Carta Pastoral

Sr. Arzobispo del Coadjutor

MONS. CARLOS PARTELI

y el Consejo del Presbiterio

A LA COMUNIDAD CATOLICA:

1. SITUACIONES VARIABLES EN EL TIEMPO

El pensamiento y la acción de la Iglesia en materia social tiene su punto de arranque en el principio fundamental del Evangelio el amor al prójimo, inseparable del amor a Dios, El hombre debe ser el centro de las preocupaciones sociales Todo debe redundar en servicio de la persona humana. Aún la misma sociedad es para el hombre y no viceversa. Es un principio general que debe estar en la base de todas las preocupaciones, que debe animar todas las estructuras. Su aplicación empero, no puede ser uniforme, puesto que depende de las variables situaciones históricas concretas. La Iglesia también, como no podría ser de otra manera, está sujeta a estos condicionamientos históricos; y por eso su respuesta, aunque fundamentalmente es siempre la misma se va explicitando de manera diversa según lo exijan las situaciones nuevas que van surgiendo. No fue la misma, por ejemplo, su actitud ante la esclavitud de los primeros siglos, y la que tuvo más tarde, cuando gracias a ella misma, la esclavitud fue desapareciendo.

De una manera tenía que expresarse la caridad en el ámbito cerrado de la sociedad feudal, y de otra bien distinta cuando el intercambio internacional revolucionó todos los esquemas medioevales.

Tampoco podían ser iguales las formas del bien común en una sociedad de antigua cultura, como en Europa, y en otra que comenzaba a dar sus primeros pasos, como la de las Reducciones Guaraníticas.

Adecuó la Iglesia su doctrina social a los problemas inéditos de la era del industrialismo naciente, pero pronto hubo de revisarla a medida que aquellos problemas se planteaban de otro modo.

Nada extraño por tanto que haya diferencias entre lo que pensaba León XIII en la Rerum Novarum y lo que enseñaron más tarde Juan XXIII, y Pablo VI hoy en Populorum Progressio. La Encíclica Mater et Magistra dedica un largo capitulo a reseñar las variantes exigidas por la variación de las circunstancias.

Al cambiar las situaciones históricas, la Iglesia que está adentro y no fuera de la historia, debe explicitar su inmutable mensaje de amor al hombre, respondiendo a las nuevas realidades.

No puede la Iglesia dejar de ver en las transformaciones del mundo, las huellas de la imagen de Dios en el hombre que, marchando hacia una profunda personalización a una más viva cohesión y a una mayor unidad, avanza simultáneamente hacia el encuentro de su Señor.

Pero no deja de ver también los riesgos de esas transformaciones que pueden tomar un signo contrario y volverse contra el hombre.

Si el poder que dan la ciencia, la técnica y la riqueza cae en manos de la soberbia, de la codicia, del ansia de dominación en vez de servir a la felicidad de los hombres será motivo de su desdicha.

Por el egoísmo, el pecado se proyecta sobre las relaciones humanas, y éstas a su vez se convierten en vehículo del pecado.

De ahí la presencia de la Iglesia y su palabra sin cesar, jamás satisfecha, porque siempre hay nuevos pasos que dar, escollos que sortear, caminos que rectificar.

2. LOS FINES DE LA IGLESIA

Al poner ahora el acento en el Pueblo de Dios, en los cristianos que están insertos en el mundo, construyéndolo desde adentro, compartiendo su suerte y su historia, la Iglesia entra en mayor contacto con la realidad humana tal cual es, y así puede cumplir mejor su misión de restaurar todas las cosas en Cristo.

Las conocidas palabras iniciales de la Gaudium et Spes, descubren, en densa síntesis, el horizonte nuevo de la Iglesia; "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres son también las de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana... ha recibido la buena nueva de salvación para comunicarla a todos. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia" (G. et S. Nº 1).

"Tiene ahora la Iglesia ante sí al mundo, esto es: la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades terrenas, el mundo teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado por el pecado pero liberado por Cristo crucificado y resucitado..." (G. et S. Nº 2).

Indudablemente, el objetivo último de la Iglesia está en Dios, más allá de este siglo, en el futuro, en la’ nueva tierra, morada de resucitados; pero antes de alcanzar esa meta final debe recorrer el camino aquí abajo, en la historia humana, en cada hombre y en todos los hombres, sujetos y objetos de la historia.

Cuando la Iglesia se abre al mundo y sus problemas, cuando impulsa a sus hijos a que se empeñen en la construcción de un mundo más justo y más humano y se refiere a los problemas de orden socio-político, no lo hace porque olvide o quiera relegar lo esencial de su misión salvífica. Al contrario, aborda esos problemas porque considera que su solución adecuada es parte esencial de su misión salvadora.

La Iglesia tiene muy presente, y en esta oportunidad queremos reafirmarlo claramente para disipar malentendidos que "tiene una finalidad salvífica y escatológica, que no se puede lograr plenamente sino en el siglo futuro; sin embargo está ya presente en la tierra, formada por la reunión de los hombres, es decir, por los miembros de la ciudad terrena que son llamados para formar en la historia del género humano la familia de los hijos de Dios, destinada a crecer siempre hasta la llegada del Señor. Esta familia, aunada a causa de los bienes celestiales y enriquecida con ellos... avanza al mismo ritmo que toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, viene a ser como el fermento y como el alma de la ciudad humana, que en Cristo se ha de renovar y transformar en la familia de Dios. Esta compenetración de la ciudad terrestre y de la ciudad celeste no es perceptible sino por la fe; más aún, es un misterio permanente para la historia humana, que seguirá perturbada por el pecado hasta el día de la plena revelación de la claridad de los hijos de Dios. La Iglesia, persiguiendo su finalidad salvífica, no sólo otorga al hombre la participación en la vida divina, sino que refleja en cierto modo su luz sobre el mundo universo, precisamente porque sana y eleva la dignidad de la persona humana, afianza la consistencia de la sociedad e impregna la actividad cotidiana del hombre de un sentido y significado más profundo. Así la Iglesia... cree poder contribuir mucho a la humanización de la familia humana y de toda la historia" (G. et S. Nº 40).

Es a la luz de esta doctrina del Concilio y de la Conferencia Episcopal de Medellín que tratamos de orientar nuestra acción, y es en esta línea que pedimos que sean interpretadas nuestras actitudes y cuanto a continuación expresamos

Es también en esta línea de pensamiento y de acción, que estamos dispuestos a dialogar y unirnos con todos los hombres de buena voluntad y recta intención, en tareas concretas de promoción y servicio a la comunidad

3. LA IGLESIA Y LA LIBERACION DEL HOMBRE

La Iglesia se abre al mundo sin otro ánimo que el de servirlo, por una exigencia de fidelidad a Cristo, que vino para servir y no para ser servido.

No la mueve ningún deseo de poder ni de gloria Es que a lo largo de su multisecular historia no siempre se haya visto libre del polvo del camino, pero ciertamente las lecciones del pasado le sirven hoy para ver con y proseguir su marcha con miras más precisas.

Es misión de la Iglesia anunciar y realizar la obra de que consiste en liberar al hombre, a todos los llevándolos de la esclavitud a la libertad de los hijos de del pecado a la gracia, de la muerte a la resurrección.

Hay quienes oyen con disgusto la palabra "liberación" en el lenguaje eclesiástico, porque la consideran ambigua por sus connotaciones políticas.

No es ambigua precisamente, sino de un contenido rico y muy amplio.

El concepto de liberación que manejan los documentos del Magisterio, del Concilio y la Conferencia de Medellín es el de la Sagrada Escritura, desde el Exodo a Isaías, de los Evangelios a San Pablo. Se refiere al proceso por el hombre se libera de todo lo que le impide su desarrollo pleno, en cuanto a sus potencialidades y exigencias como creado a imagen de Dios, y redimido por Cristo, como nueva creatura en la que habita el Espíritu Santo. Es liberación del pecado y de las esclavitudes que brota del pecado.

Es indudable que el proceso de liberaci6n responde al de Dios, no solo al plan creador de Dios sino también a su designio salvador, que comprende a la vez la creación y la alianza.

Desde que el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana desde que Cristo entró de modo absoluto en nuestro mundo marcado por el pecado y la muerte; desde que El se una parte de este mundo nuestro, y ahora, resucitado nos incorpora a sí, en su Iglesia que es su Cuerpo, no tiene pensar en una especie de rivalidad entre la acción de Dios por un lado, y la del hombre por otro.

El éxito admirable de la ciencia y de la técnica despliegue del esfuerzo humano, son signos evidentes de grandeza de Dios, son el fruto de su plan sobre el hombre.

El mensaje evangélico no aparta al hombre de su esfuerzo; al contrario, lo alienta a intensificarlo, no porque el progreso sea un fin en sí, sino porque es un instrumento en manos del hombre, para que pueda ser cada vez más hombre.

Firmemente pues, hemos de recalcar que "el mensaje cristiano no aparta al hombre de la construcción del mundo, ni lo impulsa a descuidar el interés por sus semejantes, sino que lo obliga a sentir esta colaboración como un verdadero deber" (G. et S. 34). Hay muchos modos de trabajar en favor del hombre, y de hecho son innumerables los pasos que se vienen dando en ese sentido en todos los campos del pensamiento y de la acción.

Pero no obstante ese ingente esfuerzo, y los admirables éxitos de la ciencia, de la técnica y del trabajo, el panorama del mundo es tremendamente sombrío, tanto para la enorme muchedumbre de los que por falta de posibilidades no logran cumplir su vocación humana; como para otros, más favorecidos en este sentido, pero que por defecto de solidaridad, de caridad, tampoco cumplen esa vocación y se hacen responsables de aquella situación evidentemente contraria al plan de Dios.

Jamás ha habido tanta abundancia de bienes de toda clase y tanta posibilidad de multiplicarlos como ahora, y sin embargo la mayor parte de los que pueblan la tierra carecen de lo indispensable para su sustento normal.

Nunca como hoy ha habido tantos recursos para combatir la enfermedad, y sin embargo son innumerables los que mueren cada día por falta de atención sanitaria. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entre tanto son cada vez más duras las formas de opresión que someten unos pueblos a otros, unos grupos a otros, unos hombres a otros.

Nunca como hoy ha habido tanta facilidad para trasmitir ideas y noticias, y sin embargo nunca fue tan difícil el entendimiento, el diálogo. Hasta las mismas palabras cobran sentido diverso según las distintas ideologías... (G. et S. Nº 4).

¿Por qué, contando el mundo con tanta abundancia de bienes y servicios, que alcanzan para ofrecer a todos los hombres lo recesario para una vida plenamente humana son todavía tantos los que se ven obligados a llevar una vida infrahumana?

Las respuestas pueden ser múltiples Cada uno puede dar la suya. Pero si somos sinceros hemos de confesar que la causa última radical de todos los males, está en el hombre, en el corazón del hombre.

Es el pecado, que hoy, como en los albores de la historia humana, resiste al plan de Dios, resiste a su designio salvador.

El desorden del mundo está en el hombre y en las estructuras de la sociedad. Liberar al hombre por consiguiente, es también acción social y política, es restaurar el orden de la sociedad.

Es la persona humana la que se debe salvar y es la sociedad humana la que se debe renovar. Las dos simultáneamente porque son términos inseparables que se condicionan mutuamente. La persona humana es el sujeto, responsable según los condicionamientos de su situación, pero al final de cuentas el verdadero responsable de sí mismo.

Para salvar al hombre, a la persona humana, dispone la Iglesia de los tesoros de verdad, de gracia y de perdón que el Señor dejó en sus manos: tesoros de la Palabra Revelada, del Magisterio adecuado a cada circunstancia histórica tesoros de Gracia por vía de los sacramentos y la oración, es decir: por vía de la "Liturgia, cumbre a la cual tiende toda la actividad de la Iglesia, y al mismo tiempo fuente de donde mana su fuerza, pues los trabajos apostólicos se ordenan a que una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo todos se reúnan, alaben a Dios en medio de a Iglesia participen en el sacrificio y coman la cena del Señor"(Sacr. Conc, 10). 10). También para salvar a1 hambre, la Iglesia organiza cuadros y sus su servicios su jerarquía, su organización pastoral y administrativa, la vida religiosa con su variedad de congregaciones el culto, las misiones, los seminarios, la catequesis los colegios, los medios de comunicación social, las de beneficencia, y mil otras actividades que coadyuvan a su obra de salvación.

Pero toda esta acción dirigida al hombre, está condicionada por el contexto que rodea a ese hombre, puesto que el hombre puro, solo, aislado, desconectado de la realidad social, desencarnado, es una idea que jamás se da en la realidad,

Por eso la Iglesia apunta al hombre y a la sociedad simultáneamente.

4. IGLESIA Y SOCIEDAD

Cuando el magisterio eclesiástico, por la voz del Papa o del Obispo denuncia aquellos males y los señala como pecados que afectan a toda la sociedad, ciertamente no invade un campo que no le corresponde, porque tiene la misión junto con toda la Iglesia, de proclamar y promover la salvación de la persona humana concreta.

Si es misión de la Iglesia salvar al hombre también es misión suya bregar por la instauración de un orden social, económico y político que sea eficaz para sostener e impulsar la promoción del hombre.

Persona y comunidad son inseparables, porque la persona es el sujeto el principio y el fin de toda estructura social. El hombre de hoy es muy sensible a esta exigencia de una sociedad al servicio de la persona humana. Entre las páginas más hermosas de la historia humana están las de aquellos santos que consagraron sus vidas al servicio de los más desamparados: los pobres, los huérfanos, los cautivos, los enfermos; que fundaron congregaciones para difundir la enseñanza y promover la cultura, y que crearon infinidad de obras de asistencia y promoción humana.

Nuestra América sabe muy bien cuánto le debe a aquellos misioneros que llegaron hasta aquí para anunciar el Evangelio y civilizar simultáneamente.

Eran aquéllas iniciativas espontáneas, nacidas del impulso generoso de almas excepcionales, que vivían la caridad a nivel personal en una relación de persona a persona, o a lo sumo de grupo a grupo, sin abarcar a la sociedad entera en cuanto sociedad.

Hasta las biografías de reyes y reinas santos se complacen en describir sus obras de misericordia, más como actitudes privadas que como acciones de gobierno.

En aquellos tiempos la sociedad como tal no tenia aún conciencia de sus posibilidades y de su obligación de actuar activamente para desarrollarse a sí misma con vistas a la promoción humana de cada uno de sus integrantes. Salvo algún ensayo limitado en alguna parte, se estaba lejos todavía de la socialización que caracteriza al mundo de nuestros días.

El bien común no puede descansar en el idealismo de unos pocos. Exige un cauce institucional. Exige un ordenamiento social, económico y político de tal naturaleza que no sólo no obstaculice, sino que impulse activamente el desarrollo de toda la sociedad y la promoción de todos sus integrantes, un orden profundamente respetuoso de la libertad y de la dignidad de la persona, pero al mismo tiempo inflexible en las exigencias de la justicia distributiva que asigna a cada uno su cuota parte de responsabilidad social, su cuota parte de derechos y de obligaciones, sin discriminaciones que favorecen a unos y desamparan a otros.

No se puede decir que muchas de las estructuras vigentes permitan un orden de tal calidad; por eso quienes ansían un orden nuevo, más acorde con las expectativas del hombre de hoy, cifran sus esperanzas en la reforma de tales estructuras.

Téngase bien presente que cuando recalcamos la importancia de las obligaciones sociales, no pretendemos disminuir el valor de las obras de caridad directamente personales. Decimos que éstas solas no bastan.

"La misericordia para con los necesitados y enfermos, y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia con un singular honor" (Ap. Actuositatem 8).

Siempre habrá lágrimas que enjugar y necesidades que satisfacer entre aquellos que están más cerca de nosotros, y felizmente también hoy son muchos los que dedican parte de su tiempo y de su pan en ese afectuoso servicio al hermano.

Decimos más todavía: es necesario preguntarnos sobre la sinceridad del amor de quienes pretenden arreglar el mundo pero son incapaces de sacrificar nada de lo suyo en favor del prójimo cercano que espera una muestra de amor. "En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores a mí me Io hicisteis" (Mt. 25,40).

Viene a propósito también recordar aquí la opción 2.7. del Encuentro Socio Pastoral de la Arquidiócesis, del año 1968 "Sin desconocer eI valor evangélico de la limosna, nuestra opción significará fundamentalmente "quitar la causa los males no sólo sus efectos, y ordenar el auxilio de forma que quienes Io reciban se liberen paulatinamente de la dependencia externa y se basten a sí mismos".

5. IGLESIA E IDEOLOGIAS

La Iglesia no ofrece un modelo de organización de la sociedad no tiene competencia para eso, y por lo demás ni siquiera sabría hacerlo; pero sí unas líneas maestras fundamentales de las cuales no puede apartarse ningún orden que quiera ser de veras humano. Cuando el Magisterio por la voz del Papa o de Ios Obispos aborda estos problemas no lo hace en nombre de ninguna ideología ni de ningún partido, aunque de hecho, pueda coincidir con las críticas y aún con las soluciones que éstos propugnen.

La IgIesia ve las situaciones limite, las situaciones tremendamente injustas y dolorosas, y señalando el pecado subyacente que las provoca, las denuncia proféticamente como contrarias al plan de Dios.

Por este deber, exigencia de la caridad, la Iglesia entera y cada cristiano en particular, tienen que enfrentar Ias situaciones de pecado, sintiéndose prójimo del que peca y del que sufre las consecuencias del pecado, "lo mismo si se trata de un anciano abandonado por todos, o de un obrero extranjero despreciado sin razón, o de un exilado, o de un niño nacido de unión ilegítima, víctima injusta de un pecado no cometido por él, o de un hambriento que habla a nuestra conciencia recordando la palabra del Señor... Todos los delitos que se oponen a la vida misma, como son los homicidios de cualquier género, el genocidio, el aborto, la eutanasia o el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como la mutilación, las torturas corporales o mentales, incluso los intentos de coacción espiritual todo lo que ofende la dignidad humana, como ciertas condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias la deportación, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas, la corrupción de menores; incluso ciertas condiciones ignominiosas de trabajo en las que el obrero es tratado como un mero instrumento de ganancia y no como una persona libre y responsable: todo esto y otras plagas análogas son, ciertamente, lacras que, mientras afean la civilización humana, en realidad rebajan más a los que así se comportan que a los que sufren la injusticia. Y ciertamente están en contradicción con el honor debido al Creador" (G. et S. 27).

Ve ahora la Iglesia, tal vez más claramente que antes, que estos males de tanta magnitud, no menos que a actitudes individuales, responden a actitudes colectivas, a mentalidades, a ideologías muchas veces inconscientemente sostenidas, y a estructuras que responden a ellas.

Comprende entonces que debe ir más allá de la moral individual debe ir a la moral social. Un plato de comida dado a un hambriento o una limosna para obras sociales, pueden ser actos de caridad, pero no son la Caridad que habrá de animar la transformación del mundo.

Eso fuerza potente capaz de renovar la fe de la tierra debe calar mucho más hondo, ver mucho más lejos, y afrontar intrépida la larga y dura labor de despertar las conciencias, convertir los corazones, vencer las resistencias, y provocar una activa presencia del amor en la tarea temporal.

La Iglesia llama a todos sus hijos a hacerse conscientes de la responsabilidad que les incumbe en la organización de la sociedad, en cada país como en el mundo entero; a ver la necesidad de un cambio y quererlo, tan profundo como es profundo el actual desorden de la sociedad humana.

Mil veces ha exhortado a los fieles a que, bajo su propia responsabilidad, actúen en los campos del quehacer político económico y social, según su leal saber y los dones de imaginación que puedan tener.

Habla el Concilio, y en sendos capítulos de Gaudium et Spes señala las obligaciones más urgentes de los cristianos respecto a Ia cultura, respecto al desarrollo económico y social respecto a la comunidad política, al fomento de la paz, a la cooperación internacional...

Habla Pablo VI en la Encíclica "Populorum Progressio" y en cien otros documentos, recordando las mismas obligaciones Hablan los Obispos de un Continente entero como en Medellín, denunciando las diversas formas de colonialismo interno y externo en América Latina, la marginación, las desigualdades excesivas entre las clases sociales, las frustraciones crecientes, la opresión de grupos y sectores dominantes y el poder que ejercen injustamente; la distorsión del comercio internacional la fuga de capitales económicos y humanos la evasión de impuestos, e1 endeudamiento progresivo, los monopolios, el imperialismo internacional del dinero, y otras situaciones incompatibles con una visión cristiana de la sociedad humana.

Hablan los Obispos de cada país, como hicieron los del Uruguay en su Carta Pastoral de Cuaresma 1967, en la misma líneas de denuncia, y señalando pautas de conducta que responden a nuestra situación concreta.

Pero todo esto que enseñan el Papa y los Obispos poco significa, si los cristianos no llegan a sentir su deber de comprometerse de veras en los problemas de la comunidad.

"Comprometerse es ratificar activamente la solidaridad en que todo hombre se halla inmerso, asumiendo tareas de promoción humana en la línea de un determinado proyecto social El compromiso así entendido debe estar marcado en América Latina, por las circunstancias del presente, por un signo de liberación, de humanización y desarrollo (Medellín, Movimiento de Seglares 2.3).

"A los seglares corresponde con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y 1as estructuras de la comunidad en que viven" (Populorum Progressio Nº 81).

6. LA IGLESIA NO SE ATA A NlNGUN PARTIDO

Cuando la Iglesia con su magisterio ilumina las mentes y crea conciencia acerca del derecho a la libertad, o acerca de la necesidad de estructuras de diálogo para superar los conflictos, que de otro modo desembocan en interminable cadena de violencias; cuando recrimina las actitudes que atentan contra la dignidad de la persona; cuando rechaza y condena el uso sistemático de la calumnia y cuando denuncia la inmoralidad del lucro injusto ’ y de Ia usura; cuando exhorta a construir una sociedad fraternal sin explotados ni explotadores; cuando señala al engaño político como causa del desprestigio de las instituciones con su inevitable secuela de desesperanza o insurrección; cuando repudia actitudes y estructuras que cierran el camino hacia Dios y la Fe, la Iglesia ciertamente no está pensando en grupos políticos determinados.

Faltaría a su deber si callara, Urgida por su compromiso con Cristo, la Jerarquía debe, como indica San Pablo: "proclamar lo Palabra, insistir a tiempo y a destiempo, reprender, amenazar, exhortar con toda paciencia y doctrina" (II Tim. 4,2), porque tiene la firme convicción de que es verdaderamente realizable un mundo más humano; porque lo que Cristo ha prometido se va realizando en Ia historia. Esperanza cristiana que infunde la seguridad de que cuanto se haga por mejorar las relaciones entre los hombres y el ordenamiento que encauza estas relaciones, no es tarea vana, sino misteriosa marcha hacia la meta final donde Dios sea todo en todos" (I Cor. 15, 28).

Siendo éste nuestro móvil, nuestro único interés, tenemos el derecho dé esperar ser comprendidos por toda la comunidad católica en primer término, y por todos los habitantes del país.

No escapa a nadie que lo que aparece claro en la doctrina no siempre tiene la misma claridad en la concreción de los hechos, y, muchas veces, las actitudes _ que son también formas de hablar _ comportan consigo riesgos inevitables de ser mal interpretadas, de ser utilizadas por unos o por otros con intenciones no siempre puras, y más aún, pueden estar equivocadas por la errónea interpretación de los acontecimientos, sin que esto mengüe la rectitud de intención o la urgencia pastoral con que fueron asumidas.

Frente a estos riesgos ¿debemos callar ? ¿ debemos marginarnos? ¿Es que el silencio fácil y cómodo, o la deserción no significan también, muchas veces, tomas de posición?

"La PaIabra de Dios no está encadenada" (II Tim. 2,9). Ninguna cIase de temor puede limitar nuestra misión de pro- clamarla y testimoniarla.

Con esta aclaración fundamental queremos disipar la confusión o eI temor que invade a cristianos y a los que no lo son, por las actitudes de la IgIesia frente a problemas de la sociedad presentes o futuros.

Queremos igualmente advertir que no cualquiera es profeta en la IgIesia; y que quien pretenda serlo, debe saber distinguir bien lo que es palabra de Dios y lo que es palabra humana, no sea que confunda enseñanza de la Iglesia con opiniones Que partidos o ideologías o con sociología. El profetismo, uno de los excelentes carismas dados por el Espíritu Santo, está en función de la edificación de la Iglesia, y debe ser usado según las reglas de la Fe (Lumen Gent. 12). Por último, queremos advertir también que a ningún grupo político o ideológico le corresponde capitalizar en favor de sus parcialidades las actitudes y declaraciones de la Jerarquía eclesiástica, que jamás tienen otra motivación que la expuesta, y sólo quieren contribuir al logro de una mayor solidaridad de todos en la justicia y la verdad.

7. FIDELIDAD A LA VERDAD

En esta lucha por la justicia y la verdad no cejaremos jamás. No somos árbitros de conflictos ni pensamos tener en nuestra mano las soluciones más acertadas. Tampoco creemos poseer el monopolio de la verdad en problemas muchas veces muy complejos. Pero tenemos la fe: don supremo de Dios.

Esta fe nos habla del plan de Dios que se va desarrollando en la historia de los hombres y que constituye la Historia de la Salvación.

Esta fe nos anuncia una culminación del quehacer humano que comenzó cuando Dios ordenó al hombre enseñorearse de la tierra y dominarla (Gen. 1, 28), y terminará en los cielos nuevos y la tierra nueva en la que no habrá ni muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas. (Ap. 21, 1ss).

Esta fe nos hace conocer la ambivalencia del mundo en este intervalo del tiempo, durante el desarrollo de la historia aquí abajo: obra del amor de Dios, pero degradada por el pecado del hombre; restaurada por la muerte y resurrección de Jesucristo, pero obra del esfuerzo y del ingenio del hombre indudablemente. Porque conocemos aquella culminación y este "mientras tanto" que vivimos ahora, sabemos de la provisoriedad de todos los proyectos humanos. El hombre y su historia están en marcha, no se detienen jamás, Su proyecto se va realizando por etapas, en un esfuerzo sin pausa. Pero ha de ser con lo mirada hacia adelante sin dejar de recoger las lecciones del pasado, con la voluntad de acercarse a la meta inalcanzable del "sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt. S, 48). La fe, por tanto, acucia continuamente, desinstala, obliga a retornar el cayado del peregrino y a proseguir la marcha sin descanso. Esta fe sostiene a la Iglesia en su ingrata misión de vigilancia crítica, parte de su misión profética que le exige descubrir en los acontecimientos humanos Ia voz interpelante de su Señor y la obliga a reclamar la justicia, la libertad y In paz, denunciando todo aquello que traba o impide alcanzar estos bienes nunca suficientes en este mundo signado por el pecado.

Por eso la Iglesia siente la necesidad imperiosa de proyectar su luz sobre todas las situaciones para ayudar todos, poderosos o débiles a encontrar y seguir el rumbo del bien común, el bien de todos en las mil encrucijadas del camino. Del cumplimiento de esta misión al Iglesia, al igual que su Maestro, Jesucristo, no puede esperar más que sinsabores y persecución Serán éstos los signos que comprueban su fidelidad a su vocación; como al contrario el aplauso del mundo, la complacencia de los señores del mundo, suelen ser alarmantes señales de infidelidad en la lucha por la justicia y la verdad.

Cuando, en cambio, las miradas de los pobres, de Ios olvidados, y de los que buscan ser fieles al Evangelio, se dirigen a ella cargadas de esperanza, sólo entonces puede sentirse portadora de las señales auténticas de los tiempos mesiánicos "los ciegos ven y los cojos andan los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva" (Mt. I 11, 5-6. Is. 35).

Este debe ser el sentir de todos los cristianos, sin claudicaciones demagógicas ni alarmas paralizantes;

Esta es la verdad de la misión de la Iglesia, y lo la que hemos de aprender en las páginas do su larga historia.

Si siempre, el cumplimiento de esta vocación le trae a la Iglesia dificultades e incomprensiones, se comprende cuánto más difícil y conflictiva se torna esta misión en los momentos cruciales de grandes cambios y fuertes radicalizaciones.

Mientras la Iglesia se limita a enunciar una doctrina abstracta, intemporal, se la tolera sin mayores resistencias.

Las resistencias se hacen sentir cuando su enseñanza toca Ias realidades concretas, cuando sus denuncias se refieren a situaciones reales, vivas, en un lugar y en un momento determinados.

La Carta a Ios Hebreos, haciendo referencia a la liturgia sacrificial del Antiguo Testamento, explica el sentido y el valor redentor universal del sacrificio de Cristo en Cruz

Pero esa doctrina de la Carta se desarrolla a partir de un hecho histórico concreto, acaecido en un contexto también histórico concreto: Jesús fue condenado a muerte por- que se enfrentó a una situación de pecado y no trepidó en señalar con nombre y apellido a los que la provocaban. Lo condenaron a muerte no porque hablaba de los lirios del campo y los pájaros del cielo, sino porque gritaba ¡ay de vosotros escribas y fariseos!

Cuando la Iglesia, como Cristo, uso ese lenguaje directo es cuando la persecución abierta o embozada aparece amenazadora en su camino. Es cuando a la denuncia de Popularum Progressio la llaman marxismo recalentado, a las denuncias de Medellín las llaman desviadas incursiones políticas y con amenazas y aún violencias, se pretende cerrarle la boca a los que en su predicación hacen referencia a estos asuntos.

El camino de la cruz es ley de Dios y huir de ella es mentalidad humana, no divina, y tentación contra el mandato del Señor (1VIc. 8, 31-38).

Esto lo sabe la Iglesia y de esta tentación debe defenderse vigilando en constante oración, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. (Mt. 26, 41).

Espera siempre de su Señor la fuerza para mantenerse fiel y servir realmente a la comunidad humana en la que está inserta.

Esta es la aspiración concreta de esta Iglesia en Montevideo y todos sus pasos se encaminan a formar Ia conciencia de la congregación de los creyentes para que todos y cada uno descubran la exigencia de su fe en la crisis general que vive nuestra sociedad.

8. LA ESPERANZA PASCUAL

Cristo resucitado es nuestra paz (Ef. 2, 14). Iluminados por el fulgor de la Resurrección en esta fiesta de Pascua, hemos querido decir una palabra de paz sobre los fundamentos de la paz, tanto en el seno de la comunidad católica, como en las relaciones de la Iglesia y el mundo. Hemos escogido el tema de la misión y servicio de la Iglesia al mundo, no porque lo consideremos eI más importante sino porque pensamos que es, en la línea de la renovación conciliar, el que en estos momentos ilumina los problemas más acuciantes de nuestro pueblo.

La puerta que abrió el Concilio nos incita, o mejor dicho, nos exige a toda la comunidad católica, hacernos presentes y compartir los anhelos y las esperanzas de Ia comunidad uruguaya en una hora particularmente difícil.

En esta línea se viene desarrollando Ia acción pastoral de nuestra arquidiócesis desde hace tres años Y ahora, ante las voces que la cuestionan, hemos querido reflexionar y ayudar a reflexionar sobre las motivaciones que nos animan.

Son voces apasionadas, que más allá de la Iegítima diversidad de pareceres en materias opinables, rompen la unidad, turban los ánimos y siembran desconfianza hacia Ios que rigen la Iglesia. Todo lo que oscurece la verdad y empaña la caridad en el Pueblo do Dios, necesariamente debe preocupar al Obispo cuya misión es edificar la Iglesia "in veritate et charitate". Nuestras reflexiones a la luz de la Palabra de Dios, nos muestran cuál ha de ser nuestro compromiso con el hombre y nos urgen a revivir, desde luego con las modalidades de hoy, el mismo espíritu que alentaba en las Comunidades Apostólicas "acudían asiduamente a la enseñanza de Ios apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hechos 2, 42). "La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común... No habían entre ellos ningún necesitado..." (Hechos 4. 38).

El espíritu de verdad, de unidad y caridad, jamás se conquista una vez para siempre; ha de renovarse continua- mente, en un proceso vital nunca acabado. De ahí nuestro permanente estado de revisión.

Por último queremos decir una palabra alentadora, que infunda confianza en el destino de nuestra Iglesia. La crisis que aqueja a la Iglesia universal no nos es ajena, ni hay razón para que lo sea; pero ello no obstante, somos testigos de una pujante vitalidad que se manifiesta de mil maneras entre nosotros y echa por tierra los pronósticos de los agoreros de infortunios.

Comprobamos como la Iglesia, guiada por su Espíritu se desembaraza de lo superfluo, se desprende de lo caduco, se libera de 1as ataduras, para hacerse mas libre y así responder con mayor fidelidad a lo que el Señor quiere de ella. Ni las divisiones que se insinúan deben apocar nuestros ánimos La Palabra de San Pablo nos ilumina al respecto: "Realmente conviene que haya entre vosotros divisiones para que se descubran quienes son de probada virtud entre vosotros" (I Cor. ll-19).

Nuestro deseo es, no obstante, abrazar a todos en la misma caridad, no desmayando en el intento de fortalecer la unidad, que es voluntad de Dios. "Que todos sean uno" (Jn. 17, 21), fue la oración y el mandato de Jesús.

Con esta oración cerramos nuestra palabra a la comunidad Católica.

Que la Pascua del Señor sea realidad en nuestra vida, asimilándonos a EI en todo, de tal manera que la obra que El ha comenzado con su muerte y resurrección, culmine en nuestro crecimiento personal y comunitario "hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del perfecto conocimiento del Hijo de Dios" (Ef. 4, 13).

Amen.

Montevideo, Pascua de Resurrección de 1970.

+ CARLOS PARTELI

Arzobispo Coodjutor de Montevideo

Administrador Apostólico Sede Plena

Andrés M. Rubio G.

Obispo Auxiliar de Montevideo

Silvano Berlanda

Rector del Seminario Arquidiocesano

Arnaldo Spadaccino

Responsable de Pastoral

Juan A. Lodeiro

Responsable de la Zona 1

Conrado Montpetit C.SS.R.

Responsable de Zona 3

José Verme S.D,B.

Responsable de la Zona 5

Marcelo R. Sandoval

Responsable de la Zona 7

Antonio Ramírez

Responsable de la Zona 9

Jorge Techera

Asesor Arq. de J. E. C.

Martín Gortazar

Asesor Arq. de A. C. I.

Haroldo Ponce de León

Vicario General

Raúl Sastre

Secretario - Canciller

Jesús R. Silva

Responsable de la Zona 2

Miguel A. Brito

Responsable de la Zona 4

Aníbal Rivero S.D.B.

Responsable de la Zona 6

 

Ismael Rivas

Responsable de la Zona 8

Atilio Stefanoli

Responsable de la Zona 10

Paul Dabezies

Asesor Arq. de M. C. U.

Vicent Gilbert O.P.

Asesor Arq. de M. O. A. C.

Alfredo Requena S.J.

Asesor del M. F; C.

Remigio Lacourrege

Delegado de F.R.U.