El Siervo de Dios
Mons. Jacinto
Vera 

Primer Obispo del Uruguay
(1813 - 1881)

 

CARTA PASTORAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL del URUGUAY A LOS 125 AÑOS
DE LA MUERTE DE MONS. JACINTO VERA DURÁN

Disponible en la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU)

 

Con motivo de los 125 años de la muerte del Siervo de Dios Monseñor Jacinto Vera Durán, primer Obispo de Montevideo y de todo el país, el episcopado  uruguayo publicó una carta Pastoral destinada a todos los hermanas y hermanos en procura de “evocar, admirados y agradecidos, la memoria de este gran hombre, sacerdote y obispo; y para proponer a todos su testimonio ejemplar y, de este modo, acelerar el proceso de su Causa de Beatificación y Canonización”.

 

Los  obispos de las 10 diócesis explican que existe otro motivo que propicia esta carta: “estamos en vísperas de celebrar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y de El Caribe, cuyo lema es ´Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan Vida -Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6)´. Nuestra Iglesia se siente comprometida y corresponsable en su solícita preparación y participación. En este compromiso estamos implicados. Pedimos a nuestras comunidades eclesiales que pongan bajo la inspiración de Mons. Jacinto Vera sus reflexiones y oraciones, ya que él fue -como iremos viendo- Discípulo y Misionero de Jesucristo en nuestra tierra uruguaya. Les proponemos que él sea el guía espiritual que nos conduzca, con su oración y ejemplo, a ser discípulos y misioneros de Jesucristo en Uruguay, para que en Él tenga vida..”.

 

La Carta Pastoral se imprimió en forma de librillo y está a la venta en la sede de la CEU (Uruguay 1319) a $20, en el horario de la tarde. Se pueden hacer los pedidos también por los teléfonos: 9002642, 9081975.

 

 

MONS. JACINTO VERA
125 AÑOS DE LA MUERTE DEL PRIMER OBISPO URUGUAYO
EN CAMINO A LA SANTIDAD

Celebraciones especiales en diferentes puntos del país 

El sábado 6 de mayo se celebrarán 125 años del fallecimiento de Mons. Jacinto Vera, primer Obispo de Uruguay, cuyos procesos de beatificación y, posterior, canonización, están en curso.

Si bien en todas las Misas de ese día se recordará al Obispo "gaucho", habrá celebraciones especiales en las  diversas Diócesis.

6 de Mayo
CELEBRACIONES EN PAN DE AZÚCAR

En nombre de la Conferencia Episcopal del Uruguay participará en las celebraciones de Pan de Azúcar, su Secretario General, Mons. Luis del Castillo

10:30 hs  Bendición de la réplica de la cruz histórica que recordara su Pascua. 
15 hs. Inauguración del Museo en el lugar donde falleciera el Obispo
16 hs. Santa Misa en la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores.


Su profunda unión con Dios, la prioridad por el sacramento de la reconciliación, su adhesión al Papa (Pío IX y León XIII), su pasión por la Virgen del Carmen, una preocupación constante por las vocaciones sacerdotales, su estímulo por la participación del laicado (fue fundador del Club Católico) y su interminable peregrinar hasta el último rincón del país, hicieron que, al morir, Mons. Jacinto Vera fuera proclamado santo  por su pueblo.

En 1935 se inició el camino ante el Vaticano para elevar a Mons. Vera a los altares como beato primero y como santo finalmente.

Actualmente es Siervo de Dios (rango previo a la beatificación y a la canonización).

En Uruguay existe una Comisión Pro-canonización de Mons. Jacinto Vera que trabaja para dar a conocer su vida, estimular su devoción, pedir que se comuniquen las gracias o favores recibidos por su intercesión y recibir donaciones para sustentar los gastos del proceso. La sede de la Comisión está  en la Conferencia Episcopal Uruguaya (Uruguay 1319 Montevideo- tél. 900.2642-908.1975- fax 901.1802

FECHAS CLAVES EN LA VIDA DE MONS. JACINTO VERA

3 de julio de 1813- Nació
6 de junio de 1841- se ordenó sacerdote
4 de octubre de 1859- fue nombrado Vicario Apostólico
16 de julio de 1865 fue nombrado obispo de Melgara
13 de julio de 1878 fue nombrado primer obispo de Montevideo
6 de mayo de 1881 falleció en Pan de Azúcar

 

Monseñor Jacinto Vera
SIERVO DE DIOS (1813 - 1881)

El 6 de mayo de 1881, en una posada del pueblo Pan de Azúcar, moría Jacinto Vera, el primer obispo uruguayo. Estaba lejos de su sede de Montevideo, en uno de sus numerosos viajes misioneros. Había nacido el 3 de julio de 1813 durante el viaje en el que sus padres, provenientes de las islas Canarias, venían como inmigrantes al Uruguay, en busca de una tierra para su familia. La de Vera fue una vida de peregrino; una peregrinación espiritual que incluyó junto a los viajes misioneros, el destierro y la marginación.

Para recordar este aniversario de la muerte de Jacinto Vera, Umbrales preguntó al obispo Rodolfo Wirz, presidente de la Comisión para la Canonización de mons. Vera, a qué punto se encuentra este trámite. El obispo de Maldonado y Rocha afirmó que hay que distinguir entre el proceso canónico y la animación pastoral promovida por la Comisión. Los dos aspectos son muy importantes.


La animación pastoral promueve celebraciones y la publicación de materiales, estampas y folletos, que puedan favorecer el conocimiento y la devoción hacia la figura del primer obispo uruguayo. "Para el próximo 6 de mayo -afirma Wirz- habrá un acto central en Pan de Azúcar (a las 16 horas) frente a la casa en la que murió hace 120 años. Pero habrá también celebraciones en Montevideo, en el Barrio Jacinto Vera."


El proceso canónico para llegar a la declaración de Jacinto Vera como santo tiene todavía muchas etapas para recorrer. Hay algunas gracias de curación de enfermos obtenidas después de la invocación a mons. Vera, pero antes de reconocer estas gracias como milagrosas hay que preparar un estudio documental histórico para presentar a las Causas de los Santos en Roma. Este estudio, llamado "Positio", debe ser una exposición completa sobre la vida y la obra de Jacinto Vera. Sólo entonces el Papa autoriza el examen de la Causa y declara "heroicas" o ejemplares las virtudes de mons. Vera, especialmente para los sacerdotes. Estos tres últimos pasos del proceso pueden producirse rápidamente. De todas formas, lo que urge es terminar el trabajo documental histórico. Sin este requisito, el Vaticano no podrá considerar el caso de mons. Vera.

El primer obispo y padre de la Iglesia del Uruguay nació el 3 de julio de 1813 en el viaje en el que sus padres, provenientes de las islas Canarias, venían como inmigrantes al Uruguay. A los 19 años, después de una tanda de Ejercicios espirituales, sintió el llamado al sacerdocio. Luego de los estudios de Teología en el seminario de los jesuitas en Buenos Aires, en 1841 es ordenado sacerdote. De regreso a su patria, es nombrado teniente cura y después párroco de Canelones. En 1859 es designado Vicario Apostólico de Montevideo y empieza una difícil tarea de organización de la Iglesia uruguaya. En 1865 es consagrado obispo pero recién en 1878 se crea la diócesis de Montevideo y mons. Vera es nombrado su primer obispo. En 1870 participa en el Concilio Vaticano I; diez años después inaugura el primer Seminario de Montevideo. Recorrió varias veces el país con sus viajes misioneros y murió en Pan de Azúcar, el 6 de mayo de 1881.

Web Oficial de la Causa de Mons. Jacinto Vera 

 

Monseñor Jacinto Vera, Apóstol del Uruguay (1813 - 1881)

Transcribimos a continuación un fragmento del cap. 13 del libro del R. P. Francisco J. Pose SDB, Siervo del Amor para el Uruguay. Mons. Jacinto Vera, Ed. Paulinas, Montevideo, 1981.

El Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera fue el primer Obispo del Uruguay. Con él la Banda Oriental dejó de depender en lo eclesial del Obispo de Buenos Aires. Evangelizador incansable y reorganizador de la Iglesia uruguaya tras las luchas independentistas, muerto en fama de santidad, ha sido introducida ya hace un tiempo su causa de beatificación.  

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LO ESENCIAL NO ES EL EXITO, SINO LA FIDELIDAD A CRISTO.

Que los hombres nos tengan por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que sean fieles.

(1 Corintios 4,1-2)

La infausta nueva del fallecimiento del Santo Obispo suscita general pesar manifestado en espontáneas demostraciones de duelo, a lo largo y ancho del país, sin distinción de ideas. Pueblo y Gobierno se apresuran a decretarle y discernirle los más altos honores fúnebres. Así es como, día y noche miles de personas —que dicen deberle algún favor— acompañan el cadáver del esclarecido Pastor desde Pan de Azúcar a Pando, de Pando a Toledo, de aquí al templo del Cordón en cuya sacristía es embalsamado el cuerpo. El corazón queda en dicha Iglesia, y el cuerpo es conducido en apoteosis a la Catedral. En el atrio rodeado del Presidente de la República, Diplomáticos, Jefes del Ejército y distinguidas personalidades del Clero y del Laicado Católico, el Dr. Juan Zorrilla de San Martín despide a Monseñor Vera en nombre del Club Católico. Sintetizando noblemente el sentir del pueblo, expresa el Poeta de la Patria:

"Señores, hermanos, pueblo uruguayo: ¡el santo ha muerto! Su espíritu invisible vaga en torno nuestro y recoge nuestras lágrimas, que, en este momento, son lluvia de la tierra al cielo.

"Ha caído, señores, como él lo presentía, como él lo anhelaba: en actitud de apóstol, andando, abrazado a su cruz en medio de nuestros campos desiertos, mártir de su deber de caminante. Se ha desplomado en nuestros brazos, como el águila herida de muerte en los aires, que deja en ellos su vuelo, que es su alma, y devuelve a la tierra lejana su cuerpo solo.

"¡El santo ha muerto!

"Ahora, inmóvil pero expresivo aún en su último lecho, que no es más duro que los que ocupaba en vida, es una sombra amiga. Vedlo: la misma muerte pierde su horror en su cara grave y apacible.

"Nació predestinado a hacer la felicidad del pueblo uruguayo, y ha cumplido la voluntad de Dios.

"Fue verdad, fue abnegación, fue consuelo, fue paz, fue ejemplo.

"El pobló de consuelo infinito la soledad del lecho de muerte de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos. Su sonrisa afable y serena ahuyentaba los rencores, conciliaba las familias, desarmaba a los enemigos. Hablaba con los hombres con la misma ingenua ternura que empleaba para bendecir a los niños. Y los hombres se sentían niños cuando estaban con él. Su sola presencia era una resignación difundida; su voz curaba y alentaba; su plegaria fecundaba como un riego, coma una lluvia lenta que cae sobre el campo mientras dormimos.

"La historia de este anciano muerto, señores, es la historia íntima, amarga muchas veces, desconocida casi siempre, del espíritu de su pueblo. ¡ Oh santo mensajero! El se ha llevado en el alma el alma de nuestros dolores, el foco de las eternas redenciones; él es nuestra vida que alienta en la eternidad.

"Maestro, buen maestro: las oraciones que nos enseñaste perfumarán de incienso tu memoria, de incienso ardiente. Duerme en paz, que nosotros velaremos.

"Padre perdido para nuestra amor de la tierra: enséñanos a llenar el vacío que en nuestra alma dejas; enséñanos a llenarla con los amores del cielo.

"Amigo, santo amigo... Ayúdanos a seguir el ejemplo de tu vida, como hemos seguido, oprimidos y llorosos, el camino de tus despojos".

Celebrada la misa exequial por el Nuncio Apostólico Monseñor Matera, el cadáver queda expuesto delante del presbiterio, "para que todos los fieles puedan tener el último y triste placer de contemplar sus restos y besarle el anillo".

Antes de darle sepultura, le despide del mundo el Presbítero Dr. Mariano Soler, que, entre otras cosas, dice:

"Monseñor Vera salvó de la ruina a la Iglesia Oriental y levantó su espíritu profundamente menoscabado en el Clero y en el Pueblo. ¿Cómo? Renovando la abnegación de los tiempos apostólicos, convirtiéndose en misionero incansable y permanente de esta República y consagrando al bien espiritual de su Grey todos sus cuidados, sus insomnios, sus esfuerzos y hasta su misma vida".

"Era necesario el heroísmo evangélico para levantar de su postración el espíritu religioso, y él consagró los veintidós años de su laborioso apostolado a esa gran obra de reparación, hasta el momento en que su corazón dio el último latido y ya no pudo continuar amando."

"Su nombre será inmortal, recuerdo eterno de sublimes virtudes: y su vida, una leyenda Santa que pasará a las generaciones, cual monumento perenne del que fue el más grande de los Prelados de la Iglesia Oriental".

Ahora descansa en el mismo lugar en que tuvo tantos años su confesionario, donde "se le había visto millares de veces con su fisonomía dulce, serena y bondadosa, apareciendo como un iris de esperanza para cuantos sufrían y se arrodillaban a sus pies".

A renglón seguido, transcribimos algo de lo mucho y bueno con que la prensa de entonces se asocia al duelo de la comunidad nacional por la muerte del abnegado Pastor.

De "EL BIEN PUBLICO":

"Hay que bendecir al Señor,. . . pues, a causa de la misma pérdida sufrida, viene a ponerse de relieve la inmensa y profunda religiosidad de nuestro pueblo, a que tanto había contribuido el virtuoso apóstol que acaba de sucumbir. Ante tal espectáculo, ¿cómo es posible que abriguemos temores para el porvenir? Sólo nos toca pedir a Dios... que todos y en todas circunstancias procuren inspirarse en la vida ejemplar del varón justo que acabamos de perder, y no olvidar sus enseñanzas y sus consejos".

De "EL DIARIO DE COMERCIO":

"La muerte de un hombre bueno conmueve siempre, aun a aquellos que no comparten sus creencias, y esa es la causa porque hoy Montevideo todo demuestra su pesar por el fallecimiento de Monseñor Vera, hombre lleno de virtudes y por ellas justamente apreciado".

De "LA DEMOCRACIA":

"La sociedad está vivamente conmovida. La muerte acaba de herirla en una de sus personalidades más eminentes. No brilló por las letras ni por las armas, ni deslumbró con las dotes del genio. Pero era un alma elegida que rebosaba de bondad y de piedad, y que esparcía, en la atmósfera que la rodeaba, el perfume de todas las virtudes. Era un gran corazón, en el que repercutían todos los dolores ajenos. Era un espíritu sano y noble, que sabía practicar la verdad y el bien, suavizando el rigor de sus convicciones con la dulzura de que estaba impregnado.

"Fue el padre de todos los desgraciados. Setenta años de vida no costaron una lágrima a la humanidad. Supo enjugar por el contrario, las que arrancaba el infortunio a todos los que buscaban el refugio de su bondad inagotable y consoladora. Los pobres excitaban en él una simpatia profunda y le inspiraban un interés particular. Hizo de la caridad una obra viva. Sus bienes eran el patrimonio de los menesterosos. Su palabra era siempre animada y alentadora, y parecía buscar en la intimidad de todo hombre alguna cualidad generosa que pudiese amar, para hacerla destacar a sus propios ojos.

"Su vida era de una simplicidad heroica. De una naturaleza tan suave como enérgica, poseía el valor del guerrero con la mansedumbre evangélica.

"Pocas existencias habrán dejado una huella más profunda y habrán ejercido una influencia más benéfica en la sociedad. Pocas serán más intensa y verdaderamente lloradas al desaparecer de la inmensidad. Don Jacinto Vera pertenecía a la estirpe de que se forman los santos y los mártires".

(Cf. Lorenzo A. Pons, Biografia).

 

Para tenerlo siempre presente al Siervo de Dios

MONSEÑOR JACINTO VERA  EN EL AÑO 2006

 

El 6 de mayo se cumplieron 125 años de su paso a la vida plena en Dios.

 

El 6 de junio, se cumplen 165 años de su sacerdocio.

 

El 6 de junio de 1841, Monseñor Mariano José de Escalada, ordenaba sacerdote a Jacinto Vera y Durán en la Iglesia de las Catalinas de Buenos Aires.

Por la situación política de la Argentina en  esa época, el recién ordenado sacerdote regresa al Uruguay, destinado a teniente Cura de Nuestra Señora de Guadalupe en Canelones. Ayudaba allí al Párroco Dr. Agüero, mientras continúa sus estudios. Cuando el Pbro. Agüero se retira, en 1852, asume como Párroco.

 

Nuestra Señora de Guadalupe fue la primera comunidad de nuestro país, que conoció en Jacinto Vera, un verdadero Pastor, humilde y misionero.

 

Muchos años después se encuentra en Roma con Juan Bosco. Al enterarse de que ambos recibieron la ordenación sacerdotal el día de la Santísima Trinidad en 1841, el espíritu de servicio al pueblo de Dios, que ya los unía, se mantuvo en una colaboración entre los dos continentes, manifestación del  amor a la Iglesia Universal por la que vivían.

 

Imágenes

 

La foto tomada en Canelones o Santa Lucía, según dice, entre los años 1867 y 1877, están: P.Andrés Benedetti, P.Juan del carmen Suberbielle, Mons. Vera y  P. Letamendi.
Los obispos Mons. Rodolfo Wirz y Mons. Carlos Collazzi junto a sacerdotes que, entre otros, en estos años, han venido bregando por el reconocimiento de la santidad
de Mons. Jacinto Vera.

 

 

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