ha
de renovarse continua- mente, en un proceso vital nunca acabado.
De ahí nuestro permanente estado de revisión.
Por último queremos decir una palabra
alentadora, que infunda confianza en el destino de nuestra Iglesia.
La crisis que aqueja a la Iglesia universal no nos es ajena, ni
hay razón para que lo sea; pero ello no obstante, somos
testigos de una pujante vitalidad que se manifiesta de mil maneras
entre nosotros y echa por tierra los pronósticos de los
agoreros de infortunios.
Comprobamos como la Iglesia, guiada por
su Espíritu se desembaraza de lo superfluo, se desprende
de lo caduco, se libera de 1as ataduras, para hacerse mas libre
y así responder con mayor fidelidad a lo que el Señor
quiere de ella. Ni las divisiones que se insinúan deben
apocar nuestros ánimos La Palabra de San Pablo nos ilumina
al respecto: "Realmente conviene que haya entre vosotros
divisiones para que se descubran quienes son de probada virtud
entre vosotros" (I Cor. ll-19).
Nuestro deseo es, no obstante, abrazar a
todos en la misma caridad, no desmayando en el intento de fortalecer
la unidad, que es voluntad de Dios. "Que todos sean uno"
(Jn. 17, 21), fue la oración y el mandato de Jesús.
Con esta oración cerramos nuestra
palabra a la comunidad Católica.
Que la Pascua del Señor sea realidad
en nuestra vida, asimilándonos a EI en todo, de tal manera
que la obra que El ha comenzado con su muerte y resurrección,
culmine en nuestro crecimiento personal y comunitario "hasta
que todos lleguemos a la unidad de la fe y del perfecto conocimiento
del Hijo de Dios" (Ef. 4, 13).
Amen.
Montevideo, Pascua de Resurrección
de 1970.
+ CARLOS PARTELI
Arzobispo Coodjutor de Montevideo
Administrador Apostólico
Sede Plena
Andrés M. Rubio G.
Obispo Auxiliar de Montevideo
Silvano Berlanda
Rector del Seminario Arquidiocesano
Arnaldo Spadaccino
Responsable de Pastoral
Juan A. Lodeiro
Responsable de la Zona 1
Conrado Montpetit C.SS.R.
Responsable de Zona 3
José Verme S.D,B.
Responsable de la Zona 5
Marcelo R. Sandoval
Responsable de la Zona 7
Antonio Ramírez
Responsable de la Zona 9
Jorge Techera
Asesor Arq. de J. E. C.
Martín Gortazar
Asesor Arq. de A. C. I.
Haroldo Ponce de León
Vicario General
Raúl Sastre
Secretario - Canciller
Jesús R. Silva
Responsable de la Zona 2
Miguel A. Brito
Responsable de la Zona 4
Aníbal Rivero S.D.B.
Responsable de la Zona 6
Ismael Rivas
Responsable de la Zona 8
Atilio Stefanoli
Responsable de la Zona 10
Paul Dabezies
Asesor Arq. de M. C. U.
Vicent Gilbert O.P.
Asesor Arq. de M. O. A. C.
Alfredo Requena S.J.
Asesor del M. F; C.
Remigio Lacourrege
Delegado de F.R.U.