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ESPERANZA en tiempos difíciles |
| Confererencia Episcopal Uruguaya |
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A
los fieles de nuestras comunidades eclesiales ¡Reciban,
ante todo, nuestro gozoso saludo pascual! Los
Obispos del Uruguay nos comprometimos hace un año, en Florida, a “animar
una Iglesia que fuera servidora de la vida y de la esperanza del pueblo
uruguayo”. Para lograrlo, nos trazamos entonces un camino, el que
señalan nuestras Orientaciones Pastorales 2001-2006. Hoy, reunidos en Salto, cerca
del mismo lugar donde Artigas soñó y trabajó por una Patria Grande,
sentimos la urgente necesidad de reanimar la esperanza de nuestro pueblo.
Somos conscientes de que
estamos padeciendo tiempos
difíciles que ponen a prueba nuestra esperanza, quebrada o debilitada en
tantas familias, sectores o gente de nuestro pueblo. En
esta coyuntura les dirigimos nuestra palabra de Pastores. No pretendemos
ofrecerles un análisis minucioso. Sólo deseamos transmitirles nuestra
palabra de creyentes, tal como el apóstol Pedro lo hizo con el
paralítico de Jerusalén: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que
tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazareth, levántate y camina”
(Hech. 3, 6). Inspirados en el acontecimiento de la resurrección de
Lázaro, amigo de Jesús (Jn. 11, 1-44), -texto que también iluminó
nuestras Orientaciones
Pastorales,- anhelamos suscitar y animar la esperanza en todos. Los
seres humanos vivimos alentados por un principio de esperanza, sentida
como una fuerza interior, inherente a nuestra condición humana. Pero, con
frecuencia comprobamos, como en las presentes circunstancias, que tal
fuerza se debilita y ya no es un ancla firme, capaz de asegurarnos en
medio de las tormentas y adversidades en que, como país y como
individuos, nos toca navegar. Los invitamos, por tanto, a pensar en la
virtud de la Esperanza, como iniciativa y regalo de Dios, que nos da vigor
y coraje para afrontar estos tiempos difíciles. Cuando
las esperanzas decaen
“Había
un hombre enfermo” (v.1)
Sin pretender hacer un diagnóstico del decaimiento de las
esperanzas de nuestro pueblo, no queremos callar algunas de las
situaciones que la debilitan. Los rostros de la pobreza se multiplican, y
aparecen nuevas formas: unas, que muestran el desamparo social de muchas
gentes; otras, la de quienes han perdido la ilusión de poder trabajar en
nuestro país o de poder sostener dignamente una familia. Muchos
compatriotas emigran buscando mejor suerte. Otros, cada vez más
numerosos, buscan refugio en asentamientos, cuyo clima es la resignación
o la búsqueda desesperada de nuevas oportunidades. Muchos jóvenes
pierden el coraje de vivir y algunos entran en el circuito de la droga, el
alcohol u otras formas de evasión que se ofrecen en abundancia en el
mercado. La corrupción, vicio social contagioso, corroe las esperanzas de
muchos. Se rompen solidaridades y crece el “sálvese quien pueda”, que
parecen gritarlo o expresarlo individuos o sectores de la vida social,
política o productiva.
A
causa de estos y de otros muchos males cunde entre nosotros el
descreimiento, la insatisfacción y la inseguridad. Algunos de los valores
que en otro tiempo daban sentido a nuestra vida pierden su poder de
atracción, ya no valen la pena, y la vida se torna un vivir sin metas más
allá del sobrevivir de cada día. Algunos, incluso, llegan al suicidio. Estamos
sufriendo, además, las consecuencias de la aftosa que diezmó nuestra
tradicional riqueza; los tornados y las lluvias copiosas han arruinado
cosechas y hundido muchos hogares material y espiritualmente; la crisis
regional nos golpea de cerca. ¡Realmente, mantener hoy la esperanza es un
difícil desafío! Rezar
a Dios y trabajar con tesón
“El
que tú amas, está enfermo” (v.3)
Esta fue la súplica que Marta y María, hermanas de Lázaro,
hicieron llegar a Jesús. Esta es, también, la plegaria que elevamos al
Señor de la Vida y de la Esperanza. Recurrimos a Él porque estamos
seguros de que la Providencia no ha abandonado a nuestra Nación. Todo lo
contrario, la ha bendecido con una naturaleza, recursos y una población
con enormes capacidades. Pero, esto no basta. En la primera página de la
Biblia, Dios encomienda al hombre y a la mujer la tarea de transformar la
naturaleza mediante el trabajo, la inteligencia y el esfuerzo solidario.
Pero, a veces, igual llegan las crisis. Éstas pueden ser ocasiones
propicias para descubrir qué escala de valores nos sustentan, cómo
distribuimos mejor lo que tenemos y cómo brindamos oportunidades a los
excluidos de la sociedad.
Dios,
¿pasa por aquí? “Si
hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (vv. 21 y 32)
Es
lo que algunos se preguntan. Dios no siempre responde exactamente según
nuestros planes y urgencias. Como tampoco pareció responder en la tarde
oscura y triste del Viernes Santo. La respuesta iba a llegar al tercer
día, en la madrugada luminosa del Domingo de Resurrección. Les animamos
a mantener su Fe en Jesús crucificado, muerto y resucitado.
Resulta difícil encontrar sentido al sufrimiento, a la cruz. El
mismo Apóstol Pablo exhorta a no avergonzarnos de la cruz (Cf I Co 1,18),
cuando su “lógica” nos resulta también a nosotros una “locura” y
no “fuerza de Dios”, porque la interpretamos superficialmente desde el
clima de una cultura moldeada por el placer y el bienestar. Solidaridad
y Compasión “Se
conmovió y lloró” (v. 35)
Cuando Jesús vio llorar a María y a los amigos de Lázaro se
conmovió y lloró. Los creyentes sabemos que Dios nunca ha sido
indiferente al sufrimiento humano. Él es el Dios compasivo. Jesús es la
garantía del amor de Dios que, por amar tanto al mundo, envió a su Hijo,
en todo semejante a los hombres menos en el pecado. “Él manifiesta su
amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los
pecadores. El nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano; su
vida y su palabra son para nosotros la prueba de su amor; como un padre
siente ternura por sus hijos, así Tú sientes ternura por tus fieles”
(Plegaria Eucarística V/c). Apoyarnos
en la Esperanza que nunca falla “Yo
soy la Resurrección y la Vida. ¿Crees esto?” (v. 25 y 26)
Esta
pregunta es definitiva para recuperar la confianza. Creer o no creer en
Jesús nos abre a horizontes de esperanza diferentes. Creer en que Él es
la Resurrección y la Vida no solamente da sentido a esta vida terrenal,
la que Lázaro recuperó, sino que además nos concede una vida que no
morirá jamás. La Esperanza teologal anima nuestra vida con sentido de
eternidad. El motivo más fuerte y más firme para esperar y superar
tiempos de incertidumbre tiene su última raíz en Dios Misericordioso que
entró en nuestra historia, prometió y cumplió. El acontecimiento de la
Resurrección de Jesucristo es su Palabra definitiva al mundo, su “Sí”
a todas sus promesas. Por eso, ponemos en Él nuestra esperanza; incluimos
nuestros proyectos en su Proyecto Redentor, y en él encontramos, incluso,
el sentido de nuestros fracasos. Nuestra Esperanza cristiana nos da coraje
para mirar y llegar más lejos. Confiamos en que
nuestra vida llegará más allá de esta historia.
Acompañar
a los vacilantes “¡Quiten
la piedra! ¡Desátenlo para que pueda caminar!” (vv. 39 y 44)
Desde
nuestra Fe descubrimos
numerosos signos de solidaridad que nos ayudan a caminar en medio de la
crisis. Ésta, nos impulsa a reaccionar y a convertirnos a una nueva
mentalidad, inspirada en los valores del Evangelio. La Esperanza cristiana
no significa esperar pasivamente, sino que nos compromete a trabajar con
ánimo. Es un compromiso a adelantar el futuro que se anhela, a construir
el Reino que esperamos. Jesús da la vida a Lázaro, pero es preciso “quitar
la piedra”, “salir afuera” del sepulcro y “desatar” al Lázaro
resucitado para que pueda caminar. La Esperanza cristiana nos exige “quitar
la piedra” de los miedos, de la falta de capacitación y educación, de
la indiferencia egoísta. La austeridad, tradicional virtud de los
uruguayos, facilita el necesario sacrificio de quitar la piedra. Nos urge,
además, a “desatar” a los oprimidos de cualquier índole, a quienes
no saben ser libres, a los esclavos de la mentira. Es un llamado a salir
de la tiniebla del sepulcro de las ilusiones, y venir a integrarse en la
comunidad eclesial, portadora y animadora de la misma Esperanza. Muchos
uruguayos caminan con dificultad, con el desaliento sobre sus espaldas
doloridas. Los tiempos de crisis han de ser tiempos de solidaridad, como
de hecho están siendo los nuestros. Ayudemos a quitar las piedras, a
salir de los sepulcros y a desatar a quienes buscan tenazmente vivir con
dignidad. La Esperanza la hemos de construir entre todos, solidariamente,
cada uno aportando su cuota de talento, fe, trabajo y generosidad.
Preparemos con fe y responsabilidad un futuro mejor para los jóvenes y
los niños. Y los creyentes, aportemos el testimonio vida austera y solidaria, viviendo la alegría de
quienes construyen, juntos, con el Señor, su Reino. Que
María de Nazaret, la humilde, dócil y fiel servidora, a quien invocamos
como Virgen de los Treinta y
Tres, “vida y esperanza nuestra”, nos lleve hacia su Hijo Jesucristo,
nuestro Señor. Los
Obispos del Uruguay Salto,
12 de abril de 2002 |