| Especial de SEMANA SANTA | |
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Saludo de Pascua del Obispo de SALTO Mons. Pablo Galimberti
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| Conferencia Episcopal del Uruguay -2007 | |
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“LOS CRISTIANOS DAMOS LA VIDA POR LA LOCURA DE CRISTO, QUE NOS SIGUE AMANDO HASTA EL FIN” |
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A la iglesia diocesana: comunidades parroquiales, sacerdotes, religiosas, religiosos, comunidades educativas, movimientos, fieles laicos, hermanos de iglesias cristianas o de otras religiones, familias de la ciudad o campaña, gobernantes y pueblo: que la celebración de la Pascua irradie renovadas energías que tanto necesitamos para construir caminos de paz, reconciliación y solidaridad en nuestro pueblo. Cada uno en su lugar pero todos sabiendo que nuestras manos y caminos se entrecruzan cada día en beneficio del conjunto.
Los días de Pascua hacen más presente un Acontecimiento que los cristianos no dudamos en considerar como el más grande de todos los tiempos.
Los hechos protagonizados por Jesús de Nazaret y recordados en esta Semana Santa, son un botón de muestra de las situaciones de violencia y deshumanización esparcidas en la sociedad. Pero así como Jesucristo las padeció y les encontró una salida, así también creemos que nuestras manos, después de la Pascua de Jesús, han quedado cargadas de semillas de paz, reconciliación, justicia y amor que antes no conocíamos.
La vida de Jesucristo se transformó, podríamos decir, en un modelo firmado por Dios: podemos confiar en El, ha vencido los obstáculos más duros y negros, los golpes más traicioneros y las mentiras más rebuscadas. Esa basura que de algún modo también llevamos en nuestras manos, sucias y cansadas.
La sociedad tantas veces es dura y sin compasión. Así muchos al ver a Jesús crucificado, encima se burlaron de él: ¿Por qué no bajas y te salvas a ti mismo, ya que comentan que sanaste a tantos? La eterna ironía de los que esgrimen la burla y se colocan en el palco de los espectadores y consumidores, satisfechos con pan y circo!
Jesús calla, como el silencio de tantos crucificados en nuestra sociedad. Pero la respuesta de Dios llegó y sorprendió al tercer día, creando desconcierto y confusión.
La victoria de Jesucristo fue y sigue siendo noticia liberadora, sanadora y esperanzadora. Para todo el mundo y en especial para los que nos ponemos a la sombra protectora de ese Cuerpo lleno de vida y energía.
Esa victoria es incontenible. Nada pudieron ni los guardias apostados en la tumba, ni las autoridades religiosas que pretendieron coimear a los guardias para que declararan que mientras ellos dormían los discípulos habían robado el cuerpo. Pero no hubo que esperar a la astucia de un hábil detective: si dormían, ¿cómo vieron el robo?
Lentamente la Presencia del Resucitado ocupa los espacios de ausencia y tristeza de los discípulos. Las apariciones se acumulan: a discípulos tristes, a mujeres que lloran, a temerosos apóstoles que vuelven a su ocupación de pescadores.
Y el Resucitado les dice: vean mis manos, mis pies y mi costado. ¿Qué hay allí? Huellas. ¿De qué? De clavos y una lanza. ¿Habrá otra prueba más fuerte? Tomás, símbolo del uruguayo agnóstico, es invitado a meter su mano en el costado del Resucitado. No se atreve. De sus labios brota la oración más breve y densa de un discípulo: ¡Señor mío y Dios mío!
Queda claro que el amor de Cristo se hizo acción, entrega, sangre derramada, energía contagiosa, envío y promesa de una presencia alentadora, un Espíritu que soplará en el corazón de su iglesia hasta el fin de los tiempos y hasta los confines del orbe y las galaxias. Promesa y certeza: ¡Yo estaré con ustedes todos los días!
Comunicar y traducir en gestos y palabras la vida de Cristo que hoy sigue muriendo y resucitando en cada hombre y mujer que lo seguimos y adherimos a su mensaje y a su vida. Cuando muero a un odio o indiferencia está soplando el Resucitado. Porque amar es eso: perder y tirar la basura de mi vida y ganar la vida purificada y solidaria, la que Cristo me ofrece como regalo de su Pascua. Pierdo la vida en un aspecto y la recupero en otro. Como una alianza de amor y solidaridad. Le damos lo nuestro y él nos da lo suyo. ¡Qué buen negocio! Muchos dan la vida, por la ciencia, la patria, el deporte, el partido, una idea, una amistad, una pasión, una adicción. Los cristianos damos la vida por la locura de Cristo, que nos sigue amando hasta el fin, de la cabeza a los pies, desde un extremo al otro de la historia convulsionada que nos ha tocado vivir y compartir, sufrir y elegir. Es el campo de nuestra misión. Es nuestra esperanza.
Junto a la Cruz estuvo una Mujer valiente, María. Ella nos alienta a descubrir la vida abundante que nos regala su Hijo Jesucristo. Augurándoles un feliz tiempo de Pascua, los saluda y bendice,
+ Pablo Galimberti Obispo de Salto |