CONFERENCIA EPISCOPAL DEL URUGUAY
CARTA PASTORAL CON MOTIVO DEL II CENTENARIO DEL CURA DE ARS
A nuestros sacerdotes diocesanos:
1.-Se celebra este año el bicentenario del nacimiento de San Juan María Vianney que fue cura de una aldea de Francia y hoy es venerado en los altares y presentado como prototipo de los párrocos. Con ocasión de este aniversario, los Obispos queremos ofrecer a nuestros queridos sacerdotes diocesanos las reflexiones que nos sugiere esta eximia figura de presbítero, confiando que sea para todos, incluidos nosotros, un estímulo para la acción pastoral y un ejemplo a imitar en la vida de cada uno.
Al escribir esta carta pensamos ante todo en los jóvenes que en nuestro seminario se capacitan intelectual y pastoralmente moldean sus corazones para luego consagrarse totalmente al servicio del Evangelio en nuestro país.
2. Muchas veces llevados por el mito del futuro que coloca lo mejor sólo en el porvenir, olvidamos que la historia tiene sus raíces y se construye manteniendo los valores permanentes de una tradición. Por eso, ante los numerosos desafíos de lo nuevo, mucho nos ayudará mirar hacia atrás y recoger el testimonio da un Pastor que, sin ilusiones vanas, supo afrontar con realismo el ahora y aquí de su tiempo y cumplir la perenne misión sacerdotal de encarnar el Evangelio en el pueblo situado en el contexto cultural de su hora.
3.- Por distinta que sea la época del Cura de Ars y la nuestra, su ejemplar entrega al servicio del Reino de Dios brinda un dechado de inspiración permanente para todos los llamados a ser pastores del pueblo de Dios, sea cual fuere el lugar en que se encuentre. Poner la mirada en su peculiar manera de vivir santamente al frente de una parroquia, será sin duda un aporte revitalizador para el orden de los presbíteros, al cual, a su vez, se le asigna en la renovación de la Iglesia, influjos de suma trascendencia y más difíciles cada día
4. Juan María se inició en el Sacerdocio en un periodo eclesial desmantelado de toda organización, cuando todavía, a duras penas, se emergía de las ruinas causadas a la lglesia por la Revolución Francesa y en medio de los tortuosos forcejeos de Napoleón con el Papa, ten duramente golpeado y envilecido.
El viaje que tuvo que emprender para poder ordenarse es todo un símbolo de lo que puede en sacramento del Orden recibido en pura fe, sin boato alguno y en la mayor austeridad. Tuvo que hacerse a un camino de cien kilómetros desde Lyon a Grenoble, a pie, solitario y a través de regiones ocupadas por los austríacos. En el marco de tal despojo fue ungido sacerdote, sin la compañía de familiares ni amigos pero con su alma totalmente abierta a la gracia de tal modo que desde aquel momento se consideró en cuerpo y espíritu como un vaso sagrado destinado exclusivamente, al ministerio divino, en favor de sus hermanos, los más olvidados.
Tanto fue ello así, que fue enviado a Ars con esta consigna: "No hay mucho amor de Dios en esta parroquia: fomentadlo vos (2)
5. A tales adversidades circunstanciales hemos de sumar la conocida dificultad con que tuvo que prepararse, atravesando años de penosos estudios, difícilmente asimilables por su ingenio de aldeano, poco hecho para los estudios académicos en latín
Todo ese cúmulo de obstáculos, externos e interiores, pudo superarlo con su única sabiduría: la de saber nutrir su espíritu en los dones sobrenaturales que Dios volcaba en su frágil vaso de arcilla.
6. Pero recordernos a la vez, en qué clase de consuelos encontraba un contrapeso para sus tribulaciones: "El sacerdocio - afirmaba - es una carga tan pesada que si el sacerdote no tuviera consolación y la felicidad de celebrar la Santa Misa, no podría soportarla".
No buscaba, pues, fuera de Dios y su Cristo, diversiones y pasatiempos ajenos a su ministerio. Por supuesto, el sacerdote ha de cultivar todo lo que instruye, ennoblece y sanamente descansa el espíritu, pero el ejemplo del Cura de Ars nos indica cuál es el apoyo sólido para una equilibrada vida sacerdotal. Señala que nuestra vocación no puede ser encarada como una función que no empape toda nuestra personalidad más íntima. No hay en ella horas de oficina, por un lado, y privacidad, por el otro. El Sacerdote merece y necesita descanso y vacaciones; nada de esto podrá practicarlo como poniendo entre paréntesis su carácter sacerdotal.
No es su persona un canal de lo divino a la manera de un tubo metálico, que nada recibe del agua que transporta. Ha de ser más bien la acequia de tierra, que se va embebiendo y beneficiando simultáneamente del elemento vital que distribuye.
7. Todos los bautizados participamos del común sacerdocio santo del pueblo de Dios; pero no todos de lo frontal y radical exclusividad de Cristo y de quienes lo representan en cuanto "Cabeza". Por eso, San Pablo no dijo solamente: "Considerad nuestra actividad sacramental, como ejercitada por Cristo", sino: "Así nos considere el hombre corno ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios" (I Cor. 4, 1), proponiendo a toda la persona de los apóstoles indivisiblemente unida a los gestos ministeriales que desempeñan "in persona Christi".
El Cura de Ars, modelo del clero secular
8. Cuanto venimos exponiendo no es exclusivo del ministerio sacerdotal en cuanto ejercido en los términos de la incardinación diocesana. Cualquier sacerdote, monje, religioso de vida activa o del clero secular, ha de plasmar su existencia a la luz de estas supremas líneas de fuerza.
No obstante, de la heroica vida del Cura de Ars se desprenden algunas características que configuran el modo de vivir el ministerio sacerdotal, que son propias del clero secular, en especial de los párrocos.
Porque el Cura de Ars, si bien se vio tironeando por sus inclinaciones a la soledad de la Trapa, de hecho se santificó en el ministerio parroquial y por su dedicación sin retaceos al bien terrenal, pero sobre todo eterno de sus feligreses y cuantos se agolpaban ante sus sencillas catequesis, consejos de confesión y piadosa celebración del Sacrificio de la Misa.
9. Se ha podido decir que la espiritualidad del clero secular o diocesano es simple, porque pone el acento sobre lo esencial del sacerdocio sin necesidad de identificarse con ninguna de las escuelas movimientos o carismas, que reparten las insondables riquezas de Cristo.
EI sacerdote secular, tanto para su propia vida interior como para servir a la de sus hermanos, puede espigar a gusto en la rica tradición espiritual, en la variada profusión de métodos apostólicos, pero siempre guardando su libertad y soltura.
Se da en la organización, las tradiciones y el espíritu mismo del clero diocesano guiado directamente por el obispo, una agilidad de movimientos y, por lo mismo, una d! disponibilidad a las necesidades de la diócesis, teniendo en cuenta toda la riqueza de los diversos carismas.
10. Existen, por supuesto, los imperativos y limites provenientes de la necesaria colaboración con el obispo, pero ésta fluye precisamente de la naturaleza misma de toda vocación sacerdotal. Sólo que el clero secular la visualiza con total inmediatez y claridad, sin intervención de otros elementos interpuestos (superiores, votos, reglas, todos ellos evangélicos y bendecidos por la Iglesia con el fin de perseguir otras imperiosas necesidades), pero que no patentizan En su suprema sencillez la médula del ministerio sacerdotal como colaboración directa con los sucesores de los apóstoles. El Cura de Ars se presenta en lo que a esto se refiere, como heredero de la gran escuela francesa de espiritualidad sacerdotal.
Es sabido cómo las grandes figuras de San Francisco de Sales, San Vicente de Paul, el Card. Bérulle y Oriol, dieron una impronta de gran calidad espiritual al clero con una teología tendiente a la identificación con Cristo sacerdote.
Tuvieron siempre la preocupación de no agregar ninguna autoridad sobre la de los Obispos, ninguna ley más que los sagrados cánones, ninguna forma de piedad fuera de la piedad tradicional de la Iglesia,
12.Los lazos de los religiosos con la diócesis y el obispo son mucho más elásticos. El religioso depende de sus superiores en su vida personal y comunitaria; su estadía en una diócesis es precaria y sus actividades en ella están necesariamente coloreadas por el espíritu y Constituciones de su Orden Religiosa o Congregación. Es sabido que el sacerdote religioso no puede estar tan disponible al obispo como el sacerdote secular.
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Valoración del clero secular
13. Los ejemplos del Cura de Ars y de tantos otros santos pastores han de despertar un aprecio cálido en todo et pueblo de Dios por el humilde, y no menos necesario servicio del clero parroquial a los órdenes exclusivas del obispo. Porque suele darse, a veces, una menor estima por quienes no son otra cosa que sacerdotes; como si serlo fuera poca cosa y se necesitara de otros títulos para justi-preciar a aquellos que son llamados " amigos de Cristo" en el día de su ordenación.
Cuántas veces no han oído los sacerdotes seculares la pregunta: "Padre, ¿de qué congregación es Ud.? San Pío X se complacía en tomar como un timbre de honor el apelativo un tanto despreciativo, del que se habían servido algunos, cuando se anunció su elevación al pontificado romano: "Es un cura de campaña".
14. Juan XXlll dedicó una encíclica entera a poner de manifiesto la fecunda Senda de santidad personal y social que fue recorrida por el Cura de Ars, invitando a recorrerla en todo tiempo a cuantos, como él, confían en la pura fuerza de la gracia dimanante del carácter sacerdotal, sin más aditamentos. Dice: "Sería un gran error pensar que el Papa, tan hondamente solícito de la santidad de los sacerdotes y de la constante enseñanza de la Iglesia, creyera que el presbítero está llamado a una perfección menor que el religioso. Cuando lo contrario es verdad, es decir, que el cumplimiento de las funciones sacerdotales "requiere una santidad interior mayor que la que necesita el estado religioso".
15. Es innegable que puede haber aquí y allí (como en todas partes) rutinas y esclerosis. Pero, si el corazón del obispo y los de sus más estrechos cooperadores se encuentran ampliamente abiertos al Espíritu de Dios, no puede haber duda de que el estilo espiritual del clero secular lleva en sí inmensos recursos y virtualidades apostólicas incomparables.
¿Acaso no salieron de sus filas los fundadores de Congregaciones Religiosas en el correr de los siglos? Por lo común, fue junto a las casas parroquiales donde se formó, al menos en su infancia, la gran mayoría de los elegidos que ilustraron la historia de la Iglesia y engrosaron la galería de los santos.
16. Esta generosidad y amplitud, alejada de toda mezquindad partidista resplandece en forma límpida en el mismo Cura de Ars, quien fue un certero orientador vocacional, no sólo apuntando hacia el seminario, sino al más variado abanico de Congregaciones Religiosas aprobadas por la lglesia. Aconsejó a Gabriel Taborín en la fundación de los Hermanos de la Sagrada Familia y condujo a esa familia religiosa a buen número de jóvenes. El P. Muard, fundador de la hoy famosa Abadía La Pierre-qui -Vire, fue a consular al Cura de Ars sobre su Proyecto. El P. Chevrier, creador de los sacerdotes del Prado, fue alentado por el Cura de Ars, y numerosas vocaciones cultivadas por él se contaron entre los miembros de diversos monasterios masculinos y femeninos.
17. Consideramos que es necesario subrayar que es muy posible alcanzar la más alta santidad militando en las filas del clero secular. El mismo Cura de Ars no es un caso aislado, ya que el santoral está lleno de sacerdotes llegados a las cumbres de la perfección sólo por haberse aprovechado al máximo de las vías de santificación que les ofrecía el sacramento del Orden y la vida pastoral, desplegada en distintas tareas, pero sin otra guía que la de los sucesores de los apóstoles en sus respectivas diócesis.
Así, prescindiendo de Papas y Obispos, de cuya plenitud sacerdotal deriva el ministerio de todo presbítero, merecen ser recordados San Juan de Avila, San Juan Kenty, profesor de la Universidad de Cracovia, San Andrés Wouters, Noel Pinit, Andrés Hubert Fournet,
San José Oriol San Juan Bautista de Rossi, San José Cottolengo, San José Cafasso, el Beato André Kim (primer sacerdote indígena de Corea, el Beato Enrique de Ossó San Leonardo Murialdo.
Es de notar el elevado número de mártires provenientes del clero secular durante los días aciagos de la Revolución Francesa; de los 191 beatificados en 1926, 130 eran sacerdotes del clero secular.
18. De todo ello, y con sólido fundamento en la tradición de siglos, floreciente en la Iglesia, se deduce que "el sacramento del Orden no tiene por objetivo hacer sacerdotes, sino hacer buenos y santas sacerdotes". O bien, en palabras de un acreditado estudioso de estos asuntos: "La santidad sacerdotal no consiste en añadir prácticas piadosas, imitando al clero regular, sino en el ejercicio de su ministerio". (4)
Lo anterior no excluye la elección y gusto personal a inspirarse también en modalidades específicas de la vida religiosa. ¿Quién no admirará y tratará de imitar en lo posible la unción y dignidad benedictina en la liturgia, el discernimiento de espíritus ignaciano, las elevadas vetas místicas de Juan de la Cruz y Teresa de Jesús? El mismo Cura de Ars, en sus crisis interiores y tentaciones de abandono de la parroquia para recluirse en un claustro, aceptó la vía media de hacerse terciario franciscano.
19. Aunque deba quedar bien entendido que todos esos medios (vida común, asociaciones sacerdotales, etc.) son elementos extrínsecos al dinamismo de la consagración sacerdotal y que ésta puede muy bien bastar para llegar a las más altas cimas de santidad.
Observaba al respecto el Card. Richaud, arzobispo de Burdeos: "En rigor de términos no se puede decir que el sacerdote se consagró al Señor. Parece que conviene decir mejor que es el Señor quien se lo consagró para Sí. Es la razón por la cual su perfección debe ser tomada menos de los compromisos que él ha suscrito, que de las funciones que le han sido conferidas y que postulan, a su vez, esos mismos compromisos".
20. No es imaginario el peligro de tergiversar el orden de los valores y que lo accesorio acapare la atención. Si el párroco es devoto de Charles de Foucauld, se notará evidentemente en su estilo, en su predicación, pero no tiene derecho a encauzar a toda su comunidad por esa sola vía. Lo mismo dígase de movimientos y carismas muy bienvenidos en la Iglesia, alabados por el Papa y con total derecho de ciudadanía, pero que no pueden pretender configurar a todo el pueblo de Dios "¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos doctores? ¿Tienen todos el poder de hacer milagros? ¿Tienen todas la gracia de curaciones? ¿Hablan todos en lenguas? ¿Todos interpretan?" (I Cor. 12, 29-30). Es evidente que la respuesta es negativa, ya que el Apóstol se esfuerza en esa carta por no apagar ningún carisma, pero asimismo, para que ninguno ejerza una desmesurada hipertrofia en la comunidad.
Ese ha de ser justamente "el camino por excelencia": el amor (I Cor. 12, 31) que todo lo encauza y con nada se encapricha.
"Se ha de temer, sobre todo en los jóvenes, - advertía Mons. Cl. Tournier en especial en los seminaristas, que podrían llegar a desestimar la formación del seminario y a subordinar las directivas de sus maestros a directivas que vienen de otra parte, y hasta en complacerse en pequeños cenáculos, con daño de su propia humildad dad y la concordia entre sus hermanos. Abusos de este tipo no siempre han sido evitados en las asociaciones más o menos formadas, cuando no secretas, del antiguo régimen". (5)
La Parroquia siempre necesaria en la Iglesia local
21. Estos brotes de capillismos dentro de la misma Iglesia no son solo asuntos del pasado. Reaparecen hoy también y por eso, es menester ejercitarse en la magnanimidad de los santos (ya laicos, sacerdotes seculares o religiosos), que jamás concibieron sus di- versos estados en oposición con los otros, sino al contrario, los aprecian sobre todo los que están en la médula de la Iglesia, como son el episcopado y sus colaboradores más cercanos, los párrocos.
Así, sin menospreciar la floración de movimientos y asociaciones animadas de anhelos de perfección que, gracias a Dios, surgen por todas partes en la Iglesia, el sacerdote, como sacramento de unidad junto a su obispo, al mismo tiempo que discierne y cultiva la legítima pluralidad de tendencias, organizaciones y movimientos de sus fieles, los coordina e integra en la fecunda unidad de la Parroquia, evitándoles así el peligro de cerrarse sobre sí mismos. Los más grandes carismáticos, los auténticos, nunca fueron excéntricos y se caracterizaron por su aprecio a los más oscuros párrocos signo visible de la presencia episcopal, apostólica, de Cristo, en medio del pueblo más olvidado.
Unión con el obispo: fuente de santidad y fecundidad ministerial para el clero secular
22. El sacramento del Orden confiere al obispo la plenitud del sacerdocio de Cristo, y a los presbíteros en cuanto colaboradores suyos, también les confiere el mismo sacerdocio, aunque en un grado inferior.
Entre los presbíteros, los del clero secular son los que viven más específicamente la espiritualidad sacerdotal, por ser los que más directa y estrechamente cooperan con el obispo.
23. Si es verdad que el presbítero no participa propiamente del sacerdocio del obispo, sino que recibe del de Cristo, es con todo el obispo algo más que un mero administrador jurídico. El condensa un signo especia) de Cristo, con un carisma recibido por un sacramento que lo hace servidor de la unidad en su presbiterio, en su Iglesia particular y en toda la Iglesia. Los obispos son, en la inmensa red eclesial, los nudos que aglutinan y mantienen la cohesión de la gracia y la caridad.(6)
24. El obispo mantiene unido al cuerpo presbiteral, como el Papa lo hace con el Colegio Episcopal. De tales premisas se concluye con limpidez la importancia que tiene para la eficacia y santidad sacerdotal, el lazo no sólo jurídico, sino sustancial que une al presbítero con el obispo.
De las numerosas indicaciones del Vaticano ll al respecto, basta indicar: "Todos los presbíteros, y en particular los que por título peculiar de su ordenación se llaman sacerdotes diocesanos, recuerden cuánto contribuirán a su santificación el fiel recuerdo y la generosa cooperación con su propio obispo"(7)
25. Múltiples deducciones se puedan extraer de esta piedra miliar de la espiritualidad del clero secular. Ante todo, el mutuo aprecio entre obispo y presbíteros, la visión de fe, que supere niveles de simpatía o antipatía. La comprensión del cargo abrumador del obispo por parte de su clero y la solícita paternidad del obispo para con sus representantes más cotizados.
Lo perfiló con lucidez el Card. Mercier, pidiendo en estos términos a sus sacerdotes: "Mirad a vuestro obispo... tened piedad de su debilidad y de la desproporción de su carga con sus capacidades; quienes como dice el Pontifical cuanto más frágiles somos, tanto más necesitamos (de estos colaboradores). Aplicad el ardor de vuestro celo acudiendo cada vez más eficazmente en su ayuda. Allí está a la vez para nosotros la perfección y la forma específica de vuestra perfección". (8) "Vosotros sois nuestros auxiliares, en cargados de suplir a nuestra insuficiencia... Tengo el derecho de contar con vosotros, como vosotros lo tenéis de apoyaros sobre mí. Juntos es que debemos presentarnos ante el pueblo cristiano para guiarlo sobre el camino que debe conducirlo a Dios "(9)
26. La fraternidad del obispo se expresa no sólo en su relación con los presbíteros, sino también en las relaciones de éstos entre sí, al igual que en una familia, la hermandad de los hijos refleja el amor de los padres. Estos vínculos son los que configuran el "Presbiteriurn", que es un lugar y fuente de santificación muy propio del clero secular, de notable fecundidad si es vivido con espíritu de fe y con un ánimo abierto capaz de superar las inevitables flaquezas humanas.
27.Tampoco aquí faltan sublimes ejemplos del Cura de Ars. Fue un admirador de su primer párroco, Mr. Balley; así como éste se constituyó en bastón defensor, primero para su seminarista en dificultades, después en sus primeros pasos como vicario.De él aprendió aquella austeridad de vida "más admirable que imitable". Pero ambos sabían abastecer de lo mejor su humildad de mesa, cuando las reuniones de sacerdotes se hacían e» su parroquia de Ecully.
Una vez llegado él mismo a Párroco, recibió Juan María Vianney a su primer auxiliar, el Pbro. Bayrnond. Fue éste un gran devoto de su santo cura, pero carente de tacto y criterio justo, ocasionando más de un dolor de cabeza a su párroco. Sin embargo, el santo no podría sufrir que censurasen a su auxiliar y lo defendía en toda ocasión:
"Si le molestáis, nos iremos los dos decía (10)
Cuando el Obispo, enterado de la situación, quiso cambiar al Pbro.Raymond, su cura intercedió: Oh, déjelo Ud. conmigo; me dice las verdades" (10)
28.Pero la visión del santo no sólo lo capacitaba para concebir las relaciones humanas como escenario de sufrimiento. Era muy sensible a la amistad, la apreciaba mucho y correspondía con efusión
Sea suficiente recordar esta delicada escena. El Rdo. Toccanier, su segundo vicario, se había ausentado tres semanas fuera de Ars. A su regreso, deseoso el joven sacerdote de ver a su cura, se puso adelante del confesionario donde el santo se encontraba asediado desde la media noche. EL Cura de Ars, al verlo, se levantó enseguida que pudo y lo abrazó tiernamente, diciendo: "Ud. aquí, mi buen amigo, ¡oh, tanto mejor! El tiempo se me hacía largo. Se me ocurría que los condenados deben ser muy infelices en el infierno separados eternamente de Dios. ¡Se sufre tanto aún en la tierra lejos de las personas queridas!(11)
29. Para llegar a tal comunicación, no basta la afinidad solamente humana o de carácter. Es menester unirse todos, en un ámbito superior, de fe, de convicción profunda de que " congregavit nos in Unum Christi amor" y no las convivencias sociales, políticas, culturales o temperamentales.
Bien lo detallaba un joven sacerdote, que así se expresaba: "No puede haber separación entre las dos generaciones de más ancianos y jóvenes. Sería lamentable que los ancianos miraran altivamente a los más jóvenes y los trataran un poco a la manera con que se comportan con monaguillos; sería también lamentable que las nuevas levas creyeran no tener nada que aprender de los ancianos y los consideren como gente retardataria. Pedimos a los ancianos que se muestren acogedores, que sean los primeros en romper el hielo, que recuerden el tiempo en que ellos mismos eran los recién llegados, jóvenes vicarios en los círculos diocesanos. Que estén dispuestos a creer que, salvo raras excepciones, los jóvenes no quieren renovarlo todo, en todo caso no ambicionan revolucionarlo todo; lo que ellos piden es ser guiados y encontrar un espíritu comprensivo en el medio en que su Obispo los envía". (12)
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30. Se vislumbra de tal modo otra faceta importante de la existencia sacerdotal en parroquia: su estabilidad y apertura a todos los demás carismas y vocaciones en el pueblo de Dios. Es la parroquia como e) humus común, la enorme plasticidad de donde podrán florecer las demás orientaciones específicas para vivir la inagotable variedad del Evangelio.
Pío XII, que fue uno de los Papas más preocupados de no restringir la acción eclesial a los horizontes de la diócesis y las parroquias, fue no menos categórico en la defensa e ilustración de la organización diocesana y parroquial. Dirigiéndose a los párrocos de Roma, enseñaba: "El cuidado directo, inmediato de las almas en la vida parroquial fue, es todavía y será siempre la base fundamental y como la sólida armazón que asegura la vitalidad durable de la Iglesia. Por este trabajo pastora), la lglesia aporta realmente su preciosa contribución a la restauración de la sociedad humana". Porque ¿cómo podrá la Iglesia asegurar la formación del hombre y del cristiano, "si no es por encima de todo por el ministerio pastoral de cada día". (13)
31.Es, por otra parte, el primer principio renovador de toda pastoral al que apuntó ya el Concilio de Trento: un claro territorial, residencial para el cual la incardinación es un compromiso de permanencia. Aquel Concilio sintió hasta tal punto que la parroquia encarnaba a la Iglesia misma , con sus tradiciones, sus potestades y deberes, que ninguna de las otras posibilidades de santificación podrían compensar lo medular de la vida cristiana distribuido cotidianamente en la catequesis, la predicación, tos sacramentos, las organizaciones apostólicas y de caridad en ella promovidas.
No otra cosa señala el Vaticano II: "indudablemente todos los presbíteros diocesanos o religiosos, participan y ejercen, juntamente con el obispo, el sacerdocio único de Cristo, y por ende, quedan constituidos próvidos cooperadores del orden episcopal. Sin embargo en el ejercicio de la cura de almas ocupan el primer lugar los sacerdotes diocesanos ya que, incardinados en una iglesia particular o adscriptos a ella, se consagran plenamente a su servicio para apacentar a una porción de la grey del Señor". (14)
32.
San Francisco de Sales declaraba: "Los buenos curas no son menos necesarios que los buenos obispos, y los obispos trabajan en vano, si no proveen sus parroquias con sacerdotes de piedad, de ciencia suficiente y vida ejemplar. Estos son los pastores que deben ir inmediatamente delante del rebaño para enseñarle el camino del cielo y mostrarle el buen ejemplo. La experiencia me ha mostrado que el pueblo se vuelve fácilmente devoto cuando el clero lo excita a la virtud por la palabra de Dios y el buen ejemplo y que, por otra parte se descarría muy pronto cuando los sacerdotes son ignorantes, cuando les falta celo por la salvación de las almas o son de mala conducta". (15)
33.La vinculación estrecha y permanente del sacerdote secular con la diócesis es el mejor punto de apoyo que tiene ésta para desarrollar una acción pastoral firme, bien concertada y de largo alcance, puesto que, sin la base de un suficiente clero secular, es prácticamente imposible llevar adelante una pastoral de conjunto.
34.Por la incardinación, el presbítero, por una parte, está al servicio exclusivo de la iglesia local y comprometido a cooperar en forma solidaria en el trabajo pastoral de toda la diócesis; y por otra, está cercano y en contacto directo con las personas y familias de su comunidad, sigue sus pasos y acompaña sus ritmos y procesos compartiendo sus alegrías y tristezas. Estas responsabilidades, que exigen asumir los problemas de otros, muchas veces a costa de la propia tranquilidad espiritual, son las que en buena medida caracterizan la espiritualidad del sacerdote secular, obligándolo a mantener el difícil equilibrio de estar en medio de las preocupaciones del mundo y el de no dejarse absorber por ellas.
35. Otra exigencia del clero parroquial es la de saber trabajar siempre con los ojos puestos en el mañana. Ninguna de sus tareas acaba en sí misma, todas son pasos de una marcha incesante. La catequesis
la predicación los cursos los la atención a los grupos etc. ...
etc., todas deben ser esfuerzos que apunten a formar la comunidad cristiana, nunca acabada, siempre en proceso de crecimiento y maduración Para esto lo atención pastoral ha de poner sus desvelos en el cultivo do las raíces que nutren la vida de la comunidad, más que en el del follaje efímero de un momento dado.
36. Por esta razón los párrocos, no menos que otros clérigos han de estar al día en los estudios teológicos y pastorales, sin descansar en lo que pudieran aprender en los días del seminario. Sin esta actualización, e) sacerdote se expone a quedar retrasado y convertirse en rémora, sobre todo en estos tiempos de grandes cambios, tanto en el estudio de las ciencias sagradas como en el campo de la cultura que ella debe evangelizar.
Si se mantiene al día, si reflexiona seriamente, si pide a Dios las luces necesarias, estará en condiciones de juzgar con competencia y prudencia las corrientes teóricas y practicas que surgen sin cesar, recogiendo lo valido ido y desechando lo inaceptable por muy c)e moda que aparezca.
¿No comentó Lacordaire, después de asistir a una catequesis del Cura de Ars: "Este santo sacerdote ha expuesto de una manera pasmosa, al hablar del Espíritu Santo, una idea en pos de la cual iba yo hacía mucho tiempo?". (16)
37. A su vez, si la parroquia ha de estar abierta a impulsos revitalizadores, se ha de advertir que estos han de ser tales que puedan ser integrados en la vida comúnmente orientada por el magisterio universal del Papa y los Obispos. Pautas de convergencia y unidad serán la base indispensable de todo progreso, tanto para parroquias, conventos, cursos y conferencistas. No se identifica renovación con obsesión de lo nuevo por lo nuevo. No en vano el reciente sínodo expresó "un deseo muy común de que se elabore un catecismo o compendio de toda la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre las costumbres, que sea como punto de referencia para los catecismos y compendios que se redacten en las diversas regiones(17)
Las "huidas" del Cura de Ars
38. Sin embargo, cuando se viene exponiendo el acompañamiento y proximidad con el pueblo como un distintivo de la espiritualidad del clero parece no condecir mucho con la persistente tendencia de Juan Ma. Vianney a retirarse a la Trapa o la Cartuja "para llorar su pobre vida Uno de los testigos más cercanos de su vida asegura: "Estuvo en la parroquia de Ars por espacio de cuarenta y un años, siempre contra su voluntad. Por tres veces intentó la fuga. Pero ya en la primera ocasión se preguntó: " la voluntad de Dios la que cumplo en estos momentos?..... La conversión de una sola alma no vale más que todas las oraciones que podría hacer en la soledad?".
Juan XXlll declara sobre este asunto: "Se sabe el deseo que le atormentó largo tiempo de huir a algún lugar retirado para llorar allí su pobre vida y cómo la obediencia y el celo de las almas le devolvieron a su campo de apostolado". (18)
39. Agreguemos a estos testimonios el "sensus populi", manifestado espontánea y magistralmente en esta anécdota: Mientras explicaba un día el catecismo en la Iglesia exclamó: "Oh, si yo hubiese sabido lo que era ser sacerdote, muy presto me hubiera refugiado en la Trapa". A lo que una voz salida de la multitud replicó: "Dios mío, que desgracia hubiera sido esto". Ese grito salido del corazón le sirvió a nuestro santo de lección y de aliento. (19)
Por lo demás, el propio interesado, a un sacerdote que le confesaba sus deseos de vida religiosa, le dio este consejo: "Calma, amigo mío. Quédese Ud. donde está. Tenga en cuenta que Dios envía a veces buenos deseos, pero cuya realización en esta vida no nos exigirá nunca". (20)
40. Se trata en el fondo de esas tensiones inevitables en una vida de mediador. Es difícil encontrar la fórmula feliz que apacigüe la atracción doble del amor a Dios y al prójimo. Querer diluir uno en el otro mandamiento es desfigurarlos a ambos. Esta tensión la sentía San Pablo cuando decía: "Para mí la vida es Cristo, y !a muerte ganancia. Y aunque vivir en la carne es para mí trabajo fructuoso, todavía no sé qué elegir. Por ambas partes me siento apretado, pues por un lado deseo morir para estar con Cristo, que es mucho mejor; por otro, quisiera permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros" (Fil. 1, 21-24).
41. Con mucho tino y sentido común, aconsejaba San Francisco de Sales a una dirigida suya, estas directivas, que pueden aplicarse al ministerio parroquial, mutatis mutandis: "No deseéis no ser lo que sois; entretened vuestros pensamientos en perfeccionaros en esto y en llevar las cruces ya pequeñas ya grandes que en ello encontrareis. Y creedme, ahí está la gran palabra y la menos escuchada de la conducta espiritual. Cada uno ama según su gusto; pocos aman según su deber y el gusto de Nuestro Señor. ¿,De qué sirve construir castillos en España si se ha de vivir en Francia?".
42. Es lo que comprendió el Cura de Ars. Y lo que en él llama la atención es que el Espíritu Santo, al empujarlo con fuerza impetuosa hacia la santidad, no lo apartaba de los caminos comunes a todo sacerdote de Cristo. En el fondo, no hizo otra cosa que vivir, pero en plenitud, su sacerdocio. Se santificó para ser un verdadero pastor en su parroquia, y porque fue tal se hizo santo. No existe una doctrina espiritua1 del Cura de Ars; allí está el Credo del bautismo, que él enseñó con fe y según el cual él mismo vivió en total generosidad ; lo que hace de él patrono de los párrocos del mundo no es la altura de su doctrina ni el brillo de sus empresas apostólicas; es el alma con la que enseñaba y practicaba lo que enseñaron y practicaron todos los curas del mundo. "El amor de Dios - decía él, hablando de los santos - está pegado sobre sus labios como partículas de oro resplandeciente". Y sus parroquianos decían de él: "Cuando pronunciaba el nombre de Jesús, parecía que su corazón se expandía sobre sus labios". (21)
Vida pastoral nutrida de oración y estudio
43. Otra constante búsqueda de equilibrio consiste en la convicción de que el celo y entusiasmo apostólico no se mantienen por mucho tiempo, si no es gracias a un continuo reabastecimiento interior por medio de la oración personal, la liturgia y el estudio. Estas recomendaciones son fruto de la secular experiencia de la Iglesia, mil veces escuchadas desde los días del seminario, pero que tantos otros factores, muchos de ellos urgentes, legítimos y hasta fundados en preocupación pastoral, van minando a lo largo de la actividad parroquial.
Si bien es cierto que los años de preparación no son lo mismo que la tarea agobiante de cada día, no es menos real que ha de darse algún lazo de unión entre una y otra etapa. De lo contrarios se vivió el seminario a regañadientes y todos esos años fueron creando resentimiento, juegos dobles de aceptación externa y simulación por un lado, junto a planes "propios" y clandestinos por el otro. Si esos años de oración y estudio no sirvieron para nada, ¿dónde se va a buscar inspiración?. En cambio, si, como ha de ser, se ha apreciado y aprovechado ese período de vida oculta, ha de prolongarse en sustancias las virtudes que tuvo como objetivo modelar.
44. No vendrá mal, entonces rememorar el ejemplo del Cura de Ars sobre este punto entre todos primordial. La siguiente reflexión se recomienda por partida doble, ya que está refrendada por la vida de un santo y por la aprobación de un Papa, él también experimentado en las exigencias parroquiales.
Juan XXIII, en efecto, comentaba con realismo: "A! los sacerdotes de este siglo, fácilmente sensibles a la eficacia de la acción y fácilmente tentados también en su ministerio por un activismo peligroso, ¡cuán saludable es este modelo de oración asidua en una vida enteramente consagrada a las necesidades de los demás! "Lo que nos impide a nosotros tos sacerdotes ser santos - decía él es la falta de reflexión; no penetramos en nosotros mismos; y así no sabemos lo que debemos hacer. Nos es necesaria la oración, la reflexión, la unión con Dios. El mismo estaba, según el testimonio de sus contemporáneos, en un estado de continua oración, del que no le distraía ni la fatiga agobiadora de las confesiones ni las demás tareas pastorales". (22)
45. El Cura de Ars "es inagotable _ comenta el mismo Juan XXlll _ cuando habla de las alegrías y de los beneficios de la oración". (23) Pero, nota con tristeza: "Quizá por haber descuidado algunas de estas prescripciones, algunos miembros del clero se han sentido poco a poco víctimas de la inestabilidad exterior, del empobrecimiento interior y expuestos un día, sin defensa espiritual) a las tentaciones de la vida. Por el contrario, trabajando incesantemente por el bien de las almas, Juan Mª Vianney no descuidaba la suya. Se santificaba a si mismo para estar en condiciones de santificar a los demás". (24)
46. Por eso mismo, no es muy convincente acudir al caso del Cura de Ars para justificar un menor aprecio por la cultura sacerdotal sólida y la indispensable como exigente preparación que exige esta altísima responsabilidad frente a Cristo, su Iglesia y el mundo.
El propio Juan XXIII lo explicó con agudeza: "Algunos se apoyarían de buen grado en su (del Cura de Ars) poca instrucción para disculparse de su (propia) falta de celo en los estudios. Más valdría imitaran el esfuerzo del santo por hacerse digno de tan gran ministerio, según los dones que se le habían concedido; por otra parte, éstos no eran tan escasos como se ha querido decir con frecuencia, porque tenía en su inteligencia mucha claridad y distinción".
"En todo caso, cada sacerdote tiene el deber de adquirir y desarrollar los conocimientos generales y la cultura teológica proporcionadas a sus aptitudes y a sus fusiones. Quiera Dios que los pastores de almas hagan siempre tanto como hizo el Cura de Ars por desarrollar la capacidad de su inteligencia y de su memoria; y, sobre todo, por extraer las luces del libro más sabio que pueda leerse: la cruz de Cristo. Su Obispo decía de él a algunos de sus detractores: ¡Yo no sé si es culto, pero está lleno de luz sobre natural! (25)
47. Por lo demás, habría que revisar en serio la supuesta carencia intelectual de Juan Ma. Vianney. Nos informa uno de sus mejores biógrafos: "Apenas había llegado a entender aquella filosofía insípida y fría, inspirada en Descartes y explicada según el sistema
vieja sorbona (26)
"El Santo Cura de Ars no tenía ciertamente el genio natural de un Segneri o de un Bossuet; pero la convicción viva clara y profunda que le animaba brillaba en sus ojos, vibraba en su palabra, sugería a su imaginación y a su sensibilidad ideas, imágenes, comparaciones justas, apropiadas, deliciosas, que habrían cautivado a San Francisco de Sales. Tales predicadores conquistan verdaderamente las almas cristianas. El que está lleno de Cristo fácilmente encontrará el medio de ganar a los demás para Cristo(27)
48. En consecuencia, si alguna vez sintiera alguien la sensación de que su (ministerio es infecundo, debiera preguntarse qué tiempo pasa ante el Sagrario, con qué piedad y recogimiento vive y celebra el Sacrificio de la Misa, si toma en serio el ministerio de la Palabra y si para ello se empapa de ella, leyendo y meditando asiduamente la Biblia,
49, "Las técnicas de evangelización recordaba certeramente Pabilo Vl son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción directa del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin El. Sin El la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin El los esquemas más elaborados sobre las bases sociológicas o psicológicas se revelan pronto despropósitos de todo valor". (28)
El humilde Cura de Ars no decía otra cosa: "Aquellos que son conducidos por el Espíritu Santo tienen ideas justas. He aquí por qué hay tantos ignorantes que saben mucho más que los sabios". "Se trata, pues, de saber quién nos conduce. Si no es el Espíritu Santo, por más que hagamos no hay sustancia, ni sabor en todo lo que hacemos Si es el Espíritu Santo, hay una dulzura enjundiosa....¡Hasta morir de dicha!(29)
50. La comprobación del reciente Sínodo no hace mas que dar razón, en medio de nuestro siglo pasado de eficiencia, a la "sabiduría de los pequeños" (Mt. 11, 25), a la cual solamente han de servir "Ios sabios" en la Iglesia
Leemos en la relación final: "Quizás no estamos libres de toda responsabilidad ante et hecho de que, sobre todo los jóvenes, miren críticamente a la Iglesia como una mera institución. ¿,No les hemos dado ocasión para ello, hablando demasiado de renovar las estructuras eclesiásticas externas y poco de Dios y de Cristo? A veces ha faltado también discernimiento de espíritus, no distinguiendo concretamente entre la apertura legítima del Concilio hacia el mundo, y la aceptación de la mentalidad y escala de valores del mundo secularizado",(32)
Retorno a las fuentes de la fecundidad pastoral
51.
Para decir en dos palabras cuál ha sido la nota más destacable de la vida del Cura de Ars, pensamos que ella consiste en haber logrado conjugar de modo integrador, una profunda vida interior y una intensa actividad pastoral.
Su manera de armonizar las exigencias del "ser" con las del "quehacer" sacerdotal, puede ayudarnos también a nosotros, que vivimos en una situación muy diferente, a lograr una síntesis semejante a la suya.
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52.En el ultimo siglo muchas cosas han cambiado en el mundo y en la Iglesia. Obviamente, también la acción pastoral, sobre todo a partir del Concilio, se ha visto en la necesidad de cambiar algunos de sus acentos para mejor responder a sus interlocutores. La formación de los laicos, por ejemplo, llamados a compartir activamente en la misión de la iglesia, tanto adentro como afuera de su ámbito institucional, exige una organización y un cúmulo de actividades que insume más tiempo y más energías que las que pedía la parroquia de antes.
53. Por otra parte, la secularización creciente, las agudas tensiones ideológica, el pemisismo desbordado, y un cierto afloje en las articulaciones que hacían rígida la unidad eclesial, no dejan de ejercer su influjo en los sacerdotes, con riesgo de desteñir su identidad ad, si no toman las precauciones necesarias.
54.Se impone volver al las fuentes siempre lozanas de la vida y el estilo genuinamente .Son las mismas fuentes en que bebieron los apóstoles de los primeros siglos en el mundo pagano
las que reavivaron las cenizas después de la Revolución Francesa, las que soportaron el golpe del agnosticismo y el liberalismo modernos. Aquellas mismas fuentes son las que han de nutrir el pensamiento, el sentimiento y la acción del sacerdote de hoy. Hoy como siempre, ha de ser un hombre de Dios; pero si hoy corno ayer ha de ser mensajero del Evangelio en el mundo, ha de tener en cuenta que el mundo de hoy no es el mismo de ayer.
55. Ha cambiado el nivel de instrucción y la cultura del pueblo. No es lo mismo enseñar las verdades de la fe a un sencillo campesino analfabeto de antes, que a un joven que se ha llenado de prevenciones y de dudas en las escuelas y liceos laicos de hoy. No es lo mismo predicarle a un pueblo tradicionalmente religioso, que a quienes sólo se acercan a la parroquia para pedir el Bautismo de sus hijos. No es lo mismo confesar al penitente que sólo examina su conducta personal, que el laico a quien se le exige asumir sus responsabilidades en la construcción de una sociedad más justa, humana y fraternal. No es lo mismo atender al grupo de los asiduos a la parroquia, que cooperan en la acción concertada de la Diócesis, abierta en un amplio abanico de movimientos y servicios de la Pastoral de Conjunto.
Se cae de su peso que nunca hemos de perder la vista al interlocutor y su situación, la época y la problemática que vive, también es evidente que el apóstol no puede mimetizarse con el espíritu del tiempo. Si debe ser fermento en el mundo, no por eso debe ser del mundo.
56. El Cura de Ars es un signo casi milagroso que atestigua la fuerza transformadora que actúa "en el mundo" sin ser tomada "del mundo". El la bebió con abundancia en la Eucaristía, la penitencia y la austeridad, pregonada con su vida silenciosa pero más elocuente que llamativos comunicados de prensa.
Sin proponérselo, pues no anheló otra cosa que esconderse, irradió hacia toda Francia y el orbe católico. La razón es simple y palmaria: hizo fe en el Dios que lo llamaba a ser ministro de su Hijo, Sumo y Eterno Sacerdote, pudiendo por ello cantar con cándida y no menos audaz verdad: "Soy más docto que todos mis maestros, porque medito sus preceptos" (Sal. 119/118, 99) .
57. Entregamos esta carta a vosotros, queridos sacerdotes y seminaristas, confiando que la admirable vida de este santo cura párroco sea ejemplo y estímulo para todos los que nos hemos consagrado al Señor trabajando en su viña, sin otras miras que la de extender el reino de Dios en el Corazón de nuestro pueblo.
+Mons. José Gottardi, sdb
Arzobispo de Montevideo
Presidente de la CEU
+Mons. Marcelo Mendiharat,
Obispo de Salto
Vicepresidente de la CEU
+Roberto Cáceres
Obispo de Melo
*Humberto Tonna
Obispo de Florida
+Carlos A. Nicolini
Obispo Coadjuntor de Salto
+Mons. Andrés Mª Rubio, sdb,
Obispo de Mercedes
+Mons. Raúl Scarrone
Obispo Auxiliar de Montevideo
+Mons. Daniel Gil, sj,
Obispo de Tacuarembó
+Mons. Víctor Gil
Obispo de Minas
+Mons.Pablo Galimberti
Obispo de San José de Mayo
+Carlos Parteli
Arzobispo Emérito de Montevideo
+Mons. Rodolfo Wirz
Obispo de Maldonado Punta del Este
+Mons. Orestes S. Nuti sdb,
Obispo de Canelones
Secretario General de la CEU
Montevideo,8 de mayo de l986
NOTAS:
1) Presbiterorum Ordinis, proemio.
2) Juan XXl l l, Sacerdotii nostri primordia, 57.
3) Presbitercrurn Ordines 6.
4) A. G. MARTIMORT. El clera diocesano.
5) Lechanoine Maurice Garrigou, Toulouse. 1945, pp. 205-207.
6) Lumen Gentium, 23.
7) Lumen G Gentium, 41 ; cfr. Christus Daminus, 15 y 28.
8) L vie intérieure - Appel aux ames sacerdotales Louvain 1918, p. l82.
9) Fraternité sacerdotale diocésaine des Amis de Jésu. Bruges, 1927, pp. 85-
10 Fr. TROCHU El Cura de Ars, Madrid. 1984, p. 545.
11)Fr. TROCHU. ibid.
12)Fr. TROCCHU. ibid, pág. 490.
l3) Citado por Mons. A. M. CHARUE, Le Clergé diocésan, p. 216.
14) AAS, 1946, Vol. XXXVlll, p. 184.
l5) Christus Dominus, 28; cfr. 30,
16) Citado por Dom H. B, Mackey, "Saint Francois de Sales et la formation du clergé", en Revue du clergé français, 1907, Vol. XXV, pp. 520-521.
17) Fr. TROCHU. ibid, p. 12.
18) LOs. R., 22. 12. 85, p. 12.
l9) Sacerdetii nostri primordia, 58.
20) Fr. TROCHU. ibid, p. 405.
21) Fr. TROCHU. ibid, p. 3ó8.
22) A. RAVIER Un petre parmi lepeuple de Dieu, le Curé DArs, Paris, 1959 pp. 77-78.
23) Sacerdotii nostri primerdia, 39,
24)Sacerdotii nostri primordia, 40.
25) Sacerdotii nostri primordia 43.
26) Sacerdotii nastri prirnordia, 64.
27) Fr. TROCHU. ibid, p. 113
28) Sacerdetii nostra primerdia, 65.
29) Evangelii nuntiandi, 75.
30) B. NODET Le Curé dArs: sa pensée, son coeur, Paris, 1966.
31) L´ Os, R. ibid, p. 1 l .
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