MENSAJE DE LOS OBISPOS DEL URUGUAY EN EL

50º ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN UNIVERSAL

DE LOS DERECHOS HUMANOS

 

I. INTRODUCCIÓN

1. La conmemoración de los cincuenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos realizada en el seno de las Naciones Unidas - organismo que acababa de nacer cuando empezaban a cicatrizar las heridas de la II Guerra Mundial - es ocasión propicia para recordar y reafirmar el compromiso de la Iglesia en la defensa de la dignidad de la persona humana y sus derechos.

La Declaración Universal recoge en su articulado los derechos fundamentales de la persona y propone para la comunidad internacional un marco de convivencia en el cual se respeten los derechos civiles y políticos de todos los ciudadanos.

Nos anima la misma intención que expresara recientemente el Papa Juan Pablo II en el discurso al Congreso mundial sobre la pastoral de los Derechos Humanos: "lograr que la aceptación de los derechos universales en la ‘letra’ lleve a la puesta en práctica concreta de su ‘espíritu’, en todas partes y con la mayor eficacia a partir de la verdad sobre el hombre, de la igual dignidad de toda persona, hombre o mujer, creado a imagen de Dios y convertido en hijo de Dios en Cristo" (Roma, julio 1998).

 

2. Queremos acercar a la comunidad cristiana y a los hombres y mujeres de buena voluntad, nuestra reflexión iluminada por la Palabra de Dios, base de los derechos de la persona humana. Hace diez años, recordábamos los cuarenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hoy nos mueve la misma inquietud: "extender la mirada sobre la situación que vivimos para discernir los puntos que desafían nuestra tarea pastoral" .

 

II. FUNDAMENTACION CRISTIANA DE LOS DERECHOS HUMANOS

 

3.. Las Declaraciones Universales de los Derechos Humanos en su proceso y con sus diversas expresiones específicas que conmemoramos con este cincuentenario, nos permiten profundizar desde la fe en su significado histórico como manifestación de la creciente conciencia de la dignidad intrínseca del ser humano.

Más allá de las diferentes controversias puntuales que se generaron en su elaboración y en los permanentes intentos de aplicación universal, hoy podemos alegrarnos profundamente de que ya pertenecen al más rico patrimonio de la humanidad, habiendo constituido un verdadero hito en la historia.

4. Para la Iglesia, el hecho mismo y el contenido de dichas Declaraciones tienen una significación muy grande, ya que en ellas se expresa una opción humanista fundamental, que ubica el valor de la persona humana por encima de cualquier contingencia histórica.

Este hecho, en armonía con los principios fundamentales de la fe cristiana, nos permiten valorar las Declaraciones de Derechos Humanos como un fruto genuino y relevante del camino de dignificación que la humanidad viene realizando desde sus orígenes y que necesita seguir recorriendo en su caminar en la historia.

Independientemente del proceso político de consenso que le dio origen y de los avatares que en el futuro pudiesen sufrir, las Declaraciones de Derechos Humanos ya forman parte de la conciencia humana universal y en su esencia no podrán ser abolidas jamás, ya que eso significaría la renuncia del ser humano a su propia identidad y realización. En este sentido, Dios, que se revela en Jesucristo como Padre de toda la humanidad, nos promete la asistencia de su Espíritu para que el ser humano pueda crecer en la comprensión de su propia dignidad.

 

5. La Iglesia reconoce, acepta y valora los procesos históricos mediante los cuales se concretaron, en diferentes momentos, aspectos diversos de los Derechos Humanos, así como también reconoce y valora los criterios jurídicos y éticos que los fundamentan.

Esta postura de la Iglesia reiterada en numerosas oportunidades, surge de su propio respeto por los Derechos Humanos. A partir de la revelación salvífica manifestada en Jesucristo, la Iglesia encuentra fundamentos teológicos profundos que avalan y sostienen la esencia y contenidos de las Declaraciones de Derechos Humanos. Desde la razón y la fe, la comunidad cristiana encuentra en ella un referente ético de primer nivel.

Así, los Obispos latinoamericanos reunidos en Santo Domingo declaraban: "La Iglesia al proclamar el evangelio de los derechos humanos, no se arroga una tarea ajena a su misión, sino por el contrario obedece al mandato de Jesucristo al hacer de la ayuda al necesitado una exigencia esencial de su misión evangelizadora".

 

6. Es el amor creador y salvador de Dios lo que constituye en última instancia el fundamento real de los Derechos Humanos. Dios todopoderoso, Creador y Señor del universo, por pura y libre voluntad quiso crear al ser humano, y por su misma voluntad inalienable quiso que tuviese una dignidad y unos derechos también inalienables. Dios mismo ha querido ser el fundamento y garantía de la dignidad y derechos del ser humano como expresión reveladora de su amor.

Según el relato del libro del Génesis, Dios crea al ser humano "a su imagen y semejanza" (Gn 1, 26), es decir haciéndolo partícipe de la propia dignidad divina.

El valor de la vida digna del ser humano no se desprende de su realidad histórica sino que, manifestándose en la historia, su valor se desprende de su participación en la dignidad divina desde su creación.

7. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la revelación plena y definitiva del amor de Dios a los seres humanos. La encarnación divina es la expresión máxima del valor y dignidad del ser humano, ya que Dios mismo no considera indigno de sí hacerse hombre, nacer de una mujer, y compartir la historia con las demás personas.

En esta perspectiva de la fe cristiana, los Derechos Humanos tienen su fundamento en la dignidad esencial recibida de Dios en la creación y confirmada por el hecho de la encarnación de Jesucristo.

8. En la historia, Dios manifiesta un respeto total por la libertad y las opciones del ser humano. A través del Espíritu Santo, Dios invita, propone, llama, e inclusive cuestiona e interpela, pero jamás destruye la libertad humana. Y no sólo no la destruye, sino que nos salva de las esclavitudes del pecado, que hiere y disminuye la libertad, y nos revela la verdadera libertad y el camino de la liberación verdadera.

Al mismo tiempo, Dios manifiesta un respeto total por la vida de cada ser humano. No solamente no la quita arbitrariamente, sino que Dios inclusive llega a entregar su propia vida en la Cruz para dar vida abundante a los hombres.

9. A lo largo de toda la historia, Dios se presenta como garante de los derechos de los débiles, de los pobres y los oprimidos. Desde el relato de Abel y Caín (Gn 4, 1-16) donde Dios pide cuentas a Caín por la sangre derramada de Abel, hasta la parábola del juicio final (Mt 25, 31-46) donde Jesús se identifica con la suerte de los hambrientos, enfermos, o presos, Dios se revela como el protector y defensor de débiles y oprimidos frente a los poderosos.

Las promesas del Reino de Dios y la predilección del corazón de Cristo tienen como destinatarios los que sufren injustamente en la historia humana, tal como lo atestiguan las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) y el Cántico de María (Lc 1, 46-55).

10. Todo hecho histórico que colabore en la dignificación y el mejoramiento de la calidad de vida de los seres humanos, especialmente de los más débiles e indefensos, constituye una respuesta positiva a la vocación fundamental que Dios realiza a todo ser humano y colabora al advenimiento pleno y definitivo del Reino de Dios

La voluntad de Dios es la vida plena y digna de todos los seres humanos a quienes ama como hijos suyos, y todo atentado contra esa vida y dignidad es una ofensa contra el amor de Dios. Así, "toda violación de los derechos humanos contradice el Plan de Dios y es pecado".

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III. ALGUNAS CONSIDERACIONES ESPECIALES

11. En la realidad actual de nuestro pueblo, si bien reconocemos los esfuerzos que desde muchos ámbitos se están realizando, no obstante queremos destacar algunas de las situaciones que involucran a los Derechos Humanos y que no están totalmente resueltas.

12. Alentados por todo lo positivo que se ha hecho en nuestro país, destacamos no obstante el derecho del niño a ser concebido y recibido en el seno del amor de una familia. La familia, en efecto, es el lugar natural de la fase inicial de socialización, del desarrollo equilibrado de la afectividad, del aprendizaje, de la convivencia y de la transmisión de valores éticos.

Manifestamos con profundo dolor la difusión de una "cultura de la muerte" que, por un lado, desestabiliza a la familia y, por otro, amenaza la vida del niño concebido no nacido, que es el ser más pobre, vulnerable e indefenso que hay que defender y tutelar.

Comprendemos la situación de algunas mujeres en circunstancias difíciles. Todos los organismos, tanto estatales como privados, deberíamos sumar esfuerzos para protegerlas y ayudarlas en su situación de embarazo, pero nunca en perjuicio de la vida del niño ya concebido.

El aborto, en efecto, - llamado por el Papa Juan Pablo II "crimen horrendo" - socava los cimientos de los restantes derechos humanos.

Urgimos el cumplimiento de la Convención de los derechos del niño con las observaciones de la Santa Sede y también la Carta de la Santa Sede sobre los derechos de la familia.

13. También vemos limitados algunos derechos del ámbito económico-social: en primer lugar, el derecho al trabajo, que a menudo está lejos de convertirse en realidad en jóvenes, mujeres, en personas de mediana edad o con capacidades diferentes, que no encuentran un puesto digno y estable de trabajo.

En segundo lugar, los que tienen trabajo, a veces lo realizan con precariedad o inseguridad, tanto para su integridad física como desde el punto de vista jurídico.

En tercer lugar, la seguridad social parece no asegurar para el futuro, derechos jubilatorios a ciertos grupos de trabajadores.

14. El derecho de la seguridad elemental de los ciudadanos se ve afectada por el incremento de la delincuencia, violencia y corrupción.

15. Sigue siendo todavía desconocido en nuestro país el derecho de los padres a elegir la enseñanza que deseen para sus hijos. Es evidente que el Estado financia la enseñanza laicista y continúa marginando otras filosofías dignas de consideración. Lo democrático sería que hubiese escuela gratuita laicista para los laicistas, católica para los católicos, y así para todas las convicciones. Esto sería respetar la igualdad ante la ley. Es indigno del Uruguay entrar al Tercer Milenio con un sistema antidemocrático y anticonstitucional (Art. 68 de la Constitución) en el manejo de dinero público de la enseñanza.

16. En cuanto a los ciudadanos compatriotas "desaparecidos" durante el período del gobierno de facto, en nuestro Comunicado del 15 de abril de 1997 señalábamos que el camino por donde se debería transitar exige conjugar tres reclamos legítimos: el derecho de los familiares, el respeto a la "ley de caducidad" - plebiscitada en su oportunidad - y la paz social.

Posteriormente, ofrecimos nuestra disponibilidad a toda iniciativa positiva, procurando focalizar estos puntos sensibles de una manera serena y ética.

El nivel de vigencia de los Derechos Humanos sería consolidado y confirmado mediante gestos magnánimos de reconciliación por parte de los diversos actores sociales involucrados. Un gesto así sería que los familiares de los "desaparecidos" y toda la opinión pública recibiera algún tipo de información fidedigna acerca de lo acontecido.

17. En vísperas de un año que estará marcado por muchos momentos de participación democrática, pedimos a los ciudadanos que solicitarán el voto popular que presten especial atención a los problemas pendientes de nuestra sociedad y que afectan a los Derechos Humanos, en particular todo lo que se refiere a la familia. Al ejercer nuestros derechos y deberes al votar, tengamos claras las diversas propuestas al respecto, para que nuestras opciones electorales, además de ser libres, sean conscientes, responsables y solidarias.

Somos conscientes de que la defensa y promoción de la Dignidad y Derechos Humanos no se resuelve únicamente en los procesos eleccionarios, sino que exigen el compromiso constante y firme de toda la sociedad civil. Por ello exhortamos a todas las organizaciones públicas y privadas, a todos los ciudadanos, y especialmente a las instituciones del Estado, a velar no solamente por la defensa de los Derechos Humanos ya adquiridos, sino también por aquellos Derechos que aún no han sido reconocidos y plasmados en la práctica para todos nuestros compatriotas

IV. CONCLUSIÓN

18. Al acercarnos a la celebración de los 2000 años del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y ante la contemplación del Amor infinito de Dios Padre, los Obispos queremos reafirmar una vez más el compromiso de la Iglesia con la dignidad y los derechos de todos los seres humanos, como hijos de Dios.

Firmemente arraigada en ese Amor, la Iglesia exhorta a todas las comunidades cristianas a redoblar sus esfuerzos por vivir en su seno y construir en nuestra sociedad aquellos gestos que realicen positivamente la dignidad de las personas.

Sentimos que es responsabilidad de cada uno de los cristianos y de los hombres y mujeres de buena voluntad: conocer, divulgar el contenido de todos los derechos humanos y promover su defensa.

19. Muy especialmente queremos invitar a las personas cuyos derechos están siendo aplazados a que pasen de la espera a la esperanza activa, buscando la solidaridad de sus compatriotas, organizándose y generando espacios propios en las organizaciones intermedias, políticas, sociales y culturales, elaborando propuestas en torno a las cuales construir juntos un Uruguay más justo y solidario

20 Deseamos que. María, Virgen de los Treinta y Tres, Patrona de nuestra Patria y Madre de nuestro pueblo, continúe alentando los trabajos, alegrías y luchas de sus hijos uruguayos que buscamos una sociedad más fraterna.

 

LOS OBISPOS DEL URUGUAY

 

Florida, 11 de Noviembre de 1998